Los jesuitas españoles en Italia

Los jesuitas españoles en Italia

Parecería increíble, si no supiéramos el poder que aún en hombres preciados de eruditos ejercen tenaces y envejecidas preocupaciones, que, a la altura a que han llegado los estudios históricos y literarios, haya escritores que se atrevan a defender como justa, legal y reclamada por el progreso de los tiempos, la pragmática de 2 de abril de 1767, que extrañó de estos reinos, con ocupación de sus temporalidades, a los regulares de la Compañía de Jesús. Natural parecía que en nuestro siglo estuviesen calmadas las iras jansenistas, causa primera de aquel peregrino acaecimiento, pero aún hay historiadores y polemistas que hagan suyos los póstumos rencores de la escuela de Port-Royal. Pocos recuerdan las duras contradicciones que la Compañía tuvo que sufrir en sus primeros tiempos; ferozmente se desencadenaron los protestantes contra la institución que venía a poner insuperable valladar a sus progresos; multitud de folletos y libelos, hoy de nadie leídos, han quedado como testimonio de aquella lucha.

Olvidadas están igualmente las feroces diatribas inspiradas por la envidia y el espíritu de escuela al famoso humanista alemán Gaspar Scioppio. que con tales invectivas fatigó por muchos años las prensas. Sepultadas en el indigesto Diccionario Crítico de P. Bayle duermen multitud de calumnias y acusaciones antijesuíticas, bebidas en las fuentes antes mencionadas. Con las circunstancias, que les dieron nacimiento y vida, pasaron a la sima del olvido semejantes libros, escritos los más con pésimo gusto, inspirados por mezquinas pasiones, y poco acomodados por sus formas, y hasta por la lengua empleada en muchos de ellos, a la comprensión de los modernos sabios.

Mas no aconteció otro tanto con las cuestiones jansenísticas, cuya fama contribuyó a perpetuar en el mundo literario un libro compuesto con tanta habilidad como mala fe, tejido de textos mal interpretados de sutilezas y de burlas, expuesto todo en claro, discreto y amenísimo estilo, digno a la verdad del escritor insigne cuyo nombre lleva a su frente. Fácilmente se comprenderá que aludimos a Las Provinciales de Pascal. Apenas publicadas obtuvieron un éxito extraordinario, tradujéronse a diferentes lenguas, incluso la nuestra y lograron celosos defensores y admiradores entusiastas. La bella forma del libro contribuyó poderosamente a su triunfo y es lo cierto que Las Provinciales son hoy tan leídas como en los días de su autor, y que constituyen una de las fuentes de error, más difíciles de cegar, en la cuestión de los jesuítas. Y he aquí el conducto principal, por donde los odios jansenistas, han llegado a nuestros tiempos.

Pasó, para no volver, la mezquina filosofía francesa del siglo XVIII, y con ella pasaron los libros absurdos, que sus doctrinas contenían , hoy tenidos por antiguallas entre los hombres de seso, consagrados al cultivo de la ciencia; pero es forzoso confesar que las reliquias de tan despreciable sistema, fielmente conservadas por los rezagados de aquella escuela, han ejercido perniciosa influencia, extraviando el sentido histórico de la actual generación, no convalecida aun de tales achaques. Y como esta escuela filosófica tuvo parte no escasa en la caída de los jesuítas, y su odio hacia la Compañía quedó consignado en las obras de sus apóstoles y corifeos, fácil es comprender el influjo que semejantes doctrinas habrán tenido en los juicios formados sobre aquel extraño suceso.

Como tercer elemento conjurado contra los jesuítas, debemos mencionar el regalismo, ya convertido en jansenismo puro, en el ánimo de los piadosos ministros de Carlos III. No han faltado en tiempos posteriores interesados partidarios de la intervención del poder civil en asuntos eclesiásticos; y como punto de honra han juzgado el defender las doctrinas y los actos de sus predecesores.

