Reírse de lo más serio

Reírse de lo más serio Imagen superior © Javier del Real, Teatro Real.

La reciente puesta en el Teatro Real de El gallo de oro, de Rimski-Korsakov, permite repensar en la relación, aparentemente incongruente, entre lo serio y lo cómico. Un rey que se pasa la vida en la cama mientras tiene el enemigo a las puertas, que cuenta como consejero áulico a un astrólogo que le regala un gallo de oro como fetiche mágico y se viste, quijotescamente, con una armadura abollada y herrumbrosa para encabezar una tropa de pacotilla, todo eso hace reír.

En efecto, tomarse a broma el poder y la guerra es una manera de librarse de su peso trágico. La risa nos permite eludir los malos momentos, y los accesos de llanto, en ocasiones, se parecen a una carcajada, como el lamento del dolor al espasmo del placer.

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Ahora bien. Si contextualizamos la obra, que le valió a Rimski la prohibición y la pérdida de su cátedra, podemos observar una Europa donde abundaban los reyes Dodones, que vivían entre desfiles, pompas y fiestas mientras acumulaban armas para lo que luego vino, una carnicería con más de diez millones de muertos.

El gallo de oro no es, desde luego, un ejemplo aislado de la tragicomedia. La aproximación de lo grave y lo ridículo, lo que llamamos sátira, viene de lejos y en los tabladillos medievales, las farsas y pantomimas con acompañamiento instrumental anuncian ya la ópera. En el barroco y el romanticismo, unidos por vasos comunicantes, la dupla aparece con frecuencia. El diablo de Berlioz, Gounod y Boito tiene rasgos grotescos y se divierte mientras intenta llevar a Fausto hacia el Infierno. El Leporello mozartiano la pasa pipa viendo a su amo matar, intentar raptar y violar mujeres y desafiar a las fuerzas de ultratumba. En sus varias versiones operísticas y sinfónicas, Don Quijote cae de los molinos de viento y es apaleado mientras la gente celebra con risas sus desmanes más o menos caballerescos. El Macbeth verdiano recibe las profecías de unas brujas que parecen salidas de una murga carnavalesca gaditana.

Muchos escritores –Bergson, Freud, Alfred Stern– han pensado este vínculo entre la comicidad y la gravedad. Sus reflexiones giran en torno al anuncio de que algo ceñudo o, al menos, respetable, está detrás de la risa. Desmesurado, un alquimista medieval se atrevió a decir que Dios había creado el universo durante un ataque de risa. En fin, me parece llevar demasiado lejos la omnipotencia divina o, quizás, creer que a Dios la Creación le parece ridícula, le causa gracia. En todo caso, hay músicas que nos ayudan a imaginar otras escenas creadoras con el Creador de protagonista: La Creación de Haydn, el primer preludio a El oro del Rhin wagneriano, La création du monde de Milhaud, el Popol Vuh de Ginastera. El Creador no es aquí el de los teólogos sino la música misma. Son cosas serias. Si sonreímos al escucharlas, es por agradecimiento a sus autores.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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