Recuerdo de Onetti

Juan Carlos Onetti se murió en 1994 cuando practicaba su sereno encierro de alcoba, leyendo novelas policiacas por las noches, durmiendo de día, bebiendo whiskies difíciles de contar, tomando esporádicos trozos de lemon pie y batidos de yogurt.

Una vida a contrapelo de la ciudad, vida de monje achispado de alcohol, encierro y rutina como defensas de la razón (del reconocimiento del pequeño mundo) contra la Gran Locura del Mundo.

Onetti vivía en un barrio de casas cúbicas, de ladrillo visto, con esquinas sin árboles, percudido y desolado barrio periférico de una ciudad castellana, modernizada de apuro. Era en la Avenida de América, en camino al aeropuerto. Un lugar de recién llegado, que no quiere perder, de algún modo, el suelo americano bajo sus pies. Y el lugar de toda su vida: una alcoba penumbrosa, cárcel y fortaleza, como en esos novelones góticos que le gustó transitar.

Hago memoria y asocio a Onetti con lo imperceptible. Cuando estaba en Buenos Aires y, luego, al instalarse en Madrid, era un personaje recóndito y privado. Un personaje agónico, dispuesto a que la muerte franqueara los escasos centímetros que siempre lo separaron de ella. Un poco lo que ocurre con sus personajes, que viven muriéndose, agonizando, acaso sin saber que agonía es pelea: guerra de la vida contra la muerte, para que no aparezca en un momento inoportuno (¿cuál no lo es?); guerra de la muerte contra la vida, para que no se crea eterna. “No me vengan con la apuesta de Pascal” le oí decir un día, “esas son todas macanas”.

En efecto, los hombres onettianos no tienen nada que apostar: el mundo carece de fundamento, o sea de más acá, y de redención, o sea de más allá.

Esta levedad de lo infundado y lo intranscendente sólo se altera, a veces, por la intensidad ilusoria que el alcohol concede a nuestras percepciones, o cuando una mujer y un hombre creen enamorarse y poderse comunicar, para comprobar que el lenguaje nada comunica y que la vida puede confundirse y hasta comulgarse, pero no entenderse y transmitirse como tal entendimiento.

Es el momento del amor onettiano, tan próximo al cuerpo herido, moribundo o en trance de descomposición de las Vanitas barrocas. Un poco de calor antes de morir.

La literatura, me parece, fue la contrapartida de Onetti frente a esta herencia de desolación. Sus criaturas no están abandonadas por Dios y no pueden repetir las imprecaciones de Job. Tampoco han perdido el Paraíso ni, por ello, sueñan con recuperarlo. No están condenadas, pero se sienten amenazadas, acaso más como habitantes de un limbo fundado en el olvido que de un infierno donde se pagan responsabilidades.

Ante semejantes peligros, tenemos la palabra, la cual, si bien no comunica el oscuro y sentido interior de cada soledad, al menos sirve para contar historias.

Cuando supe que Onetti había muerto, que la dama despiadada se le había aproximado lo suficiente, imaginé un gesto de incredulidad en su cara de niño tristón: también le habrá resulta do difícil de creer aquello.

Enseguida, me puse a revolver papeles, porque con el agónico uruguayo me había ocurrido algo estrictamente onettiano: cada tanto, un secretario de periódico me llamaba por teléfono y me hacía saber que Onetti se estaba muriendo y que el diario necesitaba una nota alusiva. Así es como pergeñé y guardo cavilaciones de lector admirado y agradecido, tal si Onetti se hubiese muerto varias veces.

Le agradezco, sobre todo, haber escrito la ¿mejor? novela rioplatense, El astillero (para eterna vergüenza de la vida literaria porteña, este libro no ganó el concurso Fabril Editora, en su momento, y se le concedió una mención honorífica junto a Martha Lynch) y también, no haber caído en el exceso en que suelen complacerse los escritores agónicos, exceso exhibicionista de su propio dolor, como si todos fuéramos deudores de ellos y el dolor tuviera carácter monopólico; y exceso de hipérboles desesperadas que, por inundarlo todo con su hiperbolismo, pierden la eficacia retórica que les corresponde.

