Fragilidad total

Fragilidad total Imagen superior: NASA.

La Tierra es un pequeño planeta, uno más de los que día a día van cumpliendo su destino alrededor del Sol, el astro rey de un reino planetario que, a su vez, es una minúscula parte de una galaxia que constituye una pequeñísima porción del conjunto del cosmos.

Y en esa pequeñez, en medio de tanta inmensidad, estamos los que vivimos, los que estamos hechos de minerales y de células entremezcladas en la estructura y proporción adecuadas para tener eso tan raro en todo el Universo que es la Vida, un proceso complejo expuesto a todos los avatares posibles derivados de tanta grandiosidad y también a los peligros impuestos por la agresión de otros seres vivos, ya sea para la obtención de alimento o por causas mucho más complicadas cuando se trata de la especie humana. Y también acechan otros riesgos que emanan de variaciones en algún orden de magnitud de algunos de los múltiples parámetros de los que dependemos para la supervivencia, ya sea a escala del entorno más cercano del planeta, en el del reino del Sol, en la Galaxia o en el Universo.

Y como quiera que, muy a pesar nuestro, todos los seres vivos vamos a morir, con la desaparición de cada persona se perderá la experiencia de haber vivido un acontecimiento natural extraordinario o un cambio significativo si no se deja constancia escrita de ello en un medio que se pueda conservar para ser leído por alguien en el futuro.

La fragilidad de la memoria nos amenaza con su pérdida tanto en el plano personal como en el colectivo. Es algo perturbador: ¿por qué la Naturaleza desperdicia tanto dato almacenado cada vez que se muere uno?, ¿por qué es imposible dejar la memoria 'heredada' como se dejan otros rasgos, para hacérsela llegar a nuestros descendientes y de esa manera transmitir los conocimientos y experiencias adquiridas y acumuladas?

Todos, desde niños, debemos iniciar –reiniciar– el proceso de aprendizaje al igual que lo hicieron antes los ancestros, con la consiguiente pérdida o derroche de energía y de esfuerzo. No sé la razón de ello, pero la Naturaleza no actúa a ciegas y seguro que tendrá sus motivos para que las cosas sean como las hemos encontrado. Conscientes de ello –o quizás no tanto– los humanos tienen una profunda tendencia que les hace tener necesidad de leer y escribir, para con una y otra actividad mover la rueda del conocimiento no sólo individual sino también colectivo, incorporando lo que otros llegaron a saber y dejando constancia de algo de esas experiencias aprendidas para que otros –sean coetáneos o del futuro– a su vez los incorporen a sus propios pensamientos. Una rueda del saber tan frágil como lo han sido y lo son sus soportes: tablillas de arcilla, papiros, pergaminos, papeles, bytes, neuronas…

Algún día todo eso desaparecerá, pero, aún conscientes de ello, seguimos todos estudiando y escribiendo motivados –a veces sin saberlo– por el impulso de que, antes de que este reino solar se derrumbe, alguien se lleve lo más posible de ello al planeta de la galaxia que considere oportuno y reinicie allí el proceso, el sistema, dándonos con su recuerdo una eternidad materialmente imposible. No sé si esto será un ciclo verdadero, pero somos frágiles y perecederos, así que con esta reflexión quisiera transmitir que deberíamos, individual y colectivamente, seguir teniendo esperanza, un parámetro natural existente difícil de dimensionar pero que para los humanos parece resultar muy necesario y conveniente.
Copyright del artículo © Carlos Martín Escorza. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Carlos Martín Escorza

Geólogo e investigador. Miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue presidente entre 1988 y 1989.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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