Desconfiamos de los expertos cuando nos olvidamos de que son seres humanos

Desconfiamos de los expertos cuando nos olvidamos de que son seres humanos Imagen superior: 3dman_eu, CC.

En 2016, el político británico Michael Gove, conservador y partidario del Brexit, anunció que la gente en Inglaterra "está cansada de expertos de organizaciones cuyas siglas dicen que saben lo que es mejor, pero que lo hacen rematadamente mal".

En los Estados Unidos, Donald Trump es famoso por no creer a ningún experto que no esté de acuerdo con él. Nuestro último primer ministro, Tony Abbott también ha sido acusado de tener problemas de confianza.

La creciente desconfianza en los expertos está relacionada con los cambiantes climas sociales y políticos. Pero también se debe a malentendidos sobre lo que son los especialistas y lo que entrañan sus obligaciones con la sociedad.

En el fondo, las críticas de los expertos a menudo implican que estos obedecen a intereses, responden a motivos mercantiles o están tan ligados a su área que no pueden relacionarse con la realidad.

Para restaurar la confianza en ellos, debemos recordar que son, en primer lugar, seres humanos.

Cómo definen y juzgan a los expertos sus detractores

Es casi seguro suponer que los políticos manejan una definición  relativamente simple de "experto". Por ejemplo: "un experto es una persona con conocimiento especializado que comúnmente no es tenido en cuenta, o que no puede ser comprendido por un profano".

Cuando personas como Trump hacen afirmaciones sobre el papel correcto y adecuado de los especialistas en las conversaciones públicas, parecen manejar de forma tácita una lista de infracciones que los expertos nunca deben cometer.

Expresando valores u opiniones

Estos detractores afirman que cuando hablas como un experto, las cosas que dices en público no deben estar contaminadas por tus valores y opiniones. En esencia, uno debe ser un transmisor pasivo de informaciones o hechos.

El profesor Roger Pielke, de la Universidad de Colorado, muestra un sutil desdén por los especialistas que se sitúan en ese plano. Se advierte cuando critica al "abogado defensorde las materias que requieren cautela", un rol "caracterizado por el experto que busca ocultar su postura tras la fachada de la ciencia, ya sea científico o mediador de la ciencia ".

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Imagen superior: Greendragon-Gecko, CC.

Desviándose del buen camino

Los críticos de los expertos creen que, en el momento en que uno parece desviarse de su papel como presentador neutral de los hechos (por ejemplo, al brindar consejos como asesor de políticas públicas), deja de ser un experto y/o no se puede confiar en él.

Un ejemplo típico es el de Myron Ebell cuando era jefe del equipo de transición en la Agencia de Protección Ambiental de Donald Trump. Dijo lo siguiente: "cada vez que escuche a un experto ambiental, piense que es un ecoimperialista urbano".

Cometiendo errores

Quienes censuran a los expertos afirman que, si caes en una incorrección, dejas de serlo y/o pierdes la confianza. Myron Ebell se refirió a los especialistas como "el expertariado": "El pueblo americano ha rechazado al expertariado ‒dijo‒, y creo que con razón, porque en mi opinión los expertos se han equivocado una y otra vez en muchas cuestiones, incluida la política climática".

Todas estas críticas olvidan una cosa: los expertos son seres humanos.

Sugerir que los beneficios de la experiencia se pueden entregar sin obtener un valor a cambio es un pensamiento ingenuo. Como todas las personas, los expertos están influenciados por la política y por los prejuicios, por las emociones y por las creencias. Son agentes activos y motivados que crean, procesan y comunican el conocimiento. Y desde luego, no son transmisores pasivos.

La realidad del experto

Para considerar el papel de estas figuras en los debates públicos, estoy recurriendo a mi propia área de especialización: la comunicación científica. Dentro de la línea que sigue este artículo, señalaré mi experiencia de casi 20 años de investigación, práctica y enseñanza universitarias, así como papel como consultor en Australia y en todo el mundo.

