El genio de Bill Watterson: Calvin & Hobbes

«Por su aparente sencillez, las posibilidades expresivas de los cómics rivalizan con las de cualquier otra forma de arte.» Bill Watterson.

¿Saben cuál es la mejor manera de atrapar a un tigre? Poniéndole una trampa con un sándwich de atún. Así empieza el mundo de Calvin y Hobbes. La tira cómica que tiene la increíble habilidad de llegar prácticamente a todo el mundo. Los niños se ríen, pero los adultos también.

Su increíble legión de admiradores destaca la profundidad que puede expresar Watterson, su autor, en cuatro viñetas, y a la vez, hacerlo con humor.

No conocí a Calvin y a Hobbes de niña. Tenía ya mis 17 o 18 años, y fue gracias a mi primer amor. Él tenía una serie de recopilatorios del cómic de Watterson en inglés o en francés, no recuerdo, y un día en su casa cayeron entre mis manos. Ambos éramos amantes de los gatos, así que me dijo «Ya verás, si te gusta Garfield, esto es mejor». Y así empezó otra historia de amor. La de aquel chico acabó, pero mi idilio con Calvin y Hobbes dura ya 15 años. Me han acompañado en todos los momentos de mi vida. Cuando daba clases de instituto y me aburría en la sala de profesores, siempre buscaba en los periódicos que había desperdigados por allí si había alguna tira de Calvin y Hobbes, bajo la mirada de escepticismo de mis colegas al ver que la profesora de griego y latín pasaba todas las hojas importantes de los periódicos para llegar a la de las tiras cómicas. Incluso en un vuelo transoceánico de Chicago a Madrid me aferré a mi ejemplar de Calvin y Hobbes como si eso pudiera detener las turbulencias que convertían el avión en una atracción de feria.

Precisamente por la importancia que tienen para mí, he ido retrasando la redacción de este artículo: quería escribir un texto que, como mínimo, hiciera justicia a la obra de Watterson, y, además, como cualquier lector de Calvin y Hobbes les dirá, es muy difícil definir el mundo condensado en esas tiras cómicas en unas pocas frases. Tampoco quiero utilizar palabras grandilocuentes, porque esa actitud no encaja con el espíritu de este cómic: decir mucho en muy poco a la vez que te reconcilia con el mundo.

Pese a que me sé todos los recopilatorios de memoria, no conseguía encontrar una estructura adecuada para el artículo. Así que lo dejé en reposo, pero, curiosamente, al día siguiente saltó la noticia de que Bill Watterson había recibido el Gran Premio de Angulema, definido como el “galardón más prestigioso del mundo francófono”, de 2014. Eso volvió a espolearme para seguir investigando sobre Calvin y Hobbes e intentar desentrañar ese gran misterio de por qué una tira cómica atípica, que no se dirige a ningún público en particular, aparentemente muy sencilla, gusta a casi todo el mundo en general. Una cosa me quedó clara el día que leí la noticia: este es uno de esos casos en los que el Premio gana prestigio con el premiado.

Luego, como una bonita coincidencia, descubrí la existencia del documental de 90 minutos, titulado Dear Mr. Watterson, y dirigido por Joel Allen Schroeder en 2013. El director es un fiel lector, casi obsesivo da la impresión a veces, que consiguió financiación mediante el crowdfunding de la plataforma Kickstarter.

Parecía caído del cielo, porque en esa escasa hora y media se recogen testimonios que coincidían prácticamente con los mismos sentimientos que despertaban Calvin y Hobbes en mí, y también casi todos los testimonios que aparecen tienen los mismos problemas para definir qué hace especial a Calvin y a Hobbes. Sólo saben que tiene algo especial.

Así, un hombre cuenta cómo le pasó sus propios recopilatorios de Calvin y Hobbes a su hijo, y la emoción que le embarga cuando oye a su hijo reír por las noches leyendo las mismas historietas que él había leído. Otro chico cuenta que él era el rarito de la escuela, y que ver que un personaje de Calvin podía divertirse y sobrevivir le había dado fuerzas para sobrevivir al instituto. Hay un caso de un hombre que acaba de mudarse de estado, de cambiar de trabajo y de casa, y que cuenta que leer Calvin y Hobbes le hace sentirse menos lejos de casa. Dos de los testimonios más emocionantes tal vez sean los de un chico que vivía en Israel a principios del siglo XXI y que narra cómo la publicación de la tira del domingo en los periódicos le daba fuerzas y esperanzas para aguantar el resto de días; y el de una mujer que cuenta que leer los libros de Watterson la ayudó a superar el duelo por la muerte de su madre.

