Nosotros, los póstumos

Nosotros, los póstumos Imagen superior: "Alegoría de la Historia" (1892), de Nikolaos Gyzis.

Tengo edad suficiente como para haber atravesado y poder recordar tres sucesivos postismos y manifestarme parte de esa humanidad a la cual dichas filosofías nos la han definido como póstuma. Diré unas cositas levemente filosóficas por lo que el lector poco entusiasta de tal disciplina está a tiempo para cambiar de columna.

Primer caso: Arnold Gehlen inventa la posthistoria. Decide que la historia humana ha dado de sí cuanto podía y que ya nada nuevo aportará al animal humano que la protagoniza (y la padece, la atraviesa, la goza, etcétera). De tal modo, nos podemos liberar de las categorías históricas para considerar nuestros problemas. La ocurrencia no es novedosa. El personaje de Joyce que anhela despertar de esa pesadilla que llamamos historia, apunta maneras. En otro sentido, pensadores relativamente optimistas como Condorcet en el siglo XVIII, y Hegel y Marx, en el XIX, esbozaron la figura de una edad definitiva para la condición humana, presente o futura. La razón ha alcanzado su máximo poderío histórico o lo conseguirá cuando llegue el socialismo, dejando a nuestra historia en carácter de simple prehistoria. Bueno, también los hay pesimistas. Para Gordon Childe, la edad de oro de la humanidad es justamente la prehistoria, cuando el hombre creía saberlo todo con su pensamiento animista y no conocía las enfermedades de la vejez porque moría en plena juventud.

Segundo caso: lo posmoderno. No se ha acabado la historia pero sí la modernidad porque se han alcanzado todos sus ideales: democracia política, mercado mundial, liberalismo económico. Nos quitamos de encima la modernidad y, con ella, los íncubos anteriores. Popper nos pidió zafarnos del imperialismo de la historia y Fukuyama decretó alcanzada tal meta.

En este apartado hay un error de concepto. La modernidad, se fijen sus comienzos donde el lector prefiera, ha sido siempre trasmoderna, se ha propuesto ir siempre más allá de donde está. Sostener que vivimos un tiempo ahistórico y posmoderno es un error, al menos, lógico. Lo que viene después de algo es una etapa y lo que sucede a la modernidad es la utramodernidad misma. Ahí queda eso.

Tercer y último caso: la posverdad. Esto afecta a los medios de comunicación de masas donde la finura semántica no abunda. Pero bueno, son lo que hay, incluida esta columna. Alguien nos comunica un mensaje y dice que no lo consideremos verdadero ni falso. Es así porque la verdad es una categoría derogada y lo único que importa de lo que decimos son las consecuencias de dichos dichos (la repetición se impone, se ruega no suprimirla). Esto es: lo que interesa de la palabra es la acción que propicia. Y esta ha sido siempre la descripción práctica –dicho más finamente: práxica– de la verdad. Al menos, en cuanto a las actividades normativas, la moral y la política, nada menos. La mentira que genera conductas es la verdad moral y política de una época. Basta ir hasta cualquier esquina de España para coger ejemplos a puñados.

Así que los muchachos de antes hemos llegado al fin de la historia, al fin de la modernidad y al fin de la verdad. Solicitamos solemnemente un diploma de póstumos. Aunque más no sea honoris causa, que ya le podremos cristal y marco para enseñarlo a las visitas.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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