Cinco siglos de reformas

Un lejano amigo, alemán y musicólogo, me dijo cierta vez que esperaba vivir lo suficiente como para asistir a la canonización por la Iglesia de San Martín Lutero. No sé si el Papa Bergoglio llegará tan lejos, aunque parece estar en camino. Es cierto que Lutero fue excomulgado, pero Juana de Arco murió en la hoguera por bruja relapsa y llegó a la santidad.

Lutero, de movida, no quiso dividir la Iglesia sino reformarla, partiendo de unos principios de austeridad cristiana que veía disipados por una corte vaticana sensual y disoluta. Después, al ser excluido por León X, digamos que no tuvo más remedio que optar por el cisma. Si se examinan las disidencias dogmáticas que dieron lugar a la pelotera intelectual, si en la Consagración estaba o no Cristo en carne viva y etcétera, cualquiera se puede preguntar si valía la pena tanta sangre por tales minucias.

Pero ahora, a 500 años del evento, se honra a Lutero por ser uno de los inspiradores de la unidad alemana y por haber abierto las puertas de la modernidad, estableciendo el libre examen de los textos sagrados a cargo de cada creyente. Ni tanto ni tan poco. Veamos. La Iglesia pudo neutralizar a Lutero como neutralizó a Francisco de Asís, dándole medios para instalarse, cultivar tierras y alzar monasterios. Después de todo, Lutero era una mentalidad medieval, que intentaba volver a la Iglesia de los pobres y los abandonados. De estas herejías y movidas la Edad Media suministra un buen muestrario.

Entonces: de entrada, Lutero tenía que ver poco con la modernidad. Más bien era moderno el Papa que lo excomulgó, proveniente de una familia de banqueros florentina, los Medicis. Tenía instalada una suerte de oficina financiera, un remoto antecedente del Banco Ambrosiano que todos conocemos, era un adelantado del capitalismo moderno y, en cuanto a lo religioso, había recibido un culto neopagano a los santos y las santas que reemplazaban fácilmente a los dioses y las diosas de la Antigüedad. Protegía a artistas, pensadores y científicos que no inquietaran a la Inquisición. Lo mismo que hizo Lutero. En cualquier caso, la Iglesia romana era secularizada, pecadora y cachonda. Traduzco: escasamente religiosa.

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Lutero contó con una realidad histórica alemana que lo favoreció y lo convirtió en un político. Los alemanes de a pie no querían pagar Bulas de la Cruzada ni indulgencias para pecadores que se llevaban los italianos de la Roma papal, y los señores germanos tampoco querían financiar las francachelas de la familia Medicis. Con lo que vinieron las guerras religiosas, algunas duraron décadas, y la intolerancia sustituyó a la discusión. No sólo entre luteranos y católicos sino incluyendo a los evangelistas y los calvinistas, estos a los que Max Weber atribuye ser los inspiradores morales del capitalismo.

Airadas voces se alzan a favor de la pobre España víctima de la leyenda negra y desfavorecida por la fama liberal y modernista del protestantismo. Creo que también se exagera de este lado. La historiografía alemana hace rato que ha revisado el tema, instaurando una enésima reforma de la Reforma. Cito apenas un título reciente de Tillmann Bendikowski: Der deutsche Glaubenskrieg. Martin Luther, der Papst und die Folgen (Bertelsmann, Munich, 2016). Posible traducción: “La guerra de religión alemana. Martín Lutero, el Papa y los siguientes.” En muy apretada síntesis, el autor sostiene que en Alemania la Reforma desató una guerra religiosa que duró hasta acabar la segunda guerra mundial. Parece haberse finiquitado la historia, pero el historiador se pregunta si se trata de la paz, el armisticio o un alto el fuego. Mientras tanto, espero la canonización católica de Lutero, leyendo en los periódicos las noticias de la enésima guerra religiosa entre monoteísmos, la que sucede en Oriente Próximo. Y tan patéticamente próximo, lleno de refugiados.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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