Lo más curioso es que yo, que no tengo nada que ver con estas personas, que viven a miles de kilómetros de mí, entiendo perfectamente sus sentimientos. Tal vez sea porque las historietas de Calvin y Hobbes de algún modo que aún no sé definir consiguen apelar a nuestra más profunda humanidad, atravesar las capas que nos hemos ido poniendo conforme crecíamos y conectar con ese momento de nuestra vida en el que no habíamos perdido la inocencia, y seguíamos pensando que podíamos pilotar naves especiales y luchar contra monstruos, acompañados de nuestro amigo de peluche, que era real en nuestra imaginación.

Otro aspecto interesante del documental es que el narrador y director viaja a Chagrin Falls, en Ohio, la ciudad natal de Watterson, cosa que nos permite conocer los paisajes reales en los que se inspiran los cómics. Los admiradores y seguidores más acérrimos recordarán una contraportada, un dibujo, de un Calvin enorme, que aparecen en la plaza de la ciudad en plan Godzilla. En el reportaje, descubrimos que Watterson reprodujo todos los elementos arquitectónicos de la plaza de su ciudad natal en esa imagen ya icónica, incluso la tienda de cómics donde ahora se venden sus libros. También es fácil imaginarse en los bosques que la rodean a Calvin y Hobbes explorando, cazando, o, ya con la llegada de la nieve, haciendo tropelías con su trineo.

Para hablar de influencias lo tenemos fácil, el propio Watterson cita el clásico de Charles M. Schulz Snoopy y Carlitos (Peanuts en inglés) y a Pogo (una tira cómica de Walt Kelly que creo que no es muy conocida por aquí); ahora bien, en el documental se da mucha más importancia a la influencia que ha ejercido la obra de Watterson desde su publicación (a partir del 18 de noviembre de 1985, a través del Universal Press Syndicate) en todos los dibujantes que llegaron tras él. Tal vez esto se deba a dos factores que saltan a la vista: el primero es que demostró que se podían hacer cosas nuevas y salirse de lo establecido, y el segundo, que estableció un nuevo listón de excelencia para todos los demás, a la vez que promulgaba el mensaje de que las cosas se pueden conseguir con trabajo y ahínco.

Sus colegas siguen citando la profundidad filosófica que logra Watterson. No lo pondré en duda, pero casi parece que se usa ese argumento para demostrar que Calvin y Hobbes es algo más que una tira cómica graciosa, para niños. Como una disculpa para adultos. Muy al contrario, creo que una de las claves del éxito de Watterson consiste en la armonía entre la calidad de sus dibujos (el movimiento, las muecas, la caracterización) y la de sus diálogos. Ambos podrían sostenerse por sí solos, así que consigue una pura filigrana.

Volvamos un momento al hombre que está detrás de la cortina, al gran Mago. Bill Watterson es conocido por evitar publicidad, las entrevistas y cualquier acto público. Hay quien dice que es un ermitaño. Otros lo llaman el Big Foot de los dibujantes porque solo han podido conocerlo 3 personas, cosa que es todo un logro si tenemos en cuenta que solo en Estados Unidos se han vendido 45 millones de sus libros. Estamos ante el opuesto absoluto de George LucasBill Watterson se niega a que se comercialicen muñequitos, tazas, camisetas o cualquier otro tipo de merchandising en general relacionado con Calvin y Hobbes. No hace falta ser un hacha en los negocios para saber que vendería muchísimo. Bueno, yo misma sería feliz si pudiera desayunar todos los días en una taza de Calvin y Hobbes. Sin embargo, la mayoría del material que circula por ahí son copias baratas y de mala calidad. Y desde luego no autorizadas.

Cuando seguí recabando datos sobre Bill Watterson no solo di con este documental, cuyo visionado les aconsejo profundamente (lo tienen en filmin.es por 3 euros, una producción totalmente independiente aunque muy bien realizada). Unos meses antes encontré por casualidad uno de los pocos discursos que Bill Watterson ha dado en público. En una página web muy recomendable, www.brainpickings.org, encontré la reproducción casi completa del discurso que Watterson dio el 20 de mayo de 1990 en el paraninfo del Kenyon College, todo un honor, el propio David Foster Wallace ocuparía su misma tribuna 15 años después.

El discurso no decepciona y bien podría traducirse en unas cuantas viñetas protagonizadas por Calvin, Hobbes y el propio Watterson. Con ironía, explica un sueño: su primer día en Kenyon College. De repente se da cuenta de que está totalmente perdido, no tiene horario, no tiene libros, y le asalta una idea extraña «¿Pero yo no me había licenciado ya? ¿Cuántos años tengo?» Y entonces se despierta. Curiosamente, este tipo de sueños son comunes, yo misma he soñado que tenía que volver al instituto por no haber aprobado las matemáticas. De nuevo Watterson consigue que nos identifiquemos, hasta con sus pesadillas.

