América y España en el 98: miradas recíprocas

Si bien el 98 lo es por la guerra de Cuba, la crisis intelectual que se le asocia reconoce algunos antecedentes. Recojo dos, por su directa relación con los escritores que formarán el grupo nombrado por la fecha del llamado Desastre Colonial.

En 1892, las celebraciones del Cuarto Centenario reúnen en Madrid a representantes de las repúblicas americanas. España es todavía un país de América, en tanto mantiene su dominio sobre Cuba y Puerto Rico. Relaciones económicas, políticas (los partidos del turno de la Restauración se financian, en buena medida, con dinero que llega del Caribe), culturales y familiares tejen una atadura fuerte entre ambas orillas del océano. La conmemoración colombina tiene otro efecto que el diplomático y sentimental. Los regeneracionistas (Mallada, Picavea, Costa y seguidores) alteran su posición crítica ante el episodio americano de la historia española. Hasta entonces consideraban la conquista de las Indias como un grave error histórico que había apartado a España de lo que hoy llamaríamos su destino geopolítico: asentamiento europeo y expansión mediterránea, singularmente por el Norte de África. El 92 provoca una revisión de esta perspectiva: América es rescatada como el lugar sin historia, el espacio de experimentos utópicos (el Tata Vasco y el padre Las Casas en América Central, los jesuitas en las misiones paraguayas) donde se puede intentar esa regeneración que es el obvio principio fuerte del movimiento regeneracionista.

El segundo antecedente que quiero señalar es el estallido del asunto Dreyfus en Francia (1894), cuya trama anecdótica es bien conocida: un oficial del ejército francés es acusado falsamente de traición y espionaje al servicio de Alemania, degradado y deportado a la Guayana. Se trata de un montaje político, ya que el capitán Dreyfus es judío. Un áspero debate sacude la sociedad francesa, dividida entre dreyfusistas y antidreyfusistas, y situada al borde de una guerra civil y/o de un golpe de Estado a cargo del militarismo ultramontano.

Varios aspectos del asunto Dreyfus se ligan con la problemática del 98, aparte de que algunos escritores luego encasillados en dicho grupo hacen su aparición escribiendo sobre el tema. En España se prepara un golpe militar pretoriano, encabezado por algún jefe vinculado con la guerra de Cuba (Polavieja, Weyler, quizá Fernando Primo de Rivera). Precisamente, será el Desastre, al desplomar sobre el ejército el desprestigio por la derrota, el que frustre la intentona y prolongue un cuarto de siglo el sistema político restaurado en 1874.

En el orden de la identidad nacional y la tradición histórica, el caso Dreyfus provoca en Francia un debate radical que servirá de modelo a las meditaciones sobre el ser de España abiertas a partir del 98. En efecto, la Francia moderna, republicana y democrática, surgida de la Revolución de 1789, esencialmente humanista, igualitaria y fraterna, es impugnada por los adversarios de Dreyfus, quienes ven en la Revolución un maléfico desvío del destino histórico francés, el cual no consiste en construir una sociedad abierta y plural, sino una tribu homogénea y cerrada. El universalismo revolucionario es desplazado por un estricto nacionalismo, lo cual implica una distinta visión de Europa, que no es ya el escenario para el desarrollo de ciertos valores universales (los emergentes del ideario de la Ilustración) sino un virtual campo de batalla para nacionalidades enemigas que se disputan la hegemonía continental. También el 98 se tensará entre universalismo y casticismo, según veremos, y se interrogará acerca de cuán europea o africana o simplemente española es España.

