Más allá del fracaso escolar

Más allá del fracaso escolar Imagen superior: Engin Akyurt, Pixabay, CC.

Por mucho que se empeñen unos partidos y otros en utilizar las cifras de fracaso escolar como arma arrojadiza, estas permanecen estables desde los años setenta. Un treinta por ciento de estudiantes no consigue titular y, por ello, abandona el sistema tempranamente o sigue vías que lo dejan en punto muerto.

Ese casi tercio es un auténtico problema para lo que viene después: la búsqueda de empleo y la inserción laboral. Ninguna de las leyes educativas posteriores a la LGE (Ley General de Educación, 1970) ha mejorado estos datos y, por lo tanto, ha incidido en sus consecuencias: el paro juvenil, el desarraigo de los jóvenes, la dependencia de las familias hasta una edad superior a la que suele normal para independizarse en otros países de nuestro entorno. Pero además de esto ‒cuyas causas son complejas y sus soluciones pasan desde luego por una ley de nuevo cuño que ponga el acento en las verdaderas necesidades educativas de los estudiantes, sin sesgos ideológicos y con la participación de verdaderos expertos‒, hay otra cuestión que no solemos abordar y que genera, por lo menos, tanta frustración como desconfianza. Se refiere a la planificación de la carrera, al diseño de los estudios posteriores y a la búsqueda de empleo.

Para empezar, la orientación educativa es un factor esencial y en cada etapa tiene sus prioridades: la detección temprana de dificultades en infantil; la aplicación de medidas específicas en primaria; la oferta educativa adaptada a las características del estudiante en secundaria y la orientación académica-profesional en bachillerato.

Los estudiantes escogen carrera un poco dejándose llevar por la tradición de la familia, por lo que les cuentan sus amigos y por el deslumbramiento u odio que tal o cual materia le produce. En esto influyen mucho los buenos y los malos profesores. Todo esto conduce a no pocos errores a la hora de encontrarse con una carrera que le venga bien a sus capacidades y deseos. No es fácil saber lo que uno quiere en estos momentos.

Hay otro error de base que consiste en dejarse ir los primeros años de la carrera disfrutando de la vida universitaria tan distinta en cuanto a libertad del bachillerato. Ser libre debería indicar ser responsable y también ser autónomo. Pero parece que un porcentaje importante de estudiantes no tienen clara la ecuación. De ahí los bandazos que se dan en esos primeros cursos y las notas bajas de las que luego se lamentan.

Perder el tiempo, se llama eso. No hay, en la vida universitaria, una guía efectiva que conozca a cada estudiante y le conduzca por la senda de una formación inicial adecuada y necesaria y luego a una vida profesional acorde a lo que puede aportar él mismo y la sociedad necesita.

Después del grado viene el máster y en ese momento la elección se va estrechando tanto que precisa cada vez más que el estudiante sea ya dueño de sus decisiones y se conozca bien, tanto lo que puede hacer como lo que quiere hacer. La reflexión no es una moneda que brille con frecuencia, antes al contrario, las decisiones se toman con poco criterio y menos realidad.

Desde que el estudiante accede al máster ya está abocado a una determinada carrera profesional pero todavía, aunque puede parecer mentira, no conoce el mercado ni conoce a las empresas ni conoce las salidas. Esta parte sigue siendo algo que el estudiante debe improvisar de forma autodidacta, ayudado por su familia cuando esto es posible o preguntando en internet y a los amigos.

La formación inicial de los estudiantes no tiene prevista que se conozca tanto las herramientas y habilidades de sus estudios como las formas de lograr que se traduzcan en un trabajo concreto.

La distancia entre empresa y universidad es abismal. Lo mismo puede decirse de los empleos públicos, desconocidos para la mayoría de los masterandos. Ello acentúa las diferencias entre los estudiantes concienciados, voluntariosos, autónomos y responsables, con familias implicadas e ilustradas, y el resto. De ahí las élites estudiantiles. De ahí la sensación de fracaso que produce tener un título del que no sabe uno sacar el partido adecuado. Es una carrera de fondo, que debe empezar desde que se escolariza al estudiante por primera vez y que debe llevar al éxito personal y profesional, entendidos como el logro de un puesto en la sociedad desde el que pueda aportarse el talento y las destrezas aprendidas.

Urge cambiar el sistema educativo para que el estudio de las diversas materias deje de ser el centro de atención. No solo porque se convierten en islas sin conexión alguna entre ellas, sin puentes, sino porque se dejan atrás las habilidades necesarias para el siglo XXI, de manera que cuando el estudiante sale al mercado laboral está esclavo de conceptos obsoletos y de técnicas antiguas y falto de habilidades nuevas, desconocidas para él y que lo dejan en una situación de precariedad intelectual que va a exigirle un sobreesfuerzo.

El cultivo de las virtudes personales, de los talentos propios, así como el conocimiento de que el desarrollo de la responsabilidad, el hábito de trabajo, la lectura autónoma y la búsqueda de respuestas a los problemas, han de ser pivotes sobre los que gire la nueva educación, son los elementos básicos para esta nueva forma de educar y aprender que urge tener en cuenta sin debates sesgados ni partidismos. Simplemente porque la sociedad lo demanda y los estudiantes lo necesitan.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 34) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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