Austrialia en Australia: los descubrimientos ibéricos y la construcción de una historia nacional australiana (1874-1957)

Austrialia en Australia: los descubrimientos ibéricos y la construcción de una historia nacional australiana (1874-1957) Análisis de la figura de Pedro Fernández de Quirós y la imagen de España en la prensa y la historiografía británico-australiana y su relación con el proceso de construcción nacional. Publicado previamente en "Cuadernos de Historia Contemporánea".

Introducción

“I wish to speak especially of another and much more general discussion. It pervades the minds and speeches of all practical men of all parties; and it is a childish blunder built upon a single false metaphor. I refer to the universal modern talk about young nations and new nations”. (G. K. Chesterton, 1905) (3)

Entre algunas de las más destacadas obras de historiografía de las últimas décadas se encuentran aquellas que se han abocado a analizar los diferentes procesos de construcción nacional. El estudio de la nación ha tenido para la historia algo de reflexión epistemológica, pues en el mismo los historiadores son, a la par, objeto y sujeto de conocimiento, principales artífices del enredo ideológico de la nación, luego encargados de desvelar su intrincada naturaleza.

La nación, a su vez actor clave de la contemporaneidad y uno de los objetos de reflexión histórica por excelencia, ejerce al mismo tiempo –y sin haber perdido un ápice de su importancia, tanto efectiva como locutiva– como una de las principales plataformas de enunciación de la disciplina. Las conocidas obras al respecto de Gellner, Anderson o Hobsbawm desmitificaron e historiaron la nación no como algo preexistente, esencial o perenne, sino como algo parecido a un artefacto moderno, político y dirigido. Cómo intentar resolver la crucial relación entre su cualidad ideológica (historiográficamente falsaria) y la jurídico-política (históricamente positiva); cómo poder conciliar la nación en cuanto que artefacto, invención o construcción imaginaria, con su importancia y su difusión a lo largo de casi todo grupo humano, es decir, con su condición de realidad efectiva, quizás sea –a pesar todavía de la excelente literatura al respecto– una asignatura pendiente para los historiadores.

El siglo XIX fue la gran fábrica de los estados-nación que hoy configuran el mundo, a través de los cuales se comenzarían a articular también las diferentes historiografías. El uso y apropiación de diferentes pasados, la construcción e imposición de diferentes memorias, el papel decisivo de los historiadores en la configuración de un relato nacional capaz de desplazar memorias anteriores, fueron estrategias ineludibles para la creación de las nuevas comunidades políticas. Algunas de las naciones se declararían herederas de anteriores dinastías monárquicas, otras de folklores u organizaciones políticas ya desaparecidas que era preciso rescatar. Otras se asumieron como “naciones naturales”, echando mano de una lengua, de una cultura o incluso de una raza, tan particulares que justificaban por sí solas la formación de una comunidad política.

Pero ¿qué sucedió en aquellos territorios cuyos materiales para configurar una nación eran inexistentes, inapropiados o ajenos? ¿en aquellos lugares donde su exploración, colonización, construcción de Estado, articulación de un nacionalismo e invención de una nación, no se dilataron durante centurias, sino que se realizaron casi simultáneamente y en un periodo de tiempo extremadamente corto?

Poca atención se ha prestado en este sentido a las denominadas como “naciones sin pasado”, aquellas cuyos estados territoriales vieron la luz en un mundo ya configurado en ciudadanos y en estados-nación; y ello a pesar de que su estudio puede ser de especial utilidad para comprender, en principio despojado de sus mecanismos retroactivos, el esquivo artefacto de la nación (4). En este sentido, es habitual la referencia a naciones históricas, antiguas o canónicas, aquellas que son especialmente del gusto de las visiones esencialistas precisamente por considerarse producto de una dilatada historia. Ello implica la existencia de otro tipo de naciones, nuevas, acaso menos históricas, y en apariencia carentes de toda esencia cultural e histórica que las haga perennes, mucho más dadas precisamente a evidenciar lo que de constructo hay en la nación.