El 98 es un evento americano y resulta sintomático que América empiece a inquietar al imaginario español precisamente cuando se la termina de perder, cuando el ya extinto imperio americano de España ve desaparecer sus últimos vestigios caribeños. En rigor, desde la batalla de Ayacucho (1824) el dominio español en el Ultramar americano se reducía a un par de islas, pero no se advirtió la pérdida como una carencia, seguramente porque se confundió con el proceso de desintegración territorial, militar y política que la propia península experimentó desde la invasión napoleónica (1808) hasta la última guerra carlista (1876). En cambio, desde una península de nuevo unificada y controlada por el poder monárquico centralizado en Madrid, la pérdida se torna carencia  y da lugar a la pregunta por el ser de España, ya sin posesiones americanas y abandonada a su suerte – por mejor decir: al poderío norteamericano – por las potencias europeas. Las preguntas se tornan dramáticas: ¿estamos o no en Europa? ¿Qué hay de español en América? ¿Qué es esta España amputada de ambas pertenencias?

No en vano la guerra de Cuba sucede al tiempo que eclosionan los nacionalismos llamados periféricos –el sabinismo en el País Vasco, la Lliga en Cataluña– que impugnan la españolidad de ambas regiones o naciones. Otro elemento cuestionador de la extensión y el ser de España viene a complicar el ya desgarrante asunto de la integridad nacional.

Del lado americano también hay un par de consideraciones que hacer. En primer lugar, la distinta presencia española que significa la emigración masiva que se produce en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en su último cuarto, a medida que España reconoce la independencia de las repúblicas y entabla relaciones con ellas. Unos españoles pobres e iletrados van a América no ya como conquistadores sino como proletarios, a tentar fortuna, trabajar en las condiciones que se den y vindicarse convirtiéndose en ricos indianos. Muchos de ellos conocerán una ciudad, una escuela, un ferrocarril –en síntesis: la modernidad, en el sentido más elemental y craso de la palabra– en las antiguas Indias.

En otro orden de cosas, la aparición del movimiento literario modernista diseña la primera presencia continental en la cultura de la lengua española. Atraído por el ejemplo de Edgar Poe, que influye decisivamente en el rumbo literario de Francia por su recepción a cargo de Baudelaire y Mallarmé, el caudillo del modernismo (a veces con ínfulas de emperador inca o azteca), Rubén Darío, desembarca en la península imbuido por la vieja fantasía sarmientina: ser el americano, el portador de los principios renovadores, que reconquista a la conquistadora y se reúne con los españoles ávidos de modernizarse.

Rubén deambula por América Central, luego se instala en Valparaíso y recala en “el regio Buenos Aires”. En todas partes hace discípulos y organiza centurias americanas. Habla de modo epónimo, en nombre del continente. El asunto Dreyfus ha puesto en circulación el vocablo intelectual, que alude, con notoria vaguedad ambiciosa, a una suerte de nueva aristocracia o sacerdocio novedoso del intelecto. Rubén se inscribe en esta pretensión que define al artista como un noble sin patrimonio, a veces un bohemio menesteroso de canonjías y mecenazgos, pero seguro de su limpieza de sangre, no roja sino azul.

Destaco la perspectiva hispánica y hasta hispanizante del modernismo, que tiende a reformular la tradición literaria de la lengua, considerada en el conjunto de sus literaturas, incluida en él, desde luego, la literatura española. Porque si bien es evidente la impregnación francesa de Rubén –y su afrancesada imagen de Grecia y de Roma– lo cierto es que la innovación que plantea en cuanto a vocabulario y prosodia de la literatura, se basa en especulaciones sobre las propiedades de la lengua española y en la recuperación de tradiciones que se consideraban inertes en las letras de la península. Rubén rescata el romancero, la cuaderna vía del mester de clerecía, los layes y dezires de los trovadores, el barroco gongorino, los santos febriles y los febriles guerreros de la España visionaria y heroica.

Como se ve, en el dramático tejido de preguntas que se urde en torno al 98, el elemento americano es decisivo por múltiples razones. Los escritores del grupo algo tienen que decirse acerca del tema. En general, lo que se dicen está dominado por una visión española de América, como si ésta siguiera siendo parte de un imperio imaginario, una prolongación peninsular, una suerte de sucursal colonial de la España europea o africana o española, según se prefiera.

