Alejo Carpentier o La sangrienta primavera de la historia

Alejo Carpentier o La sangrienta primavera de la historia Imagen superior: Alejo Carpentier en "A fondo" © RTVE.

Un presupuesto surrealista permite a Carpentier construir el dualismo más constante de su obra: la oposición Europa/América. La percepción anquilosada de la realidad cotidiana, la historia convertida en la pequeña historia, es europea.

La posibilidad de romper esta habitualidad y acceder a la “sobrerrealidad” que caracteriza a la visión surrealista, es americana. Tal vez así podamos simplificar la hinchada cuestión de lo real maravilloso, con el curioso agregado de que, para nuestro escritor, América es exclusivamente la cultura afrocaribeña, una cultura sin nada aborigen pues la despoblación de indígenas propició la repoblación a cargo de blancos, negros y amarillos.

América, contrafigura de la historia, opone religión a secularidad, arcaísmo a modernidad, mito a devenir, regeneración utópica a continuidad evolutiva: la promesa de dicha de la historia, la revolución. Esta caracterización cumple distintas derivas en las obras de Carpentier.

En El reino de este mundo estamos ante una América francamente africana, si vale la paradoja, la magia negra contra el arma blanca. El líder rebelde Mackandal pasa a convertirse en figura épica de los himnos populares y en personaje de las liturgias animistas del vudú. América es mitología o, como prefiere precisar Carpentier, “ontología”, transformación del descubrimiento en revelación, mestizaje fecundo, carácter fantástico de lo negro y lo indígena. Su historia es la crónica de lo real maravilloso, es decir de lo surreal del surrealismo.

Carpentier caracteriza al negro sublevado como vital y potente, opuesto al blanco europeo, racional y desvaído. Aquellas características parecen denunciar su sesgo sobrenatural. Está sobre la realidad cotidiana y sobre la naturaleza. Es paranormal. Tiene una cualidad demiúrgica. Mackandal puede ir y venir del mundo de los muertos, posee el don de la metamorfosis, controla a sus fieles, hace trabajar a los difuntos como zombies, sale volando de la hoguera donde acaba de ser incinerado. “El manco Mackandal, hecho un houngan del rito Radá, investido de poderes extraordinarios por varias caídas en posesión de dioses mayores, era el Señor del Veneno. Dotado de suprema autoridad por los Mandatarios de la otra orilla, había proclamado la cruzada de exterminio, elegido como estaba para acabar con los blancos y crear un gran imperio de negros libres en Santo Domingo.”

El blanco, aprisionado por su condición histórica, está destinado a pasar, a convertirse en pasado, pues la historia es consumación, exterminio y muerte. En cambio el negro, al poderse comunicar con “la otra orilla”, el mundo de las sombras, tiene acceso a una movediza eternidad, marcada por las reencarnaciones y retornos. Es trascendente y le basta invocar a sus dioses guerreros para asaltar con éxito la fortaleza de la Diosa Razón.

En Los pasos perdidos América es la primavera del tiempo, la tierra donde el mundo se regenera. En América se atesoran las energías que darán  nueva vida a la exhausta cultura europea, dormida en el invierno de la razón. El protagonista es un músico que percibe esas energías instintivas en los instrumentos de percusión. En la historia, el hombre europeo ha perdido sus pasos, alejándose de su origen, que es sagrado, extraviándose. Intentar recuperarlo por medio de la música, es inútil, pues al compositor le falta el trance del sacerdote.

En El siglo de las luces reaparece la superioridad de la magia negra sobre la ciencia blanca cuando el asmático Esteban es curado por los conjuros y bebedizos de Ogé. Mientras el ilustrado francés Victor Hugues cree en la revolución como estallido de la luz, aquél anuncia los trastornos causados por la “llegada de los tiempos” y el Apocalipsis. ¿De qué lado cae el cambio histórico? Carpentier no sabrá contestar.

También el arquitecto y la bailarina de La consagración de la primavera, hartos de la revolución surrealista, la bolchevique y la guerra civil española, marchan a América en busca de una primavera para consagrar. Ella quiere llevar a Europa el ballet de Stravinski que da nombre a la novela, pero “bailado a la cubana”. Tal vez, en clave alegórica, la revolución castrista.

La vuelta al origen hace de América el lugar de la utopía. En Carpentier adquiere la forma de la ciudad ideal, hecha a partir del grado cero de los tiempos, una fundación. En Los pasos perdidos es la obra de El Adelantado y se llama Puerto Anunciación. Es tarea de la libertad y en ella se confunden las direcciones del tiempo, de modo que el porvenir es memoria. El Adelantado no advierte, sin embargo, que su plan reproduce el modelo de las ciudades históricas. Es una forma disimulada del fracaso utópico, similar a la de Victor en El siglo de las luces, cuando construye en el Amazonas una ciudad ideal destinada a ser devorada por la selva.