Aceptada dicha clasificación, ningún mejor exponente de este último grupo que Australia, la gran tierra austral, que aparecería a los ojos del mundo –tal como describió un temprano poeta australiano– como “la última cosa dragada del mar por el marinero tiempo en el espacio” (5). Su tardío descubrimiento, su controvertida exploración y poblamiento, su entrada en el marco occidental de la mano de una Gran Bretaña en plena expansión capitalista, el surgimiento de un creciente y fuerte nacionalismo que convertirá a las colonias en una federación más o menos independiente, su decisiva participación en las guerras mundiales y su progresivo alejamiento de la madre patria; todo ello, se da en un periodo de tiempo muy reducido: la creación ex novo e independencia de un Estado –y una nación– comprimidas en poco más de dos siglos.

La historia de Australia no sólo se tiene por corta, sino también por serena. Una conocida historia nacional llegaría a denominar Australia como el “continente tranquilo”, acaso refiriéndose a un sólido relato nacional sin apenas conflictos internos ni externos, sin antagonismos culturales o sociales aparentes (6). Una mirada más atenta, sin embargo, apreciará unas condiciones históricas que a menudo parecen caer en el exceso y en la contradicción: su tardía articulación contrasta con la celeridad de su desarrollo; su decidido carácter de “neo-Europa” con su lejanía geográfica frente a la metrópolis y al occidente al que pertenece; su condición de estado continental con sus tempranas y rígidas políticas migratorias; su avanzado desarrollo democrático con la eliminación de la población aborigen; su origen en cuanto que colonia presidiaria con su veloz metamorfosis a “una de las sociedades más respetuosas de la ley del planeta” (7). Son estas características las que pueden convertir a Australia, no sólo en un interesante caso para analizar los procesos de construcción nacional, sino también donde comprender algunas de las dialécticas más características de la modernidad: protestantismo y catolicismo, pueblos indígenas y colonización y, sobre todo, imperio y nación (8).

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Figura 1. Alegoría del descubrimiento de Australia por Quirós en su cuarto centenario, según un diario australiano. “El 1 de Mayo de 1606, De Quirós y De Torres [sic] descubrieron las Nuevas Hébridas, creyendo que se trataba de la Gran Tierra del Sur. De Torres [sic] descubrió Australia alrededor de septiembre de 1606. Es una gran pena que no se haya encontrado el gran y exhaustivo mapa de Don Diego de Prado, con todas las costas de Nueva Guinea desde el punto oriental de Triton Bay, hubiera revelado el día exacto en que De Torres [sic] divisó Australia”. “Australia embarks on her fourth century”, en Sydney Mail and New South Wales Advertiser, 13/10/1906, p. 27, National Library of Australia.

Efectivamente, en primer lugar, en el centro del proceso de construcción nacional australiano reside una contradicción que parece determinar su desarrollo. La adscripción de Australia a la formidable estructura imperial británica determinó la coexistencia más o menos polémica de dos lealtades: a la madre patria británica y a la nueva comunidad política recientemente creada. La historiografía australiana puede ser contemplada, de hecho, como un rápido transcurrir desde la total adscripción a una historia imperial supeditada a lo británico, hasta la articulación de una historia diferenciada primero, independiente después –y sólo cuando escapó a lo que se ha denominado como “la trampa de la especialización internacional”– del marco anglosajón (9). Una tensión, en definitiva, entre imperio y nación, “entre la imitación colonial y la experimentación nacional” (10), entre el elemento británico encarnado en el Capitán Cook (“el héroe prototípico del imperialismo europeo”), y el componente autóctono personificado en los colonos pioneros (squatters) primero; y, sólo muy recientemente y de manera parcial, en los olvidados aborígenes (11).

Si bien a principios de siglo XX se evocaba una armonía ideal entre nación e imperio, tal como lo expresaba un conspicuo historiador australiano, "Cada miembro de la familia declara su independencia; cada uno proclama su interdependencia. Aquí, en este cercenado mundo de exabrupto nacionalista, es un verdadero milagro político… La monarquía deviene en democracia, el Imperio en Commonwealth, la tradición de un espléndido pasado es llevada hacia delante hacia un aventurado futuro" (12).