Unamuno, el que más se interesa por la historia y las letras del continente indiano, celebra siempre en las gentes de Ultramar lo que tienen de españoles. Sarmiento denuesta a España como sólo un español puede hacerlo; los colombianos hablan como campesinos de Castilla de pura cepa; Martín Fierro hereda al Cid Campeador. Don Miguel se congratula de que subsistan criollos hispanos, sin mezcla de indio ni de negro. Azorín verá en José Hernández a un pariente de Cervantes. Baroja, espantándose las moscas, mostrará en sus novelas a dos especies de americanos: las señoritas cursis y los rastacueros ostentosos de su dinero fresco, de su “plata dulce”. Y poco más. El único que percibe la diferencia americana, su carácter mestizo, es el Valle–Inclán de Tirano Banderas, esa novela que Octavio Paz considera la modélica sobre el dictador hispanoamericano. Las miradas se entrecruzan, pero son asimétricas: la mirada española es umbilical, se ve en el espejo americano; la mirada modernista es cenital e intenta ver en España lo que los mismos españoles miran con el punto ciego del ojo y lo rescata del olvido.

Cito como ejemplo lo que escribe Rafael Altamira en el prólogo para Ariel de Rodó (1926), libro que, por otra parte, admira y que proviene de un escritor con el que tuvo amistad intelectual: “Posible es que algunos españoles tradicionalistas del idioma, encuentren faltas en el vocabulario de Rodó, apuntando palabras formadas de diferente manera que en la Península. Si Rodó fuera español y aquí escribiera, podrían, en efecto, tachársele algunos neologismos; pero es necesario no olvidar que los idiomas de América son derivaciones del castellano, no el castellano mismo y que, lógicamente, hay que concederles – aun dentro del respeto al último espíritu del idioma troncal – cierta independencia análoga a la que la misma Academia reconoce a los “provincialismos” de España. Después de todo, reconozcamos o no de buen grado esa independencia, ella se impone, a título de fenómeno natural e irresistible, como se impusieron en la Edad Media las variantes regionales en la formación de los romances de tipo castellano. Si en un escritor español serían, pues, faltas estas que decimos, en un escritor americano no lo son, sino que arguyen respeto a las modalidades de su idioma nacional, que a primera vista nos hieren.”

2

La evolución demográfica, económica y cultural de los países hispanoamericanos impone una reformulación de lo español que se torna evidente por los años del 98. Dejo de lado la repercusión que la guerra de Cuba tuvo en la dirigencia de aquellos países y en las comunidades de españoles: discursos de adhesión a España, defensa de la América latina frente a la sajona, cuestaciones para allegar fondos al ejército español, campañas de prensa, formación de cuerpos de voluntarios, etc. Una soterrada simpatía por España como potencia europea latía de la diplomacia de las repúblicas, normalmente muy ligadas a la influencia británica, frente al avance del Hermano Mayor del Norte, siempre atemperado por la necesidad de llevarse bien con él. Cabe recordar que, ya a principios de siglo y a favor de su victoria cubana, los Estados Unidos desatan un movimiento de panamericanismo que se fragua en la Unión Panamericana y sus congresos, a la luz de la doctrina Monroe (“América para los americanos”) y que da lugar a pintorescos enfrentamientos con personajes de la diplomacia del Sur, como digo, más bien inclinada a la hegemonía inglesa, presente en la economía exportadora de materias primas y compradora de manufacturas y tecnologías provenientes del imperio inglés.

Me centro en el caso argentino, que es el que mejor conozco. Hacia fines de siglo se registra un movimiento de renovación historiográfica que redefine la presencia española en el pasado remoto del país. Hasta entonces, el modelo historiográfico estaba dado por las monumentales aportaciones de Bartolomé Mitre, un hombre formado en el romanticismo de paradigma francés y que leía la historia argentina como la de un país fundado por el hecho de la revolución independentista. Lo anterior era un mero antecedente de dicha revolución.

