Fernando Fraga

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000) y Simplemente divas (2014).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

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La Fundación Excelentia se ha marcado un tanto trayendo de nuevo a Madrid al tenor norteamericano Lawrence Brownlee, al mismo Teatro Real donde se le escuchó en 2004, turnándose con Juan Diego Flórez como el conde Almaviva de El barbero de Sevilla rossiniano.

Es sabido que por motivos religiosos los teatros italianos del siglo XIX eludían la normativa, que prohibían las funciones operísticas durante la Cuaresma, escenificando obras de carácter religioso.

El Teatro Real madrileño (bueno, no hay otro Teatro Real que no sea el de Madrid) estrenó en 1999 una producción de la Carmen de Bizet firmada por Emilio Sagi. Un excelente montaje de corte tradicional, con unos imponentes tanto como idóneos decorados de Gerardo Trotti y un bonito vestuario del diseñador español Jesús del Pozo. Sagi se tomaba escasas pero acertadas libertades como la de presentar un travestido Lillas Pastia. Ese mismo año 1999 se estrenaba en Perelada otra lectura escénica de la ópera ahora encargada a Calixto Bieito.

Hace ciento cincuenta años (los cumplió el 11 de marzo) Verdi estrenó en la Salle de la rue Le Peletier de París, sede entonces de la Opéra, su monumental Don Carlos, la tercera obra destinada a la capital francesa tras Jérusalem (1847) y Les Vêpres siciliennes (1855).

Una de las producciones más longevas de la Royal Opera londinense ha sido una Bohème pucciniana firmada por John Copley que, desde que se representó por vez primera hace cuarenta años, se han sucedido continuas reposiciones reuniendo en tan largo periodo a parejas tan variadas como las de Ileana Cotrubas y Neill Shicoff, Eugenia Moldeveanu y José Carreras, Ilona Tokody y Plácido Domingo, Cristina Gallardo-Domas y Ramón Vargas o Roberto Aronica, Angela Gheorghiu y Roberto Alagna, Hibla Gerzmava y Teodor Illincai, Anna Netrebko y Joseph Calleja. Mimìs y Rodolfos, pues, de diferentes orígenes y disímiles resultados.

Uno de los mayores ejemplos de la progresiva y acelerada apertura de la República China a Occidente (o viceversa) fue la edificación del imponente edificio del Centro Nacional de las Artes Escénicas en Beijing (o sea Pequín). Construcción iniciada en 2001 e inaugurada con un espectáculo en diciembre de 2007, fue diseñada por el arquitecto francés Paul Andreu.

Mozart estrenó Lucio Silla el 26 de diciembre de 1772 en el Teatro Regio Ducale de Milán, precedente inmediato de Teatro alla Scala, un escenario que durante un tiempo eligió aquella fecha decembrina para inaugurar sus temporadas (hoy, como es notorio, lo hace el 7 del mismo mes, fecha de San Ambrosio).

La hora de Flórez

Una nueva grabación del Barbero de Sevilla rossiniano, una de las óperas más grabadas de la historia discográfica (la primera es de 1918), no debería llamar anormalmente la atención dadas las excelentes versiones que el interesado tiene a su alcance, desde la divertidísima de Callas y Gobbi (1957) a la «depurada» de Bartoli y Nucci (1988), con una buena legión de Rosinas, Bartolos, Almavivas, Basilios o Fígaros de varias generaciones por ahí danzando, entre los que podemos recordar sólo a algunos, así al azar y sin pretender agotar la enorme lista, como Victoria de los Ángeles, Sesto Bruscantini, Enzo Dara, Cesare Valletti, Samuel Ramey, William Matteuzzi, Marilyn Horne, Rockwell Blake, Alessandro Corbelli, Teresa Berganza y Ruggero Raimondi.

Un operista (más) del ochocientos

A través de Rossini, se llega a leer a Stendhal, y gracias al autor de esas joyazas novelísticas que se llaman Rojo y negro o La Cartuja de Parma, llegamos a Carlo Soliva, de quien el escritor habló elogiosamente en Roma, Nápoles y Florencia.

Entre Mozart y Gluck

Como antes Lully, Haendel o Gluck, recordando sólo a los que lograron que sus obras basadas sobre la Jerusalén conquistada de Tasso sobrevivieran al paso del tiempo, Giuseppe Sarti compuso para la inauguración del Teatro del Hermitage de San Petersburgo en 1786 una Armida e Rinaldo, que la ciudad natal del compositor (Faenza) ha tenido a bien recuperar con motivo del bicentenario de su muerte celebrado en 2002.

Federico y Luigi Ricci fueron dos hermanos compositores que firmaron conjuntamente cuatro partituras, una de ellas Crispino e la comare (1850), uno de los escasos productos cómicos estrenados con éxito duradero en aquellos momentos de furores románticos.

Para seguir recordándola

La soprano genovesa Luisa Maragliano ha sido otra cantante más de aquéllas que resultaron perjudicadas por el disco oficial, que apenas tuvo en cuenta su excelente carrera italiana e internacional, muy realzada sobre todo en la década de los sesenta de la pasada centuria.

Pese a dos Marcellos puccinianos, un Filippo Visconti belliniano y unos verdianos Nabucco, Rigoletto (éste videográfico en el Covent Garden) y Gusmano de Alzira, Paolo Gavanelli no ha encontrado aún en la discografía un reflejo veraz de lo que es su importante carrera profesional en escenarios de todo el mundo.

Mascagni medievalista

Para su décima ópera, Isabeau, Mascagni acudió a un tema medieval, servido por Luigi Illica (el libretista pucciniano) que tomó libremente, nada menos que de la leyenda de Lady Godiva, la mujer que se subió desnuda a lomos de su caballo y ocultando el resto de su pudor tras su melena se paseó por la ciudad inglesa de Coventry.