"Hijos de los hombres" ("The Children of Men", 1992), de P.D. James

Aquellos familiarizados con el género del misterio conocerán sin duda a la escritora británica P.D. James (abreviatura de su verdadero nombre, Philip Dorothy James). Su serie de catorce novelas protagonizadas por el detective de la policía y poeta Adam Dalgliesh se encuentra entre las principales de la literatura policiaca moderna. Pero también ha escrito libros independientes de cualquier serie, como es el caso del que ahora me ocupa, una interesante aproximación a la novela distópica en su vertiente relacionada con la población.

Uno de los fantasmas más comúnmente convocados por los profetas del apocalipsis es la idea de que los países con mayores tasas de natalidad serán los que gobiernen el mundo en un futuro próximo. Las naciones occidentales, por ejemplo, apenas crecen por encima del mero nivel de reemplazo de las viejas generaciones, lo que significa que en un futuro ya muy cercano contarán con una gran población anciana que deberá ser sostenida por un número cada vez menor de jóvenes y adultos en edad de trabajar. Es algo que, de hecho, ya ocurre en naciones como Japón y que constituye un auténtico problema para los gobiernos a muchos niveles, desde el económico hasta el social. Además de un fenómeno social –la gente no está tan interesada en tener hijos como en vivir confortablemente-, hay científicos que avisan de un descenso alarmante en el índice de fertilidad de los varones occidentales, quizá como consecuencia del elevado nivel de hormonas presentes en los alimentos que comemos. Precisamente fue una noticia de este tipo la que inspiró a P.D. James para escribir Hijos de los hombres.

Es curioso –y alarmante- que su novela acabara a su vez sirviendo de referencia para algunos defensores de los escenarios más apocalípticos de estas nuevas dinámicas poblacionales, como Mark Steyn, autor canadiense del bestseller America Alone (2006). Él y otros ensayistas más o menos radicales anuncian que el infértil Occidente será devorado por un mundo musulmán que no tiene reparos a la hora de engendrar hijos en abundancia.

Hijos de los hombres es una novela que lleva ese escenario de infertilidad a sus últimas consecuencias, invirtiendo esa pesadilla de la segunda mitad de los sesenta y los setenta del pasado siglo que fue “La Bomba de Población” y que también halló reflejo entonces en varias obras importantes de ciencia-ficción, como Hagan sitio, hagan sitio (Harry Harrison, 1966) o Todos sobre Zanzíbar (John Brunner, 1968).

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En el año 1995, acontece lo que se ha dado en llamar Omega: de una forma súbita e inexplicable, todo el esperma humano, incluido el congelado en los bancos de almacenamiento, ha quedado estéril. La Humanidad, por tanto, se encuentra abocada a la extinción cuando muera la última generación, la nacida en ese año. Sin esperanzas de futuro, la sociedad mundial se sume en la desesperación. La británica en concreto –que es en la que se centra la novela- registra graves disfunciones y altercados hasta que un dictador al que se da el título honorífico de “El Custodio”, consigue restablecer el orden a costa de restringir las libertades: los test de fertilidad son obligatorios, se autoriza y fomenta la eutanasia y se ha reservado la Isla de Man como prisión y lugar de olvido para los criminales y disidentes.

La acción del libro comienza en 2021. La inmensa mayoría de la población, habiendo asumido que no van a hacer nuevos niños y que la especie está condenada a extinguirse, acepta la represión sin demasiadas quejas. Ya no hay jóvenes y la civilización se viene abajo. El suicidio y la desesperanza están muy extendidos pero en general la actitud es la de una resignación fatalista. La gente trata de sustituir a los niños con mascotas y muñecas. Por el contrario, los Omegas, aquellos pertenecientes a la última generación nacida en los noventa, se abandonan a una vida de frenesí salvaje, cometiendo crímenes por los que nadie se atreve a castigarles.

Un maduro profesor de historia victoriana en Oxford, Theodore Faron, pasa su tiempo sumido en la apatía y la reflexión vacía. Un día se reencuentra con Julian, una joven e inteligente mujer que había sido su alumna en un seminario y que ahora le ruega que concierte una entrevista con su primo, el poderoso Custodio de Inglaterra, y le entregue una lista de peticiones en nombre de los ciudadanos. Theo fue tiempo atrás consejero del Custodio y miembro del círculo interno del gobierno, pero cuando ya no puedo soportar más los abusos de poder se marchó. Aunque de mala gana, Theo está lo suficientemente intrigado como para acceder, pero su audiencia con su primo no da ningún resultado. Pasa el tiempo y Julian y su pequeño grupo de revolucionarios aficionados, los Cinco Peces, le devuelven a Theo su deseo por vivir. Sólo más adelante averiguará que quizá sean ellos los que estén en posesión de la llave para la supervivencia humana.