En textos como El federalismo argentino  de Francisco Ramos Mejía y La ciudad indiana de Juan Agustín García, la perspectiva cambia y la historia argentina se lee como una consecuencia encadenada de la conquista española, sobre todo en cuanto a la presencia dominante de estructuras federativas y caudillismos. En los ensayos de Agustín Álvarez (South America, ¿Adónde vamos?) se muestra el europeísmo cosmopolita de la Argentina como un tenue disfraz bajo el cual resurgen las herencias hispanocriollas. De algún modo, el pasado nacional cambia y se remonta hasta los orígenes, fijados por la irrupción española en el Nuevo Mundo, haciendo necesario el estudio de la historia de España por vía de un fecundo comparatismo.

Más tarde, lo español es tomado como un elemento aglutinador de la identidad nacional, frente a la amenaza que significa la ola inmigratoria de variopinta procedencia. Los intelectuales del Centenario se inclinan a una matización nacionalista: Ricardo Rojas abre la marcha con un texto llamado, sintomáticamente, La restauración nacionalista y que luego prolongará en su Historia de la literatura argentina, donde rescata la producción de la época colonial, y en Retablo español; Manuel Gálvez hace gala de un hispanismo católico en El diario de Gabriel Quiroga y El solar de la raza; en sus conferencias reunidas en libro como El payador, Leopoldo Lugones examina la poesía gauchesca del siglo XIX remontándose a la tradición épica española, según la entienden Antonio Machado y Ramón Menéndez Pidal: lo hispánico es lo medieval, que se desvirtúa con la influencia cosmopolita e italianizante del humanismo renacentista. Lo hispánico se ve como lo arcaico, lo fundacional, lo que perdura a pesar de los cambios de la historia y permite fijar la identidad del país y protegerla de los vaivenes inmigratorios.

Este giro supone una valoración distinta de España, entendida como esa fija personalidad que define, por derivación, a lo argentino. En el extremo de la causa, Enrique Larreta publica en 1908 su novela La gloria de Don Ramiro, escrita en un castellano áureo que pretende volver al siglo XVI, empresa que a ningún escritor español de la época se le hubiera ocurrido cumplir. Un lenguaje de comparable “purismo” hispano se advierte en las novelas de Carlos María Ocantos (Quilito, León Zaldívar), un diplomático que acabó sus días en la España franquista.

La deriva de estas posiciones va generalmente hacia ideologías antidemocráticas y autoritarias, salvo el caso de Rojas, que defenderá el sistema constitucional quebrado por los golpes militares que inician su ciclo en 1930. Importante, en este sentido, es la presencia, en Buenos Aires, a fines de los años veinte, del filósofo por excelencia de la hispanidad, Ramiro de Maeztu, designado embajador por la dictadura de Primo de Rivera.

Desde luego, esta revalorización de una España anclada en su arché inmutable (señorial, hidalgo, soñador, caballeresco, idealista, eventualmente católico y hasta inquisitorial) remueve las ideas acerca de la mala catadura racial de los españoles, dominante en los enfoques positivistas hegemónicos hasta entonces y asentados en las filosofías evolucionistas de Darwin y Spencer, de origen anglosajón. Con la variante germánica de Haeckel. La raza española era vista como ejemplo de atraso, fanatismo, superstición, incuria, falta de iniciativa, pereza y prejuicio señorial contra la productividad burguesa y el progreso técnico.

