Tuve mi primer ataque de ansiedad antes incluso de saber qué era eso. Un día, con quince años, estaba leyendo un artículo sobre el grupo de música Smashing Pumpkins en un suplemento del diario. Y citaban una de las parrafadas existencialistas de Billy Corgan; no recuerdo exactamente qué. Algo sobre la muerte y la finitud de la existencia. Muy en la línea del grupo.  

Hace cien años Marcel Duchamp expuso en una muestra de objetos artísticos un pissoir (léase meadero) destinado a dar que hablar, tanto que la Revista de Occidente acaba de dedicar una sección monográfica al secular evento.

El suceso que dio origen a la novela corta que nos ocupa fue algo tan cotidiano como un mal sueño. En 1885, mientras se recuperaba de una de las recaídas a las que periódicamente le sometía su mala salud, Robert Louis Stevenson tuvo una pesadilla de la que extrajo la idea de una historia que, originalmente, fue concebido como un relato de horror al gusto de la época victoriana.

Todos los estudiosos de las abejas, incluidos los entomólogos, tienen la costumbre de hablarnos de ellas como si fueran personajes de una saga.

Esta comedia no es una película pensada para romper moldes o llamar la atención por transgresora, sino un producto dirigido al público que no busca nuevas sensaciones, sino pasar un rato de entretenimiento ligero y sin complicaciones.

Existe una película con este mismo título, famosa por ser una de las producciones más incómodas de historia del cine: por un lado, fue una cinta esencial en el desarrollo del lenguaje cinematográfico, pero por otro, se trata de uno de los films más moralmente nauseabundos que se recuerdan.

Una casualidad editorial me ha permitido leer a la vez un par de libros temáticamente ligados: Der deutsche Glaubenskrieg. Martin Luther, der  Papst und die Folgen, de Tillmann Bendikovski (Bertelsmann, Munich) y Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista, de Peter L. Berger (traducción de Francisco Javier Molina de la Torre, Sígueme, Salamanca).

Una de las obligaciones del divulgador científico es estar actualizado. Sin embargo, hoy que la ciencia adelanta que es una barbaridad, tal pretensión se torna punto menos que imposible. Incluso cuando los divulgadores logramos estar al día en cuanto a los avances más recientes, un artículo publicado en una revista, periódico o (peor aún) libro quedan rebasados en cuestión de días, cuando se publica en los journals especializados el último detalle sobre el tema.

Cuenta la tradición que las tres Marías (María de Cleofás, María Salomé y María Magdalena), acompañadas de la negra Sara, fueron puestas en una barca sin velas y abandonadas a su suerte. Desde las costas de Palestina, las Marías consiguieron llegar hasta la Camarga francesa. Y el punto exacto donde arribaron pasó a llamarse Saintes Maries de la Mer.

Rigor científico, por un lado, y amenidad e interés para el lector, por el otro. He ahí los dos escollos que, como Escila y Caribdis, acechan al divulgador científico.

Yo empecé investigando para escribir. Todo dato interesante que caía en mis manos era utilizado, de inmediato, en un artículo o en un libro. Hasta que descubrí que, en realidad, lo que a mí me gustaba, lo que realmente aceleraba la sangre en mis venas, era buscar datos.

¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.

Resulta que el V Duque de Béjar, Francisco Diego López de Zúñiga y Mendoza, se hizo muy devoto de San Antonio Abad a raíz de un suceso milagroso acaecido en su familia. A saber. Parece que su primogénito, Francisco Diego, había nacido con un brazo tullido, un brazo que no podía mover. Y su ama de cría, cuyo nombre desconocemos, decidió encomendárselo a San Antonio Abad, el santo de las alucinaciones.

Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica ‒y de muchas disciplinas jóvenes‒ es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.

Yo estudié italiano en el Istituto Italiano di Cultura de Madrid. Fue durante los primeros años de mi tesis doctoral, cuando no hacía nada más que encontrarme italianos en todos los documentos que leía. Así que, pensé, en algún momento tendré que viajar a Nápoles (lugar de origen mayoritario de todos mis alquimistas y destiladores) y algo de italiano habré de chapurrear.

Más de treinta años de trabajo musical y de investigación antropológica, recorriendo medio mundo con una curiosidad admirable, sintetizan la trayectoria de esta cantante y multiinstrumentista canadiense. Una mujer muy fiel a sí misma, que nunca ha abandonado ese perfil que la sitúa entre la realidad y las leyendas con las que construye buena parte de sus temas.

Lo primero que debería apuntar sobre esta película es que la vi con una reticencia. Nunca he sido aficionado a las construcciones de LEGO, y tampoco estoy familiarizado con la subcultura pop que éstas han generado. Esta excusa ‒creo‒ me permite ser un poco más imparcial a la hora de contar las virtudes de este film, que son muchas y nada desdeñables. Sobre todo, en estos tiempos en los que originalidad es la palabra menos citada por los cinéfilos veteranos.

Podemos entender la historia de Argentina como una saga: una sucesión de acontecimientos y una genealogía de personajes que evolucionan en una línea de continuidad. Sin embargo, uno sale de este libro excepcional con cierta sospecha de que la crónica argentina tiene algo de eso que el matemático francés René Thom definió, allá por los años cincuenta, como la teoría de las catástrofes.

En los años de 1950 se publicaba en la Argentina una revista verduscona llamada Rico Tipo en la cual había una historieta semanal: El otro yo del doctor Merengue.

El teatro y el cine son dos cosas distintas. Sí, el público disfruta de ambas expresiones artísticas desde patios de butacas, hay actores y se suelen contar historias, pero, aparte del formato, son dos artes con códigos narrativos bien distintos.