Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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Ningún estudio dedicado a la historia de la ciencia ficción podría considerarse completo sin el análisis de una de las películas clave del género: 2001: Una Odisea del Espacio, dirigida por Stanley Kubrick.

El formato de miniserie televisiva fue muy popular a mediados de la década de los años setenta del siglo pasado, gracias a que permitía a los productores evitar la exigencia de contar una historia completa en una hora, o bien estirarla veintidós episodios para que durase una temporada completa. Fue la solución para dramas históricos o familiares como Raíces u Hombre rico, hombre pobre, pero no se contemplaba como algo que diera cabida a un género “infantil” como la ciencia ficción.

En el tiempo transcurrido entre la publicación de La Batalla de Dorking en 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 hubo, literalmente, cientos de autores escribiendo libros sobre guerras futuras y fantasías de invasión. Sus obras a menudo alcanzaron una inmensa popularidad en Inglaterra, Alemania y Francia. Se estima que llegaron a publicarse unos 400 títulos, el más conocido de los cuales fue La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells, si bien hemos analizado varios de ellos en artículos anteriores.

El éxito de las cintas de Méliès no pasó desapercibido en la naciente industria cinematográfica. Pronto, otros cineastas europeos y norteamericanos probaron suerte con este recién nacido subgénero de límites aún difusos que mezclaba la fantasía con lo que hoy conocemos como ciencia-ficción. Uno de aquellos primeros competidores de Méliés fue un antiguo prestidigitador como él, Gaston Velle, que para la productora Pathé rodaría Un sueño de luna llena (1905) y este Voyage autour d'une étoile.

El pensamiento utópico socialista fue una de las influencias más importantes que tuvo la ciencia-ficción a finales del siglo XIX, especialmente en el mundo anglosajón y Rusia. Las figuras más influyentes en el desarrollo de la ciencia-ficción anglosajona en los treinta años que discurrieron entre mediados de los ochenta del XIX y el comienzo de la Primera Guerra Mundial –Edward Bellamy, William Morris, H.G. Wells y Jack London– fueron todos socialistas. Aunque de ellos sólo London era realmente un marxista declarado, todos compartían la noción de que el romance científico y utópico estaba relacionado con la reforma social que superaría el amoral laissez–faire capitalista.

"R.U.R." (1921), de Karel Čapek

Durante siglos el hombre de ficción ha fabricado criaturas de lo más diverso, desde la estatua de Pigmalión al Golem pasando por Pinocho. Pero nunca había existido preocupación alguna por diferenciar entre seres mágicos o científicos. Sin embargo, con el auge de la ciencia y la tecnología, la fantasía se fue separando cada vez más del romance científico. Eran necesarios nombres nuevos para los hijos del nuevo género.

Fue esta una de aquellas breves películas, mezcla de fantasía, ciencia ficción y comedia, tan escasas de historia como repletas de trucos visuales, con las que los británicos trataron de igualar la maestría del francés Méliès.

Matrix (1999) causó un impacto fenomenal en la industria del cine, no sólo entre los amantes de la ciencia-ficción –para quienes la historia no era tan nueva como parecía– sino entre espectadores que sólo ocasionalmente visitaba el género. Abrió nuevos caminos en los efectos especiales y trasladó a la pantalla con un estilo distintivo y luego muy imitado un entorno argumental que hasta entonces sólo había tenido una transferencia cinematográfica mediocre.

En la década de los noventa del siglo pasado, Hollywood se refugió en el cine de espectáculo como defensa ante la competencia de nuevas fuentes de entretenimiento de masas, como los videojuegos o la creciente Internet.

El cine había tardado demasiado en responder al clima de inquietud social que se vivía en Estados Unidos desde la segunda mitad de los sesenta. Fue necesario el inesperado éxito de una película independiente como Easy Rider” (1969) para que los ejecutivos de los grandes estudios se dieran cuenta de que había un público ávido de ver reflejados en la pantalla sus temores y esperanzas.

No hay disponibles muchas obras de ficción apocalíptica de culturas distintas a la occidental, pero una de ellas es esta, una novela escrita por el japonés Kobo Abe, el primer novelista moderno japonés de ciencia-ficción. Escritor, dramaturgo, fotógrafo e inventor, a menudo se le compara con Franz Kafka por sus pesadillescas visiones de la existencia individual en una sociedad contemporánea.

"Ficcionario" (1983), de Horacio Altuna

Horacio Altuna se estableció en España en 1982, fijando su residencia en Sitges. Es entonces cuando el dibujante argentino se convierte también en guionista. Por una parte, continuar la colaboración con su socio creativo habitual desde hacía años, Carlos Trillo (El último recreo), que se había quedado en Argentina, resultaba complicada en una época en la que no existía internet; ambos autores acostumbraban a discutir y construir sus guiones juntos y esto ya no era posible. A ello se añadía su deseo de dar un paso adelante profesionalmente ilustrando sus propias historias.

"El talón de hierro" (1907), de Jack London

La más vívida e importante novela de ciencia-ficción del año 1908 es esta, una de las muchas obras de principios de siglo que trataban del conflicto entre el capital y el trabajo, pero la única que aún sobrevive y se sigue reeditando. Como H.G. Wells, London era un socialista comprometido, y su fantasía política The Iron Heel desarrollaba la tradición escéptica fundada por Ignatius Donnelly en su distopia La columna de César (1890).

En 1929, Hugo Gernsback –cuya figura absolutamente fundamental para el género de la ciencia-ficción, en su calidad de editor, glosaremos en otra ocasión– perdió el control de su hija predilecta, Amazing Stories, cuando su compañía cayó en la bancarrota, y no tanto por falta de éxito sino por una serie de inversiones financieras que terminaron en juicio. Pero el pionero editor no se rindió, ni mucho menos. En cuestión de meses tenía otras tres revistas en el mercado, una de la cuales fue esta Air Wonder Stories (las otras fueron Science Wonder Stories y Science Wonder Quarterly).