A partir de mediados del siglo XX, sin embargo, la armonía se había tornado en disonancia, y Australia buscaba dejar atrás, en palabras de Manning Clark, un “pasado que irrevocablemente nos condena al rol de bárbaros culturales” (13). La otra gran característica del proceso de construcción nacional australiano es precisamente la aparente ausencia de base protonacional, en un país donde “la totalidad de sus características nacionales y criterios de nación se instauraron desde finales del siglo XVIII” –y aún mucho después– en base a criterios totalmente occidentales (14).

Paradójicamente, como se tratará de mostrar aquí, la supuesta carencia de bagaje histórico de Australia no evitó que se hicieran necesarios –siguiendo el dictum de Renan– grandes olvidos en la elaboración de un relato nacional británicoaustraliano. Olvidos que estuvieron encaminados a la articulación de un relato de nación aproblemático, que subsumiera la historia y a los diferentes grupos sociales y culturales en un mismo “compacto británico”. Una alquimia social e historiográfica que por igual invisibilizaba a los aborígenes, convertía a irlandeses o alemanes en británicos o, desde época muy temprana, blanqueó y reguló estrictamente la procedencia de los migrantes (15).

Los olvidos pertinentes en la articulación de un relato de nación australiano fueron principalmente tres. En primer lugar, el olvido de la población aborigen. Tanto de su pasado como de su presente. Considerada, desde las coordenadas del darwinismo social decimonónico, como una raza fatalmente condenada a la extinción, los aborígenes australianos –paradójicamente tenidos como una de las más antiguas culturas del mundo–fueron por lo general excluidos de la historia y la sociedad australianas.

El segundo olvido iría dirigido a obviar el carácter penitenciario de las primeras colonias australianas, en favor de un mito de origen relacionado con los valores británicos de progreso y prosperidad, simbolizados en el Capitán Cook, la ciencia, el oro y la lana.

El tercero, con diferencia el menos estudiado de los tres y objeto central del presente artículo, es el olvido referido a un pasado pre-británico, de descubrimientos y exploraciones que diferentes potencias –incluida la propia Inglaterra– realizaron previamente a la legendaria llegada del Capitán Cook: Gómez de Sequeira (1525), Torres y Quirós (1606); Janszoon (1606); Tasman (1642); Dampier (1688), entre muchos otros.

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Casi doscientos años de expediciones y exploraciones europeas fueron en mayor o menor medida silenciados, en favor de un incipiente imaginario nacional que contemplaba en la llegada de Cook a Botany Bay en 1770 su acto fundacional (16).

Dichos exploradores, claro está, no fueron desconocidos para ciertos estratos de la sociedad australiana, pero sí para el grueso de sus ciudadanos que, durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, estuvieron convencidos de que Cook fue el descubridor de Australia.

Un autor a principios del siglo XX afirmaba: “si preguntáramos quién descubrió Australia, no hay duda de que la mayor parte de la gente contestaría inmediatamente: ‘el Capitán Cook’. Así se ha enseñado en las escuelas desde hace muchos años y así es ahora tenido por cierto” (17). Otro se lamentaba que “en estos tiempos de erudición no exista un solo estudiante que haya abandonado la idea de que el Capitán Cook descubrió Australia” (18).

Mientras, por las mismas fechas un periódico londinense reconocía que “para el público general el misterio [del descubrimiento de Australia] queda resuelto con llegada del Capitán Cook a Botany Bay en 1769, una solución más compatible con nuestro orgullo nacional que con el conocimiento de los hechos” (19). En las primeras historias nacionales australianas no se afirmaba tal cosa, pero acaso se podía percibir cierta minusvaloración en la labor de los exploradores extranjeros. Es el caso, por ejemplo, del propio Ernest Scott, uno de los padres de la historiografía australiana, que justificaba el olvido histórico de la siguiente manera: “a menudo se ha escrito que Cook ‘descubrió Australia’, y no es nada infrecuente escuchar tal cosa hoy día, cuando tenemos posibilidades de un mejor conocimiento del tema. Literalmente, claro está, esto no es verdad; sin embargo, en un sentido más profundo, sí que lo es” (20).

