Un científico maldito, Charles Cros

"En el derrotero estupefacto / y sin objeto de mi vida. / Desdeñando caminos ya despejados, / demasiado largos. / He atravesado ásperos montes, / vallejos insidiosos. / Nadie seguirá mi rastro antes / de que pase mucho tiempo." Charles Cros, le coffret de santal

El aroma a café impregna el ambiente, el bullicio del lugar se debe a las nuevas corrientes artísticas y al reciente invento de Edison: el fonógrafo; se sirven ensaladas de pollo al hambriento comensal que viene a disfrutar un rato en Le chat noir (El gato negro), uno de los lugares favoritos de los intelectuales franceses de finales del siglo XIX.

En el fondo de este café parisino se encuentran dos míseros vagabundos a quienes se les paga con licor de ajenjo por desplumar pollos, por limpiar letrinas y apilar el carbón. Uno de ellos cae, se queja de mucho dolor, pues su hígado está destrozado a causa del ajenjo. Lo internan y muere el 10 de agosto de 1888. En el acta de defunción aparece el nombre de Charles Cros, que en realidad era el otro vagabundo que aún se encontraba trabajando en Le chat noir. El que murió era un excampeón de lucha del que sólo se sabía su apodo: el Vándalo. Pero, ¿qué importaba quien fuera el muerto? Solamente eran vagabundos trabajando por ajenjo y comida. Diez días más tarde, el verdadero Charles Cros, inventor del paleófono, la fotografía a colores y una máquina para cambiar el carácter de las mujeres, es internado en el hospital Hôtel Dieu por problemas mentales; ahí permaneció hasta su muerte, el 4 de julio de 1899.

“En el derrotero [...] sin objeto de mi vida...”

El Sol calienta la corriente del río Orbieu; sus aguas cálidas empiezan a ser pobladas por niños que salpican las tierras de la localidad de Fabrezan, ubicada en Aude, Francia. En ese lugar, donde el río Orbieu empieza su camino entre las montañas, nace el 1º de octubre de 1842 el hijo menor de Simon-Charles-Henri Cros y Joséphine Thore. El 13 de octubre de 1842 lo bautizan con el nombre de Hortensius-Émile-Charles Cros.

Durante los primeros dos años de vida de Charles Cros su familia se muda en varias ocasiones hasta que se establece en París. En la capital francesa su padre consigue trabajo de profesor en el colegio de Joigny; su ferviente republicanismo, en un tiempo en el que Francia era un gobierno imperial, lo hace ser excluido de las universidades.

Todo lo que aprende durante su infancia y adolescencia es bajo la tutela de su padre. A la edad de ocho años empieza sus estudios de griego, latín, sánscrito, hebreo, alemán e italiano, que concluye a los diecisiete años.

A los dieciocho años, después de terminar sus estudios en matemáticas y en música, Charles Cros encuentra trabajo de repetidor en la Institution des sourdsmuets (un centro para sordomudos). Su trabajo consistía en comunicar, por medio de señas, lo que el expositor quería transmitir a los sordomudos. Tres años después lo despiden a causa de que no se tomaba su trabajo demasiado en serio, además de que fue padrino en un duelo en el que participó su hermano Henry Cros, quien sería uno de los escultores que influenciaría las artes plásticas de principios del siglo XX.

Posteriormente se queda un tiempo en Aude; allí escribe un libro de biografías eclesiásticas que nunca será publicado. A mediados del mes de octubre de 1865 acontece una epidemia de cólera en París. Charles ayuda a su hermano, el doctor Antoine Cros, futuro rey de Araucanía y la Patagonia, a frenar la enfermedad.

Influenciado por un padre que escribió una teoría sobre el hombre intelectual y moral, un hermano escultor que inventó una técnica para crear una pasta de vidrio y el otro con el título de duque de Niacalel, ¿cómo no pensar en Charles como alguien con los más altos designios viniendo de un medio familiar tan insólito y desmesurado?

“Desdeñando caminos ya despejados...

