"El alimento de los dioses" (1904), de H.G. Wells

El lector que vaya leyendo cronológicamente las obras de Wells no tardará en descubrir una dicotomía, a veces muy evidente, entre la concepción dramática de los primeros libros y la ambición panorámica y generalista de las obras que, como Anticipaciones de las consecuencias del progreso mecánico y científico sobre la vida y pensamiento humanos (1901), fueron apareciendo a partir del cambio de siglo. Se trata de un trabajo de seria extrapolación que obtuvo bastante éxito en su día y es todavía de gran interés por su intento racional de reflexionar acerca de cómo podría realmente ser el futuro.

De hecho, una nota al pie en la primera página de esta última obra identifica los minuciosos detalles de ficción y los límites temáticos (que constituyeron los mejores recursos de Wells en trabajos anteriores) como problemas que deben superarse: “La ficción es necesariamente concreta y definida; no permite alternativas abiertas; su meta de crear una ilusión impide una adecuada amplitud… la propia estructura de la ficción lleva en si algo de repudiable; de hecho, mucha de la ficción futurista abandona lo profético para convertirse en polémico, cauteloso o idealista” ¿Cómo pudo estar un genio de la ficción como Wells tan equivocado?

Sin embargo, no abandonó del todo la ficción. El año 1904 vio la aparición de dos relatos destacables. Por un lado, El país de los ciegos, del que ya hablamos en un artículo anterior. Y por otro, una narración con el tema central del apocalipsis “benigno”: El alimento de los dioses.

La premisa inicial del libro es una fantasía entretenida basada en uno de los episodios de Los viajes de Gulliver de Swift. Un nuevo nutriente (la Heracleoforbia) desarrollado por dos científicos, Redwood y Bensington, incrementa enormemente el tamaño de las criaturas que lo ingieren. Los pollos se hacen tan grandes que pueden comerse a los gatos o incluso hombres; ratas, avispas y escarabajos gigantes atacan a los humanos, plantas venenosas alcanzan tamaños letales…

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Pese a todos los esfuerzos en contra, el Alimento acaba llegando a los bebés (bien accidental o deliberadamente) que, al crecer, dan lugar a una raza de gigantes. Éstos, asediados por unos “pequeños” humanos (en cuerpo y mente), asustados y recelosos, decididos a acabar con ellos, deciden defenderse y plantarles cara. El enfrentamiento está servido y su desenlace es incierto.

El libro cambia el tono hacia el final, abandonando su aire de fábula ligera o incluso relato de aventuras por una filosofía algo difusa acerca del potencial para la “grandeza” (literal y metafórica) que la comida otorga a los hombres que son lo suficientemente valientes como para comerla. “Los grandes y los pequeños no se pueden comprender los unos a los otros”, concluye Wells, “Pero en cada niño nacido de un hombre, mora una semilla de grandeza… esperando el Alimento”. Este bandazo que se detecta en la obra de Wells a partir de 1901, de lo concreto a lo general, se plasma en esta obra: de los detalles evocativos de una historia en particular se salta a la pomposidad generalista y abstracta del final, pintando extensos lienzos en los que intenta trazar las pautas que seguirá el futuro

La novela fue adaptada a la gran pantalla en 1976 por Bert I. Gordon, una versión de serie B mediocre en todos los sentidos, que prescindía de la parte más importante del relato original –la ascensión de una nueva raza sobrehumana y el consiguiente conflicto– y centrándose en una moraleja ecologista muy del gusto de la época.

Tampoco el libro ha quedado entre los más recordados de la bibliografía del padre de la CF, considerado por críticos y aficionados como una obra menor en relación a sus novelas anteriores y los trabajos que le seguirían. Ciertamente, no es tan épico como La Guerra de los Mundos, su crítica social no es tan aguda como la de La isla del doctor Moreau y los personajes no tienen el encanto de los de El hombre invisible. Tiene un poco de todos ellos, pero no en la combinación o intensidad necesarias para convertirlo en un clásico. Además, el estilo de Wells, que tiende a resbalar hacia lo florido, ralentiza en ocasiones momentos en los que la acción debería ser predominante.