P.D. James declaró que Hijos de los hombres fue un libro traumático de escribir. Y es que, ciertamente, es una narración deprimente que no solamente introduce muchísimos temas difíciles de digerir sino que se impregna profundamente de un aura de depresión ante el inexorable final. En los meses durante los que transcurre la acción, se va produciendo una palpable decadencia: los pueblos se abandonan a favor de las ciudades más grandes, puesto que cada vez resulta más difícil mantener el nivel de servicios básicos y la atención que requiere una población progresivamente más envejecida y dependiente; las iglesias se vacían y las religiones tradicionales se fragmentan desconcertadas al no poder dar una respuesta a la situación; surgen otras fes que tratan de aprovecharse del nuevo estado anímico social; especialmente inquietantes son los “Átropos”, suicidios colectivos, supervisados e incluso alentados por un gobierno dispuesto a librarse de los elementos más deprimidos.

Es una humanidad desesperada por conservar briznas de la normalidad que una vez conoció: pasea muñecas en carritos para niños o bautiza a sus gatos recién nacidos. La falta de niños significa no sólo la ausencia de futuro de la especie, sino la desaparición de todo el legado cultural, científico y humanístico, todos los logros técnicos, todos los pensamientos, las obras de arte y libros… nada de eso tiene ya sentido porque no servirá para inspirar y deleitar a generaciones venideras. Esa sensación de pérdida es una constante en la novela. Vivir ya no tiene una proyección hacia el mañana. Hijos de los hombres es, en este sentido, un canto melancólico al deseo y capacidad del ser humano para trascender su propio tiempo, un canto que se compone resaltando la pérdida de aquello que a menudo se olvida al darlo por sentado, al considerarlo automático, cotidiano y eterno.

Los amantes de la ciencia ficción dura encontrarán poco de su gusto aquí. Estamos ante una novela que explora las consecuencias psicológicas, tanto a nivel social como individual, de una premisa inicial, en este caso la desaparición global de la fertilidad, sin entrar a fondo en sus causas ni en las posibles soluciones biomédicas. La idea central tiene un gran potencial pero la capacidad de la autora para dar forma a ese mundo del futuro es limitada. Sus historias detectivescas siempre transcurren en una pequeña comunidad, a menudo aislada del mundo exterior. En cambio, la premisa de Hijos de los hombres exige una escala mucho mayor, incluso global, que James no es capaz de visualizar.

Con todo, la autora plantea cuestiones muy interesantes en esta novela apocalíptica al estilo británico, esto es, plena de melancolía y lento deslizar hacia el olvido. ¿Qué ocurriría en las ciudades? ¿Habría revueltas? ¿Decidirían los ancianos acabar con sus propias vidas? ¿Instauraría el gobierno la eutanasia? ¿Jugarían algún papel las religiones? ¿Qué estatus tendrían los Omegas, los más jóvenes de esa sociedad moribunda? ¿Qué medidas pondría en marcha el gobierno para mantener el orden y los servicios mínimos? ¿Qué ocurriría con las tasas de criminalidad?

Una de las consecuencias más verosímiles sería, como ya he apuntado, el abandono de las poblaciones más pequeñas con el fin de conservar recursos. No estoy tan seguro en cambio de que los gobiernos cayeran en la resignación sin hacer antes serios esfuerzos en el plano tecnológico y que los ciudadanos aceptaran sin protestar unas leyes dictatoriales. Igualmente, dudo que el sexo, ausente ya su función procreadora, pasara a ser considerado como una experiencia carente de significado: “Nuestro interés por el sexo está en decadencia. El romanticismo y el amor idealizado han sustituido a la pura satisfacción carnal, a pesar de los esfuerzos del Custodio de Inglaterra por estimular nuestro magro deseo a través de porno shops” (…) “El sexo se ha convertido en uno de los placeres sensoriales menos importantes. Uno habría imaginado que una vez desaparecidos el miedo al embarazo, y el bagaje tan poco erótico de píldoras, condones y la aritmética de la ovulación, el sexo estaría libre para probar nuevos y originales encantos. Ha ocurrido lo contrario. Incluso aquellos hombres y mujeres que normalmente no habrían querido tener hijos, parecen sentir la necesidad de saber que podrían tener un hijo si lo desearan. El sexo totalmente separado de la procreación se ha convertido casi en una acrobacia sin sentido”. Esta hipótesis es, probablemente, fruto de la mentalidad cristiana y conservadora de P.D. James, algo sobre lo que volveré más adelante.