El presente artículo pretende acercarse a la reveladora paradoja que supone un gran olvido en una “nación sin historia”, analizando el lugar que ocuparon en la historiografía y la prensa australianas estas primeras exploraciones europeas y, específicamente, las referentes a marinos portugueses y españoles. Los ‘descubrimientos tempranos’ –early discoveries, incluso pre-Cook discoveries, como son habitualmente denominados– suponen una peculiar tradición dentro de la historiografía de la Australasia británica.

Inscritos habitualmente en las historias nacionales a modo de breve prólogo, su interés reside en su capacidad de poner de relieve –en cuanto que elemento extraño– la construcción de una conciencia nacional que se buscaba al mismo tiempo distintiva, fácilmente aprehensible y puramente británica. Tales episodios fueron silenciados en parte por el nacionalismo británico-australiano, pero a la vez nunca dejaron de producir una innegable atracción en su condición de referencia hacia un pasado europeo mucho más remoto; debido quizás, tal como afirma el historiador neozelandés James Belich, a “cierto embarazo acerca de la pequeñez de su historia europea, y un deseo de ampliarla” (21).

Dichos episodios formaron también parte de un diálogo o enfrentamiento entre las historiografías de diferentes naciones (Gran Bretaña, España, Portugal, Holanda y Francia, principalmente) siempre ávidas de aderezar sus relatos con grandes descubrimientos. Pero además fueron utilizados por minorías dentro del propio Imperio Británico –irlandeses católicos, en nuestro caso– para desafiar, en cierta manera, el imaginario nacional a través de la construcción de un relato alternativo. Es por ello por lo que la reivindicación de un pasado no británico provocaría recurrentes y notables polémicas, tanto en el debate público como en el campo académico, desde los periódicos, las escuelas y los púlpitos, a la misma Royal Geographical Society de Londres.

Su estudio permite vislumbrar no sólo las diferentes etapas en la construcción de una historia propiamente australiana, sino los límites de su propio relato de nación, a la vez que refleja la imagen que de España se tuvo en el lejano continente austral, una imagen profundamente condicionada por el catolicismo y la importante comunidad católica que habitaba en el país.

El periodo aquí estudiado es orientativo y ha sido elegido en base a las más decisivas publicaciones realizadas acerca de nuestro campo particular que, a su vez y como suele ser normal, concuerdan con los grandes cambios políticos que darán forma al siglo XIX y el XX. 1874 es la fecha en que sucederá la primera publicación en inglés en Sidney de los memoriales de Pedro Fernández de Quirós, pero también de la recopilación realizada por Justo Zaragoza desde España, por lo que podemos establecerla como uno de los momentos inaugurales de dicha cuestión (22). Tal fecha coincide estrictamente con el inicio de lo que Eric J. Hobsbawm denominaría como “Era del Imperio”, referido principalmente al Imperio Británico, bajo cuya frenética estela comenzó Australia a desarrollarse como estado primero y como nación después.

El año de 1957, por otro lado, hace referencia al camino de no retorno que seguiría Australia en la posguerra mundial, dejando atrás el discurso supeditado al elemento británico. Un trayecto que se acepta acabado con la publicación del primer volumen de la historia de Australia de Manning Clark en 1962, pero que podría empezar, en nuestro objeto de estudio en particular, con la publicación del artículo ‘Terra Australis –Cognita?’ de Oskar Spate; en el que una Australia progresivamente independiente se manifestaba en el desafío que el geógrafo australiano lanzaba a la primera generación de historiadores nacionales (Ernest Scott, G. Arnold Wood…) y, por tanto, y en cierta manera, al discurso británico-imperial, bajo el cual Australia, por primera vez se había imaginado.

