Enseñando el género

El ser humano pasará a la Historia natural como el más dañino de los organismos, capaz de destruir, contaminar y pervertir todo lo que toca. Por suerte, le queda una cosa positiva que se llama arte.

Gracias a esta cualidad, el homo sapiens es capaz de transformar cosas tan cotidianas como cocinar o correr en acciones admirables como la gastronomía o el atletismo. Lo mismo sucede con una tontería tal como la de quitarse la ropa. La participación de la sensualidad y la creatividad convierten al hecho de desvestirse en un rito erótico de tintes místicos, que demuestra aquello de que, casi siempre, el calentamiento es más memorable que el ejercicio en sí.

Lo que ahora llamamos striptease es algo tan antiguo como pestañear. Ya en la Biblia la femme fatale Salomé engatusaba al rey Herodes mediante la danza de los siete velos, con la intención de obtener la cabeza de San Juan Bautista. Esta historia ha sido recreada en varias ocasiones por el cine ya desde los años 20, en la adaptación de la obra homónima de Oscar Wilde por parte del director Charles Bryant. Con todo, la Salomé más recordada es Rita Hayworth, en la película de 1953 donde, bajo las órdenes de William Dieterle, la diosa pelirroja intentaba repetir el éxito de su baile sensual en Gilda, de la que hablaremos dentro de unos párrafos.

Hablando de stripteases históricos, no nos podemos olvidar de la insólita presentación de la reina Cleopatra ante César, envuelta en una alfombra cual rollo de primavera que, al desenrollarse, desvelaba su regia desnudez. Entre las Cleos más memorables están la nacarada Vivian Leigh de César y Cleopatra, dirigida por Gabriel Pascal en 1945, y la Liz Taylor del carísimo fracaso comercial orquestado por Joseph L. Mankiewicz en 1963. Ambas actrices hacían lo poco que les permitía la censura, para mayor frustración de unos Césares encarnados por el socarrón Claude Rains y el señorial Rex Harrison.

En cuanto a la Historia del cine, lo cierto es que las escenas sicalípticas fueron casi lo primero en rodarse. Bien para deleite privado de ricos cochinotes o para exhibirse en mini-proyectores individuales en las ferias, lo cierto es que las imágenes de obesas prostitutas deshaciéndose de sus enaguas ante algún señor bigotón antes de protagonizar alguna rápida escena pornográfica fueron tan precoces como innumerables.

Cuando el cine se hizo con los teatros y se convirtió en un espectáculo de masas, la pornografía se retiró a su lugar marginal, sobre todo por la aparición de las medievales restricciones aplicadas a partir de 1922 por el Código Hays, cuya estrechez mental se hizo contagiosa a todo el planeta, provocando un daño que todavía seguimos sufriendo en este nuevo siglo.

En 1933 llegó al mundo una maravilla en forma de película. King Kong era una versión sui generis de La Bella y la Bestia en la que había de todo: aventuras, terror, increíble banda sonora, sorprendentes efectos especiales, romanticismo trágico, destrucción de la propiedad y erotismo. Para perturbados como quien esto escribe no deja de ser una sorpresa feliz el ver como, con toda la ternura del mundo, el simio gigante deshojaba las prendas de la bella muñequita rubia (Fay Wray). Lo hacía, además, en una escena en la que conviven la poesía, lo fantástico y la sensualidad.

Décadas después, ese John Malkovich con faldas llamado Jessica Lange tuvo la osadía de repetir la misma situación en el vergonzoso remake del 76 producido por el inefable Dino de Laurentiis. Pese a estar muy por debajo de la escena original, este desnudo gulliveriano se convirtió en lo mejor de la película.

No hay mal que por bien no venga, y si el Código Hays impedía la libertad de expresión, también provocaba el ingenio de los cineastas a la hora de usar la sutileza y los dobles sentidos. De este modo, lo más escandaloso de la década de los 40 fueron los brazos de una mujer. ¡Pero qué mujer y qué brazos!

El sensual baile de la incendiaria Rita Hayworth hizo de la película Gilda (1946) se convirtiera en todo un fenómeno social, y además a nivel mundial.

El buen hacer del director de fotografía Rudolph Maté y del realizador Charles Vidor, sumados a la escabrosa canción Put the blame on Mame y al modelito negro en el que se enfundaba la peligrosa Gilda confluían eróticamente en el momento en que Margarita Cansino se quitaba un largo guante como si se tratara de una media.

Por supuesto, siendo tan difícil para las mujeres protagonizar un striptease en el cine, más impensable era que un hombre lo hiciera. Por fortuna, en los años 50 y 60 proliferaron los peplum, donde se pudieron apreciar –así como quien no quiere la cosa– los espectaculares torsos de Charlton Heston y Kirk Douglas, o la perfección nubia de Woody Strode, todos ellos llevando como única vestimenta “lo que exige el decoro”.

A medio camino entre la danza contemporánea, el pole dancing y el striptease se encuentra el magnético número que Marilyn Monroe ejecutaba mientras cantaba aquello de “My name is...Lolita!” ante un atónito Yves Montand.

Esta escena para el recuerdo se desarrollaba en la deliciosa El Multimillonario, dirigida en 1960 por George Cukor, y en ella se elevaba a los altares del fetichismo una prenda en principio tan poco sugerente como el jersey largo. La magia del erotismo obra cualquier milagro.

Menos sofisticada y más mediterránea, una de las numerosas diosas curvilíneas de la década de los 60 protagonizó un saleroso striptease tan carnal como deliciosamente vulgar ante un aullador Mastroianni en el film de Vittorio De Sica Ayer, hoy y mañana (1963).

Curiosamente, esta escena se repitió décadas después, protagonizada por los mismos actores. Sin complejos, ambos se hacían un auto-homenaje en la deliberadamente caótica cinta de Robert Altman Prêt-à-Porter (1994).

La Revolución Sexual produjo una ola de sano erotismo, que sumada a la psicodelia más lisérgica, provocó la aparición de películas tan absurdas y geniales como Barbarella, la adaptación del cómic de Jean-Claude Forest realizada por el envidiable erotómano Roger Vadim.

Entre las muchas y retorcidas fantasías de la película, destaca el asombroso comienzo en el que unos títulos de crédito animados tratan de tapar, con escasa fortuna, las zonas conflictivas de un striptease a gravedad cero en el que Barbarella (Jane Fonda) se va desprendiendo de las piezas de su traje de astronauta. Si existiera (gracias a Dios no es así) alguna presencia erótica insuperable en la Historia del cine, posiblemente esta heroína galáctica, tan modosa como viciosa, más pop que las Supernenas y con una anatomía que no es de este mundo, merecería el título.

Los 70 supusieron la explosión de las libertades, así que el erotismo y la pornografía fueron la mayor atracción para el reprimido espectador. El público se convirtió en un adolescente calenturiento, y quizá por tanta oferta al por mayor, no hay ningún striptease realmente memorable.

Si acaso, ese rápido despelote con el que una bañista jipiosa nos mostraba fugazmente el estupendo desayuno que se iba a jalar el pez más famoso de cine. La película la dirigía un tal Spielberg en 1975 y se titulaba algo así como Tiburón.

Tenemos que situarnos en el año 83 para que se produzca el primer striptease masculino realmente destacable. Un casi desconocido Tom Cruise se alegraba de estar solo en casa y se marcaba una baile en calzoncillos y calcetines que encendió no pocas pasiones. La feroz crítica al capitalismo salvaje de la época en la que aparecía esta golosina visual era Risky business, de Paul Brickman.

Dentro de ese ambiente pesetero-yuppie tan de los 80 se sitúa un tostón de película, Nueve semanas y media, salpicado de morbosas escenas de erotismo light que supusieron las bases de la educación erótica de toda una generación: esa a la que este cronista pertenece.

Gracias al talento visual (que no narrativo) de Adrian Lyne, el striptease de Kim Basinger se convirtió en un estándar.

