Crítica: "Isla de perros" (Wes Anderson, 2018)

Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

Sin duda, Isla de perros facilita ese análisis comparativo, y por otro lado, llega con la garantía de que los seguidores de Anderson no saldrán defraudados. La personalidad del director aflora en cada plano y en cada diálogo. La cosa podría complicarse si tenemos en cuenta que es un film de animación stop-motion, pero lo cierto es que nos encontramos ante una obra homogénea, con todos esos detalles que identifican el cine de este realizador.

Como en otros de sus films, aquí se reúne un reparto estelar de voces, con figuras como Bryan Cranston, Edward Norton, Bill Murray, Jeff Goldblum, Ken WatanabeFrances McDormand, Harvey Keitel, Liev Schreiber, Scarlett Johansson y Tilda Swinton.

El envoltorio musical de Alexandre Desplat contribuye a redondear la apariciencia singular de esta fábula, incluyendo, además, citas de films clásicos (por ejemplo, fragmentos de la inmortal banda sonora de Prokofiev para El teniente Kijé, o de la partitura que compuso Fumio Hayasaka para Los siete samuráis, de Akira Kurosawa). Otra de las bazas del film es su cuidada fotografía, obra de Tristan Oliver.

Isla de Perros1

La premisa puede parecer arriesgada: una distopía ambientada en un Japón alternativo, y protagonizada por esos perros que, culpados de una epidemia, son desterrados a una isla que más bien parece un vertedero. Un escenario sucio y desolador que, por cierto, nos recuerda otro film de Kurosawa, Dodes'ka-den (1970).

Anderson maneja con habilidad el humor, la melancolía, la excentricidad, la ciencia-ficción orwelliana y los guiños al cine japonés (pensemos en la serie B de Seijun Suzuki o en la imagen icónica de Toshiro Mifune). Obviamente, la sofisticación de esas referencias no afecta al disfrute de la película, que mantiene un ritmo sostenido y que, una vez más, confirma la radical originalidad de este cineasta.

En todo caso, por encima de lo andersoniano de esta producción, su mayor mérito reside en la enorme calidad de las miniaturas stop-motion, animadas con auténtico virtuosismo. En una época en la que el predominio digital es absoluto, esta artesanía nos ofrece toda una fiesta visual. Es algo que debemos agradecer al equipo de marionetistas, encabezado por el gran Andy Gent, quien ya trabajó en otra cinta de Anderson, Fantastic Mr. Fox.

Sinopsis

Isla de perros cuenta la historia de un niño de doce años, Atari Kobayashi, pupilo del corrupto alcalde Kobayashi. Cuando, por orden ejecutiva, todas las mascotas caninas de la ciudad de Megasaki son desterradas a la Isla Basura, Atari cruzará el río que los separa a bordo de su aeronave turbo hélice junior, emprendiendo la búsqueda en solitario de su perro guardián, Spots. Una vez allí, con la ayuda de sus nuevos amigos caninos, comenzará una odisea épica que decidirá el futuro y el destino de la mismísima Prefectura.

Isla de perros, el noveno largometraje y segunda cinta de animación stop-motion del guionista y director Wes Anderson, es una gran aventura ambientada en Japón dentro de veinte años cuyo telón de fondo es una crisis canina y la histeria colectiva hacia los perros. Aquí, en un lejano vertedero conocido como Isla Basura, una jauría de perros diferentes se une para sobrevivir y juntos hacen un descubrimiento insólito: un pequeño piloto que cambiará el rumbo de sus vidas.

La travesía incluye mucho humor, acción y amistad. Pero, además, rendirá tributo a la magnitud y belleza del cine japonés, a la noble lealtad de los compañeros caninos, al heroísmo esperanzador de los seres pequeños y olvidados, abogará por el rechazo a la intolerancia, y, sobre todo, celebrará el inquebrantable vínculo entre un niño y su perro que ha dado lugar a tantas historias y aventuras.

Todo comenzó con una mezcla poco probable pero potente de fascinaciones compartidas por Anderson y sus colaboradores en el desarrollo del argumento: Roman Coppola, Jason Schwartzman y Kunichi Nomura: los perros, el futuro, la vida secreta de la basura, las aventuras infantiles y las películas japonesas. Estas últimas fueron esenciales. De hecho, Isla de perros le debe tanto al legado del cineasta Akira Kurosawa como a la historia de la animación stop-motion. Dice Anderson: “Kurosawa y su coguionista trabajaron juntos para formar las ideas iniciales de sus cintas –y a continuación se las contaban a un tercer miembro del equipo a quien denominaban “la torre de control”. Este tercero les decía lo que estaba bien y lo que estaba mal, básicamente criticaba su trabajo. Y así daban forma a sus guiones. Es algo muy común en el cine italiano, que los escritores trabajen en equipo”. La historia inventada evolucionó desde aquella chispa soñada a la espectacularmente detallada creación de la ciudad de Megasaki, la geografía de Isla Basura y el reparto de dispares y deliciosos personajes, tanto perros como personas.  

“Queríamos hacer algo medio futurista, y se nos ocurrió la idea de una película en torno a los perros. Siempre me han llamado la atención los perros que viven entre los vertederos, la construcción de un mundo a partir de perros abandonados como telón de fondo”, dice Anderson. “El contexto japonés se debe a que queríamos hacer algo realizado con su cine. Quiero decir, que todos amamos Japón, y queríamos hacer algo realmente inspirado por las películas japonesas, por lo que acabamos mezclando la peli de perros con el elemento japonés”.