En otros campos del pensamiento, el positivismo de distinto matiz es desplazado por las filosofías espiritualista y vitalista (Blondel, Bergson) y por algunos aspectos de Nietzsche, sobre todo de cierta vulgata nietzscheana, con sus denuestos contra el progresismo, la masificación democrática  y la vida entendida como acumulación cuantitativa de bienes, y su Superhombre dotado de energías revolucionarias, capaces de archivar una historia caduca y abrirse a las promisorias auroras del porvenir. En este sentido cabe destacar la importancia del krausismo español, que intentó renovar la visión del cristianismo humanitario sin los tradicionales compromisos con el catolicismo integrista, y que propuso una suerte de religiosidad laica y ecléctica, cercana a la conciliación de las religiones que defendió la teosofía. Krausismo y teosofía se armonizan en el sustento filosófico del modernismo, pues Rubén es crédulo lector de Schuré, Annie Besant y la mítica Madame Blavatsky.

Frente al panamericanismo de cuño anglosajón, se diseña un americanismo alternativo, que halla su primer emblema en Ariel de Rodó y más tarde dará lugar al movimiento del Nuevo Mundo o mundonuevismo. Se trata de una construcción imaginaria propuesta poéticamente por el modernismo: concebir el continente latinoamericano como una unidad armoniosa que se opone a la estructurada América nórdica aunque, en rigor, las repúblicas intentan adaptar los modelos anglosajones de organización política y los patrones culturales de impronta francesa. En esa recuperación de lo latino de la América meridional, la raíz ibérica (española y portuguesa) es recobrada de manera considerable.

3

Como ejemplo del drama intelectual del 98 ofrezco los artículos que Unamuno escribe en 1895 y recoge en 1902 en su volumen En torno al casticismo. En efecto, en estos textos el joven Unamuno dibuja la tensión que anima el drama intelectual de España como una aporía entre europeización y casticismo. Los europeístas sostienen que España debe abrirse al mundo en su espacio exterior inmediato, Europa. Y cuando se dice Europa no sólo se piensa en los textos traducidos que encabezan los movimientos intelectuales vigentes más allá de los Pirineos, sino en procesos económicos y sociales más concretos. El caso comparable es el de Alemania, un país que no sólo ha llegado tarde a la unidad política del Estado por medio del imperio hegemonizado por Prusia en 1870, sino también al capitalismo industrial, y ha conocido un desarrollo rápido y sorprendente en el último cuarto del siglo XIX. El otro modelo a tener en cuenta es el japonés (Unamuno habla en algún momento de la japonización de España), pues allí una sociedad paralizada durante siglos por un monolítico feudalismo, se ha convertido, en poco tiempo, en un Estado constitucional e industrial de primera magnitud.

A la europeización se opone el casticismo, temeroso de que España pierda su identidad al unirse al proceso del desarrollo europeo, el humanismo universalista de la filosofía francesa, el cientificismo industrialista alemán y las instituciones representativas de Inglaterra. El episodio más dramático de esta dualidad se produce cuando Napoleón invade el país en 1808 y un sector de los progresistas españoles se torna afrancesado y otro defiende la independencia nacional pero invocando los principios de la Revolución Francesa. En contra, la España inmovilista y arcaica sostendrá el retorno sal absolutismo con la restauración de Fernando VII.

Unamuno advierte que la europeización de España ha sido elocuente pero superficial y que, en el fondo de ella, ha permanecido un sentido religioso de la vida, esencialmente hispánico. Es que, por debajo de los avatares de la historia, que se manifiestan de modo expreso, hay un poso inconsciente y silencioso que hace a la cultura de una comunidad y que él denomina intrahistoria. Esta hondura intrahistórica es inmodificable y sostiene la identidad de un pueblo, por la transmisión callada y tradicional de unas normas de vida que se repiten con prescindencia del tiempo. La intrahistoria es eterna y constituye la cabal realidad de dicho pueblo.

