En los dominios del lobo y el bisonte. El rodaje de "Las estaciones" (2015)

Trabajar con Jacques Perrin en una nueva película significa asumir nuevos retos. Está claro que volar con los pájaros por encima de la Tierra, o nadar con criaturas marinas por los mares es un reto, y además es un reto sin duda espectacular. Pero, ¿cómo podemos ver con nuevos ojos a esos animales tan familiares y tan filmados como lo son los de nuestros bosques, los erizos, los zorros, los ciervos o los jabalíes?

¿Cómo podemos volver a descubrir a esas criaturas familiares? ¿Cómo darnos cuenta que esos animales son tan extraordinarios como los que surcan los cielos o nadan en los mares? Y ese no es el mayor reto.

No sólo tenemos que acercarnos a los habitantes del bosque y ser testigos de sus momentos más íntimos y de sus frenéticas persecuciones, también tenemos que acompañarlos en un viaje a través del tiempo y de la historia.

Debemos recorrer con los animales salvajes los 12.000 años que nos separan de la última Edad de Hielo.

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Tenemos que revisitar la historia desde el punto de vista de los animales y hacer una película que cambie la forma de ver nuestra propia historia. Estos son los retos que entraña Las estaciones.

La película comienza cuando la fisonomía del continente europeo se vio alterada por un período de calentamiento repentino. El mundo congelado dio paso a un enorme bosque que cubrió Europa.

Este enorme territorio verde fue el telón de fondo de una edad de oro para las especies animales, y para un puñado de cazadores-recolectores, anunciando miles de años de convivencia pacífica entre los que veneraban a los árboles y el mundo de la Naturaleza.

A continuación se talaron los árboles, se cortaron con hachas de piedra, y empezó la historia de la humanidad. ¿Qué pasaría si tuviéramos que ver con ojos nuevos la compleja y tumultuosa relación que mantenemos con la naturaleza? ¿Podemos acercarnos lo bastante a la vida silvestre para sentir el yugo que la raza humana ha colocado alrededor de su cuello?

No nos reconocemos en las palabras que nos hablan de esos milenios de convivencia, sino en la emoción que debe transmitir una película sobre naturaleza sin necesidad de recurrir a la voz.

Para nosotros, acercarse a un animal no trata sólo de observarlo, y menos aún de aprender sobre él; se trata de capturar una actitud, una mirada que, en una enorme diversidad de situaciones, despertará un sentimiento creativo dentro de nosotros, no sólo de compasión, sino sobre todo de empatía con esas criaturas salvajes.

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Buscando imágenes fabulosas

Mamuts deambulando por París; ballenas, delfines y focas nadando por el Sena; uros bramando en los bosques de Borgoña; esturiones bloqueando el Ródano; cabras montesas brincando junto a los arroyos cerca de Marsella; lluvias repentinas que refrescan las noches de verano... En Las estaciones (2015) recopilamos miles de esas historias, indagando en libros y centros de investigación, reuniéndonos con científicos y buscando más puntos de vista.

Somos buscadores que quieren encontrar imágenes fabulosas. Para hacer un recuento de 20.000 años de historia de la fauna salvaje de Europa, nos tomamos tiempo para detenernos en el enorme universo de las ciencias, tiempo para pensar, para soñar, y para engañarnos a nosotros mismos.

¿Acaso es posible hacer una película sobre un tema que uno no domina completamente? Hay que estar muy loco para lanzarse a una aventura de esta índole. Cada película es un juego de azar, y el entusiasmo nuestro único guía. Y Las estaciones entrañaba un doble riesgo porque añadimos una dimensión temporal a la espacial.

Hay que atreverse a perderse para encontrarse a sí mismo. Durante el mayor tiempo posible, nuestro guión siguió abierto a lo imprevisto, a la duda y a la sorpresa. Hubo total libertad en su escritura. Todo es posible sobre el papel. Y mantuvimos esa libertad hasta el montaje, lo que complicó sobremanera el trabajo de todos los que se ocupaban del calendario, la gestión del presupuesto, las localizaciones y el trabajo con los animales.

