Frankenstein y la biología

Frankenstein y la biología Imagen superior: Maraisea, Pixabay, CC.

En 1816, la escritora inglesa Mary Shelley escribió la novela Frankenstein o el moderno Prometeo. Aunque popularmente se cree que trata sobre un monstruo, su verdadero tema es la ambición humana, que insiste en penetrar los misterios de la naturaleza, con resultados nefastos.

Se trata de una reelaboración del mito griego de Prometeo, el titán que creó a los humanos a partir de barro, y robó a los dioses el fuego para entregarlo a sus criaturas. En ambos relatos la sed de conocimiento es vista como algo peligroso, nocivo. Una visión francamente anticientífica.

Pero Frankenstein parte, además, de una idea biológicamente incorrecta. Como todas las buenas novelas de ciencia ficción —género del que es precursora—, retoma los avances recientes de la ciencia de su época. Shelley se basó en los trabajos del italiano Luigi Galvani, que en 1791 había demostrado la naturaleza eléctrica de los impulsos nerviosos.

En la novela, el monstruo creado a partir de cadáveres es animado a partir de la energía eléctrica de los rayos. Shelley retoma así, en forma modernizada, una de las ideas más antiguas del pensamiento biológico: el animismo, la creencia de que hay una “energía vital” que da vida a los organismos.

La idea es natural, y antiquísima. Después de todo, la única diferencia entre un cadáver y un ser vivo parecería ser ese “soplo vital” que se escapa en el último suspiro. Las religiones la equiparan al alma, una entidad espiritual. Shelley, y muchos después de ella, consideraban que podría ser algún tipo de energía natural, como la electricidad, la que cumpliera este papel.

¿Es así? Hoy sabemos que no. Siglos de investigación médica y biológica han llevado a descartar por completo el animismo, y a reconocer que la diferencia entre organismos vivos e inanimados no es algo tan sencillo como la presencia o ausencia de una vis viva, como también se le ha llamado. ¿Entonces?

Lo que hoy sabemos es que los seres vivos son sistemas enormemente complejos. Y estamos empezando a comprender que como producto de las intrincadas interacciones entre sus componentes materiales —átomos, moléculas, células, tejidos, órganos— surgen fenómenos emergentes: efectos que sólo aparecen en el sistema total, y no se pueden predecir a partir de sus partes.

La vida, así como la mente y la conciencia, parecen ser fenómenos emergentes de este tipo. Fenómenos complejos, pero totalmente naturales, y en principio explicables, comprensibles.

Hoy, aunque la visión de Frankenstein ha quedado totalmente descartada desde el punto de vista de la biología, la novela sigue siendo, sin duda, una obra maestra que vale la pena disfrutar.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en The.Cult.es (Thesauro Cultural) con licencia CC. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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