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1. La figura de Quirós en la historia de la geografía y en el relato nacional australiano

“…y de todas las tierras que dejo vistas y estoy viendo, y de toda esta parte del Sur hasta su Polo que desde ahora se ha de llamar la Austrialia del Espíritu Santo, con todos sus anejos y pertenecientes” (Pedro Fernández de Quirós) (23)

La inmediatez y nitidez del descubrimiento de América otorga un gran contraste con la confusión y la dilación en el descubrimiento de Australia. Son numerosos los factores que coadyuvaron a ello: la distancia, principalmente, que determinó un periodo de exploración que se prolongará por más de dos siglos y en el que se vieron envueltas hasta cinco potencias europeas; el secretismo y la dificultad a la hora de establecer la longitud; la insistencia en homologar anacrónicamente la Australia actual y la Terra Australis mítica; pero, sobre todo, la pugna historiográfica entre diferentes naciones por apuntarse el descubrimiento. Todo ello ha hecho del descubrimiento de Australia, el gran territorio de los Mares del Sur, una querella sin fin.

¿Fueron los marinos portugueses que inspiraron los misteriosos mapas de la Escuela de Dieppe? ¿Fueron Quirós o Torres, que tanto se acercaron y acaso vislumbraron la costa? ¿Jantszoon y los holandeses que desembarcaron y nombraron una Nueva Holanda? ¿O, por supuesto, los ingleses quienes, a través del Capitán Cook, desembarcaron para quedarse? ¿Qué decide, en definitiva, un descubrimiento? ¿Navegar, vislumbrar, cartografiar, desembarcar, o poblar?

Dentro de este temprano episodio de la historia australiana la labor de las exploraciones ibéricas fue central y pionera. Portugueses y españoles fueron los navegantes más avezados en enviar sus armadas, estableciendo las primeras rutas y cartografías. Y entre todos ellos, en la búsqueda del continente austral, ninguno destaca más que Pedro Fernández de Quirós.

Su historia es bien conocida; partió del virreinato del Perú en 1605 y tras muchas vicisitudes creyó haber hallado la Terra Australis al recalar en la más grande isla del archipiélago de las Nuevas Hébridas, actual Vanuatu. Denominó a tales tierras Austrialia del Espíritu Santo, en un ingenioso juego de palabras que hacía referencia, a la vez, a la gran tierra del sur de la geografía ptolemaica y a la dinastía de los Habsburgo.

Quirós se vio forzado a volver por donde había venido, pero su segundo de a bordo, Luis Váez de Torres, siguió por poniente. “Visitaron las costas de la Nueva Guinea –afirma Justo Zaragoza– y dieron el nombre de este marino al actual estrecho que la separa de la Australia, que también recorrieron” (24).

Quirós no ha pasado a la historia tanto por ser el descubridor de las Salomón, Tuvalu o las Nuevas Hébridas, sino como aquel que descubrió –o, mejor, aquel que ingenuamente creyó haber descubierto– la mítica Terra Australis (25).

Curiosamente dicha imagen antecedería en mucho al reconocimiento efectivo de la existencia de la Australia actual. La distopía austral, de gran carga crítica contra la Iglesia de Roma, Mundus Alter et Idem de Joseph Hall en 1605, ya apuntaba en tal sentido. Pero la más explícita y temprana de las referencias al viaje de Quirós es la sátira de 1621 de Richard Burton, Anatomía de la melancolía. En ella se percibe ya la mirada sardónica hacia un descubrimiento imaginado que los propios memoriales de Quirós habían ayudado a fijar, "…una gran tarea, como corregir los errores cronológicos de la monarquía asiria, averiguar la cuadratura del círculo, las ensenadas y los estuarios de los pasos del noreste y noroeste, y un descubrimiento tan bueno como el del hambriento español de la Terra Australis Incognita" (26).

