Divinos autobuses

Divinos autobuses Imagen superior: la periodista y comediante Ariane Sherine y el científico Richard Dawkins frente al autobús de la campaña apoyada por la British Humanist Association (BHA).

Refugiándome del frío, cogí sucesivamente dos autobuses con sus carteles teológicos, uno ateo y el otro creyente. No te asustes, lector/a, no te endilgaré una monserga filosófica. Por otra parte, Dios es, si se quiere, Alguien sencillo: es Quien tiene todo lo que a nosotros, los humanos, nos falta.

Mientras desfilaba la ciudad tras el cristal, reflexioné sobre lo incorrecto de ambas propuestas. «No es probable que Dios exista» dicen los ateos. Pero ¿qué es probable, qué se puede probar a propósito de Dios? ¿Probar que no existe como se prueba la ley de la gravedad, la composición del agua o la reproducción de las lombrices? Dios es creíble y, por lo mismo, improbable de necesidad.

Si me dicen que dos más dos son cuatro, exijo una prueba y no preciso creencia alguna. Pero Dios no es dos más dos son cuatro, aunque tampoco pueda evitar que así sea. Si todo lo ha creado, es el primero en respetar la Creación.

La otra tampoco es acertada: «Dios existe». Bueno, si existiera sería temporal y, en consecuencia, mortal. No, Dios es, lo cual no equivale a que existe: eterno, inmortal, siempre ha sido, es y será. Infinito, omnisciente, omnipotente —lo que no quiere decir caprichoso, ya lo observó San Anselmo—, imposible de nombrar porque todo nombre humano lo reduce.

Lo llamamos Dios porque de algún modo hay que llamarlo, pero no deja de ser un mero modo. Tal vez tenga un nombre pero ha de ser secreto y dicen que no conviene averiguarlo.

En Occidente es difícil, por no decir imposible, prescindir de Él. Hasta el ateísmo se refiere a Dios. Los ateos no creen en Dios, pero no dicen que no creen en los dioses, criaturas de la fantasía mitológica que no toman en serio. Al que toman en serio es al Gran Ausente, el que brilla por Su Ausencia.

Estas bellas palabras me volvieron a la memoria, ventanilla mediante. No son mías, son de Ortega, al cual Dios le preocupaba mucho más que a tantos creyentes distraídos. Él, Ortega, nos enseñó que se trata de la suma realidad, de lo que no puede destruirse, estropearse ni desaparecer.

La ciudad se movía a contramano. Amigo Dios, lee esta columnas cuando puedas.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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