Mensajes y mensajeros

Mensajes y mensajeros Imagen superior: Jeroen Bennink, CC.

Aquello de criarse en el campo tiene sus ventajas, no lo duden. Miren si no cómo se aprende enseguida lo que pica el roce de una ortiga, y sabes coger las frambruesas más maduras.

Claro es que en la ciudad eso no te vale de nada pues no hay ortigas ni brevas. En un pueblo pequeño aprendes a respetar a las arañas y es muy posible que te hagas amigo de todos los perros que sestean por las calles y hasta algunos te acompañarán a los paseos por el campo, si es que no hace mucho calor.

En la ciudad, ciertamente, no suele haber muchos perros en las calles, al menos no sueltos, ya que van atados al lado de sus dueños y sólo están allí el ratito justo para que cumplan a satisfacción sus obligaciones higiénicas diarias, y los insectos son poco visibles, lo sé.

En un ambiente rural es posible que un niño se entretenga una tarde en escribir un saludo, introducirlo en una caña, dejarlo todo sobre la superficie del agua de un arroyo y esperar que el destino lo lleve a otra persona, vaya usted a saber de dónde, quizás hasta el otro pueblo de aguas abajo, o puede ¿por qué no? más allá aún, hasta la ciudad por la que pasa el gran río en el que acaba el arroyo, deje el barquito en su orilla, o a una playa lejana, de un país lejano, donde otro niño lo recoja. ¡Hay tantas posibilidades! Desde luego nada que comparar con las del que desde una urbe dispone el que le da por dejar una cartita en los repliegues del parachoques de un autobús esperando que en su trayecto alguien la recoja y la lea. Pero… ¿de qué antiguallas estoy hablando?, por favor, córtenme.

Hoy, ambos, el del pueblecito y el de la gran ciudad, pueden además de otras cosas hacer un blog para que alguien en cualquier parte del mundo no sólo lea el saludo sino que además lo conteste. En realidad, y como usted ya sabe, disponemos de una variedad de mensajería que harían reír o llorar al náufrago aquel que intentó su salvación pidiendo ayuda a través de una botella, con corcho, claro.

Quizás no haga falta que nadie hoy nos salve de nada, en todo caso de nuestros propias malas ambiciones y vanidades –y ello para quienes las tengamos–, pero estamos en general bien atendidos. Entonces hoy y para el resto, ¿qué mensajes podríamos envíar? Adelanto que no tengo ni idea, como ya habrán imaginado. Desde luego nunca está de más un ¡socorro!, pues nuestros cuerpos débiles y pensamientos sencillos están continuamente expuestos ambos a mil catástrofes para los que una ayuda de la caridad, que todavía existe mucha en el mundo, créanme, no viene mal. Pero, bueno, éste sería un mensaje pasivo, diría que comodón, del que sólo espera. ¿No podríamos envíar algo de nosotros para variar?

Sería interesante probarlo, ¿no? Pero, otra vez, no tengo ni idea de cómo hacerlo, parafraseándome, necesito ayuda, a ver si a alguien se le ocurre algo al respecto. Le escuchamos. No sé si ha sido de usted, pero he oído algo por ahí. Sí, eso, oigan lo que dicen por este lado: que ni mensajes, ni mensajeros, que lo que hay que hacer es tomar por uno mismo la dosis de verdad que hay en el mundo. Caray, pues de piedra me quedo, pues hasta puede que tengan razón, sí, recojamos el lápiz y el papel, los teclados y móviles y vayamos donde allí nos dicen... ¿Dónde dice usted? Anda, pues sí, me suena el lugar: a la naturaleza. ¿Allá con las moras, las brevas, arañas, moscas, cacas de vacas y pinchazos de ortiga? Pues que dicen que sí, que allí. A oír a los pájaros, ladrar a los perros, sentir el temor del peligro –por desconocido–, la sed del que no sabe dónde hallar agua y el hambre del que tiene que estar bajo el Sol y la lluvia, no a la vez, claro, tratando de buscar alimento. Sí, allí. Sí, allí, en la naturaleza, donde la verdad se observa por sí misma y se muestra a uno mismo, siendo ella el auténtico mensaje y usted, por ejemplo, el mejor de sus mensajeros.

Copyright del artículo © Carlos Martín Escorza. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Carlos Martín Escorza

Geólogo e investigador. Miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue presidente entre 1988 y 1989.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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