La hazaña de Quirós y Torres, sin embargo, fue de gran importancia cartográfica y simbólica, otorgando primero una inspiración y luego un contraste para las expediciones inglesas en el Pacífico Sur. Su historia fue recopilada exhaustivamente por Alexander Dalrymple (“el primer persistente investigador” del piloto español (27) quien a su vez fue el principal valedor de la expedición británica a los Mares del Sur.

La Royal Society londinense otorgaría el mando al Capitán Cook cuyas órdenes (esta vez secretas) eran las mismas que guiaron a Quirós: la búsqueda del continente austral. Irónicamente, los motivos oficiales de carácter científico –observar el ‘tránsito de Venus’– ocultaban el más poético fin de perseguir un mito. Cook, por tanto y en cierta manera, completaría con éxito la misión que obsesionó a Quirós siglo y medio antes; estableciéndose entre ambos personajes una dialéctica –habitual en la historia de la ciencia y los descubrimientos– que en parte sería reflejo de la establecida entre la propia Inglaterra y España (28).

El enfrentamiento de un viajero renacentista en busca de ideal legendario a través de una inquebrantable fe (personificada en el piadoso Quirós y la católica España) frente al prosaico caballero inglés de humildes orígenes en busca de hechos geográficos a través de la ciencia (Cook y la Gran Bretaña protestante). Un contraste que, como veremos, no estará exento de intereses políticos, identitarios o religiosos. Sobre estos parámetros se construirá la imagen de los descubrimientos ibéricos en la historia anglosajona; imagen que ya aparecía en Australia sintetizada en una reseña de la primera traducción de la recopilación documental de los viajes de Quirós, año 1874: "Sin embargo, con todos sus defectos políticos y sus crímenes de opresión, el mundo posee una gran deuda con los ‘arrogantes dons’ quienes, con la biblia en una mano, y la espada en la otra, viajaron alrededor del mundo, aventurándose en tierras desconocidas, en una época donde la superstición añadía terrores imaginarios a los peligros verdaderos y la ciencia no había asegurado todavía el camino" (29).

Todos estos aspectos estarán muy presentes en la prensa y la historiografía británico-australiana a finales del siglo XIX y principios del XX. El debate histórico estuvo puntualmente espoleado, en un lejano diálogo, por la publicación de obras y recopilaciones documentales (principalmente a través de la obra de Justo Zaragoza, traducida al inglés por Clements Markham en 1904); o por la aparición de nueva documentación, como la relación del piloto Diego de Prado y Tovar en 1929 (30).

Las consideraciones en torno a la figura de Quirós no sólo son interesantes en sí mismas, sino que a su alrededor parecen desplegarse una serie de cuestiones que apuntan en el mismo sentido.

En primer lugar, existe un considerable debate en la historiografía australiana sobre la posibilidad de un conocimiento previo portugués que parte del análisis de los mapas de la escuela de Dieppe, y la existencia de la famosa Java la Grande (31). Otros autores se centrarán no en la imaginaria llegada de Quirós a Australia sino en la más verídica ruta que Luis Váez de Torres siguió por el estrecho. El más que probable avistamiento de la costa australiana por el piloto español también provocaría enconados debates, al corresponderle entonces una importante parte en la autoría del descubrimiento geográfico (32).

La tercera cuestión se centrará en el origen del nombre de Australia, reflejo del propio debate sobre la autoría del descubrimiento geográfico. ¿Provendría de la propia Austrialia de Quirós y de la corrupción de dicho nombre en las sucesivas ediciones de sus memoriales? ¿De la traducción inglesa de la utopía Terra Australe connue de De Foigny, en donde ya en el año 1676 al narrar las hazañas de Quirós se traducirá Austrialia como Australia en su versión inglesa (33)? ¿O, tal como afirmaron los propios británicos, sería una ocurrencia de Matthew Flinders ya en el año 1814?

En último lugar, pero no menos importante, se discutirá incluso cuándo y bajo qué credo se celebraría la primera ceremonia religiosa en el territorio, cuestión no menor si atendemos quienes fueron los principales defensores de una u otra versión.

