Lo obvio y lo evidente

Lo obvio y lo evidente Imagen superior: "Curiosity: Art and the Pleasures of Knowing" (Fotografía de Manu Palomeque, cortesía de Turner Contemporary).

El profesor estaba sentado, en lo alto, sobre la tarima. Por el ventanal se veían los álamos y el cauce del río, y niñas y niños estábamos sentados enfrente sin saber que para muchos de nosotros ese día iba a cambiar en algo nuestras sencillas vidas. Por encima de los árboles, y como a nadie he visto marcar su dominio, el Moncayo nevado encubría en parte su misterio, que siempre he supuesto amable.

De repente, un rayo de Sol iluminó toda la clase, las trenzas de oro de una compañera brillaron como nunca delante de mí y, coincidiendo con todo ello, la voz del profesor sonó como si de aquel lejano monte proviniera: “¿Quién sabe decirme lo que es un botijo?”.

Los más lanzados levantamos las manos enseguida. Era nuestra ocasión. Creo que yo fui el primero; así debió ser, pues casi estuve el resto de la clase diciendo cosas; pero como se habrán imaginado, no atinaba. ¡Caray!, era absurdo, no daba con ello, pero si lo tenía en la mente, si lo veía ¿Qué pasaba que no era capaz de dar con las palabras? ¡Pero si era un vulgar y conocido botijo! Pues lo sería, pero a través de él recibí ese día la que me atrevo a decir fue la gran lección de mi vida.

No crean que fue dramático, ni mucho menos. Con toda la sarta de estupideces que dije; la clase, el profesor y yo nos reímos todo el tiempo, y creo que mis compañeros que sobrevivan recordarán ese día como uno de los más divertidos. Ustedes ya habrán adivinado también que entre las risas fuimos conducidos hábilmente hacia la dirección correcta.

De ese profesor me acuerdo muchas veces y casi cada vez que se presenta un asunto difícil y nuevo, pero también cuando remuevo el pensamiento y lo enfoco hacia lo que supongo ya conocido por cotidiano. Y no lo duden, pónganse a jugar a ello con su familia, con sus amigos, con sus alumnos…, y descubrirán un mundo nuevo que quizá les lleve a sitios insospechados.

Deberíamos saber contestar con precisión a todas las cosas que nos parecen ya conocidas para no confundirlas con otras. Deberíamos saber distinguir, por ejemplo, lo que es la Ciencia de lo que es la Sabiduría, casi tanto como diferenciar a un científico de un sabio. Podríamos intentar a través de las palabras ubicar el conocimiento científico dentro del Conocimiento. Aun entre risas, poder dar una definición de lo natural y de la Naturaleza. No estaría de más, aún como ejercicio, desarrollar sobre un papel unas letras en las que se expresara cuál es nuestra posición frente a la vida y de cómo es la nuestra. No pesaría nada en nuestras conciencias decir a los demás, y cuantos más mejor, lo mucho o poco que sepamos sobre la Vida, la Naturaleza y sobre nuestras experiencias; aunque estas hayan sido un fracaso.

Todos deseamos encontrar verdades como puños, definiciones claras y precisas, pero es bueno que nos transmitamos unos a otros que por la misma constitución de las cosas no es posible hallar sino aproximaciones y que con esfuerzo, mucho esfuerzo, lo que se logra son disminuir los errores. Que en realidad vamos ajustando lo que se va conociendo para intentar seguir la dirección correcta y llegar hasta lo que por ahora es una meta inalcanzable, pero con legítimo afán por llegar, sintiendo esa atracción que parece eterna e irrefrenable. Así que no nos dejemos llevar por lo obvio, busquemos con afán entre lo evidente y revisemos todo ello continuamente, pues el conocimiento progresa a impulsos, pero avanza.

Hace unos años salió en la prensa que unos ingenieros españoles habían conseguido elaborar un modelo físico, y por tanto también matemático –ecuaciones, integrales, diferenciales, todo ello incluido– que definía el mecanismo del botijo. Son profesores de la vecina politécnica del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y no saben ellos, pero ustedes ahora ya sí, lo mucho que representó para mí leer su artículo, que guardo asimismo 'entre mis cosas'.

Yo sé que en ese intento andan muchas personas, muchos científicos, que quieren dar forma matemática, ordenada y con firmeza razonada a las cosas cotidianas de la Naturaleza y la Vida. Es obvio que ese puede ser el camino correcto.

Desde hace siglos se ha intentado sistematizar grupos naturales y el impulso continuará en otras épocas futuras con otros códigos y con otros nombres porque el proceso de definir es una de las atracciones más fuertes y apasionantes que tiene la Ciencia y que el científico trata de conseguir, aun con sus humanos e inevitables errores. Y aprovecho para expresar también lo injusto de la recompensa del profesor, pues al menos en mi caso, nunca le agradecí de palabra a don Fernando esa y otras maravillosas clases, y aunque ahora lo grite él no me oye…, aunque no sé, espero que sí… ¡Siempre queda ese busilis! Y, por cierto, si me viera ahora creo adivinar lo que me preguntaría: “¿Sabes decirme qué es un Museo?” ¿Tendrían la bondad de responderle por mí?

Copyright del artículo © Carlos Martín Escorza. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Carlos Martín Escorza

Geólogo e investigador. Miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue presidente entre 1988 y 1989.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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