La hostilidad a la ciencia

La hostilidad a la ciencia Imagen superior: Geralt, Pixabay, CC.

En el mismo año que se había publicado el ensayo sobre la relación entre la ciencia moderna y el protestantismo glosado en la anotación previa, Merton (1938) publicó una conferencia que había pronunciado en diciembre del año anterior ante la American Sociological Society. En la conferencia se refirió a los ataques que había recibido la ciencia en los años anteriores y expuso una serie de ideas acerca de los motivos por los que, a su entender, se estaban produciendo esos ataques. Sintetizo a continuación los puntos más significativos de su trabajo.

Parte de la base de que hace falta que haya personas interesadas en dedicarse a la investigación científica para que haya ciencia. Pero como eso es algo que requiere una serie de condiciones culturales, es importante conocer qué es lo que motiva que se inicie una carrera científica y cuáles son los factores que la pueden obstaculizar o impedir.

Por otro lado, cree que la hostilidad hacia la ciencia tiene un origen doble. El primero sería que los resultados o métodos de la ciencia sean contrarios a determinados valores sociales. O sea, si hay ciertos valores que son mayoritariamente compartidos en la sociedad y la ciencia se percibe como contraria a esos valores, ello sería una fuente de hostilidad. Y el segundo descansa en la sensación de incompatibilidad entre los sentimientos que encarna el ethos científico y los que se encuentran en otras instituciones. De la misma forma, también puede ocurrir lo contrario; por esa razón, la posición de la ciencia puede ser analizada como la resultante de dos conjuntos de factores en conflicto, que apoyan o son contrarios a la ciencia como actividad social a gran escala.

Merton (1938) pone como ejemplo la situación que se produjo en la Alemania nazi a partir de 1933, donde las trabas a la ciencia fueron un subproducto de la ideología nacionalsocialista (1). Además, en las instituciones –universidades incluidas– de la Alemania del III Reich había un tono general antiintelectual, por su desprecio del teórico y su glorificación del hombre de acción. Y ese tono, no exclusivo de Alemania además, podía tener consecuencias de largo alcance.

Por otra parte, en los estados totalitarios se exige máxima lealtad al propio Estado, lo que implica, en el caso de los científicos, tener que renunciar a las normas institucionales que entran en conflicto con las de aquél. Las normas del ethos científico deben ser sacrificadas, en tanto exigen repudiar los criterios de validez científica o mérito científico impuestos políticamente. En un orden liberal, sin embargo, la limitación de la ciencia no se produce de esa forma, ya que las instituciones que no son políticas gozan de una considerable autonomía.

Pero la situación que se produjo en Alemania no es la única que pudo dar lugar a actitudes de hostilidad hacia la ciencia. Merton (1938) señala que a menudo los científicos defienden el carácter “puro” de la ciencia, y lo hacen al objeto de preservar su autonomía de elementos extraños como las doctrinas religiosas, la utilidad económica, o la conveniencia política. Por lo tanto, se defiende la pureza de la ciencia para evitar que se limiten las direcciones de su potencial avance y amenacen la estabilidad y continuidad de la investigación científica valorada socialmente. El criterio tecnológico del logro científico también tiene una función social para la ciencia, pues los bienes y productos que ofrece la tecnología –y, en última instancia, también la ciencia– promueven el apoyo social a la misma. La razón es clara: el público difícilmente está en condiciones de comprender el trabajo científico y sus resultados, por lo que la gente no puede evaluarlos directamente; lo que sí puede hacer, sin embargo, es valorar los productos que genera. Esa es, en definitiva, una forma de hacer intelectualmente comprensible una práctica que, de otra forma, sería inaccesible.

Pero ocurre que el énfasis en su pureza ha tenido también efectos negativos para la ciencia. Como consecuencia de esa actitud los científicos, al no poder controlar su posterior desarrollo, se desentienden y no se hacen responsables de los usos posteriores que pueda hacerse de sus descubrimientos. Y si esos usos tecnológicos generan rechazo en la población, el rechazo alcanzará finalmente también a la empresa científica en su conjunto.

Los motivos pueden ser muy variados, desde la oposición a los usos bélicos hasta el efecto de la tecnología sobre el medio ambiente o el mercado de trabajo. Pero el caso es que sean cuales sean esos motivos o lo justificados que estén, la oposición a la ciencia es su consecuencia.

