"Drácula" (Tod Browning, 1931). Transilvania en Hollywood

Al conocer la existencia de Bela Lugosi, llama la atención la bruma en que se ve envuelta su vida, con independencia de qué autor la estudie. Y es que no existe una biografía definitiva del actor húngaro. De hecho, sorprende que aún se difunda la superchería de que creía ser Drácula en sus últimos días. Incluso llega a repetirse que dormía en un ataúd y que dispuso ser enterrado con ropajes de vampiro cuando falleciera.

Cito sólo esta leyenda aludida en multitud de textos, una pequeña muestra que viena a ser la punta del iceberg de las incógnitas que se acumulan bajo la superficie. ¿Cuándo y por qué abandonó Lugosi Hungría? ¿En qué actividades políticas se vio envuelto? ¿Fue adepto al régimen comunista que gobernó brevemente el país, al término de la Gran Guerra, o abandonó Hungría a causa de éste? ¿Cuánto tiempo permaneció en Alemania y en qué películas participó? ¿Cuándo llegó a los Estados Unidos? ¿Cómo obtuvo el papel de Drácula en la versión que dirigió Tod Browning?

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En ausencia de datos fiables para responder a todo ello –luego volveremos sobre esta primera etapa de su biografía–, intentaré arrojar algo de luz sobre esta última incógnita.

La productora Universal Pictures estrenó Drácula en 1931, aunque ya en 1915 hubo una tentativa de rodaje. Así lo cuenta el experto en la historia de la productora Richard Koszarski. No obstante, la novela de Bram Stoker ya había servido como argumento a dos producciones europeas y, según Don F. Glut, hay sospechas acerca de una tercera.

Las dos sobre las que se tiene conocimiento son Drakula (Karoly Lajthay, Hungría, 1921) y Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, F.W. Murnau, Alemania, 1922). La primera es una película perdida sobre la que se disponen pocos datos, siendo el más significativo la casi total infidelidad respecto a la trama de la novela, según David J. Skal. La segunda es una reconocida obra maestra del cine.

La tercera y presunta versión es una cinta de nacionalidad soviética, rodada supuestamente en 1920, que Glut incluye en la filmografía de su obra The Dracula Book. Menciono el dato con prudencia ya que, desde la publicación de este libro en 1975, nadie ha encontrado trazas de su existencia.

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En todo caso, ambas cintas están consideradas como piratas, ya que sus autores no adquirieron los pertinentes derechos de adaptación. Es bien conocido el litigio que entabló Florence Stoker, viuda del autor de la novela, contra los productores de Nosferatu.

La existencia de esta cinta pirata –aparentemente, nunca tuvo conocimiento de la versión húngara– llevó a la viuda a vender los derechos para su adaptación teatral. Una maniobra que le aseguraría el reconocimiento de sus derechos de propiedad intelectual, respecto a cualquier adaptación futura de la novela.

La adaptación fue obra del actor Hamilton Deane, cuya compañía de repertorio la estrenó en 1924 en Derby. Esta ciudad formaba parte del circuito provincial por el que giraba habitualmente Deane, donde gozaba de considerable reputación.

Consciente de las limitaciones dramáticas del texto, era reacio a estrenar en Londres. Sin embargo, el éxito de Drácula aumentaba con el paso de los meses, hasta el punto de arrinconar el resto del repertorio de la compañía. Este hecho atenuó la reticencia del actor-empresario, y finalmente, el estreno londinense se produjo en febrero de 1927, cuando el número de espectadores iba ya en continuo ascenso.

A una de las representaciones londinenses asistió el productor norteamericano Horace Liveright, cuyo olfato comercial detectó las posibilidades de la obra en Estados Unidos.

Tras duras negociaciones con la señora Stoker, consiguió los derechos para su país, trato que incluía una nueva adaptación a cargo del periodista y dramaturgo John L. Balderstone. Este fue quien manejó la negociación, pues la señora Stoker aborrecía al productor yanqui.