La comunidad católica no dejó de reclamar “un glorioso pasado histórico” recordando que “Australia fue descubierta por los españoles en 1606, y el primer puerto en el que atracaron fue Port Curtis, en la cosa de Queensland. Aquí hicieron tierra, y permanecieron por algunos días y, de acuerdo con los datos recopilados por el Cardenal Moran, fue levantada una capilla provisional, y se celebraron muchas misas” (34). No sólo descubrir –cómo se puede apreciar– sino cartografiar, vislumbrar, nombrar, e incluso determinar la advocación originaria de lo que ya comenzaba a ser una patria australiana, fueron aspectos que desafiaron un imaginario nacional volcado en el molde de lo británico y protestante.

En lo que respecta a la figura de Quirós siempre pareció haber un consenso general –incluso entre los primeros historiadores decimonónicos españoles como Martín Fernández Navarrete o Justo Zaragoza– en que el marino portugués nunca desembarcó en Australia sino en las Nuevas Hébridas. Y no ha de sorprender que tan inopinado desafío fuera planteado desde la propia Australia. El primer autor en atreverse a sugerir que Quirós fue el primer europeo en desembarcar en aquel territorio fue Rosendo Salvado, “el único nombre español, más allá de Quirós, que se encuentra habitualmente en los libros de historia de Australia” (35). Salvado fue un monje benedictino español que a mediados del siglo XIX iniciaría en el occidente australiano uno de los escasos y más reconocidos ejemplos de integración de los aborígenes australianos. Una especie de pálido reflejo de la labor misionera en América cuya última reverberación parecía darse en ese anacronismo que fue la misión barroca que fundó en Nueva Norcia, en el despoblado occidente australiano (36), "Luis Torres fue el primero que descubrió la parte oriental de la Nueva Holanda en 1606, y después de haberla costeado en dirección del mediodía al septentrión por más de 900 millas, atravesó el estrecho que por un espacio de 80 millas divide Nueva Holanda de la Nueva Guinea, al cual dio su nombre que aún conserva. Casi en la misma época aportó a la Nueva Holanda Fernando Quirós, quien la llamó Australia por estar situada en el hemisferio austral" (37). La crónica de Salvado fue escrita originalmente en italiano en 1851, dos años después en castellano, y al siguiente en francés. El interés de la misma fue reunir fondos en Europa para el sostenimiento de la misión y en este marco hay que entender las afirmaciones del benedictino, que se dirigían principalmente a convencer y conmover a la comunidad católica. No existió versión inglesa hasta casi finalizado el siglo XX, sin duda por la crítica, ciertamente pionera, al trato que los indígenas estaban sufriendo por parte de los colonos ingleses. A pesar de ello, su figura y obra fueron conocidas por los primeros historiadores australianos de finales del siglo XIX, aunque sus aseveraciones no despertaran polémica en el mundo anglosajón. Sería otro católico, el Padre Francis Patrick Moran, arzobispo de Sídney y primer cardenal católico en Australia, quien recogería el testigo de Salvado para desafiar el tradicional relato de descubrimiento australiano. Comenzaba otro mito, el de Quirós como verdadero descubridor de Australia, tan persistente y combatido que algún especialista llegaría a definirlo de manera elocuente como la “Hidra de Quirós” (38).

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2. La querella del obispo y los geógrafos: Patrick Francis Moran y los padres de la patria australiana

“Many geographical battles have been fought in pen and ink over the first landing of De Quiros on the Australian coast some 300 years ago”. Australian Town and Country Journal, 1903 (39)

A finales del siglo XIX y principios del XX –en un rápido proceso que incluyó varias fiebres del oro, la colonización del territorio y el crecimiento urbano– Australia comenzó a imaginarse como comunidad. La fundación de un sorprendente número de periódicos de diferente signo, la creación de las primeras cátedras universitarias, la educación cívica en las escuelas en donde la historia jugaba un papel fundamental, todo ello permitió articular un relato de nación de gran sabor imperial británico, que iría poco a poco pivotando de la “dependencia a la autosuficiencia” (40).

