Don Alfonso el sabio

El maestro de Monterrey pasó en Madrid los mejores diez años de su vida y contribuyó a descubrir una capital digna de la viñeta literaria, a recuperar a Góngora, a presentar a Chesterton, a releer al Cid y al Arcipreste, lejos de las contiendas europeas y mexicanas, en una España que prolongaba su bella época sin pensar en males mayores.

La relación de don Alfonso con Madrid fue tan bella que él no quiso volver nunca a revisitar el Paraíso. Es claro que, más tarde, la guerra civil y el franquismo le vedarían hacerlo, pero, aun así, la distancia sirvió para consolidar el mágico recuerdo.

Reyes se alejó del México convulsionado por la Revolución y, más tarde, hasta 1938, estuvo en el dorado destierro del diplomático. De los argentinos, con su infamación y su “parada”, no guardó una óptima imagen.

Retirado en su casa, en su biblioteca, en su ración monacal de fichas y apuntes, navegó por la teoría literaria y los clásicos griegos los últimos veinte años de su vida.

Los actos conmemorativos de su centenario permitieron ver que en España se conoce a don Alfonso más de lo que se lo lee. Y es una pena, porque, por lo menos en lo que puedo juzgar, su obra de teórico de la poética y de la crítica es de primera calidad.

Pienso en textos como El deslinde y La experiencia literaria, su historia de la crítica y de la retórica. En ellos, dos décadas antes de los jergosos intentos parisinos, Reyes dijo lo que había que decir al respecto, porque conocía las fuentes de la meditación moderna sobre el lenguaje literario: el romanticismo y el simbolismo.

Luego está la dimensión estrictamente americana del escritor, que tal vez escapa a la mirada española. El enciclopedismo de Reyes, como el de Sanín Cano, Henríquez Ureña, Borges o Lugones, obedece a la tarea pedagógica del escritor americano como mediador entre una cultura abrumadoramente compleja y antigua (Europa) y la curiosidad desordenada y hambrienta del público compatriota.

Divulgar, ordenar, sugerir, orientar, fueron tareas propias de estos escritores. El resultado mejor, una suerte de mirada cenital americana que iba a lo alto para luego contemplar un panorama general, donde no se privilegiaban naciones.

En efecto, el americano no tiene la obligación de ser francés, alemán o español. Se encuentra con Homero en Cuernavaca como Hernando de Balbuena se encontraba, totum revolutum, a los dioses indígenas con las divinidades griegas al examinar las grandezas mexicanas. Es algo también rescatable en don Alfonso: la curiosidad del pispante cultural, que considera las culturas clásicas y acrisoladas con humor de paseante en una Exposición Universal.

Elige algunas obras y compra unos catálogos que habrá de atesorar en sus lejanos armarios americanos. Los irá examinando, mientras en el patio, los niños y las viejas cantan inmemoriales jitanjáforas.

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La obra del maestro mexicano cubre diversos géneros: la poesía, la narración, el teatro y, por extensión y predicamento, el ensayo. En este ramo cabe hacer una pequeña clasificación. En primer lugar van sus estudios literarios: La experiencia literaria, Simpatías y diferencias, El cazador, donde reúne observaciones variadas en el registro de lo que él denominó «centauro de los géneros» (el ensayo, mitad hombre y mitad caballo).

Corresponde destacar sus Cuestiones gongorinas, pues Reyes fue, siguiendo una sugestión de Rubén Darío, uno de los que inició la recuperación de Góngora, leyendo al poeta barroco con una clave simbolista mallarmeana.

Otro renglón temático lo pueblan sus reflexiones sobre la identidad y proyección cultural de América, tierra que llega tarde al banquete cultural de Occidente pero que encierra el tesoro de los espacios utópicos, donde la historia del mundo puede purificarse y renacer: Visión de Anáhuac, Última Tule, Notas sobre la inteligencia americana, Posición de América.

Están, finalmente, sus trabajos sobre el orbe clásico, en especial sobre Grecia. Al respecto cabe señalar que, ya en Visión de Anáhuac (1917) no sólo demuestra un incipiente interés por el mundo precolombino sino que señala la meseta mexicana como paisaje de Utopía («no hay tal lugar» es una de sus fórmulas) y lo halla conciso, austero y límpido en términos de clasicismo: La crítica en la edad ateniense, Estudios helénicos, Junta de sombras, La filosofía helenística.

Si se trata de apretar esta ingente producción, enunciada sin exhaustividad, podría recurrirse a su libro de madurez El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria (1944), donde esboza las líneas maestras por las que discurrirá la renovación de la materia en lo sucesivo.

Reyes no sólo anduvo por las cumbres de la reflexión sino que también prestó atenciones al mundo inmediato y así ha dejado observaciones muy puntuales sobre la España en la que vivió (1914-1924) y donde fue, por ejemplo, uno de los primeros cronistas de cine: Tertulia en Madrid, Cartones de Madrid, Las vísperas de España.

Maneras de hablar, modos de sociabilidad, cocina y bodega, modas y diversiones, son codiciados por su mirada aguda, irónica y sensible.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo proviene de dos escritos: el primero de ellos fue editado originalmente en la revista Vuelta y el segundo se difundió a través del Centro Virtual Cervantes. Aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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