Quizá siendo consciente de sus limitaciones a la hora de retratar lo que para el mundo entero en su inmensa diversidad significaría la pérdida de la fertilidad, James opta por estrechar el foco de su historia sobre un solo personaje, un académico de Oxford, divorciado y sin hijos, que gusta de vivir solo –o de ello quiere convencerse-. Asimismo, subvierte ese cliché distópico del héroe curtido en desigual lucha contra un poderoso dictador difícil de alcanzar. Theo y su primo, Xan Lyppiatt, el Custodio de Inglaterra, pasaron muchos veranos juntos y ambos recuerdan aquellos tiempos de infancia como tiempos utópicos

Theo es un personaje bien delineado que reúne algunas características comunes con el célebre detective Adam Dalgliesh, también creado, como dije, por P.D. James: un individuo de exquisita educación clásica y humanista, introspectivo, con un pasado familiar algo truculento, solitario, algo frío, ateo y descreído que se ha adaptado a la situación, algunas veces por elección y otras por necesidad. Dicha adaptación ha pasado por abrazar una filosofía de vida hedonista que rechaza tanto la compañía ajena como los sentimientos. Al comienzo de la historia, a Theo no le importa nada. Su apatía degenerada en egoísmo destruyó primero su matrimonio –ya debilitado por una tragedia- y su propia felicidad personal. Conforme la trama avanza, su coraza se rompe y empiezan a importarle las cosas merced su contacto con las vidas de unos personajes, los disidentes de los Cinco Peces, que a diferencia de él, viven lo que les queda de existencia con pasión y dignidad, lo que pasa por defender con todo el fervor posible su autoimpuesta misión de cambiar el gobierno.

La evolución personal de Theo en la segunda parte del libro lo transforma en un personaje más dinámico y agradable para el lector, menos inclinado a la autocompasión y dispuesto a pelear por una causa. Es a través de ella –y tras contemplar un Átropos o suicidio colectivo, ceremonia que le impresiona hondamente- que Theo emprende el viaje hacia la recuperación de la humanidad –la suya propia y, con ella, la de toda la especie-, una transición que se apoya en la propia visión que P.D. James tenía del amor, a saber, que éste, en sus diferentes formas, rara vez es ostentoso o glamouroso sino que se revela a través de pequeños actos de cariño y generosidad.

El personaje de Xan, el Custodio de Inglaterra, es más difuso. A veces aparece como una víctima de la situación mundial tras el Omega; otras veces, por el contrario, actúa como un tirano sediento de poder. En cualquier caso, no es retratado como un monstruo rotundamente malvado, sino alguien profundamente egocéntrico y con complejos mesiánicos como consecuencia de una infancia difícil e infeliz y que trata de remodelar la sociedad según su visión de lo que es mejor para los ciudadanos ingleses en una situación terminal.

Para cuando escribió esta novela P.D. James tenía nada menos que 72 años y su temperamento conservador y cristiano se hace evidente en la atención que le presta a la religión en esta novela. Ella misma declaró: “Cuando empecé Hijos de los hombres, no tenía intención de hacer un libro cristiano. Quería desarrollar la idea que tenía en mente: ¿Qué le sucedería a la sociedad ante el final de la especie humana? Al terminar, me di cuenta de que había escrito una fábula cristiana”.

En ese futuro, la religión se halla en sus horas más bajas, quizá de toda la historia del hombre: “Al promediar la década de los 90, las iglesias reconocidas, particularmente la Iglesia Anglicana, cambiaron la teología del pecado y la redención por una doctrina menos inflexible: una responsabilidad social colectiva combinada con un humanismo romántico. El cambio se popularizó inmediatamente. Incluso para los no creyentes como yo, la cruz, estigma del barbarismo de la oficialidad y de la crueldad ineluctable del hombre, nunca había resultado un símbolo agradable”.

La novela está repleta de alusiones religiosas, comenzando por el propio título, extraído de un salmo habitualmente citado en los funerales; los revolucionarios adoptan el símbolo de los antiguos cristianos, el pez; Theo, en griego, significa “Dios”; el nacimiento del nuevo niño tiene lugar en una especie de pesebre y los miembros del Consejo entran a verle como si de los Reyes Magos se tratara; Theo, como San José, no es el padre de la criatura; y ésta cumple el papel de Mesías, heraldo de una nueva era y salvador de la especie humana… De hecho, resulta chocante la cantidad de sitios web cristianos que la analizan y diseccionan desde ese punto de vista, lo cual me parece un error. En primer lugar, porque está claro que la obra es tanto un relato de ciencia ficción distópica como una crítica a determinadas tendencias de nuestra sociedad contemporánea. Y en segundo lugar, porque no hay una clara intención moralizante clara. Los personajes son complejos y viven traumatizados, y la autora no da respuestas incontestables a las grandes cuestiones que el libro plantea.