Así pues, la preocupación por el objetivo primario –la promoción del conocimiento por su valor intrínseco, preservando su pureza– está asociada a una desatención hacia las consecuencias que están al margen del interés inmediato, pero sus resultados pueden provocar una reacción tal que pueden obstaculizarse las metas originales. Por lo tanto, los efectos de la investigación científica, dado que no se realiza en un vacío social, se ramifican en otras esferas de valores e intereses. En expresión de Merton “el principio de la ciencia pura y desinteresada ha contribuido a elaborar su propio epitafio”.

Otro mecanismo potencialmente generador de hostilidad hacia la ciencia, según Merton (1938), es la enorme distancia que hay entre los científicos y los legos en cuanto al grado de comprensión de los asuntos de naturaleza científica. Hay toda una panoplia de conceptos –los que son propios de la Teoría de la Relatividad o de la Mecánica Cuántica, por ejemplo– que resultan completamente ajenos a la experiencia cotidiana de la gente. Es cierto que en la medida en que esos conceptos científicos estén vinculados a la consecución de determinados logros tecnológicos, el público está dispuesto a darlos por buenos. Pero esa distancia implica que para la mayor parte de la gente la ciencia está unida a una terminología esotérica. Y una vez que se dan por buenos conceptos expresados mediante esa terminología, otras ideas que carecen realmente de sentido o de fundamentación científica pueden encontrar una cierta aceptación si se expresan mediante una terminología más sencilla o de similar nivel esotérico, sobre todo si están más cerca de la experiencia cotidiana o de los prejuicios culturales. Por esa razón, el avance científico facilita que la población se adhiera a un nuevo misticismo si va envuelto en una jerga aparentemente científica. De ese modo, la autoridad que la ciencia otorga a sus logros puede acabar al servicio de la doctrinas no científicas si son capaces de apropiarse de su prestigio.

Y por último, un tercer mecanismo susceptible de alimentar actitudes anticientíficas tiene su origen en otro rasgo de la ciencia, como es el constituir sistema de escepticismo organizado que, en muchas ocasiones, se convierte en iconoclastia. El escepticismo organizado cuestiona de manera latente ciertas bases de la rutina establecida, la autoridad, los procedimientos establecidos y lo sagrado en general. Aunque indagar acerca de la génesis de creencias y valores no significa que se niegue su validez, lo cierto es que es así como se interpreta en muchas ocasiones. De esa forma, la ciencia entra en conflicto psicológico –no necesariamente lógico– con otras actitudes y formas de aprehender la realidad. Ese fenómeno explicaría la oposición a lo que se interpreta como intrusión de la ciencia en otras esferas, ya sean de orden político, económico, religioso o de cualquier otra naturaleza. En otras palabras, el escepticismo es considerado como una amenaza al status quo y frente a esa amenaza se produce una reacción de hostilidad.

Hasta aquí la síntesis de la tesis mertoniana sobre la hostilidad a la ciencia. De la cosecha del autor de esta anotación: repare el lector en que prácticamente todos los aspectos de esta cuestión –que fue tratada hace ochenta años–, están plenamente vigentes en la actualidad, aunque la hostilidad a la ciencia proceda hoy de entornos (quizás) diferentes.

Fuente

Merton, Robert K (1938): “Science and the Social Order” Philosophy of Science 5 (3): 321–337. [Traducción al español como “La ciencia y el orden social” en el volumen II de “La Sociología de la Ciencia” Alianza Editorial 1977, traducción de The Sociology of Science – Theoretical and Empirical Investigations, 1973]

Nota:

(1) Por ejemplo, todas las personas que no cumplían los criterios raciales de ascendencia aria fueron expulsadas de universidades e institutos; fueron muchos los científicos que no los cumplían.

Copyright © Juan Ignacio Pérez. Publicado previamente en el blog de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País VascoCuaderno de Cultura Científica está bajo una licencia CC.

Juan Ignacio Pérez

Juan Ignacio Pérez es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Escribe sobre biología animal en Zoo Logik (en español) y en Uhandreak (en vasco). Colabora en #con_ciencia (diario Deia) y Next (Vozpópuli). Asimismo, forma parte del Consejo Científico y Tecnológico de la FECYT.

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