Fervor de Borges

Décadas después de su muerte, hallamos a Borges en la plenitud de su institución: cursillos, homenajes, ediciones eruditas y de bolsillo, álbumes. Luego y siempre están los lectores, esos lectores que Borges reiteradamente consideró protagonistas en la inestable comedia de la cultura literaria.

Si menciono la comedia la sitúo junto a su hermana la tragedia, ambas igualmente graves. El panorama dominante de la lectura me parece muy escasamente borgiano. Hay folletines, tanto de actualidad como históricos; novelas policiacas, invento que algún crítico audaz se atrevió a considerar el único género novedoso en el exhausto panorama letrado del siglo XX; y hay mucho periodismo, a veces trufado de filosofía, o sea, de moralidad encubierta.

Veamos. El folletín es un heredero actualizado de la novela de caballerías, que lo es de la epopeya. Se trata de una serie de episodios variables, más o menos numerosos, con una apertura y un cierre, funeral o apoteósico. Lo propio de sus personajes es ser inalterables, conservarse idénticos del principio al fin.

No imagino a Borges leyendo Amadises ni novelas semanales ni historias por entregas. Sí, en cambio, devoto de epopeyas: Homero, los Edda, el Kalevala. Amaba a los personajes diseñados por un solo rasgo: Ulises astuto, Aquiles desafiante, Sigurd valeroso. Estas contracciones del carácter tienen que ver con su amor a la abstracción.

En efecto, los personajes de Borges no tienen cuerpo, ni edad, ni apenas rasgos sexuales (los mínimos de la gramática), ni urgencias fisiológicas como el deseo, el dolor o la muerte. Nada sabemos de su voz ni del color de sus ojos. Esto los vuelve inatacables, intangibles.

Aun en los casos de la Historia universal de la infamia se advierten las fantasmagorías del cine mudo, sobre todo del Josef von Sternberg anterior a Marlene Dietrich, el de La redada y Los muelles de Nueva York. Lo anterior explica el desconcierto del lector Borges por la novela en general y, en particular, la realista–social–psicológica, típica del siglo XIX.

Juzgaba inane escribir quinientas páginas para contar una historia reducible a veinte líneas. Su astucia de escritor no llegaba a entender que, en tal ejemplo, las dos historias no podían ser la misma. ¿Para qué perderse en el enredo contradictorio de la mente (o el alma) de los hombres (y las mujeres) si contamos con la geométrica nitidez de la novela policiaca?

La novela policiaca de modelo inglés, la novela–problema, no es en rigor novelística. Es un cuento, con un punto de tensión y un punto de resolución: el enigma del crimen y la verdad del detective. En el medio, hay los meandros del error, más o menos numerosos. Lo mismo que en la epopeya y la novela de caballerías. Con todo, ¿fue Borges un cuentista policiaco? Me inclino a decir que no. Sus policías y sus criminales sirven a unas alegorías del intelecto; los casos de Isidro Parodi son, como su apellido lo indica, paródicos.

En cuanto al periodismo, nada más alejado de nuestro escritor. Para él, la Historia, remota o «actual», es la distinta entonación de unas cuantas metáforas, la insistencia de unos pocos arquetipos. El futurista Marinetti repite monigotadas que ya satirizó el latino Marcial, y etcétera. Los periodistas, acalorados en descifrar lo que ocurre en un día –ahora, en una fugazmañana–, se enredan en el laberinto de lo concreto, del cual no se sale si un director fuera de escena –¿el secretario de redacción?– no les echa un cable.

En este panorama cabe la historia de los lectores borgianos. En su juventud –una obra de la que regularmente renegó su autor, salvo de unos cuadernos de poemas– hubo gestos de vanguardia: verso libre, cobijo de numerosas metáforas, revistas que se pegaban en las paredes porteñas, nacionalismo criollo, neobarroquismos.

El público de estas intensidades era parco y casi secreto, logias de cafés y cervecerías. Luego, a partir de los años treinta, se dio el Borges canónico, «borgiano, borgesco», una lúcida síntesis de romanticismo (mezcla de géneros), barroco (lo que dice el lenguaje lo dice por metonimias y metáforas) y temperamento clásico (economía verbal, límites limpios del espacio, simetrías, centros y ejes).

Al fervor del muchacho siguió el escepticismo liberal del maduro. Borges se mantenía como referencia de apasionadas capillas.

En los años sesenta, cuando Borges ya había dicho lo que debía y se veía obligado a reiterarse, sobrevinieron tres impulsos: la moda de las letras latinoamericanas –una urdimbre barcelonesa, como sabemos–, la televisión y el estructuralismo. Borges fue amontonado junto a escritores que poco tenían que ver con él, apareció en plan oral y se vio ensalzado por quienes consideraban el mundo una trama de signos de los cuales el hombre se había ausentado.

Un nihilismo de cátedra que poco se relaciona con Borges, un escéptico con arraigada fe en la palabra y en la paradoja. Decir es lo contrario de no decir nada, aunque sea un decir infinito y nunca resuelto. Esta ansiedad nos hace humanos. Pobres y orgullosamente humanos.

En fin, que Borges sigue siendo moderno y nada posmoderno porque viene a cuento de una larga e inagotable precedencia de historias y letras, disueltas en el éxtasis hiperreal de los posmodernos por la burbuja del instante absoluto.

Borges, en verso o en prosa, es un ensayista, alguien que ensaya saber porque ama saber, aun admitiendo que cuanto sabemos es siempre insuficiente ante nuestro deseo de saber. Se vale de todos los recursos del decir, en la tradición del ensayo moderno que viene de Montaigne, pasa por Freud y Ortega –mal quea Borges le pese– y llega a Octavio Paz, Umberto Eco, Claudio Magris, Fernando Savater, Rafael Argullol y tantos otros. No hablo de influencias sino de convergencias.

Leer es releer. Las letras insisten, no pasan de largo por más que volvamos a ellas. Quizás esta actitud sea ajena a lamasa de lectores actuales. Me permito la duda. Dudar es borgiano. La duda es la madre de la inteligencia.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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