Casas ocupadas

Casas ocupadas Imagen superior: Vincent Price en "La caída de la casa Usher" (1960), de Roger Corman.

En una ciudad tan activa como la Ciudad de México, cada manzana ostenta cuando menos una propiedad en venta. Las agencias de bienes raíces han proliferado, y sus anuncios, aunque diversos en diseño, comparten casi todos una torpeza lingüística: "Se vende previa cita".

En mis andanzas me he topado con casas imitación Gaudí, de inocente modernismo; casas abandonadas a pesar de su herrería art deco; y casas anacrónicamente californianas que subsisten entre dos rascacielos.

Tres casas de las que quiero hablarles aquí las he encontrado en mis paseos literarios. Son tan diferentes entre sí y tan raras, que si las sacaran al mercado se venderían sin previa cita.

La primera es la casa de Usher: una mansión lóbrega como en cualquier relato de terror, pero con vida propia. No se trata de fenómenos paranormales de los que pueblan las casas encantadas de cuentos y películas de miedo, que uno por fuerza ha de imaginar en tres dimensiones. Se trata del ambiente que en torno suyo puede crear una casa como si estuviera viva: "los helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos"... El protagonista, tras preguntarse qué es aquello que lo desalienta al contemplar la casa familiar de los Usher una noche sombría de otoño, concluye: "Una sensación glacial, un abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza de pensamiento". En "El hundimiento de la Casa Usher" Edgar Allan Poe logra hacernos entrar en la casa misma de la desesperación. La historia, con modificaciones de todo tipo, se ha filmado en muchas ocasiones, la más famosa en 1960, protagonizada por el legendario actor estadounidense Vincent Price.

Otra casa extraordinaria se encuentra, aparentemente, en el corazón de Berna, Suiza, con fecha 29 de mayo de 1905. En este mundo, el tiempo transcurre más lentamente para los que se mueven, de modo que sus habitantes, obsesionados por ganar tiempo, viajan a gran velocidad. En este espacio-tiempo descrito por Alan Lightman en Sueños de Einstein todo se mueve; todo, incluidas las edificaciones, por lo que el mercado de “inmuebles” es algo peculiar: “Las casas no se venden basándose solo en su tamaño y su diseño, sino también en su velocidad; pues mientras más rápidamente viaja una casa, más lentamente hacen tic tac los relojes en su interior, y hay más tiempo disponible para sus ocupantes... Esta obsesión por la velocidad continúa por la noche, cuando se podría perder, o ganar, valioso tiempo mientras se duerme. Por la noche, las calles tienen todas las luces encendidas para que las casas que van pasando puedan evitar las colisiones, que siempre son fatales”.

Sin embargo, los habitantes de las casas de este mundo a gran velocidad llegan a desesperarse cuando notan que el efecto del movimiento es completamente relativo: “Cuando dos personas se cruzan en la calle, cada una se percata de que el tiempo de la otra fluye más lentamente. Cada uno ve que el otro gana tiempo”. La ganancia de tanta velocidad se esfuma y el esfuerzo pierde sentido.

La tercera casa no alberga almas hastiadas ni moradores frustrados, pero es la casa más extraña y original de cuantas pueda uno toparse en los libros. Se trata de la “La casa inundada” del escritor uruguayo Felisberto Hernández. Una casa campestre, con su patio y una fuente, que la señora Margarita, tras perder a su marido, compró para inundarla “según el sistema de un arquitecto sevillano”. Primero llenó de tierra y plantas la fuente para convertirla en isla. Un mecanismo regula las regaderas que mantienen inundada la casa y sus alrededores y que pueden simular corrientes y tormentas. Los muebles flotan sobre gomas infladas. Las cosas no caen al piso, caen al agua.

El narrador, escritor en desgracia, resulta favorecido por una invitación a la casa inundada. Paseando con su anfitriona en bote, poco a poco se entera de la historia de la casa y de por qué la señora Margarita, de cuerpo inmenso y lentes de vidrios gruesos, pone a veces en torno a su cama unas budineras con velas encendidas: son sesiones de homenaje al agua. Ella supo en un momento de su vida que hay que cultivar los recuerdos en el agua: “Lo que más quería era comprender el agua. Es posible, me decía, que ella no quiera otra cosa que correr y dejar sugerencias a su paso; pero yo me moriré con la idea de que el agua lleva adentro de sí algo que ha recogido en otro lado y no sé de qué manera me entregará pensamientos que no son los míos y que son para mí”.

Nada de lo que yo aquí escriba puede reflejar el ambiente onírico, de pesadilla benigna, que plasmó e Felisberto Hernández. Julio Cortázar, autor de Rayuela, rechaza que se trate de surrealismo o de literatura fantástica; solo es, en su opinión, “la otredad vertiginosa” de la realidad. Al igual que los sueños de Einstein y la casa de Usher.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la divulgación científica. Es autora de cuentos, ensayos, novela y teatro. Ha sido responsable de numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. En 2003 recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar”.

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