Además de la religión, el libro ofrece interesantes y muy actuales reflexiones acerca del poder y el gobierno:

“Protección, bienestar y placer —dijo Luke amablemente—. Debería haber algo más.

—Es lo que a la gente le importa, es eso lo que quieren. ¿Qué otra cosa debería ofrecerles el Consejo?

—Compasión, justicia y amor.

—Jamás un Estado se preocupó por el amor, y no existirá nunca un Estado que pueda hacerlo.

—Pero podría preocuparse por la justicia —dijo Julian.

—Justicia, compasión, amor. —Rolf estaba impaciente.—Son puras palabras. De lo que estamos hablando es del poder. El Custodio es un dictador disfrazado de líder democrático. Debería obligárselo a hacerse responsable de la voluntad de la gente.

-¡Ah, la voluntad de la gente! —dijo Theo—. Suena bien la frase. Hoy en día, la voluntad de la gente parece ser la protección, el bienestar y el placer”

Comentarios igualmente corrosivos son los que la autora reserva para la lucha contra el crimen. En este futuro distópico, los criminales, disidentes o cualquiera que se aparte de la norma social, son enviados a la Isla de Man, que se ha convertido en una colonia penal sin supervisión y donde rige la anarquía y un hiperdarwinismo escalofriante. “La gente está cansada de los delitos y de los delincuentes. Hoy en día no están preparados para vivir con miedo. Tú naciste en 1971, ¿no? Seguramente recuerdas los 90: las mujeres con miedo de caminar por las calles de la ciudad donde vivían, el aumento de los delitos violentos y de las violaciones, los ancianos encerrados en sus apartamentos —algunos eran incinerados sin poder escapar—, la paz de las ciudades amenazada por los hooligans, los chicos tan peligrosos como los mayores, la falta de seguridad de todas las propiedades que no estaban protegidas por alarmas y rejas caras. En nuestras prisiones hemos probado de todo para curar esos actos delictivos, todo tipo de tratamientos — llamémoslos así—, todo tipo de regímenes. La crueldad y la severidad no funcionaron pero tampoco el buen trato y la indulgencia. A partir de Omega la gente nos ha dicho: “Ya es suficiente”. Nadie ha encontrado la respuesta, ni los sacerdotes, ni los psiquiatras, ni los psicólogos, ni los criminólogos. Lo que nosotros garantizamos es liberarlos del miedo, de las privaciones y del aburrimiento. Ninguna de las otras liberaciones tiene sentido si no se ha logrado deshacerse del miedo.

“El viejo sistema tenía sus beneficios sin embargo, ¿no? (…) La policía ganaba bien. Y la clase media sacaba muy buenos provechos: vigilantes de presos con libertad condicional, asistentes sociales, magistrados, jueces, funcionarios de los tribunales; toda una pequeña industria muy rentable que dependía del delincuente. A los de tu profesión, Felicia, les iba muy bien: a través de sus exclusivas habilidades legales declaraban culpable a la gente y les daban a sus colegas la satisfacción de modificar el veredicto por medio de una apelación. Hoy en día no podemos permitirnos la indulgencia de estimular a los delincuentes, ni siquiera para asegurar un buen nivel de vida para los liberales de clase media”.

Son razonamientos que no nos resultan ajenos y que apuntan a un futuro próximo. Lo mismo ocurre con la inmigración. En la Inglaterra del libro ésta se ha restringido enormemente, tanto por el miedo a los que son diferentes como al de que los recién llegados superen en número a los nativos. Se reciben los inmigrantes necesarios para que hagan los trabajos más desagradables, se les trata como ciudadanos de segunda clase y cuando dejan de ser útiles se les deporta. Todo esto es una relación de patologías sociales que sofocan la humanidad de las sociedades y cuyos primeros indicios ya pueden detectarse en Europa o Estados Unidos.

La novela tiene dos partes bien diferenciadas. La primera de ellas, Omega, transcurre entre los meses de enero a marzo de 2021 y está centrada sobre todo en la construcción de la atmósfera de desesperanza en la que vive la sociedad británica. P.D. James invierte muchas páginas en describir el marco general y los sentimientos de Theo, alternando pasajes en formato epistolar en primera persona que reproducen el diario del protagonista, con una narración en tercera persona. Esa dualidad no parece tener mucho sentido dado que el punto de vista siempre está restringido al de Theo, siempre se sigue la misma linealidad y el diario, al fin y al cabo, no tiene demasiada importancia puesto que tras una última entrada al principio de la segunda parte, desaparece sin más de la novela.

