Música para la Santa Alianza

Música para la Santa Alianza Imagen superior: Klemens von Metternich por Thomas Lawrence en 1825.

Es sabido que la denominación de Santa Alianza tiene un carácter literario aprovechado por sus adversarios pero que sus partidarios nunca admitieron. La costumbre, madre de la historia, acabó imponiéndose y hoy cualquier historiador designa como tal a la reunión de las potencias que derrotaron definitivamente a Napoleón en 1815.

La capital de la coalición fue Viena, corte imperial veterana de lujos y ceremoniales pero, a lo que vamos, auténtico Vaticano de la música, ciudad donde habían recalado Haydn, Mozart y Beethoven y donde lo harían Brahms, Hugo Wolf, Bruckner, Mahler y tantos otros cuyo censo no cabe en estas líneas.

La Viena aliancista intentó demostrar que la vieja Europa del señorío y el trono se reponía como si Napoleón no hubiese existido. Limpió sus salones, sus restaurantes y sus burdeles, montó este y aquel pabellón, organizó bailes y más bailes, banquetes y, desde luego, funciones de ópera, bailetes y conciertos. Suntuosidad, moda y abundancia colgaron sus telones y tapices para ocultar un paisaje de ruinas, hambre y peste, el balance de varias décadas de guerras napoleónicas. El director general de tal espectáculo fue el canciller austriaco, aunque alemán de nacimiento, Clemente príncipe de Metternich, pero el gerente de la compañía resultó el conde Pálffy, que conducía el teatro de la corte.

Hubo encargos y reposiciones en materia musical y, vistos los resultados, menos que modestos, al menos si se tiene en cuenta la importancia de la capital austriaca para la música europea, es decir la música del mundo. Se montó un concierto en aquella sala cuyo solo número memorable fue la obertura de Beethoven para su ballet –el único suyo– Las criaturas de Prometeo. El resto del menú lo llenaron dos obras de encargo, hoy muy escasamente recordables: un concierto para violín y orquesta de Louis Spohr –compositor respetable que tuvo la mala suerte de ser contemporáneo del Gran Sordo de Bonn– y una cantata de Nepomuk Hummel sobre versos de Johann Emanuel Veith, que se remataba con vivas a Metternich y Schwarzenberg.

¿No han quedado más recuerdos musicales promovidas por la Santa Alianza? Sí, al menos el debido a otro de los grandes de la época, Gioachino Rossini. Se trata de El viaje a Reims, ópera sobre libreto de Luigi Balocchi más o menos basado en la novela Corinne de Madame de Staël y compuesta para celebrar la coronación de Carlos X, rey de Francia, que habría de ser consagrado como tal en la catedral de Reims. La anécdota reúne a una cantidad de embajadores de las distintas naciones europeas, que se dirigen a Reims pero que, por un accidente del transporte, deben quedarse en una posada de Plombiêres y luego retornar a París, con lo cual la ceremonia regia se convierte en una festichola organizada por la posadera y a beneficio del pueblo circundante. Es decir que este eco musical del Congreso de Viena resulta convertido en un vodevil de amores ocasionales y una colección de irónicos retratos de las distintas nacionalidades, entre los cuales se han advertido sutiles caricaturas de Metternich y Talleyrand, entre otros personajes de la época.

Vista hoy, esta deliciosa comedia, más que un homenaje a la Restauración europea, parece un cachondeo sobre las diplomacia, las identidades nacionales y la corona borbónica. No sé si Rossini, como ciudadano de una Italia aún inexistente y vecino de la jocunda París restaurada, simpatizaría más o menos, mucho o nada con los dirigentes aliancistas que, indirectamente, le encargaron su trabajo. Sí sé que nos reímos con ella de lo que podría resultar risible en la desvencijada Europa de aquellos años. Fue un momento de represión policiaca, clericalismo y censura inquisitorial. Pero ya sabemos que el arte no pide libertades. Se las toma. Y vaya que Rossini supo tomárselas.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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