En mi ámbito de trabajo, las claves a la hora de debatir en torno a los expertos y la confianza están siempre relacionadas con la ciencia (aunque no siempre basadas en ella), y salen a relucir en disputas sobre cuestiones socialmente polémicas. El cambio climático, la aceptación de alimentos transgénicos y la vacunación infantil obligatoria son tres ejemplos clásicos que, de forma regular, hacen que dichas claves afloren en público.

Por supuesto, en casos como los citados, el papel de la experiencia no es sencillo. Para empezar, lo que constituye un conocimiento especializado y pertinente también es materia de debate.

Los aspectos científicos de los desacuerdos sobre el cambio climático, la modificación genética o la vacunación suelen ir acompañados de argumentos basados ​​en preocupaciones sociales, políticas, económicas y religiosas. Y está bien que así sea, dado que estos no son problemas unidimensionales. No se trata simplemente de "obtener experiencia", sino también de determinar qué experiencia es relevante y para quién.

En un mundo ideal, las afirmaciones de expertos basadas en la evidencia resisten los desafíos basados ​​en ella, y se modifican allí donde encontramos deficiencias. De hecho, las mejores ideas surgen a través del debate abierto, sincero y sistemático de ideas entre especialistas.

Claramente, el lugar del experto en las conversaciones públicas depende de muchos factores: las metas de dicha conversación; el conocimiento, intereses y posiciones de las partes involucradas; y, lo que es más importante, las personas que podrían estar "escuchando".

Es más: también debería depender de lo que los expertos mismos quieran lograr. Al igual que cualquier otra persona, el especialista tiene sus propias razones, incluso cuando pone de manifiesto su nivel. Tradicionalmente, su motivación para participar en conversaciones públicas proviene de su deseo de informar, guiar, aconsejar o advertir a partir de ese conocimiento. Pero igualmente, y a menudo de forma simultánea, podrían verse impulsados ​​a participar porque quieren involucrarse, inspirar o entretener. Ellos mismos también esperan aprender de su participación en dicho diálogo. O tal vez solo quieran ser relevantes (y no hay nada de malo en ello).

Entonces, ¿cuál es el lugar de los expertos en las conversaciones públicas?

Evaluar las acciones de los expertos usando criterios que minimizan, e incluso ignoran, el hecho de que son personas hace que sea más fácil reconvenirlos, desechando su experiencia porque se atreven a tener opiniones, a cometer errores o a tomar partido.

Tom Nichols, profesor de la Marina estadounidense, afirma que vivimosen "una reinterpretación maníaca de la 'democracia' en la que todos deben expresar su opinión, y nadie debe ser 'menospreciado'".

Este es un terreno donde, en los extremos, las posiciones presentadas por expertos se consideran sospechosas porque precisamente provienen de expertos.

Vivimos en un mundo donde los hechos y la lógica se consideran maleables, y donde los grupos de interés más poderosos e influyentes arrojan dudas sobre la noción de experiencia. Ese es el punto en el que el experto en conversaciones públicas puede ayudarnos a cambiar el rumbo.

A mi modo de ver, los expertos deben esforzarse en recalcar su humanidad, subrayando su posición como parte de la sociedad: como personas que tienen intereses y opiniones, pero que también poseen experiencia. No obstante, cómo decidan hacer esto depende de ellos.

Copyright © Rod Lamberts. Artículo publicado originalmente por The Conversation. Lea aquí el artículo original.

Rod Lamberts

Rod Lamberts es subdirector del Australian National Centre for Public Awareness of Science (CPAS) en la Universidad Nacional de Australia (ANU), recientemente afiliado al Alan Alda Centre for Communicating Science en la Universidad de Stony Brook. Ha sido asesor en cuestiones relacionadas con la consultoría y evaluación de la comunicación científica durante casi veinte años en organizaciones como la UNESCO, CSIRO y la ANU.

Los artículos de Rod Lamberts se publican en TheCult.es por cortesía de The Conversation.

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