Intrusos en la noche

Intrusos en la noche Imagen superior: tortuga laúd o baula (Dermochelys coriacea) © Javier Lobón-Rovira.

Hace un rato que la Cruz del Sur nos ha abandonado. Es la señal de entrada de la noche profunda. Acompañados solo por el sonido constante de la marea, recorremos kilómetros de playa en busca de tortugas que “desembarcan” para desovar.

Las buscamos para proteger su “bien” de los hueveros furtivos, que nos evitan. Turnos de cuatro horas, desde que cae la noche, a veces comentando cosas banales, y otras veces inmersos en conversaciones más largas y profundas. Los momentos de silencio son más frecuentes a la vuelta.

Y de pronto, alguien dice: “Una baula”. Y todo cambia al instante.

Primero, un rastro, una gran línea oscura que asciende desde el agua hasta encontrar a su creadora, una gran tortuga baula. Después, la enorme silueta, que dificulta su propia identificación sin más luz que el brillo de las estrellas. Localizar la orientación de estas criaturas, en tales condiciones, no deja de ser una gran aventura.

Mide, plaquea, reubica... Son minutos de tensión, al lado de uno de los últimos dinosaurios vivientes. Golpes sobre la superficie, baños de arena que inundan las miradas tras cada aletazo. Siempre diferente, siempre una sorpresa.

Da igual con cuántas tortugas se haya trabajado: todas se muestran distintas. Arremete la pena y la rabia, buscando las marcas de daños previos, muestras de batallas pasadas –su historia– hasta su aparición esta noche. Ahí están las cicatrices, las heridas, la huella de las redes que seccionan sus miembros, y que dejan su recuerdo sobre el cuerpo castigado de la baula, de cualquier baula.

Ante la atenta mirada del recién llegado, pero como si la noche fuera solo suya, como si su destino fuera su única meta, ella no ceja en su empeño. No importan la tormenta, los rayos, el calor, los numerosos ojos que la observan o las molestas manos que la rodean, ella sigue en su tarea, siempre impasible. Tras miles de kilómetros, los mares cruzados por llanuras líquidas abismales, mantiene un único objetivo: desovar. Una cita irrenunciable cada cuatro o cinco años.

Pueden llegar a ser cien los huevos culpables de este esfuerzo de la tortuga baula. No todos darán vida. A veces, unos pocos, otras muchos, los huevos “vanos”, que así se llama a los quedan sin fertilizar, muestran su presencia, acolchando, protegiendo y ayudando al largo desarrollo de los otros, los huevos “normales”, de los que, tras sesenta días, nacerán las humildes tortuguitas.

Con todo, a veces no es suficiente. Las mareas, las raíces, los grandes acantilados de arena que avanzan incansables, destruyendo todo a su paso, son sus grandes enemigos. Para los intrusos de la noche, es el momento de actuar. Reubicar es la solución.

Mientras tanto, la tortuga, siempre meticulosa, sin dejar nada al azar, cubre el nido con un estilo peculiar, se diría que irrepetible, con la delicadeza propia del amor. Primero una aleta, y luego la otra, prensa y vuelta a empezar, hasta dejar irreconocible el lugar de la puesta. 

No todo es perfecto y la amenaza regresa. Ahora de forma casi intangible. Estamos en los trópicos, y la temperatura es lo que cuenta. Son unos límites estrechos para la vida, incluso para decidir quién va a ser macho o hembra. Mas allá de treinta y tres grados, no hay futuro para nadie. Por encima de veintinueve grados y medio, predominan las hembras y los machos escasean. Por debajo de veintisiete, se repite la ausencia de futuro a la inversa. Nada que vaya a ocurrir previsiblemente aquí en los trópicos, sino todo lo contrario.

Es inevitable no caer en esa polémica injustificada, que en realidad es una evidencia a todas luces: el cambio climático, que va a decidir el destino irreversible de estas especies tan dependientes de un grado más o menos. Cientos de huevos cocidos, perdidos, y una madre que hasta dentro de cuatro años no volverá para desovar. Será, además, una derrota de los intrusos, que no podrán hacer nada para remediarlo.

De nuevo, el silencio. Solo el sonido del mar y las luces de las luciérnagas acompañan a los intrusos de vuelta a la estación. Y mientras la tortuga avanza, torpe pero segura, hacia la línea de marea, ellos, cansados pero satisfechos, dirigen una noche más sus pasos camino de la ducha reparadora, en los chamizos ocultos bajo la línea del bosque.

Copyright del artículo © Javier Lobón-Rovira y Antonio García Valdecasas. Reservados todos los derechos.

Javier Lobón-Rovira y Antonio G. Valdecasas

Javier Lobón-Rovira es licenciado en Biología y tiene un Máster en Biología de la Conservación. Alterna su labor investigadora con la fotografía de flora y fauna. Como fotógrafo, atesora una larga experiencia que le dado la oportunidad de visitar más de veinte países.

Antonio G. Valdecasas es investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y uno de los miembros del comité internacional de expertos del Instituto Internacional para la Exploración de Especies (IISE).

Imagen del banner inferior: rana verde de ojos rojos, Agalychnis callidryas (Reserva Pacuare, Costa Rica). Imagen del avatar superior: rana flecha roja y azul, Oophaga pumilio (Reserva Pacuare, Costa Rica). (Fotografías de Javier Lobón-Rovira)

DECLINACION

Sitio Web: mncn.csic.es

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