El jansenismo, pues, la llamada filosofía del sigloXVIII, y las doctrinas regalistas concurrieron en extraña unión a producir la singular providencia, que «por causas a sí reservadas» tomó el rey Carlos III. Estos tres elementos reunidos llevaron a cabo la obra de difamación, cuyo resultado se hace sentir todavía. Afortunadamente los tres han pasado a la historia, y sólo a título de monumento arqueológico, pueden llamar la atención de los curiosos. Pero, como de la calumnia queda siempre algo, han quedado en nuestra sociedad multitud de preocupaciones anti-jesuíticas, que importa disipar, presentando las cosas bajo su aspecto verdadero.

Nuestro objeto en estos apuntamientos no es poner de manifiesto las monstruosas ilegalidades, cometidas en el extrañamiento de los regulares de la Compañía, ni mucho menos refutar los absurdos y ridículos cargos que contra ellos se fulminaron. En este trabajo se han ocupado doctas plumas, y por demás sería insistir en cosas cien veces repetidas.

Nuestro propósito es puramente literario. Hase dicho por algunos que la existencia de la Compañía de Jesús era incompatible con la ilustración del siglo XVIII, y que, al quitar de sus manos la enseñanza, produjéronse bienes incalculables, abriendo nuevas vías al espíritu en todos los ramos de las ciencias y de las letras humanas. Preciso es desconocer por completo la historia literaria del siglo XVIII para asentar semejantes proposiciones. Forzoso es no haber recorrido las obras de aquellos varones insignes, (que nos atrevemos a afirmarlo) eran lo más ilustre que en ciencias y en letras poseía la España de Carlos III. Bastará recordar algunos nombres y determinados libros.

Tres escritores insignes forman la gran Triada jesuítica del siglo XVIII: Andrés, Eximeno, y Hervás y Panduro.

¿Quién negará los altos merecimientos del abate Andrés, que el primero (entiéndase bien), el primero en Europa, acometió la gigantesca empresa de escribir una Historia Universal de la literatura? Rebosa la erudición en los siete enormes volúmenes de su obra; hállanse en ella doctrinas críticas muy superiores a su época; es grande la severidad y acierto de sus juicios, cuando no le encadenan las preocupaciones literarias en aquella centuria dominantes. Iguales méritos realzan sus cartas sobre asuntos de erudición y bellas artes, sus escritos en defensa del honor literario de su patria y cuantos opúsculos salieron de su pluma, siempre fácil, amena y erudita.

Contagiado un tanto Eximeno por la filosofía sensualista de aquella era, muestra siempre dotes analíticas no comunes; y con flexibilidad de ingenio maravillosa, sabe pasar de la metafísica a la novela, de las matemáticas a los estudios musicales. Sus tratados filosóficos, su libro Del origen y reglas de la música, su Apología de Cervantes y otros escritos menos conocidos, dan testimonio de su agudo ingenio y laboriosidad incansable.

Inferior en buen gusto y en prendas de escritor a sus dos compañeros, excédelos Hervás y Panduro por el número e importancia de sus trabajos verdaderamente prodigiosos. Asombra considerar los numerosos volúmenes que en español y en italiano dió a la estampa con los títulos de El Hombre Físico, Historia de la vida del Hombre, Catálogo de las lenguas, Viaje Estático al mundo planetario. La ciencia filológica cuenta a Hervás entre sus primeros y más esclarecidos representantes: los estudios lingüísticos fueron ocupación constante de su vida, y constituyen su mayor título de gloria, en el juicio de la posteridad. Merece no obstante singular aprecio como filósofo y hombre erudito en todo linaje de conocimientos y disciplinas.

Las acusaciones dirigidas a la literatura española en los libros de Tiraboschi y de Bettinelli dieron noble asunto a la pluma del jesuíta catalán Javier Lampillas, autor de un Ensayo histórico apologético, escrito con erudición copiosa, si bien no con sobrada crítica.