Dentro de la casa número 14 de la rue de Rennes, propiedad del doctor Antoine Cros, Charles lee ávidamente sobre física, química, matemáticas y literatura; afuera, la luz del día empieza a confundirse con las de la noche, una tardenoche que empieza a fraguar un tiempo de licores y de conversaciones. El poeta escribe algunas notas en su cuaderno: “experiencias mecánicas por hacer: 1) estudiar las acciones recíprocas de las esferas que flotan en el agua, asumiendo una compresión vibratoria; 2) la aplicación de la integral del epiciclo a una batería con barómetros metálicos”.

Mientras tanto, en el salón de la casa, Antoine recibe a Paul Verlaine y Charles se une al grupo para empezar la tertulia Verlaine es parte de los llamados “poetas malditos”, un grupo de figuras importantes en la historia de la poesía compuesto por personas de convicción que, según Max Weber, filósofo alemán de principios del siglo XX, son seres que “dicen lo que piensan y hacen aquello en lo que creen sin detenerse a medir las consecuencias, porque para ellos la autenticidad y la verdad debe prevalecer siempre y están por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias”.

Así, en los tiempos de un París donde las conversaciones de café y los personajes con visiones atrevidas del mundo convivían, la ciudad bohemia de finales del siglo XIX, Charles Cros, en búsqueda de la autenticidad, publica sus versos en las revistas de poesía más importantes de su época: L’Artiste, La Parodie y Le Parnasse contemporain; y como hombre que busca la verdad, en 1869 consigue publicar sus primeras obras científicas: Solución general del problema de la fotografía a color y Estudio sobre los medios de comunicación con los planetas.

En el primero muestra su creatividad científica y su inventiva: “los colores son de las esencias que, por la misma figura, tienen tres dimensiones, y por consecuencia exigen tres variables independientes a través de sus fórmulas representativas”.

De esta hipótesis, Cros llegó a la siguiente conclusión: “en una prueba fotográfica jamás habrá los elementos necesarios para la integración de una tabla de colores representativa. De ahí viene la idea de tener tres pruebas diferentes, dando a cada una la intensidad de uno de los tres colores elementales”. Estos colores elementales son el amarillo, el rojo y el azul. A partir de lo anterior, Charles utiliza sus conocimientos en química para obtenerlos y producir una fotografía a color.

Respecto de la segunda obra, Estudio sobre los medios de comunicación con los planetas, “por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias”, Cros justifica a este proyecto de la siguiente manera: “sin ninguna duda, una vez los demás obstáculos desplazados, no hay sobre este globo seres equivalentes al hombre en el nivel intelectual; el proyecto por tanto no promete más que un resultado negativo. Pero como sólo su realización puede zanjar esta cuestión [si hay vida en Marte o en Venus], este proyecto toma un alto interés científico y es razonable”.

La ciencia, para Cros, es algo que puede zanjar preguntas sin importar qué tan absurdas sean. Para abordar esta idea absurda, científica y razonable, se propone construir: “una potente lámpara eléctrica colocada en el foco [que es el lugar donde toda la luz reflejada de un espejo se une] de un reflector parabólico donde el eje principal está dirigido hacia el astro”.

Por medio de las señales luminosas, Cros esperaba lo siguiente: “imaginemos que los hombres han realizado el proyecto. Los habitantes del planeta Venus o de Marte tienen espejos, telescopios u otros instrumentos que amplifiquen los astros, por lo que pueden percibir sobre el borde oscuro del disco de la Tierra un punto luminoso. Ésta es la señal que les dirigiremos los hombres”.

¿Pero qué tan intensa debía ser esta luz para ser observada desde Venus o Marte? Al final de la publicación hay una nota donde calcula la intensidad de la luz proveniente de Neptuno vista desde la Tierra. El resultado de este cálculo le proporciona a Cros una estimación de la potencia de su lámpara eléctrica.

Cros no obtuvo los recursos económicos para construir su lámpara y, en consecuencia, no fue posible en el siglo XIX saber si había vida en Venus o Marte. En el siglo xxi se sabe que no hay ningún tipo de vida en Venus. Respecto de Marte, la NASA realizó un proyecto llamado Phoenix con el propósito de estudiar la composición de su suelo. La sonda que lanzaron en agosto de 2007 para realizar encontró indicios de vida microbiana. En un futuro próximo se lanzará otra sonda para zanjar esta cuestión científica y razonable.