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El estreno estoadunidense tuvo lugar en Nueva York, en octubre de 1927, con el actor húngaro Bela Lugosi en el papel del vampiro. Este fue el inicio de la vinculación de Lugosi con el personaje, vínculo que no se rompió tras morir el actor, y que alcanzó su cenit en la película dirigida por Tod Browning.

Otro de los misterios de la carrera del húngaro es cómo logró el papel del vampiro en la versión de Broadway. Pese a la leyenda que rodea el hecho, nadie ha dado aún una explicación satisfactoria.

Tod Browning dirigió ese mismo año La casa del horror (London after Midnight, 1927), protagonizada por el hombre de las mil caras: Lon Chaney. La trama giraba en torno a la investigación de unos asesinatos presuntamente perpetrados por vampiros, interpretados por la actriz Edna Tichenor y un Chaney grotescamente caracterizado, en lo que luego se revela como una treta de la policía para detener al verdadero, y humano, culpable.

Esta fue la primera aparición de un vampiro en una producción de Hollywood, aunque al final se descubría que todo era un engaño, e inaugura la leyenda de las aspiraciones de Chaney a interpretar en el cine al vampiro de Stoker.

La crítica de La casa del horror publicada por The New York Herald Tribune, apuntaba que el siguiente proyecto del dúo Chaney-Browning sería Drácula.

Otro articulo, publicado en 1936 por el New York Times, casi cinco años después de la muerte de Chaney; señala que el actor tenía preparado el guión y la caracterización del conde. Según Skal, Chaney tenía intención de asumir el doble papel de Drácula y Van Helsing.

Se especula con que el actor y el director hubiesen asistido a una representación de Drácula, aunque no hay pruebas que lo avalen. En tal caso, la obra les inspiraría a llevar al personaje al cine o a realizar una película sobre vampiros, ajena a la creación de Stoker.

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Otra cuestión, a menudo mixtificada, es la relación existente entre Browning y Chaney, dos personas reticentes a llevar la típica vida de estrella de Hollywood. Según la leyenda, el gusto de Browning por lo grotesco, lo extravagante y las bromas era compartido por Chaney. En consecuencia, se trataría de dos compinches atraídos por lo macabro, y de esa hipotética inclinación habría surgido el interés por Drácula.

Browning sí encajaba en dicha descripción, pero no el actor, pese a que encarnó ese tipo de papeles a lo largo de toda su carrera. Sabemos que los gustos de Chaney se centraban en la acampada y la pesca. Pasaba su tiempo libre con su familia y su círculo de amigos, ninguno de ellos vinculado al mundo del cine. Así pues, a la teoría de los compinches siniestros le faltan cimientos.

Al margen de las especulaciones que rodean las intenciones de ambos, lo cierto es que en 1928 comenzaron los sondeos sobre la compra de los derechos de adaptación, a raíz del éxito que obtuvo la obra de teatro en los escenarios de Londres y Nueva York. Universal Pictures, que acabaría llevándose el gato al agua, fue la que primero y más se interesó por la adquisición, aunque también pugnaron estudios como Metro Goldwyn Meyer o Fox.

Ese interés decayó en ocasiones, debido a lo accidentado del proceso y de las inseguridades que éste desataba en la productora. El dueño, Carl Laemmle, no era partidario de comprarla, por lo desagradable que le resultaba el tema. No obstante, logró imponerse su hijo, Carl Jr., aunque papá Carl, como mal menor, impuso la contratación del hombre de las mil caras de protagonista, para asegurar un éxito de taquilla.

Pese a que en las crónicas siempre ha figurado Carl Laemmle Jr. como el gran valedor de Drácula, el mérito le pertenece, según David J. Skal, a Harold Freedman. Freedman era, al mismo tiempo, agente de la viuda Stoker y de John L. Balderstone, que no quería perderse su parte como autor de adaptación teatral estadounidense. En realidad, Freedman fue el verdadero artífice de la venta de los derechos de adaptación.

