Crítica: "Star Wars: El Despertar de la Fuerza" (J.J. Abrams, 2015)

Decir que el estreno de El Despertar de la Fuerza es un evento sociológico es algo tan cierto como decir que esa misma notoriedad popular suele desactivar el interés de una crítica. Sobre todo si la reseña se centra demasiado en cuestiones como la nostalgia, el corte demográfico de los espectadores o las cifras de taquilla.

La expectación es fácil de entender. Si pensamos en la edad que hoy tienen los niños que en 1977 acudieron al estreno de La Guerra de las Galaxias (Star Wars IV), está claro que todo estaba maduro para un relanzamiento de la saga, apelando a quienes desean recuperar aquella experiencia entrañable y asombrosa, quizá con sus hijos de la mano.

Sin embargo, aunque ese detalle puede explicar el interés que despierta el nuevo film de J.J. Abrams, quien lea estas líneas dentro de uno o dos años ya no lo verá como un mérito artístico. Pasada la fiebre, lo entenderá, en todo caso, como un cálculo financiero que, en su momento tuvo consecuencias emocionales y, sobre todo, económicas.

Centrémonos, pues, en la película propiamente dicha, que es lo que importa, sin caer en la respetable excitación de los mitómanos, obligados a relatar lo que supone revivir eso que un día ‒ay‒ sintieron con doce o con quince años.

Como veremos, el optimismo se impone: Abrams dirige con pulso un espectáculo vibrante y apasionado, alejado del discutible purgatorio en el que cayeron los episodios I, II y III. Como si fuera el servidor de una causa superior, el cineasta asume unas reglas que le vienen dadas y se ciñe a la misma agenda que hizo triunfar, décadas atrás, a su admirado George Lucas. Por esa misma razón, los partidarios de la trilogía original celebrarán que aquí se recupere su esencia ‒el viaje del héroe, inspirado por Joseph Campbell‒ y se atenúe la seriedad y la pirotecnia digital que luego caracterizó a las precuelas.

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Por supuesto, los más maliciosos interpretarán ese respeto a la obra fundacional de la saga como una suerte de reboot o remix: una manera oblicua de utilizar parecidos personajes y elementos narrativos para repetir una fórmula que ya funcionó en su época. En realidad, ese análisis tiene algo de obviedad, puesto que hablamos de un subgénero ‒la space opera‒ que nunca ha tenido problemas a la hora de reutilizar estereotipos.

En su faceta de guionista, Abrams, ayudado esta vez por el veterano Lawrence Kasdan y partiendo de un borrador de Michael Arndt, es muy consciente de ello. Pero en este caso, esos clichés y reiteraciones se alternan con giros interesantes. Por ejemplo, en lugar de otro jedi varón, aquí conocemos a una heroína admirable, Rey, estupendamente encarnada por Daisy Ridley, más audaz y más lúcida que la mayoría de los hombres que la rodean. Por decirlo sin revelar detalles: tal y como está planteado el personaje, no me imagino a Rey cediendo a aquel halago al viejo pulp que convirtió a Leia en sensual esclava de Jabba el Hutt.

Por su parte, Han Solo y Chewie vuelven a ser lo que fueron, en un esfuerzo que cabe agradecerle a Harrison Ford, tan socarrón, heroico y familiar como hace décadas, y ajustado a su edad real, sin necesidad de parecer embalsamado bajo el maquillaje. Su presencia en el film es algo más que un modo de conectar pasado y presente. Pero eso debe descubrirlo el espectador en la pantalla, y no en esta reseña.

Digo lo mismo a propósito de Luke (Mark Hamill), cuyo enigma en la película es otro detalle esencial en la trama.

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El resto del reparto está bien escogido. John Boyega, en la piel de Finn, aporta dinamismo y humor, adaptándose bien a esa mitología pop de Star Wars en la que también encaja a las mil maravillas el piloto rebelde Poe Dameron (Oscar Isaac), cuyas apariciones no son aquí tan frecuentes como ‒imagino‒ lo serán en posteriores entregas de la saga.

Dejando aparte los cameos secretos o inadvertidos ‒Daniel Craig, Ewan McGregor, Simon Pegg, Warwick Davis, Freema Agyeman...‒ y las apariciones desaprovechadas ‒Iko Uwais, Cecep Arif Rahman y Yayan Ruhian, de The Raid 1 y 2‒, hay que resaltar la labor (breve) de veteranos como Carrie Fisher (Leia), Max von Sydow (Lor San Tekka) o Anthony Daniels (C-3PO), así como la encarnación de criaturas digitales por parte de Andy Serkis (Snoke), y en especial, Lupita Nyong'o (Maz Kanata).

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Es difícil hablar del villano de la película sin descubrir detalles comprometedores, pero lo haré. Si consideramos a Kylo Ren el sucesor legítimo de Darth Vader, es probable que llegue a decepcionar, y por eso mismo, creo que conviene valorarlo desde otro ángulo. Alcanzar el imponente carisma o la fuerza icónica de Vader es una meta a la que ese buen actor que es Adam Driver, aun ajustándose la armadura negra de Ren, no puede aspirar. Tengo la impresión de que su meta es otra: Driver interpreta a un villano conflictivo, caprichoso, freudiano, sin aura mitológica, que saca partido de sus flaquezas juveniles. Dado el destino que ha de alcanzar el segundo acto del film, no creo que este enfoque del guión y del propio actor sea del todo erróneo.

En cuanto a la puesta en escena, no hay nada que traicione el estilo de Abrams: las tomas desde un ángulo inclinado, el uso inteligente del zoom, los movimientos fluidos sobre el dolly, los reflejos en la lente de la cámara... Por fortuna, el ritmo no flaquea ni un solo instante y la claridad narrativa predomina en casi todo el metraje, salvo en ciertas secuencias de persecución o lucha, que más de una vez ceden a esa confusión intencionada que, gracias al efecto de la shaky cam (la cámara temblorosa), es moneda corriente en el cine de hoy.

Como quien reconoce una deuda, El Despertar de la Fuerza ofrece al público de Star Wars justo lo que espera ver. Sin titubeos, Abrams prescinde de todo aquello que fue rechazado por los fans en las secuelas y se queda con lo básico de la vieja trilogía ‒la energía, el humor, el sentido de la maravilla‒, recordándolo en cada escena, como un eco de la felicidad que sentimos en 1977. Pocos le negarán el acierto.

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Sinopsis

Lucasfilm y el visionario director J.J. Abrams han unido sus fuerzas para devolvernos a una galaxia muy, muy lejana de la mano de Star Wars, que vuelve a la gran pantalla con el nuevo título de la saga: Star Wars: El Despertar de la Fuerza.

Star Wars: el Despertar de la Fuerza está protagonizada por Harrison Ford, Mark Hamill, Carrie Fisher, Adam Driver, Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac, Lupita Nyong’o, Andy Serkis, Domhnall Gleeson, Anthony Daniels, Peter Mayhew y Max Von Sydow.

La nueva entrega de Star Wars está dirigida por J.J. Abrams y producida por Kathleen Kennedy, J.J. Abrams y Bryan Burk. Tommy Harper y Jason McGatlin son los productores ejecutivos. El guión es una obra conjunta de Lawrence Kasdan, J.J. Abrams y Michael Arndt.

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Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Lucasfilm Ltd., Bad Robot Productions, Walt Disney Studios. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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