Esto no significa que El alimento de los dioses no sea más que un libro inspirador de indigestas películas de terror de serie B. Al contrario, contiene los suficientes elementos de interés como merecer una lectura. Encontramos aquí una obra de transición, en la que se mezcla la habilidad de Wells como constructor de ficciones con sus visiones acerca del futuro que nos aguarda. Anticipándose en cien años a la polémica sobre la comida modificada genéticamente, su mensaje es que aunque el objetivo de la Ciencia pueda ser el de facilitar nuestra vida, el hombre no debería jugar a ser Dios porque el problema de la Ciencia es, precisamente, los hombres involucrados en su desarrollo. Las metas pueden ser nobles, pero la gente que las trata de llevar a cabo sufren de los defectos propios de nuestra especie. El Alimento no es más que una excusa para estudiar la naturaleza humana a través de una amplia galería de personajes, todos los cuales comparten un beneficio coral.

Tenemos a los científicos despistados, cuyo interés por el descubrimiento no sólo les lleva a desechar cualquier consideración sobre las consecuencias del mismo, sino que alimentarán al bebé de uno de ellos con el Alimento sólo para ver los resultados; el arribista e ignorante Winkles, deseoso de hacer dinero con el descubrimiento; Caterham, el fanático que aprovecha la desconfianza y el miedo para conseguir notoriedad y poder político mezclando religión y patrioterismo; los mezquinos pueblerinos de Cheasing Eyebright y su hipocresía de hombre ordinario, que protesta contra los gigantes mientras se beneficia de su trabajo.

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Wells cambia el escenario y el tono de la acción continuamente. La primera parte narra el desarrollo y experimentación del Alimento y sus primeras consecuencias. Hay momentos que, aunque lastrados por cierta lentitud narrativa, no desentonarían en absoluto en una película de terror, como cuando las ratas gigantes salen por las noches a sembrar el terror en los pequeños pueblos de la campiña inglesa. A continuación hay una parte con un claro tono de fábula, en el que se nos cuenta el crecimiento y desarrollo–físico e intelectual– del gigante Caddles en el seno de una pequeña y conservadora comunidad rural: Wells aprovecha para formular una feroz y despiadada crítica a la estructura social británica, marcada por la ignorancia, la rigidez, la mezquindad, los prejuicios y la prepotencia de la pequeña nobleza terrateniente.

Una tercera parte nos traslada veinte años después, presentándonos los profundos cambios que ha sufrido el mundo debido al Alimento a través de los ojos de un recluso recién liberado que ha permanecido décadas aislado del exterior. La historia cobra a continuación su cariz más oscuro y pesimista: los gigantes se ven limitados en su desarrollo por las barreras de clase y el miedo que imprimen en los humanos “normales”. Wells plasma con acierto lo diferente que se ve el mundo desde puntos de vista distintos. Para los gigantes, lo nuestro es pequeño, insignificante y ajeno. Ellos son capaces de hacer grandes cosas, pero se ven frustrados por la oposición de una multitud de seres que, ostentando el poder, les temen y les limitan. La trágica historia del gigante Caddles simboliza ese sentimiento de alienación e impotencia.

Y aunque sólo parece haber una conclusión posible para el libro, Wells acierta al dejarlo tan abierto y nebuloso como es posible. Ambas partes están demasiado enrocadas en sus posturas como para que la historia tenga un final feliz, pero, aún así, se tiene la impresión de que el desenlace es incierto, aunque en cualquier caso trágico.

Como dije al comienzo, una obra menor dentro de la bibliografía de Wells, pero aún así recomendable para todo aquel interesado en la Ciencia Ficción. Porque aquí nos encontramos otro ejemplo de por qué Wells está considerado como uno de los padres fundadores del género: temas como el conflicto Desarrollo Científico–Naturaleza, los desastres medioambientales, el sentimiento de alienación por ser diferente, la libertad individual versus la seguridad del grupo, la política, el transhumanismo o los escenarios apocalípticos se dan cita en esta corta novela, temas que continuarán siendo ininterrumpidamente pilares de la Ciencia Ficción hasta el día de hoy.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en www.TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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