Juan Ignacio Pérez

Juan Ignacio Pérez

Juan Ignacio Pérez es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Escribe sobre biología animal en Zoo Logik (en español) y en Uhandreak (en vasco). Colabora en #con_ciencia (diario Deia) y Next (Vozpópuli). Asimismo, forma parte del Consejo Científico y Tecnológico de la FECYT.

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No duermas, hay leones

Valoramos mucho el sueño continuo y prolongado. Los especialistas recomiendan dormir unas ocho horas o, si se trata de infantes, más incluso. Sin embargo, muchas personas son insomnes; tienen problemas para conciliar el sueño, despiertan en más de una ocasión durante la noche o lo hacen demasiado pronto.

Las epidemias del pasado… y del futuro

Tras las guerras médicas, finalizadas en 448 a.e.c. con la derrota del ejército persa de Artajerjes I y la Paz de Calias, Atenas se encontraba en su máximo apogeo. Pericles, seguramente la máxima figura política de la Grecia clásica, gobernaba un imperio marítimo y, a decir del historiador Tucídides, lo hacía con talento y prudencia. Y sin embargo, la era de Pericles llegaría a su fin 17 años después, en parte al menos, por una serie de malas decisiones promovidas por el “primer ciudadano”.

Sangre de dragón

El dragón de Komodo –Varanus komodoensis– no es un dragón sino un lagarto. Es quizás el de mayor tamaño que existe: puede llegar a medir hasta 3 m de largo y pesar 70 kg. Sobreviven hoy unos pocos miles de ejemplares de la especie en algunas islas de Indonesia; la mayor parte, alrededor de mil quinientos, en la de Komodo de donde proviene su nombre.

Más competidores, menos competición

Analizando los resultados de la prueba SAT que se realiza en los Estados Unidos para acceder a los estudios universitarios, Stephen M. García (Michigan, EEUU) y Avishalom Tor (Haifa, Israel) observaron que dichos resultados son peores cuanto mayor es el número de personas que realizan la prueba en una misma dependencia. También observaron el mismo fenómeno al analizar los resultados de una prueba analítica muy sencilla, denominada “Cognitive Reflection Test”.

¿Cuántas células hay en el cuerpo humano?

La respuesta no es fácil y, de hecho, hasta hace poco no ha habido estimaciones mínimamente fiables. Los primeros cálculos con cierto rigor se publicaron en 2013, pero en 2016 se hicieron estimaciones más precisas de los seis tipos celulares que se tenían por más abundantes. Esos tipos daban cuenta del 97% del número total de células. Según los últimos cálculos, en el cuerpo de un hombre joven de unos 70 kg y 170 cm de estatura hay aproximadamente 30 billones de células. Y las cifras no serían muy diferentes para una mujer de similares características.

Narrar historias promueve la cooperación

A los seres humanos nos gusta que nos cuenten historias. Nos gustan las narraciones. Y a algunos también les gusta contarlas. No se trata solo de las que nos contamos unos a otros de manera oral. También las leemos. O, cada vez en mayor medida, las vemos u oímos en programas de televisión o de radio. Dedicamos muchísimo tiempo –y dinero– a oír, leer o ver historias. Es un rasgo cultural universal: a todos los seres humanos nos gustan las narraciones.

La filoxera y sus delitos

Las primeras vides afectadas lo fueron en Pujault (Gard, Francia) en 1863. La plaga siguió extendiéndose por ese país y algo más tarde por el resto de Europa. Cinco años después el botánico Jules-Émile Planchon identificó al culpable. Era un insecto diminuto (de entre 0,3 y 1,4 mm) cuyo nombre científico actual es Daktylosphaera vitifoliae, conocido vulgarmente como filoxera.

Las aves de Prometeo

Las aves tienen capacidades asombrosas. Los pájaros cantores, por ejemplo, tienen excelentes habilidades vocálicas, algunos extraordinarias. El caso más espectacular es el de una especie cuyos machos, para cortejar a la hembra, aprenden un canto nuevo cada año. Los pergoleros macho fabrican pérgolas muy complejas y de gran cromatismo; también lo hacen para conquistar a su pareja.

El duelo de los pecaríes

Un día de enero de 2017 Dante de Kort vio un grupo de pecaríes de collar en la parte trasera de su casa, en Arizona, EEUU. Uno de ellos parecía enfermo. Al día siguiente una hembra de pecarí yacía muerta en el lugar en que se encontraba el grupo el día anterior; otros individuos merodeaban a su alrededor.

A finales de siglo XIX y comienzos del siglo XX los valores no desempeñaban ningún papel en el desarrollo de la ciencia. La noción de ciencia neutra, carente de valores se remonta al siglo XVII, a la creación de la Royal Society londinense. Según el Royalist Compromise, el acuerdo con la corona británica, recogió el compromiso de ésta de permitir a los miembros de la Sociedad investigar en libertad siempre que no se involucrasen en asuntos religiosos, políticos y morales.

La hostilidad a la ciencia

En el mismo año que se había publicado el ensayo sobre la relación entre la ciencia moderna y el protestantismo glosado en la anotación previa, Merton (1938) publicó una conferencia que había pronunciado en diciembre del año anterior ante la American Sociological Society. En la conferencia se refirió a los ataques que había recibido la ciencia en los años anteriores y expuso una serie de ideas acerca de los motivos por los que, a su entender, se estaban produciendo esos ataques. Sintetizo a continuación los puntos más significativos de su trabajo.

Como hemos visto en la anotación anterior (Merton, 1938), la ciencia dejó de ser inmune al ataque, las restricciones y la represión. Antaño la fe de la cultura occidental en la ciencia había sido ilimitada, indiscutida y sin rival. Hace 350 años, cuando la institución de la ciencia poseía escasos títulos propios para reclamar apoyo social, también los filósofos de la naturaleza tuvieron que justificar la ciencia como un medio para lograr los fines culturalmente convalidados de la utilidad económica y la glorificación de Dios.

Una vez que Merton (1942) abrió la puerta a los valores como un elemento fundamental para caracterizar la empresa científica y para sustentar la legitimación social de la misma, otros autores han aportado su propia visión. Paso a continuación a hacer un breve repaso, recurriendo, para ello, a referencias recogidas por Javier Echeverría en sendos trabajos de 1995 y de 2002.

A lo largo de las anotaciones anteriores hemos visto como, desde una tradición anterior al siglo XX en la que no cabían cuestiones de orden axiológico, durante el primer tercio de ese siglo se pasó, no sin resistencia, a incorporar la noción de los valores al acervo de los estudios de sociología y filosofía de la ciencia. Ello tuvo mucho que ver con las cada vez mayores implicaciones sociales, económicas e ideológicas de la ciencia y sus productos. Fueron sobre todo consideraciones relativas a los efectos de la tecnología que se derivaba del desarrollo de la ciencia y a la contraposición de determinados valores muy extendidos socialmente con los principios propios de la empresa científica lo que llevó a Merton (1942) a enunciar el conocido como ethos de la ciencia, ethos al que también iba asociado su propio conjunto de valores.