Saber hacer

Saber hacer Imagen superior: Sterling Hayden y Gloria Grahame en "La última coartada" ("Naked Alibi", 1954).

Hubo un tiempo, digamos a mitad del siglo pasado, en que los espectadores infantiles íbamos a los cines de barrio con un código estricto de géneros. Las películas eran de tiros, de época, de aventuras, de santos, de romanos, de risas y de llorar.

Tal vez se me escape alguna categoría y, desde luego, quedaban fuera los filmes para grandes, que mostraban cosas y gentes inconvenientes para los chicos. Traigo a colación el asunto porque he visto Las estrellas de cine no mueren en Liverpool (Film Stars Don't Die in Liverpool, 2017), de Paul McGuigan, y no pude menos que considerarla una película de llorar.

No lo digo como menosprecio. Por el contrario, el filme me parece admirable y he notado que a mis compañeros de platea los tuvo tan concentrados como a mí. Lo del llanto viene por el efecto que ciertas historias, contadas con este nivel de calidad, exceden la anécdota que estamos viendo y provocan reminiscencias de nuestras propias biografías. Una vieja gloria del cine americano, decadente y enferma de cáncer, se enamora de un joven actor al cual también enamora hasta que pasa sus últimos días en la casa de familia del muchacho. En fin, que a cualquiera le ha tocado en su juventud ver agonizar y morir a un ser querido de mayor edad, de manera que el llanto vuelve a pedir permiso.

Así planteado, podemos pensar en el melodrama. Tampoco lo traigo a cuento como desprecio. Se suele adjetivar de melodramática una historia, digamos, de bajo coste artístico. Suele darse y también la contraria, es decir la exaltación estética de un juego dramático llevado al extremo y jugado con exquisito sentido de la medida. Y es lo que nos pasa con Annette Bening y Jamie Bell, los actores de esta película.

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Imagen superior: "Las estrellas de cine no mueren en Liverpool".

La matización con que marcan el paso del tiempo, la intimidad de sus palabras y sus cuerpos, la llegada ineluctable de la muerte, la fascinación amorosa a larga y corta distancia, todo está hecho con primeros planos de íntimos matices, en una suerte de examen exigentísimo al arte de la actuación. La prueba culmina cuando ella (Gloria Grahame en la “vida real”) y él (Peter Turner en ídem), ya muy tocada por su mal, es llevada por él a un viejo teatrillo de Liverpool para recitar, sentados, la escena del beso de Romeo y Julieta. Ella sabe su parte de memoria pues siempre quiso y no pudo ser Julieta. Él lee a Romeo. La superposición de historias es imponente y se consigue con ambos personajes sentados que apenas pueden moverse.

Está claro, dirá el lector, si el libretista es Shakespeare el favor está servido. Lo acepto y voy más lejos. Esta película es excelente, ante todo, porque se basa en un libreto y su texto es de una eficacia magistral. Todo está graduado, las situaciones están motivadas, los actores pueden instalarse en ellas y desarrollarlas con total funcionalismo. Más aún ¿no se ha hecho el gran cine siempre partiendo de un sólido guión? ¿No ven estas películas tan bien “escritas” los torpes guionistas que a menudo nos aquejan en el cine actual?

Esta historia de amor se conecta –por eso lo de Romeo y Julieta– con lo irregular, a veces francamente ilegal, del amor en la tradición de la literatura y en el cine. Ella es una cincuentona que se lía con un veinteañero, a sabiendas de que si el caso es a la inversa, un maduro con una muchacha, resulta plausible, en tanto lo suyo es reprobable. El chico lleva a la mujer a su casa familiar y la familia la admite como una más. Para matizar, ambos son bisexuales y se lo informan mutuamente.

En algún instante, vemos pantallazos de alguna película con Gloria Grahame y un documental sobre un Oscar recibido por ella. Se plantea el problema del biopic. Corrijo: el falso problema del biopic. Ciertamente, el guión se basa en las memorias de Turner pero se puede tranquilamente prescindir de ellas y de cualquier otra documentación para seguir la historia que narra McGuigan. Los diálogos del filme no son históricos, son inventos de los guionistas en función de la trama. Se puede ver y admitir la película aun ignorando que Grahame y Turner han existido realmente. La validez de la ficción es su única realidad. Bueno, también son reales las lágrimas vertidas en la oscuridad del cine.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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