El cine y la conquista de América

En El Dorado (1988), Carlos Saura parece cambiar bruscamente de talante, dejando a un lado el intimismo crítico de su primera época, ligada a la dictadura, y la exploración, en parte musical y coreográfica, de ciertos mitos españoles, de su segunda época. Con El Dorado entra de lleno en la superproducción histórica, tomando como asunto la aventura de Lope de Aguirre.

Ya Werner Herzog había filmado acerca de lo mismo, aunque el alemán se interesó menos por la historia que por la alegoría, haciendo una reflexión sobre el destino humano, imperioso y difícil de escrutar, y sobre la inanidad de las conquistas políticas.

Saura, en cambio, ha investigado la escasa documentación y rellenado el resto con imaginerías novelescas, como debieron hacerlo los escritores que se aproximaron al curioso personaje que se sublevó contra Felipe II y proclamó la independencia de una república despótica que sólo reunía a un puñado de hombres en una embarcación que derivaba por el Amazonas.

En los laberintos de la superproducción vistosa. Saura no se halla demasiado a sus anchas. Su tono de intimidad y su morosa delectación analítica encuentran poco que hacer aquí. Pero, más allá de aciertos y errores, la película tiene una calidad que la señala: es el primer intento crítico del cine español respecto a la conquista de América. Más aún: es de las pocas obras que abordan tal temática entre la filmografía hispana.

El descubrimiento y ocupación de América es uno de los lugares de la historia arrumbados por el cine. Así como éste ha creado tópicos sobre romanos, cruzados, espadachines del barroco e intrigantes dieciochescos, ciudades orientales y sombras chinescas, prácticamente no ha hecho nada con los conquistadores hispanos.

Cuando, para compensar, el cine español del alto franquismo abordó el asunto, lo hizo con una perspectiva cerradamente nacionalista e imperial, contándonos historias de españoles arrojados y heroicos, de indios ingenuos y primitivos, de franceses arteros y mentirosos. Quedan en los archivos estas piezas de museo llamadas Alba de América (1951) o La nao capitana (1947).

América es algo que, en general, los españoles consideran importante, pero que no se sabe bien por qué. Tal vez ello se deba al hecho de que el continente afectó, en cada época, a sectores puntuales y, finalmente, minoritarios de la sociedad española. Extendiendo la fantasía se puede pensar que no ocuparse de América es negar haberla dominado y haberla perdido.

En efecto, llama la atención la escasez de la literatura que, en el siglo XIX, se dio por enterada de la batalla de Ayacucho y de sus consecuencias.

El fenómeno sólo es comparable a la desatención que los historiadores españoles, en general, prestaron al siglo XVIII, hasta hace un par de décadas y animado por los estudios de los hispanistas franceses.

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Películas como la de Saura, si es que arraigan en el público, pueden producir beneficios secundarios. Ante todo, pueden imponer un tópico y crear un espacio en el gusto de los espectadores. Así como se ven películas sobre la conquista del Lejano Oeste, se pueden ver sobre las conquistas de la cercana América. Luego, este cine puede contribuir al ensanche de la conciencia crítica de los españoles respecto a su propio pasado. En el mismo sentido han operado y operan las películas que siguen menudeando sobre temas extraídos de la guerra civil.

Por fin, la mirada atenta sobre la América de la conquista y los viajes de exploración puede movilizar algún tipo de cine equivalente en América Latina, que también tiene algo que decir sobre el asunto. Pues si bien los fabricantes de Hollywood y los modestos peliculeros españoles han abordado el tema escasamente, tampoco hay abundancia de ejemplos en el cine latinoamericano.

Esta negación múltiple tiene que ver, acaso, con el no reconocimiento de los orígenes. Desde la Independencia, en América se ha pensado que la historia empezaba con la revolución emancipadora. Un poco a la manera de los historiadores franceses del XIX, para los cuales la Francia que les interesaba era la Francia contemporánea, que arrancaba del 89 y de sus antecedentes.

Hacer historia era hacer historia de la modernidad. En América ocurrió algo similar y sólo una segunda promoción de historiadores, a fines de siglo, advirtió la importancia de rastrear en la historia indígena y colonial.

El cine parece no haberse enterado de estos viajes históricos. En sus tiempos de esplendor industrial, el cine argentino se ocupó de las guerras libertadoras, las civiles y las campañas, contra los indios. Ni qué decir tiene que los mexicanos crearon su cine de la revolución, con corrientes y contracorrientes, mitos y contramitos.

Al fondo, la castigada conquista sigue siendo la Cenicienta de nuestro imaginario, aun- que nada de lo que nos ha ocurrido en la historia puede prescindir de su existencia.

Es como el mítico Dorado al que intentaban llegar los del XVI y al que trató de acercarse Carlos Saura. Intocable como todo lo sagrado, inabordable como los sueños, moviliza, sin embargo, el esfuerzo de los hombres por caminos que se pierden en la selva.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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