Las manos de Velázquez

Como toda biografía barroca, la de Diego Velázquez parece pintada por un tenebrista. Abundan en ella las oscuridades y los embozos, y poco se sabe en cuanto a personajes y momentos esenciales de su vida.

El enigma se prolonga en sus cuadros. ¿Quién es la dama que pasa por Venus en el célebre desnudo? ¿Por qué las luces que penetran la cámara de Las Meninas corresponden a dos distintos momentos del día? ¿Qué hacen las damas que visitan el taller de Las Hilanderas, observando un tapiz que cierra y a la vez abre el fondo del cuadro?

Para culminar estos barrocos misterios, se decidió celebrar el centenario del pintor sevillano con un intento de hallar sus restos mortales en 1999. Dos pesquisas escarbaron en el subsuelo madrileño [en el convento de San Plácido y en espacio de la Plaza de Ramales donde se alzó la Iglesia de San Juan Bautista, demolida en 1812 por orden de José Bonaparte] por ver si estos o aquellos huesos le correspondían.

En especial, se insistió sobre sus manos, por el plomo que pudo haber quedado en sus uñas, ya que dicho material era frecuente en la pintura de la época.

Unas escenas propias de la barroca alegoría de la Vanidad fueron provocadas por las investigaciones: tumbas reabiertas, restos de seca piel, espadas herrumbradas, ricos jubones, herreruelos y calzas deshilachados por los siglos y los parásitos, parecían alegorizar la efímera materialidad de este mundo.

Las aparentes manos de Velázquez ‒si acaso hubieran sido suyas algunas de las halladas‒, habían sido visitadas por la muerte, desolladas, reducidas a un esquema de tiernos huesecillos.

Entre tanto, las verdaderas manos de Velázquez siguen en otra parte. Son las que dejaron su huella incomparable sobre la superficie de sus lienzos. Esas manos están vivas y difícilmente las alcance la corrupción de los olvidadizos y los eruditos. Esas manos continúan haciéndonos los mismos enigmáticos signos que hicieron a los contemporáneos del maestro, hace trescientos años.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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