Períodos en la obra de Borges

Períodos en la obra de Borges Imagen superior: "Borges para millones" (1978), de Ricardo Wullicher.

La obra y la biografía personal de Borges trazan unos ciclos sugestivamente ligados al desarrollo histórico de la Argentina en el siglo XX. Si bien la obra de un escritor no es reducible a su vida histórica, pues sus libros se leen después de su muerte y la historia subsiguiente añade y quita datos a sus textos, desde un punto de vista genético, o sea considerando los textos a partir de las condiciones históricas en que se produjeron, es útil estudiar cómo la parábola biográfica se corresponde o no con la organización interna de su obra.

Borges nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986. Su vida, pues, coincide con buena parte del siglo. Pero, además, la dirección de sus días va de adentro hacia fuera, como en sus numerosas narraciones laberínticas. Para Borges, la vida humana transcurre en un laberinto, en un espacio cerrado cuyos senderos se ovillan y no conducen a la salida. Sólo se sale de él por medio de la muerte, que llega por agencia de un elemento exterior. Teseo mata al Minotauro, Alejandro Villari espera, leyendo a Dante, a unos desconocidos que se revelan como sus asesinos. Imaginariamente, Borges no sale de un laberinto llamado Buenos Aires. Por sus veredas sigue caminando “sin por qué ni cuándo”, fuera del tiempo y sin meta. Del laberinto porteño lo extrae la muerte para llevarlo a Ginebra, la ciudad de su adolescencia.

La niñez transcurre en su casa, una biblioteca inglesa, un jardín cercado por una verja de lanzas y a través de la cual se ve una calle de suburbio donde se supone que hay cuchilleros y descampados. La adolescencia ginebrina es un liceo francés y el aprendizaje casero del alemán para leer a Schopenhauer. Es importante un par de contactos más con el mundo germánico: los expresionistas de la vanguardia y la lectura de Mauthner, autor de un diccionario de filosofía y de una filosofía del lenguaje que incide en la imposibilidad de la palabra para nombrar lo real. Mauthner es un estudioso de Spinoza, otro filósofo decisivo para Borges, y fue maestro de Kafka, uno de cuyos primeros traductores al español es el mismo Borges.

La familia del futuro escritor se instala en Suiza y en España, dos países neutrales donde no ocurren las grandes sacudidas de la historia europea de aquellos años: la guerra mundial de 1914–1918 y la revolución rusa de 1917, que suscita una fogosa aunque anecdótica admiración en el joven Borges.

El primer período de la obra borgiana puede fecharse entre 1923 (Fervor de Buenos Aires) y 1930 (Evaristo Carriego). Su militancia en las vanguardias española y argentina, ultraísmo y martinfierrismo, señalan su elección del castellano como lengua literaria. Es un momento definido por su poesía más que por su prosa, de cargazón metafórica, barroquizante, ideológicamente nacionalista, de simpatías políticas por el radicalismo de Hipólito Yrigoyen. Sus libros de versos serán revisados al publicarse sus obras completas y sus prosas, mayormente renegadas y excluidas de ellas: Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos.  Son los últimos y culminantes años de la prosperidad nacional, que se interrumpen bruscamente con la Gran Depresión económica de 1929 y el primero de los golpes de Estado militares, el de 1930, que quiebra la normalidad constitucional observada, con matices, desde 1862.

El vanguardismo de Borges es sumario: metáfora y verso libre. Su nacionalismo es más bien porteño y se reduce a Buenos Aires y su entorno: el Río de la Plata que se abre hacia la lejanía europea y la llanura donde la ciudad se disuelve y se borra. Imaginariamente, su Argentina es la del siglo XIX: guerra de la independencia, luchas civiles, conquista del llamado Desierto (tierra de indios nómadas), predominio de los ejércitos irregulares.

El joven Borges defendió la independencia idiomática de los argentinos, con algunas someras variantes ortográficas tomadas del habla y cierto vocabulario rural y gauchesco, pero ajeno a la germanía de influencia inmigratoria, el lunfardo, al castellano mal hablado por el extranjero (cocoliche) o el neocriollo inventado por el escritor y pintor Xul Solar.

El segundo período borgiano se puede fijar entre 1930 y 1960, con El hacedor. Es el de sus obras canónicas: Historia de la eternidad, Ficciones, El Aleph, Otras inquisiciones, aparte de breves textos decisivos en sus artículos de las revistas Sur y El Hogar.

Al decidirse a escribir un libro sobre Carriego –en rigor, el único libro orgánico suyo, ya que los otros son misceláneas o colecciones de poemas sueltos– apuesta por el poeta que ha inventado el arrabal como tema lírico. Carriego es el cantor de los personajes modestos, sin nada notable, con dramas y comedias que no superan los límites de la vecindad. Todo lo contrario de los que Borges buscará en sus arquetipos suburbanos y guerreros. Carriego es castizo y particularista. Su mitología endogámica, propia de una clase media austera y humilde, de “espantosa decencia”, le permite observar el doble juego de la historia: la particularidad y el mito. Evaristo Carriego es un libro bisagra, que contiene algunos apuntes sociológicos sobre los orilleros de Buenos Aires a la vez que rescata ciertos lugares míticos de la ciudad: descampados de malevos y prostitutas, carreros y payadores, que pertenecen al mundo universal de los vagabundos y pendencieros sin ejército, propios de las leyendas primitivas.