Ambas publicaciones son muestra de ideas científicas osadas, combinadas con un espíritu poético desmesurado; espíritu e ideas que le deberían haber abierto las puertas de la inmortalidad, pero el destino le jugaría una mala partida.

“He atravesado ásperos montes ...”

Verlaine y Cros recorren las calles de París, se dirigen a la estación de trenes del Este, y en ese lugar encuentran a otro de los poetas malditos, al joven Arthur Rimbaud.

Cros hospeda a Rimbaud en una casa que compartía con otro artista, entonces ya tenía cuatro años de no vivir con su hermano. Durante quince días, él esconde al amante de Verlaine. Un año después, ésta y Rimbaud huyen. Enfadado por ser amigo del cuñado de Verlaine, Cros rompe relaciones con ambos poetas. Este evento trágico vaticinaría una serie de fracasos en su vida.

En 1874 crea la Revue du Monde Nouveau (Revista del Mundo Nuevo), la cual sólo tuvo tres números publicados en los meses de febrero, abril y mayo. En el primer número, Cros busca una combinación científica-poética; ésta aparece en uno de los artículos escritos por él en la sección de ciencias de la misma revista y que lleva por título “La alquimia moderna”: “cada metal pasa hoy día, con toda razón probablemente, por ser un átomo de tamaño y de figura completamente especiales. Cambiar este tamaño y esta figura parece una obra que sobrepasa los poderes del químico: los sueños de El Dorado han debido enfilar hacia otro costado sus baterías [sic]”.

La alquimia, tanto en la época de Cros como en el siglo XXI, es considerada una pseudociencia, ya que busca transmutar cualquier material en otro con diferentes características a partir de la idea aristotélica de que el mundo está conformado por cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua, teoría que ha sido desechada por no encontrarse evidencias que la comprueben. La química utiliza la teoría de que todo material que existe en el Universo está hecho de átomos; a partir de la cual, al igual que la alquimia, investiga cómo se transforman los materiales en otros con diferentes características.

La diferencia entre la alquimia y la química es su teoría de cómo está construido el Universo. La teoría atómica en el siglo XIX tuvo mucho éxito entre los químicos pues permitía explicar las reacciones químicas que se hacían en los laboratorios, de ahí el desuso de la alquimia.

Charles Cros sabía esta diferencia, pero como poeta eligió usar las semejanzas entre la alquimia y la química para darle un sentido poético a lo que escribía y trataba de mostrar al mundo, por medio de ese texto, el primer método para crear piedras preciosas falsas o, como se conocen en México, piedras de fantasía.

Los siguientes dos números de la Revue du Monde Nouveau, aparte de tener artículos científicos del estilo de “La alquimia moderna”, contó con la colaboración de Manet y Zolá, artistas muy importantes del siglo XIX. A pesar de ello, la revista no triunfó y Cros empezó entonces a tener problemas económicos.

Para empeorar la situación, el 11 de marzo de 1878 Edison presenta ante la Académie des Sciences (Academia de ciencias) el fonógrafo o, como se le conocía en esa época, una máquina parlante, con respecto a lo cual Charles escribe lo siguiente: “yo he descrito en una carta cerrada, dirigida a la Academia el 30 de abril de 1877, y abierta en sesión pública el 3 de diciembre siguiente, un aparato con el mismo objetivo y muy cercano a los medios del fonógrafo”.

Antes que Edison, Cros ya había concebido una idea para construir un aparato que grabara y reprodujera el sonido, pero sus carencias económicas no le permitieron construir esta máquina parlante que Edison llamó fonógrafo y que para él era paleófono.

A Charles no le quedó más remedio que felicitar a Edison y proponer mejoras al dispositivo: “M. Edison ha podido construir su aparato; él es el primero que ha reproducido la voz humana; ha hecho un trabajo admirable […] No tengo más por lo tanto que proponer las siguientes perfecciones […] Yo propongo más bien la grabación por trazas sinusoidales transversales (por medio de una palanca angulada) y el grabado de estos trazos sobre una sustancia resistente. Este es el procedimiento que yo pienso emplear, si encuentro los medios”.

