Un universo bajo las aguas. La filmación de "Océanos" (2009)

"¡El océano! ¿Y qué es el océano?", pregunta un niño al comienzo de la película. Con el fin de darle una respuesta, comencemos por olvidar cifras, explicaciones y análisis.

En un intento por contar la historia de los océanos, al estrenar este documental en 2010, buscamos abrir puertas que nada tienen que ver con la estadística. Me refiero a las puertas de un cuento fantástico, mágico, que relata las maravillas del pequeño mundo de los arrecifes de coral, y que muestra el heroísmo de los delfines a la carga, las gráciles coreografías de la ballena jorobada y de los calamares gigantes, el horror de los ataques contra los océanos y sus increíbles criaturas, el increíble espectáculo del mar desatado en una titánica tormenta, el silencio de un museo de especies extintas ...

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Océanos no pretendía explicar el comportamiento de las especies. Tampoco era su propósito dar información sobre cada especie, ni pretendía enseñar... En realidad, su objetivo era despertar nuestros sentimientos.

Cincuenta años después de que llegase a las pantallas El mundo del silencio (Le Monde du Silence, 1956), la película del comandante Cousteau, cientos de cineastas de todas las nacionalidades ya habían hecho increíbles documentales sobre la mayoría de las criaturas del mar. ¿A dónde podíamos ir para encontrar algo "nuevo"?

Sólo había una respuesta: debíamos ir en todas las direcciones posibles. Debíamos ponernos en movimiento, por supuesto, como ya nos había sucedido a Jacques Perrin y a mí al rodar Nómadas del viento (Le peuple migrateur, 2001), teníamos que seguir la ruta de la vida marina en la dinámica de sus viajes.

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¿Acaso también era necesario que buscásemos nuevas formas de iluminar la oscuridad oceánica? Por encima de todo, era imprescindible el contacto con cada animal durante la filmación, hasta obtener la toma adecuada: ésa que transforma al sujeto en un individuo peculiar.

Una cosa rara y muy significativa que sucede al trabajar con Jacques Perrin es que uno trabaja sin limitaciones de ningún tipo, si siquiera en lo que se refiere al tiempo.

Durante el rodaje, el tiempo suele ser nuestro elemento más preciado: es absolutamente necesario captar tomas que luego permitan el montaje de una secuencia tan densa y dinámica como las que vemos en los largometrajes de ficción. Y eso hay que lograrlo en un contexto, la naturaleza, que no es ni controlable ni predecible.

Así pues, disponer de tiempo nos permitía recomenzar una y otra vez, independientemente de los problemas que fueran surgiendo.

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Hacer una película como Océanos implica una investigación permanente, y en este sentido, creo que ese deseo de explorar nuevas posibilidades fue lo que caracterizó a quienes participaron en el film hasta su terminación. Al fin y al cabo, lo que Jacques Perrin pide a aquellos que tienen la suerte de trabajar para él consiste en ir más allá de lo que sueñan, dado que el sueño del propio Perrin alcanza el infinito.

Al igual que sucedió con Nómadas del viento y al igual que luego sucedería con Las estaciones, Océanos reunió a dos familias de cineastas: los especialistas en el mundo animal se encontraron con aquellos que trabajan en la ficción cinematográfica. Todos con un claro objetivo, que Océanos, más que un documental, fuese un largometraje como los que se estrenan en los grandes cines.

Cuatro años de rodaje nos llevaron a lugares muy específicos de nuestro planeta. Podríamos clasificarlos en dos grandes categorías: aquellos sitios en los que la vida sigue expresándose como hace miles, o acaso millones de años, y aquellos donde el orden natural ha sido seriamente modificado. Y es que, en realidad, la abundante vida marina que buscábamos ya no existe en los espacios arruinados por actividades humanas como la sobreexplotación pesquera, la contaminación o la construcción en la costa.

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Como si fueran un puñado de confeti esparcido por el planeta, quedan santuarios aquí y allá: áreas protegidas donde la vida aún puede expresarse, e incluso recuperarse con tenacidad y vigor.

Cuando uno va a Isla del Coco, en el océano Pacífico, frente a Costa Rica, basta con hundir la cabeza bajo las aguas para observar todo tipo de peces, así como variadas especies de tiburones, rayas, tortugas y mamíferos marinos.

La pequeña isla Coburg, en el archipiélago ártico canadiense, es un lugar donde ni siquiera habían estado nuestros guías inuit. Allí tienen su hogar focas, morsas y osos polares.

Fernandina, una de las islas Galápagos, en el océano Pacífico, es otro enclave que apenas es visitado por un científico cada veinte años. Tanto es así que los gavilanes de las Galápagos (Buteo galapagoensis), entre iguanas de mar, leones marinos y cormoranes, venían a posarse a pocos metros de nosotros, para observar de este modo a esos curiosos bípedos que habíamos llegado a su territorio.

Fue principalmente en estos pequeños y remotos lugares donde rodamos nuestra película..., con la esperanza de que no fuese un reflejo de la biodiversidad del pasado, sino un retrato de la tenacidad de la vida, en permanente renovación, salvaje y libre.

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Poco a poco, el hombre se fue adentrando en el mar. Navegando en sus aguas no podía imaginar la riqueza y la diversidad de las profundidades. Pero pronto los descubrimientos se convirtieron en conquistas.