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Escenas enteras podían desaparecer de la noche a la mañana, lo que reducía todos sus esfuerzos a la nada. En particular, pasamos mucho tiempo en las localizaciones, con los animales salvajes, tratando de capturar ese momento mágico.

La Naturaleza es un plató en el que no puedes controlar la iluminación. Hay que esperar, armarte de paciencia y fundirte con el paisaje. No saber a dónde vas es la única manera de preservar intacta la curiosidad que nos ha impulsado desde el inicio, el deseo de obtener un plano más cercano. Se trata de entender a criaturas que a veces están muy cerca y que también se expresan, sienten, se estremecen de deseo o de miedo, y compartir nuestro territorio y nuestra historia. Algo sucede a nuestro alrededor que hace que valga la pena preocuparse un poco, detenerse... experimentar esos momentos siempre es enriquecedor.

Para lograr transmitir esa emoción tenemos que abandonar nuestra posición de observadores distantes y mirar sin prejuicios para participar en un momento de la vida en estado puro, sumergirnos en el núcleo de la acción, entre esas criaturas a las que estamos «observando», y vivir el mundo en el que están de la misma manera que lo hacen ellas.

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Asimilación

La asimilación es una técnica que nos permite obtener la proximidad que necesitamos para transmitir las emociones que estamos buscando. Nos permite recuperar una familiaridad que se ha perdido después de siglos de caza intensiva.

Los animales salvajes han desarrollado un reflejo para huir de los seres humanos que es mucho más poderoso que el reflejo de huir de sus depredadores «naturales».

Hay que entender que este comportamiento de supervivencia no es natural. De hecho es anormal teniendo en cuenta los milenios durante los cuales seres humanos y animales salvajes vivieron en una proximidad muy estrecha. Eso es algo que hoy en día sólo se puede encontrar bajo el agua o en lugares muy remotos, como por ejemplo las regiones polares o los grandes parques nacionales, donde rodamos secuencias para Océanos y Nómadas del viento.

La asimilación permite al animal vivir sin miedo, dedicarse a sus actividades sin restricciones, y hacer caso omiso de los realizadores que están tan cerca, y cuya tarea consiste en capturar las imágenes de sus mejores momentos.

El animal joven nace con el miedo en el vientre, pero también con una necesidad vital de contacto y calor corporal. El reto del asimilador es neutralizar ese miedo atávico lo más rápidamente posible, adoptando al animal nada más nacer. De esa forma, el asimilador desempeña el papel de madre sustituta. Él o ella se aseguran de que su presencia se asocia con momentos de placer, como la succión, el sueño, o el juego.

A diferencia de adiestrar a un animal, la asimilación crea una relación casi simbiótica de confianza. Los asimiladores suelen decir que se necesita tener un exceso de amor maternal para hacer el trabajo, que además requiere muchas otras habilidades. Y también disponibilidad completa, porque a los animales no les importan nada las vacaciones o los fines de semana libres...

Copyright de texto e imágenes de "Las estaciones" ("Les saisons", 2015), de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud © France 2 Cinéma, Galatée Films, Pandora Filmproduktion, Pathé, Wanda Natura. Reservados todos los derechos.

Jacques Cluzaud

Después de estudiar derecho y cine, Jacques Cluzaud trabajó como primer ayudante del director durante los años 1980 en películas como Vaudeville (1986), Flagrant Désir (1986), Bille en Tête (1989), Indochina (1992) y Lumumba (2000). Después se pasó a la dirección, poniéndose al mando de producciones de formato especial para el parque temático Futuroscope de Poitiers, Francia.

Codirigió Nómadas del viento (2001), Océanos (2009) y Las estaciones (2015) con Jacques Perrin.

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC