Presencia ausente

En ocasiones, cuando la enredadera de la vida se cruza y lo atraviesa todo generando esa confusión que necesita tiempo para deshacerse, pienso en Rebecca. En esa imagen de la chica sin nombre que sueña con la antigua mansión que se desmorona al compás del fuego dejando atrás el miedo y la aprensión. “Anoche soñé que volvía a Manderley”…

Reconozco esos instantes en los que el sueño te distrae de tus temores y crees estar viviendo otros momentos que pasaron y que, en tu corazón, quieres conservar a pesar del olvido. Las imágenes se escapan y tú intentas que no se vayan, intentas que se queden junto a ti, intentas que te atrapen los sonidos o el olor de las manos. Pero es inútil. Siempre sentí que, a pesar de que Rebecca De Winter ya no existía, a pesar de que Manderley había sucumbido a las llamas, ambos seguían estando presentes en la vida de aquella chica tímida, de cabello cortado con sencillez, que no sabía donde poner las manos y que amaba, sí amaba, terriblemente, a un hombre que guardaba un secreto.

Es el amor el secreto de Rebecca lo que hace que esta película conserve intacta la frescura de lo real. Es el amor que siente ella por Maxim De Winter lo que sostiene la situación de partida, lo que impulsa el desenlace. Un hombre poderoso, rico y atractivo, que está convaleciente de una relación turbia, asfixiante, sucia. Esa clase de mujer que todo lo emponzoña, que es capaz de ser desgraciada si, con ella, caen algunos más en esa desgracia. Una mujer bella, pero sin alma. Esa clase de mujer que no trae felicidad, sino desdicha. Que te atrapa como una mantis religiosa y de la que nunca puedes escapar.

Lo dice Max, una noche, clarividente. Es inútil, dice, ella ha vencido. Rebecca nos ha vencido a todos, incluso después de muerta. Lo dice el ama de llaves, unida a Rebecca por una extraña relación de amor, dependencia, adoración y esclavitud. Una relación que la impulsa a seguir viva porque que el altar de su amada no fenezca. Lo dicen todos. Rebeca se ha ido pero se ha llevado la tranquilidad, el verdor, el sueño de un final feliz.

Algunas sensaciones permanecen por muchas veces que veas la película. Por ejemplo, ese contraste cierto entre la luz, la ligereza, la liviandad de los días en la Costa Azul y la pesadez plúmbea de Manderley.

En la Costa Azul los coches descapotables circulan por las angostas carreteras, pegadas al mar, y allí puede ocurrir de todo, incluso el milagro de que un millonario se enamore de una chica tímida y aparentemente sin gracia. En la Costa Azul los hoteles alojan a la gente que puede permitirse el lujo de alejarse de los fríos y húmedos inviernos ingleses. Allí florecen amistades, surgen encuentros, se juega al tenis, se danza en la noche cálida….

En cambio, Manderley, el otro escenario de la acción, es un paraíso frío y sin esperanza. Es un mausoleo, un lugar inhóspito. Una escalera que conduce a la nada. Habitaciones que amanecen frías, gabinetes llenos de cartas marcadas, cocinas que no se visitan, criados que escudriñan a los amos, jardines inexistentes…y el mar. Este mar es diferente al azul mediterráneo. Este mar no está en calma ni acoge el dorado cuerpo de las mujeres sino la brusca y funesta desgracia del naufragio. Es un mar dolorido y envolvente. La tragedia lo anula, lo circunda, lo llena de palabras amargas. Miedo, soledad, crimen, quién lo sabe.

A veces la felicidad pende de un hilo. Cuando Max conoce a la chica está herido. Su corazón se rompió en mil pedazos, no de amor, sino de desdicha. La tristeza se reconoce en su gesto y en su mirada oscura. El amor lo renueva. Lo saca de ese ominoso silencio. Y despliega su sonrisa y sus manos acogen a quien va a salvarlo de esa sensación de pesada quietud.

Ella, por su parte, amparada en su graciosa rebeca, con su falda de tweed sin pretensiones, con su pelo sencillo (otra vez la palabra) es capaz de sentir esa plena pasión de los sentidos, esa fuerza que agita el pensamiento, esa imponente ansia que no deja de ser la del amor que llama. No quiero irme sin ti. Seré infeliz si lo hago, le repite. Y él, displicente pero enamorado, la acoge como si fuera un pajarillo que ha perdido sus alas.

Rebecca es una película de amor. El drama judicial se desdibuja ante eso. La tensión se alivia únicamente cuando los protagonistas reafirman que, a pesar de todo, se quieren. La vida en Manderley traza un círculo de opresión sobre las cabezas de los amantes y, cualquier cosa, un pañuelo olvidado en un impermeable, un manojo de cartas, una agenda, un perro que ladra y tiene miedo, un vagabundo enfermo, cualquier cosa, remite a la ausencia de quien, sin saberlo, está presente en toda la trama para decir que el amor tiene las cosas difíciles, que la dicha no es fácil y que la maldad es más fuerte, a veces, que el corazón limpio.

Sinopsis:

Maxim De Winter es un aristócrata inglés que está pasando una temporada en la Costa Azul intentando olvidar su desastrosa experiencia matrimonial. Allí conoce a una joven humilde y sencilla de la que se enamora. Tras los esplendorosos días de vacaciones, regresan a la casa solariega de Manderley, donde reaparecen el miedo y los rencores ocultos.

Algunos detalles de interés:

Rebecca fue la primera película que Alfred Hitchcock rodó en Estados Unidos. Ocurrió en 1940. La película tiene un guión escrito por Robert E. Sherwood y Joan Harrison, sobre la base de la novela cuya autora es Daphne du Maurier. De esta misma escritora el director llevó a la pantalla Los pájaros y La posada de Jamaica.

La música es de Franz Waxman y la fotografía, inquietante y con extraordinarios primeros planos, de George Barnes.

Los principales intérpretes son Laurence Olivier, como Maxim De Winter; Joan Fontaine, como la chica sin nombre; George Sanders, en el papel del primo y amante de Rebecca; Judith Anderson como la señora Danvers, ama de llaves y Nigel Bruce como el administrador y amigo de De Winter.

Laurence Olivier, inglés, actor y director, nacido en 1907 y fallecido en 1989 es, a mi juicio, una de las cumbres de la interpretación de todos los tiempos.
Rebecca novela, es un libro sobre los celos. Así lo dijo siempre su autora, Daphne de Maurier, una mujer de vida apasionante, culta, refinada y que tenía tres pasiones en su vida, su padre, las mansiones y las historias enrevesadas. Tanto es así que ha dado nombre, también, a un síndrome psiquiátrico que define los celos enfermizos, el “síndrome de Rebeca”.

Parece ser que el origen de la novela, que la autora comenzó a escribir en 1937 en Alejandría, mientras acompañaba a su marido, destinado allí al ser oficial británico, fueron los celos que ella sintió ante el hallazgo de unas cartas que su marido recibió de una amante.

Manderley no existe como tal. La verdadera mansión se llamó Menabilly y en ella vivió la autora varios años.

Rebecca tuvo un éxito popular sin precedentes. Las colas en los cines fueron noticia. Su trascendencia en la vida cotidiana tuvo mucho que ver con el encanto que desprendía una chica sencilla y sin maldad, que iba ataviada con un suéter abierto por delante, con botones, que, desde entonces y como homenaje, se llamó “rebeca”.

Obtuvo el Óscar a la mejor película y a la mejor fotografía. Se está planeando un remake que tendría como protagonista masculino a Colin Firth, en el papel que hizo Laurence Olivier.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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