Dian Fossey, apasionada defensora de los gorilas de montaña en Ruanda

Dian Fossey, apasionada defensora de los gorilas de montaña en Ruanda Imagen superior: Dian Fossey © Dian Fossey Gorilla Fund International.

Los gorilas de montaña fueron calificados de ariscos habitantes de la selva africana porque hasta bien avanzado el siglo XIX eran casi completamente desconocidos por los occidentales.

Dado lo espectacular de su aspecto (recordemos que un macho adulto puede pesar hasta 180 kg), inspiraron a los primeros que tuvieron la oportunidad de contemplarlos un profundo asombro, al tiempo que gran temor. Para los exploradores decimonónicos estos singulares animales eran seres feroces a los que «nadie en su sano juicio intentaría aproximarse sin la intención de abatirlo inmediatamente de un disparo».

En este contexto, a partir de las primeras décadas del siglo XX, los gorilas empezaron a ser cazados sin piedad, tanto por los europeos como por los africanos. Sólo escasas voces se alzaban solitarias e insistentes en demanda de conservar estos simios como un tesoro mundial.

Dian Fossey era una amante de los animales que en 1963 decidió hacer realidad un sueño largamente acariciado, reunió todos sus ahorros y se los gastó en un viaje de vacaciones a África. Una vez allí, determinada a ver al antropólogo más afamado del momento, Louis Leakey, se desplazó hasta la Garganta de Olduvai, en Tanzania, donde se encontraba el famoso yacimiento de fósiles en el que el científico trabajaba junto a su mujer. Aunque en aquella ocasión habló muy poco con Leakey, quedó gratamente impresionada y reafirmó su deseo de trabajar en aquel continente.

Su vocación se vio acrecentada porque en este safari africano, Dian Fossey vio a los gorilas por primera vez en su hábitat natural y, según ella misma ha revelado, este hecho cambió su vida. Posteriormente, en referencia a aquellos momentos, escribió: «Su individualidad combinada con la timidez de su comportamiento, fue lo que conformó la impresión más cautivadora de este primer encuentro con el mayor de los grandes simios». Asimismo ha relatado que cuando en ese viaje su mirada se cruzó con la de un gran gorila, en medio de una espesa vegetación, se sintió fuertemente unida a esos tranquilos y misteriosos animales. Más adelante puntualizaba: «Dejé (África) con pesar, pero no tenía ninguna duda de que, fuera como fuese, volvería para aprender más sobre los gorilas de aquellas nubosas montañas».

De esta manera, Dian Fossey tomó la decisión de explorar aquel vínculo tan poderoso que la unía a aquellos sugestivos simios, y se propuso aprender más sobre ellos.

La situación se mostraba, sin embargo, poco prometedora. Por una parte, estos animales vivían en una región que en aquellos años estaba muy convulsionada políticamente y, además, eran cazados con tanta crueldad que los expertos opinaban que difícilmente llegarían al final del siglo. A ello hay que añadir que no parecía haber ninguna oportunidad de trabajo para alguien carente de credenciales académicas como naturalista o investigador de campo.

Pero Dian Fossey era una mujer muy determinada y así, cuando en marzo de 1966 supo que Louis Leakey daría una conferencia en Kentucky, decidió volver a ponerse en contacto con él. El científico, después de una serie de conversaciones, pensó que se trataba de una persona que podría llevar a cabo el proyecto sobre los gorilas de montaña. En esos momentos Fossey era una mujer de 33 años, profundamente interesada en la vida de los animales, fuerte y decidida, a la que no importaba la soledad, y no se amedrentó cuando Leakey le advirtió que tendría que vivir en una región extremadamente remota y peligrosa.

Sólo nueve meses después de que tuviera lugar la entrevista en Kentucky, el 2 de diciembre de 1966, Dian Fossey llegaba a Nairobi firmemente decidida a establecer su campamento en las lejanas montañas del centro de África. La valerosa investigadora ha escrito: «Ni el destino ni la suerte me llevaron a África. Ni tampoco el romanticismo. Tenía un profundo deseo de ver y vivir con los animales salvajes en un mundo que todavía no hubiese sido totalmente cambiado por los humanos. Creo que realmente quería volver atrás en el tiempo.»

En 1967 Fossey empezó su trabajo en una región no sólo aislada y alejada —cuando empezó a montar su estación de campo la zona era un territorio remoto y el pueblo más cercano se hallaba al pie de la cordillera y a varias horas de camino—, sino que sufría una situación de gran inestabilidad bajo la amenaza de un posible golpe de estado militar. Pero ella afirmaba no tener ningún interés por la política y sólo deseaba poder empezar lo antes posible un seguimiento de los gorilas e intentar acostumbrarlos a su presencia.

Una semana después de haber montado su campamento, escribió a Louis Leakey: «Hasta ahora, en 23 horas y 17 minutos, he tenido nueve contactos con dos ‘familias’ de gorilas». Había descubierto que eran «más curiosos que aprensivos» con respecto a ella, y que disfrutaban especialmente mirándola trepar a los árboles, «pelar cortezas y comer hojas». Aunque también en algunos momentos se habían mostrado irritados y habían emitido señales amenazadoras en su contra.

Los primeros meses que Fossey pasó observando a los gorilas de montaña fueron bastante difíciles debido a la dureza del clima y lo escarpado de la zona. La investigadora, sin embargo, continuó su trabajo con decisión y empeño hasta que, una mañana de julio de 1967, una partida de soldados apareció en su campamento y la obligaron a marchar alegando que era por su propia seguridad.