Los secretos de los océanos fascinaron a los exploradores y al mismo tiempo provocaron grandes envidias. Nunca antes se había descubierto tanto, nunca antes hubo tantas hostilidades.

Aun así, el mar sigue siendo una inmensa zona salvaje y las puertas de los océanos siguen abiertas a grandes áreas de libertad. Salpicado de barcos y peces, este mundo de ensueño es el favorito de los niños en sus dibujos. La historia de las especies que se esconden bajo la superficie es un maravilloso relato sobre el mundo de los vivos.

En Océanos, seguimos los quiebros como latigazos de los tiburones azules (Prionace glauca), nadamos a la velocidad del pez espada (Xiphias gladius), nos deslizamos con una manta gigante (Manta birostris), entramos en la guarida del Semicossyphus reticulatus, sorprendemos a un rape y a un pez luna (Mola mola) en su hábitat.

Vamos en busca del calamar gigante y del narval que se esconden en lo profundo de nuestra imaginación: una profundidad en la que ellos mismos habitan.

Bajo la superficie del mar, al otro lado del espejo, la armonía de la vida primitiva alcanza las inexploradas profundidades.

Océanos propone un largo viaje para encontrar a las criaturas del mar: las que ya conocemos, aquellas de las que sabemos muy poco y las muchas que aún nos quedan por descubrir.

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La película

En un paisaje enigmático evocando nuestros orígenes, los animales emergen del océano mientras una llama cegadora ilumina el horizonte. Una bengala desparece en la noche. Las estrellas aparecen como criaturas marinas de formas extravagantes jugando con la luz. El sol se alza sobre un mar de abundancia: barracudas, carángidos y atunes se suceden con una insaciable fuerza de vida. Leones marinos y delfines irrumpen como destellos de vida fulgurantes. Hacen explotar un banco de peces y se dan un suculento banquete.

Después del festín, los depredadores vuelven a las orillas salvajes donde la vida transcurre al ritmo de juegos, retos y amoríos.

La noche envuelve el océano, despertando un universo extraño y bullicioso. Un barco hundido se convierte en un oasis de vida. Alberga a criaturas que rivalizan en estrategias para camuflarse, sorprenderse, seducir, cazar o simplemente colaborar. Con una gracia infinita, las ballenas jorobadas emprenden una coreografía amorosa. Una de ellas sube a la superficie. Se oye entonces el sonido de una detonación. Un arpón le impacta en plena cabeza.

En todos los océanos, redes, traínas y palangres amenazan a los habitantes marinos. Sin tregua, el hombre caza, persigue y extrae: el mar está agotado. Masas líquidas y viscosas, zonas costeras desnaturalizadas, desechos hundiéndose en las profundidades: el mar está envenenado. Como en una pesadilla, los animales marinos huyen de todas partes.

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En la galería de un museo de historia natural, los ojos de cristal de las especies marinas desaparecidas parecen interrogar a un anciano y a un niño que los están mirando.

Para poder comprender, antes que sea demasiado tarde, los científicos se sumergen en busca de criaturas conocidas, desconocidas e ignoradas en todos los mares del mundo. Un chaparrón anuncia la tormenta. En la virulencia, los elementos moldean los paisajes marinos, trabajan las costas… El huracán pone a prueba a los barcos y a los hombres.

La cámara es llevada al interior de la tormenta, hasta la estratosfera desde donde los satélites observan el planeta; siguen con detalle los fabulosos viajes de los navegadores de océanos, pero el mar es patrullado también por las embarcaciones pesqueras. Ninguna parcela marina parece escapárseles.

Sin embargo, las criaturas marinas resisten y viajan hacia las regiones más recónditas de nuestro planeta. En estos últimos refugios de hielo, la vida parece inmutable. El pingüino emperador salta fuera del agua para aterrizar sobre los bancos de hielo. Las ballenas improvisan una ruidosa sinfonía salvaje.

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Con un estruendo espantoso, una placa de hielo se hunde hacia el corazón de los polos. Inquieta, una morsa se gira y nos mira fijamente. Tras los cristales de un acuario, otros animales polares miran al anciano y al niño que avanzan hacia el holograma del planeta mar.

En el azul profundo del océano, un gran tiburón blanco y un hombre se acercan, se miran cara a cara y luego siguen nadando uno al lado del otro. Es un reencuentro armonioso y sereno. En un océano restablecido, los pueblos marinos retoman posesión de su territorio y nos arrastran a la más asombrosa de las cabalgatas.

Copyright de texto e imágenes © Galatée Films, Pathé Production, France 2 Cinéma, France 3 Cinéma, Notro Films y Les Productions JMH-TSR. Cortesía de Vértice Cine. Reservados todos los derechos.

Jacques Cluzaud

Después de estudiar derecho y cine, Jacques Cluzaud trabajó como primer ayudante del director durante los años 1980 en películas como Vaudeville (1986), Flagrant Désir (1986), Bille en Tête (1989), Indochina (1992) y Lumumba (2000). Después se pasó a la dirección, poniéndose al mando de producciones de formato especial para el parque temático Futuroscope de Poitiers, Francia.

Codirigió Nómadas del viento (2001), Océanos (2009) y Las estaciones (2015) con Jacques Perrin.

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