Mario Vega

Mario Vega

Tras licenciarse en Bellas Artes (Grabado) por la Universidad Complutense de Madrid, Mario Vega emprendió una búsqueda expresiva que le ha consolidado como un activo creador multidisciplinar. Esa variedad de inquietudes se plasma en esculturas, fotografías, grabados, documentales, videoarte e instalaciones multimedia.

Las referencias a la naturaleza y al paso del tiempo son constantes en su trabajo artístico. Esta obra gráfica y plástica tiene su génesis en una serie de intervenciones efímeras –las sensacciones–, plasmadas en instantes de conexión afectiva con el entorno.

Como educador, cuenta con una experiencia de más de veinte años en diferentes proyectos institucionales, empresariales, de asociacionismo y voluntariado. Esa trayectoria, centrada en el ámbito de la educación ambiental y el estudio y la conservación de la biodiversidad, coincide con su labor en conCiencia Cultural, la entidad de la que es cofundador. Asimismo, codirige EcoCult, suplemento de la revista Thesauro Cultural (The Cult) dedicado a las ciencias naturales y a la protección de la naturaleza.

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Por todas partes encontramos ejemplos de la proliferación de un color, el verde, que nos recuerda a todas horas la presencia de materia viva en nuestro entorno. El verde, como ya saben, es mucho más que una distinción de las plantas. Podemos comprender su grandeza e importancia sin necesidad de estudiar botánica, y sin embargo, de todas las maneras de observarlo, la más saludable es la que más nos acerca a la naturaleza.

Aunque la familia de los tálpidos (Talpidae) excava sus madrigueras en medio mundo, escribo estas líneas pensando en las dos especies que me resultan familiares, Talpa europaea y Talpa occidentalis. Les hablo, por tanto, del topo menudo y aterciopelado que, de cuando en cuanto, revela su presencia con esos montículos de tierra tan frecuentes en huertos y jardines.

La orugueta del almendro (Aglaope infausta), como saben los agricultores, es una plaga del follaje y de los frutos jóvenes. Puede decirse, por tanto, que estamos ante una de esas criaturas cuya presencia no suele ser bien recibida. Sin embargo, lo que hoy me interesa destacar sobre este lepidóptero no es tanto su voracidad como su inesperada relación con el cambio climático.

Recuerdo haber cruzado el umbral de un bosque cuando sus criaturas eran sólo pinceladas de acuarela. Josechu Lalanda (1939-2015) había creado esa fronda con su arte, pero gracias a la fantasía, no era difícil avanzar por sus sendas más intrincadas y sugerentes, captando así unas sensaciones que me aguardaban en la vida real.

Allá por 1973, un crustáceo típico de las marismas de Louisiana, el cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii), descubrió las aguas de Badajoz y de la cuenca baja del Guadalquivir. En un principio, los responsables de nuestro medio natural ‒los gestores del ICONA‒ respaldaron su presencia, dado que en esos territorios podía ser una fuente de riqueza y no competía con el cangrejo de río ibérico.

Para evitar susceptibilidades y malentendidos, haré una advertencia previa. A lo largo de las siguientes líneas, les hablaré de un grave problema que tiene un clara solución. Obviamente, el pádel es un deporte saludable, contra el que no cabe crítica alguna, y por eso mismo, creo que los aficionados a él son los que deben concienciarse en primer término del peligro que ahora explicaré.

Desde hace unos años, la ciencia investiga los elementos sensoriales y químicos que se ponen en juego cuando estamos cerca de la naturaleza. Algunos de esos estudios resultan especialmente prometedores en el campo de la educación.

Al amanecer o al anochecer, cuando el aire refresca, o en esas horas en las que un sol brillante se alza sobre el bosque. Cualquier momento es bueno para detenerse en un claro y tomar conciencia de ese entorno verde, plagado de vida.

La poetisa Emily Dickinson nos dejó esta confesión: "Cuando frecuentaba el bosque de pequeña, me decían que una serpiente podría picarme, que podría coger una flor venenosa o que los duendes me podrían raptar, pero continué yendo y no encontré sino ángeles, mucho más tímidos ante mí de lo que yo pudiera sentirme ante ellos."

No es fácil resistir la soledad. Por lo que sabemos hasta ahora, el ser humano es una criatura social, gregaria, que necesita a sus congéneres para alcanzar la plenitud. No obstante, hay algunos solitarios ilustres que han sido capaces de encontrar en el aislamiento voluntario la verdadera esencia de nuestra especie.

Supongamos por un momento que las formas geométricas desaparecieran de nuestros huertos. Imaginemos que ese espíritu cartesiano, arquitectónico, no fuese la norma en su diseño. ¿Qué sucedería si, en lugar de surcos perfectos encontrásemos una floresta similar a la que prosperaría en la naturaleza?

Si hay un país donde la naturaleza tiene un contenido altamente simbólico, ese es Japón. La cultura del archipiélago, consolidada a partir de una tradición dependiente de los bosques, los ríos y las montañas concede una enorme importancia al medio, y ello es evidente incluso en la actualidad, a poco que se conozca aquella sociedad.

Observación, formulación de hipótesis, experimentación, control de variables y conclusiones... No, no les estoy proponiendo una investigación en el laboratorio, aunque algo hay de ello. En realidad, esa metodología científica es la misma que Bill Mollison siguió a la hora de revolucionar los cultivos agrarios con una fórmula respetuosa con el medio, sostenible y también rentable. ¿Su nombre? Permacultura.

Pueden hacer la prueba. Si conocen a un urbanita que haya decidido dar un giro a su vida e instalarse en el campo como agricultor, es más que probable que entre sus lecturas figuren La vida autosuficiente, El horticultor autosuficiente o La vida en el campo. Y es que, a pesar del tiempo transcurrido desde su primera edición, esos tres libros de John Seymour lo convierten en el principal mentor de quienes han elegido habitar lejos del humo, la ansiedad y el ruido.