Ya en ese tiempo, cuando empezaba a ser olvidado, decidió refugiarse en el ajenjo, y su obra poética se convirtió en lo que él llamaría sus “horas verdes”: “Como mecido en una hamaca / El pensamiento oscila y se arremolina / En esta hora en la que todo estómago / En una oleada de ajenjo se ahoga”.

Deja a su amante Nina de Villard y sostiene una relación con Sidonie, a quien le dedica uno de sus poemas en Le coffret de santal. Tiempo después se casa con Mary Hjardemaal, con quien tuvo dos hijos: René Cros y Guy Charles Cros. Este último recopilaría los poemas inéditos de su padre en una obra póstuma: Le collier de griffes (El collar de garras).

Tiempo después se divorció y dio inicio una tórrida relación con Solange de Ladevignère, quien murió joven. En sus alucinaciones provocadas por el ajenjo, Solange se le aparece frecuentemente; por ello, sus últimos poemas están dedicados a ella en la segunda edición de Le coffret de santal.

El único gusto recibido durante esa época de las horas verdes, así llamadas por Cros a causa del consumo del licor de ajenjo que provocaba sus alucinaciones, fue el premio Juglar que le otorgó la Académie des Sciences, y que consistía en un reconocimiento monetario de doscientos francos, el cual le fue otorgado gracias a la influencia de uno de sus amigos y no por sus inventos. El premio en la actualidad ya no existe, en realidad Cros fue el único que lo recibió.

“Nadie seguirá mi rastro ...”

El poeta Alphonse Allais, amigo de Cros, escribe lo siguiente: “nuestro pobre amigo Charles Cros se murió. Lo conocí bien, me agrado mucho y, aunque conociéndolo enfermo y débil durante mucho tiempo, yo me he azorado dolorosamente por su muerte tan abrupta […] Charles Cros era un ser milagrosamente dotado desde todos los puntos de vista; poeta extrañamente personal y encantador, verdaderamente desconcertante, genial científico, además de amigo fehaciente y bondadoso […] tenía las ideas científicas más inteligentes; inventó el fonógrafo, la fotografía a colores y el fotófono”.

No hay forma de clasificar a Cros, su obra poética de vanguardia y sus ideas sobre la ciencia, que no serían vistas con rigor hasta principios del siglo XX, lo colocan en dos mundos diferentes pero a la vez ligados: el arte y la ciencia. Por medio de su obra, Cros trató de mantenerlos siempre juntos, a pesar de que en su época ya empezaba a verse esa separación que se caracteriza por cómo definimos, en el siglo XXI, la ciencia y el arte.

A los ojos de Francia Cros es el inventor del paleófono (fonógrafo) y el creador de los monólogos. En 1947 se le honró con la fundación de la Academie Charles Cros, instituto que otorga premios a lo mejor de la música francesa y que también actúa como intermediario del gobierno y la industria discográfica.

Su vida llevada al límite, incomplaciente, con una obra científica desvalorizada, así como una notable personalidad de hombre de convicción artística y científica lo colocan en la historia, junto con los grandes poetas franceses del siglo XIX, como un científico maldito.

Referencias bibliográficas

Cros, Charles. 1869. Solution générale du problème de la photographie des couleurs. Gauthier-Villars, París.

_____. 1873a. Le Coffret de santal. Alphonse Lemerre, París.

_____.1873b. «Communication avec les habitants de Ve-
nus», en Séances de l’Académie des Sciences, vol. lxxvii.

_____.1874. Revue du Monde Nouveau: littéraire, artistique, scientifique, vol. 1, núm. 1. Librairie des bibliophiles,

París.

Forestier, Louis. 1969.  Charles Cros. L’homme et l’œuvre. Minard, París.

Juin, H. 2009. «Prólogo a Le Coffret de santal, de Charles Cros», en Biblioteca de México, núm. 109-110, pp. 40-49.

Vargas Llosa, Mario. 2002. “La moral de los cínicos”, en El lenguaje de la pasión. Punto de lectura, México

Copyright del artículo © Raúl Daniel Sánchez Fierro. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

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