Glenn Gould: retrato del genio

El canadiense Glenn Gould (1932-1982) es uno de los mayores pianistas del siglo XX y este es un juicio que me atrevo a adjetivar de unánime aún entre quienes cuestionan tal o cual velocidad, tal o cual alternancia de fraseo en tal o cual de sus interpretaciones. No es exagerado considerarlo un genio, en el estricto sentido de creador de géneros, de ser un ejecutor de la música que la toca como si nadie antes lo hubiera hecho.

Estos extremos vuelven difícil de aferrar la figura de Gould. Más todavía si se lo percibe sólo en su imagen pública: extravagante, atérmico, sentado ante el piano en una banquetita a la cual ha serruchado las patas, ensimismado, misántropo, con una vida privada diz que misteriosa, capaz de mezclar en un mismo programa a Beethoven con Petula Clark o Janis Joplin.

Toda esta escenografía es dejada de lado por Carmelo Di Gennaro en su libro sobre el tema, recientemente traducido del italiano por Amelia Pérez de Villar: Glenn Gould. La imaginación al piano (Fórcola, Madrid, 163 páginas). Su tarea es la obra gouldiana: Glenn como lector de música, crítico musical y hasta doctrinario de la interpretación. Hay que señalar que Gould, con su fama de fóbico a los semejantes fue, en contra de ella, director de festivales, conferencista de charlas combinadas con conciertos, series de radio y televisión dirigidas a las masas y en cuya realización colaboró con equipos de técnicos. Es decir que fue un artista sociable a pesar de su genialidad o a su favor, como si el mero hecho de sentarse a tocar el piano fuera fatalmente un mensaje al otro, un acto de sociabilidad.

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Muchos son los aspectos del canadiense que estudia Di Gennaro, en especial la microscópica tarea de interpretar a Bach y a Beethoven y ¿por qué no? la prácticamente total ausencia de románticos en sus programas. Ahora señalo uno que retrata a Gould en pocos trazos. Es la opción entre la interpretación en vivo o en estudio. Gould acabó optando por esta última.

La dualidad es clásica. Hay quienes defienden las tomas en vivo porque son la realidad real del intérprete y, en consecuencia, la única realidad de la música, que sólo es musical cuando suena y siempre que suena lo hace para que alguien la escuche.

Todo esto es muy razonable pero asimismo lo es la elección opuesta, la hecha por Gould quien, a determinada altura de su carrera, dejó de tocar en público. No para ir contra el público sino, al contrario, para optimizar su relación con él. En efecto, el pianista decía que ante una masa de escuchantes, el artista se vuelve, en distintas proporciones según cada cual, un histrión, alguien que gesticula y que sabe que lo están mirando a la vez que escuchando. Además, la variedad de acústicas de las salas determina calidades divergentes de sonido que el ejecutante no puede controlar. Entonces: prefirió el estudio, donde cabe corregir un defecto o un olvido, incluso mezclar distintas tomas para alcanzar el mejor nivel de calidad. Es así como se puede lograr la objetividad en la labor del artista, que es lo más preferible a la hora de entregarla a los demás.

Gould pertenece a esa raza de animales humanos dotados de genio y así aunque rehúyen el divismo se vuelven divos a fuerza de contar con una incomparable personalidad, aunque rechacen el virtuosismo se vuelven virtuosos a fuerza de dominar con señorío las partituras más endemoniadas, y a pesar de mostrarse huraños y misantrópicos, se pasan la vida buscándonos fraternalmente a los demás para compartir lo mejor de ellos mismos.

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Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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