La voz cazallera de Joe Cocker entonando You can leave your hat on se entronó como la banda sonora obligatoria para todas las que, en un alarde de optimismo, trataron de emular a la Venus Basinger. Si bien en al final del striptease no se llegaba a ver todo lo que el espectador babeante esperaba, el juego de sombras, siluetas y revoloteos por parte de Kim y su camisón siguen sin ser superados. Tan impactante es este momento cumbre en la historia del cine que miren como se le ha quedado la cara luego al bueno de Mickey Rourke, incapaz de superar la impresión.

En 1994 los espectadores encontraron la excusa perfecta para dar rienda suelta a sus instintos voyeuristicos echando mano (con perdón) a la excusa cultural. Uno de los directores más apreciados por el cinéfilo de postín, Atom Egoyan, realizó un oscuro film tan retorcido como extraño, Exótica, que se desarrollaba alrededor del club de striptease más intelectual jamás visto.

Mia Kirshner abría las esclusas y soltaba una riada de morbo gracias a la siempre socorrida mezcla de traje de colegiala y actitud vampírica. Como curiosidad, informamos que la turbadora Mia, diez años después, sigue explotando su imagen morbosa en todo tipo de producciones.

El maestro James Cameron también se ha marcado un brillante tanto respecto a este asunto que hoy nos ocupa. Con la inestimable colaboración de la excelente cómica Jamie Lee Curtis (de casta le viene al galgo), el realizador canadiense llevó a cabo una maravillosa escena en la que el erotismo y la comedia se mezclaban de manera magistral, a la vez que mostraba el autodescubrimiento de una maruja que se da cuenta de que, si quiere, puede transformarse en una Mata-Hari.

Dicha escena se desarrollaba ante su marido, quien no podía creer lo que estaba viendo. El esposo estaba interpretado por Arnold Schwarzenegger en la que sería su última buena película, Mentiras arriesgadas (1994).

Pero no es oro todo lo que reluce, y lo que podrían ser las dos peores películas de los 90, década lastimosa, tenían el mundo de la caída de vestimenta y los bailes exóticos como eje central.

Showgirls (1995) era rematadamente mala, pero al menos el hooligan Verhoeven intentaba boicotear a ese Hollywood tan memo con dosis de humor de tasca y con erotismo de local de carretera más o menos efectivo.

Pero lo de Striptease (Andrew Bergman, 1996) era algo así como un suicidio artístico-comercial que no obedecía a otra razón que la de enseñar al público los implantes de silicona de una Demi Moore tan musculada que se asemejaba a un Van Damme con crisis de identidad sexual. Lamentable.

Tenemos que destacar dos números castos pero volcánicos: más que stripteases se trata de bailes eróticos, protagonizados por la imposible Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1996) como reina vampira a lo Frazetta acompañada de una pitón albina, y en Dogma (Kevin Smith, 1999), como bailarina con sorpresa. En ambas ocasiones, la actriz mexicana asestaba un duro golpe a la moda de la anorexia a golpe de curva mareante.

En 1996 Peter Cattaneo se apuntó a la moda británica del cine de denuncia social “amable”, construido sobre los cimientos de las obras de Ken Loach, pero con menos marxismo y más comedia. Full Monty fue todo un bombazo, cuyo éxito entre el público no aficionado a este tipo de películas generó más todavía más promoción. De hecho, llegó a ser todo un fenómeno social de trágicas consecuencias, sobre todo cuando a los más atrevidos del planeta se les ocurrió que no había nada más divertido en una despedida de soltero, fiestas del pueblo o cumpleaños que hacer un “fulmonti” con los amigotes. Si necesitan que les expliquemos que es eso del full monty, les damos la bienvenida al planeta Tierra después de su larga estancia en Marte.

Los primeros años del siglo XXI, pese al conservadurismo dominante, nos han dejado ejemplos de grato visionado, como ese alegre y picantón striptease de Los Ángeles de Charlie 2: Al límite, cortesía de McG. Ese baile tan simpático de las tres protagonistas sirvió, una vez más, para perpetuar una de las pocas tradiciones humanas cuyo objetivo es la felicidad de los demás.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

 

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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