Antonio López

Antonio López García es uno de los pintores españoles mas conocidos de la actualidad. Sin embargo, su aparición en los medios informativos se debe, en la mayoría de los casos, al hecho paradójico de no haber hecho algo.

Me recuerda a otro paisano y colega suyo, Diego Velázquez, ese “gigante perezoso” que fue, para Ortega, el pintor sevillano. Una obra lenta, relativamente escasa, morosa, con un devoto apego a lo visible que, por su puesta en abismo, logra efectos oníricos.

Al lado de Tiziano o Rubens, Velázquez es parco en obras. Lo mismo ocurre con Antonio López si lo comparamos, contablemente, con Picasso o Paul Klee. Podemos preguntarnos, al revés, qué importa el número de cuadros que realice un pintor. Yo contestaría que nada. Apenas un rasgo temperamental: hay quien pinta como conteniéndose, hay quien pinta como explotando. En el caso de López, la parvedad es significativa.

Buena parte de sus efectos de extrañamiento provienen de cierto escamoteo de datos visuales. Por ejemplo: un panorama de la Gran Vía, con un lujo miniado de detalles, pero sin gente ni coches: Madrid en clave de abandono y desolación. O una calle de Lavapiés, recogida y castiza, con una chica que camina sobre el aire. O un aparador espantosamente honesto, lleno de loza impecable, anodino y diario, pero en cuyo techo hay una apacible cabeza, tal vez producto de una decapitación.

A partir de este “trabajo interrumpido”, López inquieta negativamente a los informadores.

Desde 1966, el artista trabaja en un par de esculturas, una mujer y un varón, desnudos. Las ha expuesto en Londres, en 1973, las ha vendido, las ha recuperado, se las han comisionado para una nueva avenida madrileña, llamada, emblemáticamente, de la Ilustración. En efecto, ¿qué más ilustrado que un par de gigantescas formas paradigmáticas: la Mujer y el Hombre?

Racionalizar la especie en un par de ejemplares definitivos podría ser una de las más “fuertes” utopías de la Razón.

La noticia, intermitente, como la obra, suele decir lo mismo: Antonio López no ha terminado sus estatuas. Entre tanto, el artista sigue tomando apuntes, modifica las proporciones (hombre y mujer “crecen”: ya tienen dos metros), copia detalles de cuerpos amigos (la nariz de fulana, las orejas de mengano, la verga de perengano, etc.), corta trozos, los rehace y los repone, da colores, los modifica: nada concluyente.

Tampoco es que la obra se oculte: se exhuman fotos y apuntes, pero nadie se encuentra con el finis operae que pone en armonía al artista y la forma, que es como decir al artista y la muerte.

Insistiendo en el asunto, López filmó una película con el director Víctor Erice, El sol del membrillo (1992), que narra, en sucintas dos horas y media, cómo Antonio López no puede pintar un membrillo.

Antonio López resulta, por su vocabulario visual, uno de esos pintores a los que llamamos hiperrealistas. Por la irrupción de lo no visible se conecta con el surrealismo. En ambos casos, la preocupación inicial es la relación perceptor - realidad, o sea la relación entre el sujeto que ve y eso-que-está-ahí, continuo e ineluctable, a lo que llamamos, por las dudas y esperando algo mejor, realidad.

¿Por qué es imposible pintar un membrillo, o esculpir a la mujer y al hombre? Las respuestas son elementales y derogan todo el arte figurativo mimético: porque el hombre y la mujer no son objetos visibles, sino ideas, y porque el membrillo singular (un membrillo cualquiera) sólo puede estar donde está, en ese preciso membrillo.

No puede estar en un cuadro ni en una escultura, por obedientes que parezcan a las leyes de la visión “normal”. No: lo que hace el pintor, o el escultor, tanto da, no es fingir un objeto “acá” (en la tela o la madera, mármol, etc.) ni reproducir un objeto que está “allá” (en la supuesta y ensimismada realidad). Lo que hace el artista está en el entre del acá y del allá. Ahí donde Antonio López parece que no acaba nunca de hacer nada.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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