En tal empresa probó también sus bríos el P. Tomás Serrano, dando a luz dos elegantísimas cartas latinas en defensa de Lucano y de Marcial, harto maltratados por los críticos italianos.

El desprecio en que veía ser tenidas las cosas de su patria inspiró a Masdeu el pensamiento de publicar en lengua toscana su Historia crítica de España, obra famosa, que presta tanto asidero al elogio como a la censura, pero en la cual es forzoso reconocer aciertos frecuentes, aparte de la labor no escasa.

Al desagravio de su ultrajada patria acudió también el malogrado jesuíta Nuix, autor de unas importantes y poco conocidas Reflexiones sobre la humanidad de los españoles en las Indias,

Distinguíase al propio tiempo el Abate Arteaga como historiador de las Revoluciones del teatro musical italiano, y autor de una obra de estética, muy notable para su tiempo.

Como helenista insigne brillaba el P. Manuel Aponte, traductor de la Ilíada y de la Odisea, y catedrático de griego en la Universidad de Bolonia.

Y no aparecían inferiores el P. Luciano Gallisá, conocido por anteriores trabajos literarios, y el mallorquin Bartolomé Pon. traductor insigne de Herodoto, Longino y Dionisio de Halicarnaso,

Con limada dicción y elegante estilo escribía el P. Aymerich sus Prolusiones Philosophicae, mientras su paisano Prat de Saba daba a luz en Ferrara dos poemas latinos, consagrados a celebrar el comienzo y el fin de nuestra reconquista, La lid de Covadonga y La conquista de Granada.

Lasala y Colomés hacían resonar su nombre en los teatros de Italia; Ceris y Gelabert, traductor de Tibulo y Propercio, componía no despreciables poesías líricas; Alcovero se ocupaba en la versión de Horacio; Arévalo daba a luz con eruditísimas ilustraciones las obras de Prudencio, Juvenco, Draconcio, Sedulio y San Isidoro de Sevilla, así como la Himnodia Hispánica.

Y, mientras Borrego ponía cima a una Historia Universal, el diligente bibliófilo Diosdado Caballero investigaba los orígenes de nuestra tipografía, y con los trabajos de sus compañeros formaba un Suplemento a la biblioteca de la Compañía de Jesús.

No menor actividad desplegaron otros miembros de la Compañía: el P. Terreros trabajaba en su Diccionario universal de ciencias y artes; el novicio Montengón, a quien faltó sólo escribir bien el castellano para ser literato muy apreciable, traducía a Sófocles, parafraseaba a Ossian, y ensayaba con éxito, no infeliz, sus fuerzas en la novela.

La casualidad de haber muerto algunos años antes, hizo que no acompañase a sus hermanos en el destierro el P. Andrés Marcos Burriel, explorador infatigable de archivos y bibliotecas. No aconteció otro tanto al P. Isla, satírico eminente, que en Italia consagróse al trabajo con el mismo ardor que en su edad juvenil. Allí escribió diferentes opúsculos críticos, empezó un largo poema burlesco con el título de Cicerón, y tradujo las sátiras de L. Sectano, el Gil Blas y las Cartas de Constantini.

De nuestras colonias americanas vinieron doctísimos varones a acrecentar el lustre de la institución de que formaban parte. Méjico envió al P. José Alegre, insigne traductor de Homero, y comentador de la Poética de Boileau; al P. Abadiano, intérprete no infeliz de las églogas de Virgilio, y a Clavijero, erudito investigador de la historia primitiva de su patria. Vino de Chile Molina, autor de la Historia civil y natural de su país, en cuyo prólogo menciona a otros tres jesuítas que se ocupaban en trabajos análogos a los suyos, ¿Quién podrá enumerar a los muchos que se distinguieron como poetas latinos?

Las obras originales del polígrafo cántabro, nacido en 1856 y muerto en 1912, se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado. Con esta condición, reproducimos en The Cult extensas citas procedentes de sus libros y artículos.

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