Emiliano Aguirre, paleontólogo: “Hay que ser cuidadosos con el planeta, pero no podemos impedir que evolucione”

Emiliano Aguirre, paleontólogo: “Hay que ser cuidadosos con el planeta, pero no podemos impedir que evolucione” Imagen superior: Emiliano Aguirre (Foto: Luis Mena)

Emiliano Aguirre Enríquez (Ferrol, 1925) es uno de los paleontólogos más prestigiosos del mundo. Padre del éxito de Atapuerca, dirigió el Museo Nacional de Ciencias Naturales y, a sus 81 años, no ha abandonado la actividad científica. Premio Príncipe de Asturias, miembro de la Real Academia de Ciencias y catedrático de Paleontología, el día 20 de abril de 2007 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos.

Le cito a usted mismo: “No hay que buscar el fósil más antiguo, sino rellenar los huecos para atar cabos”.

Se trata de rellenar huecos del saber. Lógicamente, el tiempo es uno de los interrogantes que plantean los fósiles. Pero lo principal no es que sean más antiguos, más grandes o más ricos, sino saber de qué épocas tenemos falta de conocimientos para saber qué nos resta por conocer.

Por eso para usted es muy importante el contexto en el que se desarrollaron los organismos...

Puede llamarlo si quiere Paleoecología. No nos interesa tanto clasificar un fósil o identificar un hueso humano como saber todo lo que rodeaba a un organismo que nos ha precedido: el sistema, el ámbito, todas sus necesidades vitales y cómo las satisfacía.

Otra afirmación suya: “El ser humano aún no ha salido del Neolítico”.

Parecería que estamos saliendo, pero... En el Neolítico se introdujo la producción agrícola y ganadera, pero también la construcción de la ciudad, el dominio

sobre el territorio. Así apareció el dinero, los imperios, los emperadores que se creían dioses, y las religiones al servicio de su política. Esos emperadores hacían esclavos y la humanidad se dividió entre dominantes y dominados. Aparecieron los impuestos para mandar a los que pagaban esos impuestos a la guerra, para morir luchando por hacer esclavos a otros. Todavía no hemos salido de esa modalidad, que empezó con el Neolítico y el Calcolítico, de tener emperadores y utilizar a Dios para matar.

Además nos amenaza el cambio climático.

Los ambientes de la Tierra han cambiado siempre, desde que existe el planeta. Pero se pueden alterar esos cambios naturales y hacerles más perjudiciales añadiéndole los perjuicios. El ser humano nació con la última época glacial, en la que estamos, y parece que querría salirse de ella. El casquete polar ártico tiene 2,6 millones de años, que es precisamente la edad de los primeros fósiles del género homo y de los primeros utensilios de piedra. Nuestra humanidad ha hecho frente a una edad de los hielos y después a cambios y oscilaciones entre mucho calor y mucho frío, con repartos desiguales de humedades.

La alarma es sobre el calentamiento.

Las épocas más florecientes de la Tierra han sido las que han tenido más calor, niveles oceánicos más altos y humedades mejor repartidas. La época de los dinosaurios, el principio y la mitad de la era terciaria han sido épocas de gran esplendor. La desertización se produce al final de las épocas cálidas; al principio de esas épocas, plantas y animales desplazan sus áreas de distribución y no se tarda mucho en adaptar la búsqueda de recursos a la nueva situación.

Lo preocupante de ahora es la contaminación de la atmósfera.

Pero hay una contaminación de la que se habla poco y es tan perjudicial o más: la contaminación de los océanos. Es allí donde se bloquea el exceso de anhídrido carbónico. Es lo que ha sucedido en las épocas de mayor calor de la Tierra, en las que crecían ostras gigantes con costras carbonatadas tremendas, erizos de mar gigantes con caparazones durísimos y muchos más arrecifes que ahora. Han sido los animales de los océanos, con unos esqueletos que controlan y captan los excesos de dióxido de carbono, los que han ayudado a la naturaleza a controlar y poner tope a los calentamientos. Por eso yo no hablaría tanto de lucha contra el cambio climático, sino de lucha contra la alteración del clima fluctuante normal, algo que lo altere de tal manera que no tenga vuelta atrás. Por eso es importante no contaminar los mares.

Ahora hay muchos profetas de la catástrofe. ¿Podemos evitarla?

Catástrofe puede haber si deshacemos los sistemas de vida de las superficies oceánicas, de las corrientes y de los fondos marinos. Tenemos que ser cuidadosos con el planeta que habitamos, pero es muy difícil impedir que el planeta evolucione. A veces da la impresión de que queremos parar la evolución y eso es imposible.

¿En Palentología la historia se repite?

La evolución no produce cambios de una manera monótona ni tampoco a grandes brincos. Ha ido cambiando como la música, con ritmos. Se pueden repetir los ritmos, pero las cosas no vuelven a ser iguales. Sería un aburrimiento.

Usted defiende que la evolución debería ser una columna vertebral del Museo de Ciencias Naturales.

Falta un esquema general de la evolución en el que se sitúen los otros campos temáticos. Pero esto se debe, sobre todo, a la falta de espacio. Siempre ha habido una extraña resistencia de las autoridades para dotar de espacio al Museo Nacional de Ciencias Naturales.

En una época (años 50,60 y 70) en la que España era un desierto científico usted logró ser uno de los más prestigiosos paleontólogos mundiales.

Cuando empezamos con Atapuerca, Yves Coppens me dijo: “¿Y quién va a estudiar todo esto, si en España no hay paleoantropólogos?” Y yo le respondí: “De eso se trata, de empezar a hacer paleoantropólogos en España”. Ahora tenemos docenas de ellos.

¿A qué pregunta científica le gustaría responder antes de pasar el testigo a otras generaciones?

Me gustaría saber si acierto o no al pensar que los excesos de dióxido de carbono se atemperan en los océanos; qué es lo que mueve a la bioquímica orgánica a reunir y precipitar esa cantidad de cal para hacer esos superesqueletos que recogen el CO2 y así enfrían la temperatura terrestre.

¿Y sobre Atapuerca?

Hay que buscar más. Entre los 800.000 años del anteccesor y los 400.000 años hay allí casi medio millón de años muy poco conocidos en todo el mundo.

En El Collar de Neandertal, Juan Luis Arsuaga cita el Ecclesiastés: “Cuanta más ciencia más dolor”.

No me convence una visión tan pesimista de la ciencia. A mí me tenían por optimista y, siendo estudiante y siendo profesor, me pedían que diese cursillos sobre optimismo. Pero yo les daba de realismo. Ni todo lo que hacemos o descubrimos es para mejor, ni todo lo que hacemos produce el mal. Lo que sucede es que todo tiene sus límites. Pero vale la pena que con un ladrillo que yo ponga sobre lo que han puesto los de antes, venga el siguiente y pueda poner otro ladrillo encima ¿Qué más quiero en la vida que poder construir algo, aunque sea limitado, encima de los que me han precedido y que pueda permitir a otros seguir progresando y poniendo más cosas encima de lo que yo no he podido terminar? Para mí ésa es la vida que merece la pena. Y eso hay que celebrarlo.

Copyright del artículo © Ricardo Curtis. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

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