Este período está marcado por las notas opuestas y complementarias del anterior, si se sigue el postulado borgiano de que todo hombre ha de ser capaz de pensar todas las ideas. Ahora la prosa define la escritura, el barroquismo se depura en neoclasicismo, el nacionalismo se trueca en cosmopolitismo y el populismo se sustituye por el liberalismo: un mínimo de Estado y un máximo de libertad individual. El sustento de esta postura política, que lleva a Borges a comprometerse con la República española en la guerra civil y con los Aliados en la guerra mundial, es un escepticismo histórico. La historia del siglo XX, poblada de anacronismos como el fascismo y el estalinismo, muestra que el progreso no abarca todo el tiempo y que hay un entrecruzamiento de fechas que inhibe de aceptar el mejoramiento moral y político del hombre gracias al desarrollo científico, como cree la tradición ilustrada y positivista que fundamentó la construcción de la Argentina moderna. El trasfondo de la historia es caótico o responde leyes que el hombre desconoce, por lo cual todo entendimiento de lo histórico es ficticio y convencional. Sólo el arte, “que entreteje naderías” y vanidades geométricas, pone algo de orden en el disperso puzzle del mundo.

Un lugar destacado ocupa en este período la categoría de ficción. La literatura, que finge un orden, es tomada también como objeto ficticio, ficción de segundo grado. Da lugar, así, a la romántica mixtura de géneros, todos fingidos. El ensayo adquiere un trámite narrativo y la narración se vale de tópicos (lo sobrenatural, la novela policiaca o de espías) que sirven para trazar alegorías intelectuales acerca de las potencias del lenguaje, el infinito, la naturaleza de la obra de arte, el origen del Estado, etc. También apela Borges al pastiche, como en Historia universal de la infamia, apuntando a las categorías de lo apócrifo, la cita, la parodia y el plagio como utillajes de la invención literaria. Aparecen en sus textos autores fingidos (Bustos Domecq, Gervasio Montenegro, Suárez Lynch, Manuel Pinedo, Risso Platero) que se corresponden con la idea de que el sujeto humano es una inestable ficción del lenguaje y la historia que nos contamos, un relato meramente verosímil al que damos el valor del pasado histórico.

En 1946, el gobierno peronista degrada su cargo de bibliotecario y Borges renuncia al empleo público. Su oposición al peronismo refuerza su visión de la Argentina como un país del siglo XIX: Perón revive a Rosas, su policía repite la Mazorca, Evita es una imitación de Manuelita, todos personajes del Ochocientos. La posición del antepasado –guerrero y valiente, engendrador de estirpes, cantor de epopeyas –se torna fuerte en relación a un tiempo actual, producto de la degradación y la decadencia nacionales, dentro de las que el escritor se reduce a su papel de lector y fingidor.

En 1955, el gobierno militar lo desagravia y designa director de la Biblioteca Nacional y profesor de literatura inglesa en la universidad porteña, cargos que conservará hasta su jubilación en 1973. Las perplejidades de la inteligencia liberal argentina tienen su reflejo en los vaivenes políticos de Borges, que prefiere llamarse conservador por escepticismo histórico y se adhiere a variables dictaduras pretorianas como las de Onganía, Pinochet y Videla. También decepciona a los militares cuando se pronuncia contra el campeonato mundial de fútbol de 1978 y las guerras contra Chile y Gran Bretaña, esta última por las islas Malvinas, en 1982.

Su último período (1960/1986) es una recapitulación y una síntesis de los dos anteriores. En él se advierte una acentuación de la actitud neoclásica, con un retorno a la poesía formalizada y una poética de los géneros. Intenta escribir cuentos despojados de reflexión y aun realistas como los de El informe de Brodie y El libro de arena. En colecciones de poemas como El oro de los tigres, El mismo, el otro, Los conjurados, La cifra apela a la métrica, la rima, el soneto con notoria frecuencia. Tal vez puedan conciliarse las tres principales querencias borgianas: el barroco (la metáfora como fundamento del lenguaje), el romanticismo (la lógica del infinito y la mezcla de los géneros) y el clasicismo (la forma como razón del mundo, la simetría y el género aplicado con nitidez).

Como en los mitos, su literatura apela a la eternidad de las sustancias elementales, repristinadas por la palabra poética. Evoca las mónadas de Leibniz: construcciones cerradas como esferas herméticas y transparentes, dentro de las cuales hay un poeta enfrentado con un espejo que parece un abismo. En la intimidad de la cerrazón está el infinito. En la mónada vecina hay un personaje similar, que es el lector. Borges intenta seducirlo sin conocerlo, en el espacio exterior donde vagan las mónadas. Soledad, encierro y espejismos construyen el universo borgiano, tal vez ordenado en una armonía preestablecida por los dioses o por el innominado Dios que se oculta tras ellos. El lenguaje es su máscara y su infinita revelación.  Por eso la relación entre los hombres es de carácter sagrado, la socialidad es algo que no podemos alterar sin violentar, al tiempo, el orden secreto y divino de las cosas.

Si se sitúa a Borges en la tradición intelectual argentina, a la que pertenece y también excede, se puede hallar en él a un ecléctico que ha sabido, por paradoja, tornar expresivamente personal la mezcla de fuentes y de modelos. La Argentina, país llegado muy tardíamente a la modernidad occidental, en la segunda mitad del siglo XIX, ha debido recoger con prisa la enciclopedia cultural  de Occidente: bibliotecas, museos, gabinetes de medallas, ruinas y monumentos. El eclecticismo ha sido el recurso más hábil para sustituir una antigüedad inexistente y Borges, su más famoso y anómalo representante.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo forma parte de la obra "Lecturas americanas. Segunda serie (1990–2004)", publicada íntegramente en Thesauro Cultural (The Cult). La primera serie de estas lecturas abarca desde el año 1974 hasta 1989 y fue publicada originalmente por Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1990). Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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