Este inconveniente preocupó notablemente a Fossey, pues ya desde los comienzos de su proyecto se había dado cuenta del alto riesgo existente de que estas magníficas criaturas se extinguieran sólo cien años después de haber sido descubiertas por la ciencia. Afortunadamente, unos pocos meses después pudo regresar provista de los permisos pertinentes para instalarse en una zona que desde 1925 había sido declarada Parque Nacional.

Inasequible al desaliento, buscó y finalmente halló un lugar, en sus propias palabras: «espectacular […] e impresionante en las montañas Virunga […] ideal para el estudio de los gorilas». Más adelante escribía: «El 24 de septiembre de 1967, exactamente a las 4:30 p.m. establecí el Centro de Investigación de Karisoke. […]. Entonces no me hacía mucha idea de que al instalar dos pequeñas tiendas en las soledades de los montes Virunga había iniciado lo que se convertiría en un famoso centro de investigación.»

Poco después empezaron nuevos problemas para Dian Fossey, esta vez con los habitantes del lugar y los cazadores furtivos. Conviene aclarar que, aunque la nueva zona de estudio se encontraba supuestamente en una reserva natural, los furtivos mataban bandas completas de gorilas para capturar las crías y enviarlas a zoológicos que les pagaban un alto precio. Además, seccionaban la cabeza, manos y pies a los cadáveres adultos para venderlos como trofeos. Ante esta situación, Fossey temió que los simios fueran exterminados en su totalidad antes de tener la oportunidad de estudiarlos.

Sin embargo, y a pesar de las dificultades, durante los tres años siguientes, Dian Fossey fue capaz de seguir tenazmente el rastro de los gorilas de montaña y terminó por lograr, poco a poco, acostumbrarlos a su presencia. Ningún investigador anterior había pasado tanto tiempo ni había sido tan perseverante en su acercamiento a estos animales.

A medida que su relación con los gorilas se iba profundizando, Fossey registraba con gran detalle todo lo que observaba acerca del modo en que vivían y se coportaban, y a comienzos de 1970 había ya recopilado un gran volumen de información. Pero por esas fechas el problema de los cazadores furtivos se estaba volviendo cada día más grave. Un número creciente de grupos completos de gorilas estaba siendo destruido con tanta saña que la extinción parecía un hecho inevitable.

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Imagen superior: "Dian Fossey: The woman who lived with gorillas" (2015) © BBC.

Antes tales acontecimientos, Fossey literalmente declaró la guerra a todo aquel que intentase cazar en la reserva. Rápidamente tuvo conciencia de que la situación de los simios era tan urgente como alarmante, y asumió la responsabilidad de luchar para salvarlos. Se dedicó a ello con gran devoción y entrega, lo que la llevó a cometer actos de enorme valentía pero también de suma imprudencia. Ejerció toda su influencia, toda su capacidad de organización y de combate para impedir que los cazadores furtivos pudieran continuar matando o capturando a los gorilas.

Para Fossey se inició una desesperada etapa en la que ya le resultaba imposible ser una observadora académica desapasionada. Y, precisamente por estar tan involucrada emocionalmente en su trabajo, con posterioridad algunos científicos intentaron desacreditarla. Se generó entonces un vivo debate en torno a su persona: mientras unos censuraban su actitud, otros demostraron, sin embargo, su simpatía y un notable experto llegó a manifestar: «Cuando se está ante algún tipo de especie rara lo más urgente es trabajar por su protección. La ciencia es, forzosamente, algo secundario.»

Desgraciadamente, la situación se resolvió en tragedia. El 27 de diciembre de 1985, Dian Fossey fue asesinada en el dormitorio de su cabaña.

La enterraron en un cementerio local junto a las tumbas de gorilas que ella misma había contribuido a construir. Esta muerte nunca se resolvió, a pesar de que hubo un juicio con un presunto culpable, que muy pronto logró huir, escapando con sospechosa facilidad de la prisión en la que estaba detenido.

Ante esta triste historia, no cabe duda de que Fossey fue una persona notable y trágica que pasó diecisiete años entre los gorilas de montaña en Ruanda, y que no sólo se dedicó al estudio de estos primates, sino que además consiguió atraer la atención del mundo hacia su precaria situación.

La célebre primatóloga Jane Goodall, amiga de Fossey, dijo de ella: «Su tumba, entre las tumbas de tantos de ellos, representa el testamento del poder de su dedicación, amor y coraje”. Y Goodall, además, aseguró que «de no ser por la ardua lucha de Dian Fossey para ayudar a los gorilas cuando a casi nadie le importaba, probablemente estos animales ya se habrían extinguido».

Copyright © Carolina Martínez Pulido. Editado previamente en Mujeres con ciencia, bajo licencia CC. Este artículo se publica en The Cult (Thesauro Cultural) con dicho reconocimiento y sin ánimo de lucro, por cortesía de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco.

Carolina Martínez Pulido

Carolina Martínez Pulido es doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la Universidad de La Laguna.

Es autora de los libros También en la cocina de la Ciencia. Cinco grandes científicas en el pensamiento biológico del siglo XX (2000), El papel de la mujer en la evolución humana (2003), Gestando vidas, alumbrando ideas. Mujeres y científicas en el debate sobre la Biología de la reproducción (2004), La presencia femenina en el pensamiento biológico (2006) y La senda mutilada. La evolución humana en femenino (2012). Es miembro del Aula de Cultura y Divulgación Científica de la Universidad de La Laguna.

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