Los anuncios de la Universal sobre el proyecto comenzaron antes de conseguir los derechos, a finales de 1928, pero el trato no se cerró hasta el verano de 1930. Según la leyenda, Lon Chaney fue el elegido para el papel, pero su muerte truncó esta interpretación. Nada más lejos de la realidad, ya que la primera opción de la productora fue que la protagonizase el actor alemán Conrad Veidt, bajo la batuta del director Paul Leni.

Sin embargo, Leni falleció repentinamente, y Veidt, ante la inseguridad que le planteaba participar en una película sonora con su titubeante inglés y su marcado acento, regresó a su patria.

Chaney era el favorito de Laemmle padre pero, retorciendo el dicho, del deseo al hecho hay un trecho. El actor tenía un contrato que le ligaba a la MGM y era difícil que lo rompiera.

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Las razones de Tod Browning

Con la idea de atraerlo a su campo, Universal contrató al director Tod Browning, despedido de la MGM en 1929 por sus problemas de alcoholismo. Browning había realizado sus mejores trabajos junto al actor, y Laemmle Jr. le ofreció un contrato por tres películas, aunque en el fondo del acuerdo estaba Drácula.

Hubo un breve lapso en que pareció posible la contratación de Chaney, pero la firma con MGM para filmar el remake sonoro de El trío fantástico (The Unholy Three, Jack Conway, 1930), supusieron que él diera definitivamente la espalda a Drácula. Por aquel entonces, ya estaba enfermo de cáncer, enfermedad que acabó con su vida en agosto de 1930.

Sin posibilidad de contar con el fallecido astro, comenzó el proceso de casting. Éste se realizó con la máxima urgencia, ya que el trato definitivo se cerró a mediados de agosto y el rodaje comenzó el 29 de septiembre. Entre los candidatos con más posibilidades se contaban Ian Keith, William Courtenay y, quizá el mejor situado, Paul Muni.

A Muni se le había querido presentar como el nuevo hombre de las mil caras, pero el actor no deseaba seguir la estela de Chaney; no estaba interesado en los roles grotescos a los que dio vida Lon. A esto se debe sumar que figuraba en la nómina de un estudio rival.

Faltaban tres semanas para el inicio del rodaje, y empezaron a desatarse los nervios en la productora. Ante la inminencia de la filmación, se barajó la posibilidad de pedir prestado un actor a otro estudio, caso de Chester Morris. Incluso Harold Freedman llegó a recomendar a otro candidato, Joseph Schildkraut.

Por fin, Universal anunció al elegido, quien no estaba presente en los lugares de cabeza de la carrera por el papel: Bela Lugosi. El estudio se decantó por el húngaro por diversos motivos, aunque en gran medida fue una decisión oportunista.

Desde el momento en que Hollywood empezó a interesarse por una posible adaptación cinematográfica de Drácula, Lugosi se vio como la opción natural para encarnarlo. De manera espontanea, se metió de lleno en la negociación de los estudios con Harold Freedman.

En el mes de abril, se puso en contacto con el agente para hacerle una oferta de 40.000 dólares por los derechos. Según Bela, le respaldaba un prestigioso estudio que había confiado el proyecto a un prestigioso director, siempre y cuando fuera él quien encarnase a Drácula. La correspondencia de Freedman reveló que el estudio en cuestión era la MGM.

También se ha mixtificado la correspondencia que mantuvo el húngaro con Florence Stoker con el fin de rebajar las pretensiones económicas de la viuda en su negociación con la Universal. Según cuenta la leyenda, la señora Stoker no pudo resistirse al poder seductor de Bela, vía epístola, y consintió en aceptar una oferta menor.

Vayamos a los hechos probados: es cierto que mantuvieron un intercambio de misivas pero, a partir de ahí, hay que matizar el resto del asunto. El dominio del inglés que poseía Lugosi era mediano, por lo que es dudoso el éxito de unas cartas de su puño y letra, donde debía emplearse a fondo para convencer a la viuda.