Los progresistas caminan de cara al sol y se exponen al riesgo de la luz: la ceguera. Los tradicionalistas caminan de espaldas y miran su sombra, exponiéndose al simétrico peligro de caer de bruces (o de traste, si don Miguel permite la matización). Unamuno intenta conciliar, al menos en términos ideales. Una sociedad no puede vivir en la inmovilidad ni entregarse a una falsa renovación imitada servilmente de modelos foráneos. Es necesaria la tradición, pero viva, rescatada por los españoles europeístas que bucean en la profundidad de la intrahistoria para identificar las esencias del pueblo que intentan modernizar. O sea: ni modernización sin españolidad ni españolidad sin modernización. Desde luego, la historia que aguardaba a España no se encauzó por la conciliación sino por el conflicto violento, desaguando en la guerra civil, en la cual Unamuno simpatizó, al principio, con los sublevados y acabó impugnándolos y siendo castigado por ellos.

Señalo algunos puntos críticos del discurso unamuniano para marcar en qué medida está preso en la tensión contradictoria, a pesar de su voluntad ideal de hallar una síntesis que la supere. Ante todo, su noción de España, que no es plural sino unitaria: lo español es lo castellano. Castilla: dominio sobre la península, unidad política, catolicismo, espíritu de paisaje austero, pequeñas comunidades ensimismadas y silenciosas, prevalencia de lo rural sobre lo urbano, idealismo, la única realidad es Dios y la vida terrenal es mero sueño, atrevimiento, falta de sentido común, expansión de la lengua castellana como española y universal, tendencia a la guerra, el caudillismo y la anarquía. Y más aún: es arcaica. España, en efecto, se diseña entre el Cid y los dramas de Calderón, quedando congelada en la mitad del siglo XVII, como si lo vivido desde entonces no hubiera aportado nada a su identidad, resultando una suerte de tiempo muerto de la historia.

Luego, su figura de la casta como base del casticismo y asociada a la castidad. Casta significa organización cerrada y dominada por el principio de pureza, de incontaminación. Lo castizo es lo contrario de lo mestizo. Y es casto en tanto concentra sus energías (libidinales, agrego por mi cuenta) en la acción guerrera y conquistadora guiada por una fe religiosa. El casticismo es incompatible con una sociedad moderna, de clases e individuos. Apela a un modelo orgánico y jerárquico donde el individuo existe en función de un grupo que lo coopta de modo homogéneo. Es impensable que esta comunidad castiza se pliegue a las exigencias de la renovación, que es contaminación por excelencia. Y si alguna duda cabe, miremos rápidamente el panorama de reacciones nacionalistas que se oponen al actual proceso de integración europea.

La España castiza, casticista y casta se convierte en lo que Ortega denominará “la tibetanización de España”, una suerte de enclave o castillo roquero en medio de la conmoción europea, renuente a las sugestiones de la historia y defensora de una identidad esencial que, como toda esencia, permanece igual a sí misma, congelada en su inconmovible ser.

4

En la apacible y pequeña Montevideo de 1900, José Enrique Rodó da a conocer Ariel, pronto convertido en catecismo de la juventud americanista (sobre todo a partir de México, que se tornará muy poco apacible y sí muy sangriento a partir de la revolución de 1910). Hasta habrá un movimiento intelectual denominado arielismo.

Rodó tuvo su modesta actividad política y llegó a diputado por el coloradismo de los Battle, imbuido de laicismo y de iniciativas de reforma social. Pero su propuesta no es política sino más bien estética. No estetizante y en esto difiere del cercano y criticado modernismo. En efecto, propugna una moral social basada en el deber como algo artístico: armonía, entendimiento de hermosura. Es demócrata pero advierte del peligro de la dictadura de las masas, la oclocracia, y de la facilidad demagógica. Para él, la democracia sólo sirve si funciona como aristarquía, o sea como selección democrática de los mejores que serán los que gobiernen.

La dualidad descrita por Rodó opone un modelo nórdico de América a un modelo meridional y latino. Los Estados Unidos encarnan el primer sentido de la utilidad material y el bienestar, culto de la fuerza, democracia, progreso material, predominio de lo cuantitativo y mensurable, exaltación del mundo como lo exterior y común a todos los miembros de la sociedad, incapacidad para la selección, mal gusto, mecanicismo, culto de la riqueza y el lujo, especialización, rebelión individual e insolidaria de las personalidades geniales, competitividad, avaricia y vanidad. Todo ello desemboca en cierta nordomanía.

