Astaná, parque temático

Astaná, parque temático Imagen superior: auditorio de Astaná, obra del arquitecto Manfredi Nicoletti (Fotografía: Ninaras, CC)

Una ciudad es un organismo, generalmente creciente, a veces decadente. Las ciudades europeas desaparecieron por docenas a comienzos del medievo. En todo caso, se van haciendo o deshaciendo por grados, a lo largo de un tiempo digamos que lento. Así es como tienen historia. Por excepción, algunas se hacen todas de golpe, con regla y compás, en un terreno pelado, sin historia. En América del Norte, Washington. En la del Sur, Brasilia en Brasil y La Plata en la Argentina. Tienen un aire de maqueta, al principio para ver y no tocar. Luego, los días les regalan su pátina.

El emperador Adriano se hizo construir una villa que no llegó a ser ciudad porque estaba hecha con trozos de ciudades de imitación, evocadores de tierras cercanas y lejanas. Un parque temático, diríamos hoy. Al emperador evoqué viendo unas fotografías de Astaná, la capital de Kazajistán, república desprendida de la disuelta Unión Soviética en 1991, petrolera y dominada por un persistente mandón llamado Nursultán Nazarbáyev. La abundancia de medios permitió acudir a la regla y el compás, y extenderla sobre un páramo que con ella empezó su historia.

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Imagen superior: rascacielos en el centro de Astaná (Fotografía: Ninaras, CC).

El proyecto es digno de Adriano. Me empezó a interesar como aficionado a la ópera, al examinar unas tomas de su teatro. Pasado un frontis con columnata y remate triangular, se está en uno de esos teatros de modelo estuche, donde nos acomodamos a estar encerrados y protegidos por espacios que definen paredes recubiertas de ornatos con fuerte colorido. Parece una teatro de ópera de los antiguos, en los que se puede tener la sensación de habitar un palacio durante un par de horas, como la Cenicienta del cuento.  Espacios hospitalarios aunque anacrónicos, al revés que los teatros de hoy, contemporáneos pero inhóspitos ya que nadie quiere pasarse dos horas en una oficina bancaria o de coreo postal.

Luego me informé de otros lugares en Astaná, ciudad en la que nunca estuve ni cuento con estar. Vi unos caballos barrocos de bronce, una mezquita antigua y recién hecha, una suerte de muralla con entrada porticada que resultó ser el distrito ministerial, una reproducción de las Siete Hermanas estalinistas de Moscú, rascacielos del Chicago de los treinta, rascacielos del Nueva York de los años sesenta y escultóricas moles que parecen construidas en un siglo futuro. Todo es arquitectónicamente verdadero e históricamente falso. Supongo que pasear por sus calles es como meterse en una titánica maqueta, en un museo de la arquitectura habitado por gente de verdad.

A veces, la riqueza ganada de golpe produce estos efectos. Por un lado, se trata de mostrar todo lo que uno ha adquirido, acaso porque no acaba de creérselo. Por otro, sirve para inventarse un pasado apócrifo que termina convertido en real. En mi ciudad natal, Buenos Aires, allá por el Novecientos, unas cuantas familias pudientes se hicieron edificar unos palacios que imitaban los de la nobleza francesa del 1600, y así pudieron imaginar que sus antepasados se habían criado en Versalles y saludado al Rey Sol. La familia Bonaparte llevó a lo más alto el modelo de esta afición de nuevo rico que es la novela del los nuestros somos de toda la vida. Examinando sus retratos, recorremos todo un vestuario para un baile de máscaras. Al salir, nos preguntamos si, finalmente, eso que llamamos el pasado no es un cuento que nos ponemos de acuerdo en aceptar como realmente sucedido.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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