Darwin y la geología

Tal fue el impacto en la ciencia y la cultura occidental causado por la publicación en 1859 de El origen de las especies, interpretada además en clave biológica, que se ha sumido en el olvido el trabajo como geólogo de Charles Darwin.

En efecto, el período formativo del científico inglés (la década de los treinta del siglo XIX) está dominado básicamente por la geología (1), siendo su primer referente en este campo los Principios de geología de Charles Lyell.

La gran aventura científica de Charles Darwin fue su viaje alrededor del mundo en el buque H. M. S. Beagle entre 1831 y 1836. Es en este momento cuando entra en contacto con una extraordinaria diversidad de lugares y paisajes que amplían su visión como naturalista; además recolectó especímenes minerales hoy conservados en el Museo Sedgwick (Universidad de Cambridge).

A las lecturas de Lyell y al viaje en el Beagle tenemos que añadir un tercer pilar que determina al Darwin geólogo: la obra de Alexander Von Humboldt, al que leyó con fervor y con el que mantuvo una interesante relación epistolar. Los dos gigantes de la ciencia decimonónica tuvieron un encuentro personal en Londres en 1842. Además, ambos coinciden en su interés por los fenómenos sísmicos, la vulcanología y las rocas ígneas.

La primera escala importante del Beagle fue Cabo Verde. En este archipiélago Darwin se fascinó por los fenómenos volcánicos y también recolectó conchas, sobre todo del tipo Turritellae; allí pudo comprobar las similitudes y las diferencias entre las conchas actuales y sus antecesores fósiles (en la figura 1 confrontamos dos Strombus latus de la isla Sal que se corresponden con investigaciones en curso en nuestro museo (2).

De todos modos, las observaciones mineralógicas más importantes las realizó Darwin en los islotes brasileños de São Pedro e São Paulo, en mitad del Océano Atlántico, las islas Galápagos y el cabo de Buena Esperanza. En este periplo recolectó ejemplares de hornblenda, vivianita, limburgita, andesita, etc. (figura 2), que demuestran su interés por las formaciones volcánicas, y también por los medios diagenéticos asociados a la formación de fósiles.

En las islas Malvinas se interesó por los cuarzos (figura 3), fundamentales para que geólogos posteriores determinasen las relaciones entre la placa americana y la africana. En Sudamérica, su curiosidad científica derivó sobre todo hacia las tobas calcáreas, conocidas allí como piedra “tosca”, una cementación de carbonatos que se origina en las lagunas interiores de la Pampa argentina.

Las rocas recogidas en este lugar se corresponden con dibujos estratigráficos de la zona en los que el autor señaló los correspondientes fósiles encontrados en cada estrato. En la figura 4 presentamos una toba española no muy distinta de las que recolectó Darwin.

Finalizado el viaje y de regreso a Inglaterra, los resultados de las investigaciones geológicas de Darwin fueron publicados en tres partes separadas por un período de cinco años, aunque fueron concebidas y entendidas como capítulos de una obra global; en la edición de estas obras colaboró Smith, Elder & Co. Darwin anota en su diario en mayo de 1842 el costo de edición de la primera obra: Estructura y distribución de los arrecifes de coral, que fue de 140 libras, felicitándose además de que “la aportación financiera gubernamental fue más rápida de lo que pensaba”.

De todos sus escritos geológicos éste ha mantenido hasta la actualidad todo su valor científico, ya que insiste en la importancia de la subsidencia en la formación y desarrollo de las islas coralinas y los atolones, un descubrimiento que sólo fue admitido plenamente por la comunidad científica en los años cincuenta del siglo XX.

La segunda obra, Observaciones geológicas sobre las islas volcánicas, fue publicada en noviembre de 1844, y presentaba un interesante mapa desplegable de la isla de Ascensión.

El corpus geológico darwiniano culmina en Observaciones geológicas en Sudamérica, publicado en 1846. Finalmente, las tres partes aparecen juntas en un solo volumen en 1851. Este año marca el fin de lo que podríamos llamar “etapa geológica” de Charles Darwin, aunque en el resto de su carrera nunca abandonó su interés por este campo; sirvan de ejemplo una obra tardía realizada sobre observaciones llevadas a cabo en el jardín de su casa, estudiando el papel de las lombrices en la formación de los suelos fértiles, y también su interés por la rocas erosionadas por glaciares en el país de Gales. Aportaciones de la Geología

Resta por preguntarnos qué aportó la geología al trabajo científico de Darwin y, en concreto, a sus revolucionarias teorías sobre la evolución. En primer lugar, aprendió en esta disciplina un método riguroso de observación de la naturaleza, aplicado a la descripción detallada de las formaciones rocosas y al análisis de las estructuras generales del paisaje; pero, sobre todo, desarrolló una capacidad de deducción que le permitió entender las líneas evolutivas como procesos lentos y muy prolongados en el tiempo, un razonamiento que deriva evidentemente del estudio previo de la duración de los periodos geológicos.

Con todos sus matices, no olvidemos que el concepto de evolución también se aplicó al estudio de los cambios en los paisajes naturales. Además, Darwin aprendió de naturalistas como Humboldt el método comparativo, que le permitía contrastar lo observado en diferentes partes del mundo y valorar las aportaciones de otros científicos referidas a lugares que él no pudo visitar, pero hacia los que mostró un gran interés: nos estamos refiriendo sobre todo a las islas Canarias.

Por último, no podemos olvidar que los estudios pioneros en materia de fósiles (un asunto fundamental para el desarrollo de las teorías evolucionistas) corresponden en principio a geólogos como William Smith, un autor que aportó interesantes observaciones sobre la secuencia histórica de la Tierra que Darwin aprovechó de manera muy fructífera.

(1) El estudio definitivo de las relaciones entre Darwin y la geología lo ha realizado Sandra Herbert en 2005: “Charles Darwin, Geologist”, editado por Cornell University Press.

(2) Agradecemos a Ana Cabero del Río, que estudia las terrazas marinas en Cabo Verde, su colaboración facilitando los ejemplares de moluscos que se presentan en la figura 1.

Copyright del artículo © Aurelio Nieto Codina. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Aurelio Nieto Codina

Doctor en Geografía por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesor Asociado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, participa en el Equipo Docente de Geografía del Turismo. Conservador de la colección de Geología del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CCIC).

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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