"La nube púrpura" (1901), de M.P. Shiel

La influencia que ejerció H.G. Wells, tanto en su Inglaterra natal como en el extranjero, dependió de las circunstancias particulares de cada país. En el caso de Gran Bretaña, la extensión del romance científico más allá de los márgenes del subgénero de las guerras futuras fue explotada por otros escritores además de Wells, como es el caso del que ahora nos ocupa.

A menos que se sea un fanático de la literatura de detectives o de la temprana ciencia ficción, difícilmente se habrá oído hablar de este escritor. Y, sin embargo, Matthew Phipps Shiel (1865–1947), tuvo una vida de lo más peculiar. Nació en Montserrat, en las Indias Occidentales, y su padre, tendero y predicador, reclamó como propia la isla rocosa de Redonda, de la que el pequeño Matthew fue coronado rey el día de su decimoquinto cumpleaños. No aprendió a escribir hasta los doce años pero ese retraso no condicionó su carrera: llegó a hablar siete lenguas y trabajó como intérprete antes de dedicarse a la medicina y la enseñanza de matemáticas. Corría nueve kilómetros diarios –costumbre que mantuvo hasta los setenta años–, practicaba montañismo y yoga; se casó dos veces y engendró varios hijos ilegítimos.

Impresionado desde su juventud por las obras de Edgar Allan Poe, la prosa de Shiel era única; ha sido comparada por algunos comentaristas como una pieza improvisada de jazz con elaborados efectos de sonido. Utilizaba poderosas imágenes y una aliteración bien calculada (que solo se puede apreciar, claro está, en su inglés original) y aunque su florido estilo poético se haya quedado algo trasnochado nadie le puede negar su originalidad y destreza literaria .

Entre sus 25 novelas y numerosas historias cortas destacan narraciones detectivescas como Príncipe Zaleski (1895), cuentos de horror como La casa de los sonidos (calificada por H.P. Lovecraft como obra maestra) e historias de ciencia ficción como esta que comentamos, una novela post–holocausto en la que se explora el papel que juegan la integridad personal y el conocimiento en el desarrollo –en este caso conservación– de la humanidad.

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Adam Jeffson, un hombre que se halla de expedición en el Ártico, sobrevive a una letal nube tóxica que cubre la Tierra. Al regresar a la civilización, se da cuenta de que es el único superviviente de la raza humana. Sin una sociedad que ejerza control sobre él, se convierte en un enloquecido ser que se autoproclama monarca y quema ciudades enteras en un frenesí destructivo antes de emplear diciesiete años tratando de construir un palacio en honor a sí mismo. Recuperada cierta lucidez, viaja a Estambul, donde descubre a otro superviviente, una mujer. Ésta era una niña cuando tuvo lugar la desaparición de la raza humana y sufre de un retraso mental derivado de la soledad. Jeffson abusa de ella y la esclaviza, pero ante el creciente afecto que va sintiendo por ella, se cuestiona si la Humanidad, responsable última de los peores crímenes contra sus propios miembros, debería ser resucitada. Decide abandonar a la muchacha y se marcha a Inglaterra, pero cuando se presenta la amenaza de otro holocausto en forma de nube púrpura, su humanidad se impone: regresa junto a ella y la hace su esposa.

A menudo se ha acusado a Shiel de antisemita y racista. Sus defensores argumentaban que utilizó el racismo inherente a su época para desacreditarlo y como vehículo para exponer su peculiar ideología: una filosofía basada en la superioridad del conocimiento científico sobre la fe/esperanza (que él identificaba con la ignorancia). Varias de sus obras proponían la eugenesia y el concepto del superhombre nietzscheano, aunque no como un ser individualista adscrito a una determinada raza o credo, sino como un estatus alcanzado gracias al aprendizaje en el seno de una comunidad.

La visión del individuo que Shiel presenta en la novela está cercana a ese concepto del Übermensch capaz de enfrentarse a todo sin moralidad alguna. Jeffson se salva a costa de otros (envenena a la persona que iba a ir al Ártico originalmente para así ocupar su puesto), destruye por el simple placer de hacerlo y abusa de su fuerza con la joven que encuentra. En definitiva, se pasa años intentando enterrar su humanidad y aunque al final sienta que deba recuperarla junto a la joven, no es un personaje que despierte simpatías en el lector.

El tema del apocalipsis que arrasa la civilización humana dejando tan solo un puñado de supervivientes endurecidos se convertiría con el tiempo en uno de los escenarios más populares de la ciencia-ficción, especialmente a raíz de la Guerra Fría y el temor a una catástrofe nuclear global. Quizá la novela más representativa de esta tendencia sea La Tierra permanece (1949), de George R. Stewart, pero en 1901 aún faltaba recorrer un largo camino, temporal e ideológico, para llegar hasta la ecologista visión de Stewart. Shiel, en cambio, optaría por una visión más descarnada del ser humano (y menos romántica que la de El último hombre de Shelley, otro trabajo pionero sobre el mismo tema) pero también, desgraciadamente, más creíble.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en www.TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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