El segundo modelo es latino y hereda la tradición humanista iniciada por Grecia. Es una concepción de la vida basada en “el concierto de todas las facultades humanas”, la glorificación de los hombres por la libre y acordada expansión de todas sus facultades, armonía de cuerpo y alma, ideal y realismo, instinto y razón. Se privilegian en él los espacios íntimos del alma frente a los espacios exteriores del mundo, que resulta una proyección de aquélla. El modelo es el ciudadano griego, que cultiva su cuerpo en el gimnasio, su espíritu en el ágora y participa en los debates públicos guiado por un propósito de bien común.

La imitación del paradigma norteamericano es perniciosa en tanto ataca lo latino que fundamenta a la América meridional, va contra el genio peculiar de los pueblos que la integran. Es necesario, entonces, relatinizar esta parte de América, recobrando las raíces humanistas de la conquista española en tanto constituyen un vínculo con aquella construcción de inspiración griega y clásica. De alguna manera, Rodó opone clasicismo a progresismo y vindica la intrahistoria de estas poblaciones como elemento de una identidad optativa a la prepotencia imperial del Norte.

5

En términos dramáticos, muy alejados de la armoniosa reflexión de Rodó, estas oposiciones se encarnan en el mexicano José Vasconcelos, en especial en el primer volumen de su autobiografía, Ulises criollo. Formado a principios del Novecientos en el Ateneo de la capital, bajo el joven magisterio de Henríquez Ureña, Vasconcelos asistió a la liquidación del porfiriato, un régimen que, según su opinión, y a pesar de su autoritarismo paternalista y su positivismo, contaba con la simpatía mayoritaria de los intelectuales porque prometía continuar con una administración eficaz y decente.

Al comienzo de la revolución no había una corporación intelectual que la sostuviera. Diversas tendencias incompatibles se fueron decantando en años sucesivos: Madero pensaba en una democracia civilista de modelo norteamericano; Zapata concibió una rebelión indígena; Villa, una revolución agrarista. Los generales vencedores construyeron un Estado protector, de aspecto presidencialista y parlamentario, pero sustancialmente de partido único.

Vasconcelos descifra en clave mítica la realidad predominantemente india y rural de México. La guerra es, para él, la insurgencia de dos dioses: Quetzalcóatl, el fundador del México moderno en la figura del conquistador Hernán Cortés, un México español y católico, y Huichilobos, el dios del sacrificio ritual, ávido de sangre y holocaustos. El orden y el caos. El catolicismo, perseguido por una revolución laicista de inspiración masónica, impondrá el desorden que llamará a la fuerza pacificadora en la figura implacable de Obregón, luego desplazada por la hegemonía de los caudillos victoriosos, Calles y Cárdenas.

Vasconcelos fue Secretario de Educación obregonista y desarrolló una política de propaganda cultural con campañas de alfabetización y el arte exaltado de los muralistas. Luego se enfrentó al caudillo, compitió con él en las elecciones de 1929, fue derrotado y sufrió una crisis que resolvió adhiriéndose a la ideología antipolítica del fascismo. Su catolicismo como prenda de unidad frente a la desintegración revolucionaria, lo condujo a sostener a la España de Franco, en la cual vio el resurgimiento del antiguo genio de la casta fundadora. La España intrahistórica y eterna volvía a imponerse con su fuerza esencial frente a las tentaciones de una república extranjerizante  ajena a su esencia. Fue la respuesta diferida al drama del 98: integración ante el caos, victoria del mito sobre la historia.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo forma parte de la obra "Lecturas americanas. Segunda serie (1990–2004)", publicada íntegramente en Thesauro Cultural (The Cult). La primera serie de estas lecturas abarca desde el año 1974 hasta 1989 y fue publicada originalmente por Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1990). Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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