Un destino comparable aguarda, en Carpentier, a las revoluciones. Sobre el fondo cíclico y circular del tiempo, la revolución altera la naturaleza de las cosas y las jerarquías establecidas. Sus líderes son juzgados y condenados por traidores ante los tribunales de la propia revolución, a menos que se conviertan en servidores del orden que intentaron subvertir, y que se restablece como algo natural. El reino de negros fundado por Henri Christophe reproduce los mandos, crueldades y pompas del antiguo régimen. Victor y Esteban, emisarios de la masonería cubana, viajan a Francia y España en tiempos de la Revolución Francesa y vuelven a Cuba para divulgar sus ideales de igualdad. Llevan una guillotina. Con el tiempo, Victor se hace militar y brilla por su represión de los sublevados. Los negros son liberados, se los rebautiza con nombres romanos y se les enseña el catecismo jacobino, pero siguen sometidos a los mismos y extenuantes trabajos de siempre. Bajo mosquiteros de tul y servido por hermosas mulatas, Victor decreta las ejecuciones en la guillotina. La irrealizable utopía, al llevarse a la práctica, se convierte en tiranía. El revolucionario, en comisario terrorista de Estado. En principio, las nuevas autoridades no comercian con esclavos pero acaban haciéndolo cuando los capturan a las potencias enemigas. La conclusión de Esteban es pesimista: “Cuidémonos de las palabras demasiado hermosas, de los Mundos Mejores creados por las palabras. Nuestra época sucumbe por un exceso de palabras. No hay más Tierra Prometida que la que el hombre puede encontrar en sí mismo.” En el exterior de la historia toda promesa decepciona. En el interior del individuo, se cumple. Las Luces se convierten en la sombra de un jardín.

Carpentier declaró su proyecto de escribir una novela sobre la revolución cubana. Nunca lo hizo. Sólo hay algunas referencias en La consagración de la primavera: los últimos combates contra Batista, la instalación de los revolucionarios en el poder, la frustrada invasión de la bahía de Cochinos. La narradora se entera de esto leyendo revistas francesas, donde los castristas, con sus barbas y melenas, le parecen hombres de una nueva raza, similar a los revolucionarios franceses del 89. Cabe suponer que les espera el destino de Victor Hugues.

La palabra revolución tiene, en Carpentier, el significado de ciclo completo, de vuelta a empezar. Las sociedades se asientan sobre un pacto sagrado y quebrarlo es generar desorden e invocar la restauración. Los negros siguen con sus cultos de santería aunque los franceses les inculquen ideas racionalistas o el caudillo libertador, el culto católico. Si ha habido algún intento de cambio, su fracaso redunda en decadencia y ruina, esa postrimería barroca que se armoniza con el barroquismo de las descripciones carpenterianas. Su narración tiende a la inmovilidad descriptiva, acentuada por la escasez de los diálogos. La historia se paraliza en tiempos muertos. Si la historia es cíclica como las estaciones del año, su primavera exige sacrificios y se vuelve sangrienta.

Carpentier sale románticamente del Siglo de las Luces: consciencia desdichada, desajuste entre mundo y deseo, desproporción entre lo limitado del hombre y lo inconmensurable del universo. La Ilustración intentó regular socialmente la felicidad, estableciendo un código de cosas razonablemente deseables. Pero la historia es la antropología de la desdicha, muerte y devoración, tiniebla barroca y noche romántica.  El reino del Hombre no es el mundo de los hombres, que se preguntan cuál será. Como dice el barbero Ti Noel, “el hombre nunca sabe para quién padece y espera.”

En algún momento, Carpentier absuelve al hombre de la infelicidad temporal, la mortalidad, por medio del arte. En su busca del momento original, presente absoluto sin antes ni después, donde ha de haber un signo incomparable del origen, el novelista inviste a un músico. Pues, en efecto, es la música, arte de la unidad, y no la literatura, arte de la escisión, la que puede recuperar el instante exento de muerte. Hay connotaciones sexuales de la escena. Si la historia, reino de la muerte, es paterna, el origen, reino de la inmortalidad, es materno. No ya el Dios masculino de Occidente, sino la Madre de Dios. La identidad fundamental de todo lo existente es femenina. El principio subjetivo masculino introduce la finitud, la asunción de la muerte, la irregularidad y el desorden: la historia. La paz ordenada y serena es materna, pero es también prenatal y carece de lenguaje articulado. Lo que hace humano al ser humano es desprenderse del origen, nacer. Esa es la marca, el tajo que instaura el tiempo, los pasos contados que se van convirtiendo en pasos perdidos.

Por volver al comienzo, América es la promesa de dicha de la historia porque es la promesa de retorno a la protección materna y al perdido paraíso donde no existe la muerte. América es la feliz casa sin padre, el cuarto de los juegos, la utopía que es origen y paraíso, pero todo ello ilusorio porque no se pueden desandar los pasos perdidos en el tiempo, no puede retraerse la historia. Si se recupera el origen caótico y dichoso anterior al tiempo será para repetir la creación del tiempo y la refundación de la historia, con lo que ciclo de la revolución volverá a empezar donde terminó para terminar donde empezó.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo forma parte de la obra "Lecturas americanas. Segunda serie (1990–2004)", publicada íntegramente en Thesauro Cultural (The Cult). La primera serie de estas lecturas abarca desde el año 1974 hasta 1989 y fue publicada originalmente por Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1990). Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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