El ritmo de la primera parte es lento, contemplativo y dominado por la melancolía. La segunda, titulada “Alpha”, es en cambio más dinámica y básicamente es un thriller de acción en el que, por fin, se atisba la esperanza. De hecho, una vez que el lector se entera de que Omega es como se conoce tanto al último año en que se produjeron alumbramientos como a la última generación nacida entonces, resulta fácil deducir que esta segunda mitad representa la esperanza en la forma del primer embarazo en un cuarto de siglo, un secreto que alimenta toda la trama en este segmento. (Atención: spoiler). Theo se une al grupo de disidentes y se entera de que Julian está embarazada de nueve meses. La atracción que siente por ella y el instinto de protección que despierta en él lo sacan de su apatía y lo convierten en un luchador dispuesto a dar su propia vida por la causa. Y es que todos los revolucionarios empiezan a morir en su huida de los agentes del gobierno que, enterados de la situación, los persiguen para quedarse con el bebé y convertirlo en una especie de rata de laboratorio a partir de la cual encontrar una cura para la infertilidad mundial. Al final, Theo y Julian se quedan solos y la conclusión, aunque aparentemente feliz, es bastante ambigua ya que nunca se llega a asegurar que ese recién nacido traerá consigo una nueva esperanza (Fin del spoiler).

Pues bien, el problema es que hay un desequilibro en cuanto a ritmo y tono entre la primera y la segunda parte. Es cierto que para poder solucionarlo sin perder la información ni la atmósfera incluida en la primera mitad, habría sido necesario alargar la extensión de la obra, incorporando más subtramas, personajes y localizaciones, lo que a su vez habría planteado otros problemas narrativos. De todos modos, no hubiera sido éste el estilo propio de James. Por otra parte, el tratamiento de los personajes en esta segunda parte en la que verdaderamente se desarrolla el grueso de la trama, es cuando menos mediocre. El amor entre Theo y Julian está muy mal explicado, ni siquiera el diario de él, que al fin y al cabo está narrado en primera persona, lo justifica debidamente. El resto de los disidentes, además, carecen de profundidad. Rolf, se preocupa sobre todo por el poder y simboliza el revolucionario que oculta con su fervor sus auténticas y egoístas motivaciones; Miriam, Luke y Gascoigne son poco más que nombres, peones eventualmente sacrificados para que así Theo pueda destacar más en la historia.

Aunque Hijos de los hombres fue un bestseller por el simple hecho de llevar el nombre de P.D. James en la portada, parece que decepcionó bastante a los seguidores de la autora que lo compraron esperando otra novela de misterio y pasó desapercibido para quienes sí lo habrían apreciado, los aficionados a la ciencia ficción. Lo cual es una lástima porque aunque el libro no satisface todo su potencial dramático, sí resulta entretenido, atmosférico y, sobre todo, anima a la reflexión sobre una gran cantidad de temas importantes de gran actualidad: el secularismo, las bajas tasas de fertilidad, la xenofobia, los gobiernos intervencionistas, la eutanasia… y otros más generales pero siempre presentes en todas las sociedades: la apatía, el ejercicio del poder, la hipocresía, el egoísmo, la esperanza, la forma de afrontar el final individual y colectivo, el papel de la religión, el amor y, sobre todo, la vida y la muerte. A lo largo de toda la historia aparece el simbolismo del Alfa y el Omega, el principio y el final. Con el abrupto cese de nacimientos llega la muerte del futuro y el elemento más perturbador y al tiempo realista de la novela es esa sensación de desesperanza, de inutilidad de cualquier esfuerzo, que acompaña a esa infertilidad global y definitiva. En nuestras sociedades actuales, tecnificadas, hedonistas y consumistas, se ha perdido un sentimiento básico de muchas civilizaciones antiguas y algunas modernas pero no tan “desarrolladas”: que los hijos son el futuro y que sin los unos no existe el otro.

Cabe comentar por último que la adaptación que Alfonso Cuarón hizo para la gran pantalla en 2006 difiere radicalmente de la novela en varios puntos esenciales, empezando por el carácter del protagonista y la atmósfera general del futuro (mucho más brutales ambos) y terminando por el desenlace. Puede decirse que son dos obras muy diferentes que parten de una premisa común.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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