El verdadero autor de las cartas fue Harry Weber, manager (y traductor) del actor. Bela dictaba y Weber, una vez corregidos los defectos idiomáticos de su promocionado, pulía la forma final. De cualquier forma, hay que dudar respecto al supuesto éxito de dichas cartas.

Lugosi, en una entrevista realizada meses después, manifestó que había logrado cerrar el trato por 60.000 dólares, frente a los 200.000 exigidos originalmente por Florence Stoker. De nuevo, se plantea la duda, ya que el trato entra las partes se cerro por la suma de 40.000 dólares.

En el mismo artículo, el actor aprovechaba para descargar el rencor acumulado contra los Laemmle. Le indignaba que su vital aportación al acuerdo, a su juicio, no fuese reconocida por los dueños del estudio, y que éste no se tradujese, automáticamente, en la adjudicación del papel del vampiro.

En una carta a Freedman, Bela le rogaba que le recomendase a la Universal, teniendo en cuenta sus servicios en la transacción. Freedman lo hizo, aunque no debió ser con mucho entusiasmo, teniendo en cuenta que posteriormente recomendó a Schildkraut.

Por otro lado, la Universal estaba muy molesta con Bela, debido a las continuas e impertinentes declaraciones que hacía el actor a la prensa, sobre cómo abordar la escritura del guión.

Tal manera de proceder era fruto de la desesperación del húngaro por hacerse con el papel. De ahí su ya mencionada intrusión en las negociaciones. No obstante, algunos autores sugieren que fue Browning quien le animó, lo cual demostraría la predilección del director por nuestro intérprete.

La Universal ofreció a Bela Lugosi un contrato por siete semanas de rodaje, cobrando 500 dólares semanales, lo que suma 3.500 dólares en total. Es sumamente revelador que David Mamners, que interpretó el papel secundario de Jonathan Harker, cobrase 2.000 dólares semanales.

Había pasado un año del crack de la bolsa y el estudio buscaba reducir gastos a toda costa, por lo que se aprovecharon del ansia del actor. La opción de Keith o Muni significaban un salario mayor, por lo que se decantaron por el húngaro. Por otro lado, es posible que fuese consciente de que el estudio estaba abusando de su posición de fuerza y que lo aceptase como un mal menor, pensando en el abanico de posibilidades que se le abrirían si Drácula tenía éxito.

Como he dicho antes, también pesó en la contratación la opinión de Tod Browning, que había conocido a Bela cuando dirigió The thirteenth chair (1929), la primera película hablada del director. En unas declaraciones al Los Angeles Examiner, en julio de 1930, afirmaba que había elegido a un actor europeo para el papel del vampiro.

De esta manera consiguió Bela Lugosi interpretar al conde Drácula en la gran pantalla. Pese a que Tod Browning realizó una obra mediocre, la película consiguió un éxito rotundo. La interpretación del actor ha pasado a los anales, convertido en un icono de la cultura popular.

No obstante, también hay un poso trágico en esta historia. El estudio se aprovechó de las circunstancias de Lugosi, ofreciéndole un bajo salario, factor enmarcado en su política de abaratar costes. Drácula encumbró al actor, y significó tanto su cénit como el comienzo de su declive profesional. Lo que supuso el despegue del ciclo fantástico de la Universal, fue una rémora de la que Bela Lugosi nunca pudo desprenderse.

Por lo demás, a la hora de hablar del reparto y del equipo técnico, se impone una comparación entre dos producciones paralelas: la rodada por Browning en inglés y la filmada por George Melford en español. De todo ello les hablaré en el siguiente artículo.

Copyright del artículo © José Luis González. Reservados todos los derechos.

José Luis González

Experto en literatura, articulista y conferenciante. Estudioso del cine popular y la narrativa de género fantástico, ha colaborado con el Museo Romántico y con el Instituto Cervantes. Es autor de ensayos sobre el vampirismo y su plasmación en la novela del XIX.

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