La historia, con sus canes parlanchines, féminas fatales peludas, un niño aviador, una intrépida periodista escolar, virus mutantes, una isla mítica y un grave error humano desenmarañado paso a paso, se fue desarrollado con el paso del tiempo y un sinfín de tazas de té. Roman Coppola describe la dinámica poco estructurada del proceso creativo: “Hay coloquio, debate, y cuando algo parece encajar, Wes lo anota en su cuaderno. Jason dice algo que da lugar a una idea, o a un diálogo, y después, a veces, asumimos los papeles de los personajes. Esto lo hicimos mucho en Darjeeling porque había tres personajes principales y éramos tres. Esto da paso a una larga gestación en la que recabamos información, y luego iniciamos la fase en la que comenzamos a escribir el guion. Y al tratarse de una cinta de animación, la historia realmente se sigue redactando durante la producción”.  

A Anderson le gusta que la escritura se abra a nuevas ideas. Asegura: “Siempre está haciendo cambios y una vez llegamos al final empezamos a reescribir”.

Añade Schwartzman: “La creación, los cambios, y los replanteamientos son continuos. Pero mantenemos las ideas que estaban presentes desde el principio y que tienen algo de verdaderas”.

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El guion que emergió es, de alguna forma un análogo del clásico del forastero (el pequeño piloto) que llega a un entorno nuevo (la Isla Basura), y es una metáfora de la atemporal historia de perdedores luchando contra opresores cegados. Pero la magia de todo ello se desprende de los detalles, desde el encanto y la textura particulares de cada perro, pasando por la arquitectura abarrotada pero artística de Isla Basura, sin olvidar la idea de que un niño en busca de su fiel mascota pueda desencadenar una serie de acontecimientos que cambiarán el mundo.

Con una ambientación japonesa semi ficticia, la construcción basada en personajes que parecen salidos de las páginas de un comic, y temas relacionados como son la naturaleza, el heroísmo, la tecnología, el rescate y el honor, parecía inevitable que la cinta se hiciera eco de la cultura popular japonesa así como incluir guiños a algunos de los grandes realizadores del país nipón como son Yasujiro Ozu, Kurosawa o Seijun Suzuki, sin olvidar las cintas de monstruos de los años 50 y 60, con sus culminantes desastres. “A nuestro modo de ver las referencias abarcan todo un abanico de realizadores japoneses, a la vez que celebran la cultura japonesa, pero sin duda la mayor influencia cinematográfica se debe a Kurosawa”, explica Anderson.

Resulta difícil cuantificar el impacto del cine de Kurosawa por la hermosa evolución de una obra que comprende géneros diferentes desde el cine negro, al samurái, pasando por Shakespeare, y el melodrama. Pero en el caso de Isla de perros, Anderson se centró en el cine contemporáneo y urbano de Kurosawa (en su época), a saber: El ángel ebrio (1948), El perro rabioso (1949), El infierno del odio (1963) y Los canallas duermen en paz (1960). Cada una de estas películas cargadas de adrenalina transcurren en las cloacas del crimen y la corrupción. Cada una trasciende el lado oscuro de la sociedad moderna gracias a la honestidad y humanidad de sus personajes. Y en todas y cada una de ellas figura el legendario Toshiro Mifune, cuyo expresivo rostro inspira la estética del alcalde Kobayashi.

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Otra fuente de inspiración surgió del siglo XIX, de dos maestros del período Edo, Hiroshige y Hokusai, en concreto sus obras grabadas en madera en las que resaltan el color y las líneas, cuya influencia artística marcó a los impresionistas europeos. Sus obras ukyio-e (traducido es algo así como “fotos del mundo flotante”) expresan momentos placenteros pasajeros o bien se centran en paisajes naturales, viajes exóticos, la flora y la fauna, las geishas y los actores kabuki. Para preparar la película, Anderson recopiló una variada colección de imágenes de grabados de madera y los artistas gráficos se inspiraron en las amplias colecciones del museo Victoria and Albert en Londres. Y así, por ósmosis, el estilo folclórico japonés empezó a surgir con el pulso táctil y hecho a mano de la animación stop-motion.

A pesar de todas las influencias japonesas y otras que cursan con alegría por la cinta, el mundo que crea la película es decididamente diferente. Según la diseñadora gráfica de la película, Erica Dorn, que creció en Japón, todo está cohesionado de una forma única: “El mundo de Isla de perros es una especie de realidad alternativa. Se parece a Japón, se siente como Japón, pero es una versión más soñada, más Wes Anderson. Eso es lo bonito de ambientar la cinta en una ciudad inventada, en una época inventada: te brinda cierta licencia artística. La mezcla de lo nuevo y lo antiguo es muy común en Japón. Hay secuencias muy minimalistas y wabi-sabi; pero luego pasas a la ciudad, muy maximalista e intensa. Te recuerda a Japón, pero filtrado a través de la perspectiva de Wes”.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Indian Paintbrush, American Empirical Pictures, Fox Searchlight Pictures, 20th Century Fox España. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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