La persistencia de la memoria

La persistencia de la memoria Imagen superior: Aplysia californica (Genny Anderson, CC).

Uno de los misterios más fascinantes de las neurociencias –un campo de por sí muy atractivo– es el funcionamiento de la memoria. ¿Cómo se almacenan los recuerdos, cómo se recuperan cuando los necesitamos, por qué los perdemos, por qué los falseamos? 

Una de las hipótesis más obvias para explicar cómo el cerebro puede archivar los recuerdos –si descartamos la hipótesis sobrenatural, en la que es el alma, una entidad espiritual, la que recuerda (con lo que sale sobrando tratar de explicar cómo funciona el proceso)– es pensar que la memoria es algo parecido al disco duro de una computadora, donde los datos se almacenan mediante algún tipo de proceso físico o químico. 

En los años 80, cuando estudiaba yo la carrera de químico farmacobiólogo en la universidad, mi profesora de bioquímica nos mencionó experimentos en que, utilizando planarias –un tipo de gusano plano– como organismo modelo, se había descubierto que ciertas moléculas de la familia de los ácidos nucleicos, en particular los ácidos ribonucleicos o ARNs –que son centrales en el proceso de fabricación de las proteínas que forman la mayor parte de las estructuras y realizan la mayoría de las funciones de las células– podían transmitir recuerdos. Se entrenaba a las planarias a nadar para resolver un laberinto, se les extraía el ARN, se le inyectaba a planarias no entrenadas, y éstas lograban resolver el laberinto más rápidamente que sus congéneres que no habían recibido la inyección. 

Ya desde entonces, la idea sonaba demasiado simplista: pensar que los recuerdos son simples moléculas era de un reduccionismo difícil de aceptar. Pero, como los ARN participan en la fabricación de proteínas, también podría ser que ayudaran precisamente a construir, de alguna manera, proteínas que almacenarían los recuerdos en forma física. 

En las décadas que han pasado, la hipótesis más aceptada es distinta: se piensa que los recuerdos –técnicamente, la memoria de largo plazo– no están almacenados directamente en alguna estructura (neuronas, moléculas), sino que más bien se hallan codificadas en la intrincada red de conexiones entre las neuronas, y en la diferente intensidad de pueden tener dichas conexiones. (También se ha descubierto que los recuerdos no están simplemente “almacenados”, sino que son fluidos, y de algún modo se reconstruyen cada vez que los recuperamos. Pero ese es otro tema.) 

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Imagen superior: Aplysia dactylomela (Scott A-P Muzlie, CC).

Aun así, sigue habiendo quien sostiene la idea de que debe haber un sustrato físico concreto, un “correlato material” para la memoria (algunos especialistas lo llaman engrama, pero como la palabra ha sido secuestrada por los charlatanes de la “cienciología” para referirse a algo completamente distinto, yo prefiero evitarla). Al mismo tiempo, se ha ido descubriendo que los ARNs participan en muchas más funciones de lo que se pensaba, como regular la expresión de los genes. 

El 14 de mayo de 2018 apareció la noticia de que un equipo de investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles, encabezado por David L. Glanzman, logró lo que parecería ser transmitir el aprendizaje entre babosas marinas del género Aplysia por medio, nuevamente, de inyecciones de ARN. Sus resultados se publicaron en la revista especializada eNeuro

Estas babosas, que son muy usadas en estudios de neurociencia, poseen un órgano llamado sifón, que pueden extender o retraer. Si se las toca, lo retraen en un reflejo de protección. Glanzman y su equipo entrenaron babosas, mediante pequeños toques eléctricos, a retraer su sifón por más tiempo de lo normal. 

Luego extrajeron su ARN y lo inyectaron en otras babosas que no habían sido entrenadas, y hallaron que éstas reproducían el comportamiento aprendido. 

¿Transmisión de recuerdos vía ARN? No es muy probable. Aunque los investigadores exploraron posibles maneras en las que el ARN podría comunicar el comportamiento aprendido –incluyendo la metilación del ADN, un conocido mecanismo de regulación genética–, otros expertos piensan que los resultados del laboratorio de Glanzman han sido muy exagerados. 

En realidad, lo que se observa es simplemente que la inyección de ARN propicia que un reflejo natural se presente de forma más prolongada. Lo que podría estar ocurriendo es que se aumenta la sensibilidad del organismo a los estímulos en general… o muchas otras cosas. 

Pero de ahí a concluir que los recuerdos están almacenados en estas moléculas, y que pueden transmitirse mediante inyecciones, hay mucho trecho. Y mucho más para poder afirmar, como se ha hizo de manera desmedida en algunos medios, que esta investigación podría algún día ayudar a recuperar recuerdos perdidos, como ocurre con la demencia o el mal de Alzheimer, o a borrar los que causan malestar, como en el trastorno por estrés postraumático.

Copyright del artículo © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en "La Ciencia por Gusto" y reproducido en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

 

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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