Onetti nos deja una visión agónica del mundo pero en clave de comedimiento, en voz baja y con un extremo cuidado expresivo. El hombre es un animal escaso de dignidad, pero si ella reside en la escritura, debe vigilarla con todas sus fuerzas. El hombre es capaz de articular su indignidad en indignación.

¿Lo maltratamos en Buenos Aires porque era el enésimo uruguayo con talla de protagonista que venía a humillar a la orgullosa París de las pampas? En efecto, uruguayos fueron: el fundador del teatro nacional (José Podestá), el inventor de la poesía gauchesca (Bartolomé Hidalgo), el dramaturgo fundacional (Florencio Sánchez), el mayor cuentista argentino (Horacio Quiroga), el divino Carlos Gardel y hasta el autor de La Cumparsita y la madre de Perón, quien resultaba, nada menos que el Summo Condottiero de la Argentina Potencia, uruguayo por parte de madre.

Muchas veces, en la Santa María de La vida breve, El astillero y Juntacadáveres vi una alegoría de la vida argentina: ese puerto equívocamente suntuoso y arruinado, aquella sociedad terminada antes de empezar, aquella gloria del fundador que era un autor de estafas, aquel taller de embarcaciones que ya no volverían a zarpar.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

DECLINACION

Artículos relacionados (por etiqueta)

logonegrolibros

  • La muerte aplazada
    Escrito por
    La muerte aplazada En La improbable verosimilitud de Shakespeare me referí a la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción), atribuida a Aristóteles por los preceptistas del Renacimiento y adoptada por los clasicistas franceses. Allí hablé de cómo…
  • El otro Freud
    Escrito por
    El otro Freud Más allá de la clínica y más acá del tiempo, hay en Sigmund Freud un perdurable antropólogo y un crítico de la cultura. En efecto, podemos hablar del hombre freudiano: un ser para siempre separado…
  • Zuckerberg o el moderno Prometeo
    Escrito por
    Zuckerberg o el moderno Prometeo Quizá usted, como yo, era uno de los pardillos de la clase. Tener gafas, no comulgar con la política de castas del aula o interesarse por otras cosas que no fueran el fútbol,…

logonegrociencia

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

  • ¿Estábamos mejor sin Facebook?
    Escrito por
    ¿Estábamos mejor sin Facebook? Uno de los acontecimientos determinantes de esta historia tuvo lugar no hace mucho, cuando la página oficial de The Cult en Facebook fue bloqueada por una de esas herramientas de software que estructuran la red…
  • Política de gestos
    Escrito por
    Política de gestos En 1570 Felipe II convoca y preside las únicas Cortes de Castilla celebradas fuera de Madrid, Valladolid o Toledo, sus ubicaciones habituales. Y el lugar elegido no es, de ninguna forma, casual. El señor del…

Cartelera

Cine clásico

  • La película de todas las respuestas
    Escrito por
    La película de todas las respuestas “Yo creo en América…” (Francis Ford Coppola y Mario Puzzo en El padrino, 1972) En una de esas estúpidas clasificaciones sobre ¿Cuál es tu película preferida?, no sé en qué puesto estaría, pero de lo que estoy…

logonegrofuturo2

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

logonegrolibros

bae22, CC

logonegromusica

Namlai000, CC

  • Las dos almas de Humperdinck
    Escrito por
    Las dos almas de Humperdinck De Engelbert Humperdinck suele recordarse una sola obra, su cuento musical Hansel y Gretel, así como su colaboración con Wagner en la instrumentación de Parsifal. Desde luego, no se puede hablar de coautoría, ya que…

logonegroecologia

Mathias Appel, CC

logonegrofuturo2

Petar Milošević, CC