Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar).

graciasportadadefesq

En sólo una generación desde Godwin, el viaje interplanetario evolucionó hacia posturas más críticas, ejemplificadas por los trabajos de Cyrano de Bergerac, en los que satirizó los prejuicios, la intolerancia y las creencias de su época. Su obra maestra, las novelas de L'autre Monde (publicadas años después de su muerte), fueron una protesta secular con base copernicana contra la visión antropocéntrica que, en buena medida, aún pervive entre nosotros.

Mientras Kepler profundizaba en los mecanismos del universo copernicano y se convertía en su más destacado defensor, el obispo de la localidad galesa de Llandaff, Francis Godwin, escribía la primera narración de viajes espaciales en lengua inglesa. The Man in the Moone: or A Discourse of a Voyage Thither, by Domingo Gonsales (El hombre en la Luna o una disertación sobre el viaje hasta allí, por Domingo Gonsales) es otro trabajo clave en la ciencia ficción primitiva.

Marie Corelli fue quizás la novelista británica más popular del cambio de siglo. Sus libros se vendieron, con diferencia, mucho más que los de H.G. Wells o Arthur Conan Doyle.

En los últimos años del siglo XIX se asistió a un importante aumento en el interés por los asuntos sobrenaturales y psíquicos, especialmente la telepatía, la comunicación con espíritus, las apariciones de fantasmas y la reencarnación; un conjunto de creencias a menudo dignificadas por explicaciones pseudocientíficas y frecuentemente defendidas por reputados hombres de ciencia.

Cuando pensamos en utopías, nos vienen a la cabeza sociedades en las que, aunque están regidas por sistemas políticos diferentes, se confía en que la gente en general hará lo que es correcto social y políticamente y que sólo habrá unas cuantas y desafortunadas excepciones a tal regla. Pocos van tan lejos en esa homogeneización aséptica como Addison Peale Russell en Sub–Coelum, donde “la gente no ronca. Se han entrenado a sí mismos para evitar ese acto desagradable”.

El tema de la ciudad del futuro se utiliza muy a menudo en historias que tratan sobre los cambios motivados por un progreso continuado. A menudo usa un argumento convencional de intriga o una narración de revoluciones contra opresores tecnológicos. Cuando los escritores de CF especulan sobre el futuro de la vida en la Tierra, sus visiones están inevitablemente dominadas por las imágenes de la ciudad. La historia humana es sobre todo la historia de la fundación y crecimiento de ciudades: ése es el significado de la palabra civilización.

La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en Los quinientos millones de la Begún (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en After London (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.

Entramos en la última década del siglo XIX, momento del florecimiento de la CF, impulsada, según el cliché, por el éxito de Verne y Wells, pero también gracias a la moda de utopías como la de Edward Bellamy. Cientos de títulos vieron la luz en estos años; de hecho, la evolución del interés del público por el nuevo género fue cada vez mayor a medida que se aproximaba el nuevo siglo.

En los estudios generales sobre CF, el siglo XIX tiende a resumirse rápidamente en dos grandes nombres que oscurecen todo lo demás: Julio Verne y H.G. Wells. Ya hemos visto en este espacio sobrados ejemplos de obras tanto o más novedosas que las de ambos autores, libros que iniciaron tendencias y relatos que plantearon temas que se convertirían en básicos y recurrentes dentro del género.

Mark Twain es algo así como un tesoro nacional para los norteamericanos. Ingenioso, emprendedor y de amplios recursos, alcanzó enorme fama ya en vida, tanto como escritor como en su faceta de orador. Sus obras cubrieron un gran espectro de temas: desde las correrías infantiles con un toque nostálgico de Tom Sawyer o Huckleberry Finn a los relatos de aventuras históricos (Príncipe y mendigo) pasando por la fantasía con moraleja (El forastero misterioso) o divertidas crónicas de viajes (Inocentes en el extranjero).

Los horizontes cada vez más amplios del romance científico atrajeron a una legión de nuevos reclutas, entre ellos Robert Cromie, que en esta novela ofreció su propia versión de las consecuencias de la teoría evolutiva de Darwin.

La ficción especulativa británica disfrutó de un impulso fundamental en 1871, cuando la revista Blackwood publicó La Batalla de Dorking, de George T.Chesney –ya comentado en un artículo anterior–. Este relato de la derrota inglesa ante las fuerzas alemanas invasoras, como si se tratara de un terremoto, dio lugar a numerosas réplicas, fundando un subgénero de historias de guerras futuras cuyo éxito se prolongó hasta el estallido de la auténtica guerra en 1914. Los primeros seguidores/imitadores se decantaron por formatos en los que se presentaban las narraciones como “memorias”, pero no pasaría mucho tiempo antes de que esos relatos de conflictos situados en el futuro adoptaran el formato de novela.

"La isla de hélice" (1895), de Julio Verne

A finales del siglo XIX, la época dorada de Verne ya había quedado atrás. Sus mejores novelas hacía tiempo que habían sido publicadas y el género del "romance científico" había continuado evolucionando y ramificándose en formas más atrevidas que las ensayadas por el escritor francés. Sin embargo, aún le quedaban cosas que contar…

Se trata de una historia corta publicada en la recopilación de cuentos El Rey de Amarillo (The King in Yellow) y es un excelente ejemplo del tipo de ficción de terror que escribía su autor, Robert W. Chambers. Dicha compilación incluye relatos de fantasía, misterio, ciencia ficción y romance.