Watterson usa este ejemplo para dejar claro uno de los pilares de su filosofía. En palabras suyas «la experiencia es alimento para el cerebro (…). Creo que la razón por la que sigo teniendo ese sueño es que su imagen principal es una buena metáfora de la situación en la que te encuentras durante gran parte de la vida: no sabes ni adónde vas, ni qué estás haciendo.»

Es extremadamente destacable la parte de su discurso dedicada a la inspiración, la ética del trabajo y la determinación. Son valores que comparto plenamente, Calvin y Hobbes no pueden nacer de la nada o de unos trazos esbozados al azar en la servilleta de un bar. Y su biografía me da la razón. Durante cinco años, editores de todos los periódicos y revistas a las que enviaba sus dibujos los rechazaban sin piedad, y mientras tanto, él se veía obligado a aceptar trabajos en publicidad, rodeado de personas que odiaban su trabajo y solo vivían para salir de él, volver a casa y esperar hasta el día siguiente. No obstante, Watterson no perdió de vista su objetivo principal: ser dibujante como uno de sus principales referentes, Schulz. Curiosamente, en una de las cartas de rechazo, la editorial le recomendó atinadamente que centrara su atención en el hermano pequeño de la familia y en algún peluche. De nuevo, este hombre que se esconde del mundo da otra lección: hay que saber escuchar las críticas y discernir las que te ayudan de las que te paralizan.

Ahora bien, al mismo tiempo que da la importancia que se merece a la disciplina en el trabajo y el esfuerzo también destaca lo importante que es no perder las ganas, la diversión, el sentido del humor. Cualquier trabajo por mucho que te guste acaba siendo tedioso. Así lo explicaba el propio Watterson: «Es sorprendente lo mucho que trabajamos cuando lo hacemos solo para nuestro propio placer. (…) Si algo he aprendido siendo dibujante es lo importante que el juego y la diversión son para la creatividad y la felicidad. Mi trabajo consiste básicamente en tener 365 ideas al año. (…) El único modo en que puedo seguir escribiendo, día tras día, año tras año, es dejar que mi mente deambule por territorios nuevos, y para conseguirlo debo procurar divertirme.»

Ahora bien, todavía no hemos llegado a la parte más subversiva de su discurso: se trata de su definición de éxito y fracaso. Watterson afirma que la voz del artista debe estar siempre por encima de los beneficios económicos. Arte y dinero no pueden ser sinónimos. Evidentemente, si ganas dinero con tu actividad artística, puedes considerarte una persona muy afortunada. Sin embargo, cuando Watterson alcanzó el éxito masivo en todo el mundo, se dio cuenta de que pronto su arte sería puro negocio. En sus propias palabras: «El dinero se iba a convertir en lo que diera sentido a mi vida».

Relativiza las ideas de éxito y fracaso. Habla de esa escalera que tan perfectamente nos han grabado en la mente, que aparece aunque nos resistamos a ella, y que conduce al éxito. Permítanme que cite otra frase demoledora que resume todo lo que les cuento: «Parece que un trabajo y un sueldo son las únicas formas de sopesar el valor de una persona».

Cuán válidas siguen resultándonos ahora esas palabras pronunciadas hace casi 25 años, ¿no? A continuación, Watterson invita a su público a no dejarse llevar por la vorágine de la búsqueda del éxito, a no menospreciar a quienes creemos fracasados, y a buscar maneras de conseguir las propias metas sin venderse. Concluye con dos párrafos muy simples pero llenos de significado «Inventarse un significado para tu propia vida no es fácil, pero aún se permite, y, en mi opinión, las molestias merecerán la pena.»

En definitiva, en este pequeño discurso, Bill Watterson nos regala todo un discurso programático de su obra. Usa la imaginación para romper barreras, no dejes que la creatividad se marchite por la rutina, ama tu trabajo, y procura trabajar en lo que amas; diviértete siempre que puedas, no olvides nunca el juego. Y olvídate de nociones, como el éxito y el fracaso, que nos hacen infelices.

Creo que después de escuchar de boca de Watterson cómo entiende él la vida es más fácil entender Calvin y Hobbes y su éxito, pues sus tiras cómicas rebosan de esa filosofía optimista, que apela a nuestra imaginación, a nuestra creatividad, a nuestra parte lúdica. Sea cual sea el secreto de su éxito, una cosa está clara: cuando dejas que Calvin y Hobbes entren en tu vida, es difícil que salgan de ella.

Copyright del artículo © Julia Alquézar. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Ediciones B. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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