Apostilla a Patricio Pron

Apostilla a Patricio Pron Imagen superior: Biblioteca del Congreso de la Nación, Buenos Aires (Autor: BruceW., CC)

En el número 801 de Cuadernos Hispanoamericanos publica Patricio Pron “Trayéndolo todo de regreso a casa”, un texto inteligente y certero que merece una apostilla. Su tema es claro: la pertenencia/impertinencia a la literatura argentina de los escritores nacidos en tal país pero que viven fuera de él.

Pron pertenece a este conjunto. Más aún, al subconjunto de los escritores argentinos que realizan toda o casi toda su obra de modo extraterritorial, como Andrés Neuman, Alberto Manguel, Rodrigo Fresán, los difuntos Copi y Héctor Bianciotti. Apelan, si se quiere, a una tradición, ya que la literatura argentina se inicia en el romanticismo por parte de un conjunto de exilados en Uruguay, Chile y Bolivia.

En orden similar, hay casos notorios de quienes habiendo empezado su tarea en el país natal, se desplazan fuera de él y arraigan lejos: Juan José Saer y Julio Cortázar en Francia, Juan Rodolfo Wilcock en Italia.  Los dos primeros escriben en el castellano que aprendieron en sus comienzos: Serondino de Santa Fe y Buenos Aires. Wilcock pasará al italiano como Bianciotti, al francés, lengua en la cual Copi hace prácticamente toda su obra. Hubo en tiempos escritores argentinos que escribieron en francés aun habitando en Argentina, pero su relevancia es anecdótica.

Pron plantea el problema institucional. Sigue siendo argentina la literatura referencial, sea porque ha sufrido la llamada petrificación lingüística o porque su temática continúa localizada. Pero si hay transferencia lingüística ¿cabe argentinizarla? Un escritor argentino que escribe en francés o en italiano intenta ser leído como de la familia por los lectores de ambas lenguas.

Es interesante el asunto porque Argentina es un país vastamente inmigratorio. Muchos de sus nativos tienen/tenemos ascendientes cercanos que no hablaban español. ¿Qué tiene que decir la institución al respecto? Si digo institución quiero significar enseñanza y premios porque los editores tienen su canon donde el espacio se estrecha. Quieren que los escritores argentinos se refieran a dictaduras y desaparecidos en plan de novela policiaca. Ahí es nada lo que se llama un canon.

Propongo eludir lo institucional y empezar por el final, por la obra cumplida. En ese terreno me parece que el elemento identificatorio y aglutinante es el código de la lengua. Lo que un escritor escribe no se define por el lugar de nacimiento o el documento de identidad que posea sino por la lengua a la cual se refiere cuando produce su literatura. Con un añadido que hace a lo que podríamos llamar historia de la lectura. La inmensa mayoría de los libros que leemos son traducciones. No hemos leído a Dante, a Shakespeare y a Goethe sino a sus traductores. Si me limito a las traducciones al español, sea cual fuere el país de la edición ¿forman parte estas traducciones de las literaturas hispánicas? Porque tomando en cuenta la lengua referencial –no las hablas, que son incontables– deberían estudiarse por junto todas las literaturas escritas en castellano, superando la división colonial entre España e Hispanoamérica. Un solo ejemplo podría servir como prueba de cargo. El escritor hispanoamericano más notorio de estas décadas es Roberto Bolaño, nacido en Chile, educado en México y activo hasta su muerte en España o tal vez en Cataluña o seguramente en el pueblo de Blanes. Las cuentas no salen si lo encajamos en la literatura chilena, la mexicana o la española (evitemos la catalana). Porque lo institucional es cuestión de encaje, no sea que a cualquiera de los letrados del caso lo desencajen. Sería el honor extremo, el de considerarlo, no un nombre sino una obra.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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