Dicho relato poseyó diversas características: ante todo, el predominio del elemento británico en la historia; su decidida vinculación a occidente, reflejada en el apoyo a unas políticas migratorias racialistas, especialmente dirigidas contra los asiáticos (41); la omisión de un pasado vinculado a los presidios; la invisibilización del aborigen (de su pasado, pero sobre todo de su conquista y su resistencia); y la consideración del gran territorio australiano como un país de abundancia y de futuro, un prometedor vástago que no dudaría en su fidelidad a la madre patria si acaso ésta fatalmente agonizara. Esta es la evocadora imagen de una Australia fielmente británica en un periódico del año 1883, "Y, si las nubes de la adversidad acaso cada vez más bajas sobre el ‘viejo hogar’, asaltado por el odio de los tiranos, la avaricia del envidioso o las pasiones del furioso, el corazón de la nación australiana golpeará al unísono con la madre patria, y ‘hasta nuestro último barco, nuestro último chelín, y nuestro último hombre’ la ayuda necesitada será dada –agrupándonos en cada colina, reuniéndonos en cada ciudad, zarpando de cada puerto. Veo la apresurada flota, y oigo el timbre alegre de los hijos australes como los acantilados de Inglaterra erguirse a lo lejos– con un todavía más profundo rugido al saludar su bandera, allá donde sobrevuele por mar o por tierra, precipitándose hacia el común enemigo, con ella para vivir, o con ella a morir" (42).

Como se puede observar, hasta bien entrado el siglo XX existió una homologación entre lo británico y lo australiano, en un marco político en que hasta 1948 “los australianos eran ciudadanos australianos y sujetos británicos” lo que determinaría que “vieran la histórica británica como su propia historia” (43).

W.K. Hancock, en una de las primeras y más difundidas historias de Australia, definirá al joven país como una Gran Bretaña trasplantada: “Un país es una amante celosa y el patriotismo, por lo común, una pasión exclusiva. No obstante, no es imposible para los australianos, amamantados por una gloriosa literatura y atormentados por viejos recuerdos, el amar dos suelos (44).

Sin embargo, esta homologación ni supuso un plegamiento total a la visión imperial británica –pues surgieron discursos que subrayaron la especificidad de Australia– ni satisfizo por igual a los diferentes grupos sociales y religiosos que componían la diversa sociedad australiana. Muy al contrario de aquellas visiones de una historia australiana como un discurrir sereno y pacífico, dentro del “continente tranquilo” latían importantes antagonismos de diferente signo: antagonismos sociales, marcados por la oposición entre bushrangers y squatters (ex-convictos y colonos), dos los más tempranos tipos sociales australianos; antagonismos políticos, entre laboristas y conservadores, y un importante movimiento obrero; y, por último, profundos antagonismos religiosos, entre protestantes y católicos, decisivos estos últimos, al igual que lo habían sido en Gran Bretaña, para la elaboración de un relato de pertenencia (45).

Efectivamente, las tensiones entre católicos y protestantes se convirtieron en algo más que una constante en Australia. A finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, al menos un cuarto de la población australiana era católico, lo cual era un porcentaje más que considerable para tratarse de un territorio británico (46). De origen irlandés, tradicionalmente asociada a las clases bajas y al movimiento obrero, los católicos formarían una comunidad aunada y visible (47). Poseían sus propias escuelas, con un sistema educativo particular, sus periódicos, y sus propias ideas acerca de la historia y del Imperio Británico (48).

Dentro de esta importante comunidad católica, uno de los personajes más activos será el Cardenal Moran, arzobispo de Sídney entre los años 1884 y 1911. Irlandés de origen, pero de profundos sentimientos patrióticos hacia Australia, apoyaría puntualmente al movimiento sindical y al partido laborista, al tiempo que criticaría las políticas migratorias australianas, por lo que sería despectivamente conocido como el “Chow’s Patron”, el “patrón de los asiáticos”.

Entre sus más decididos planes se encontraba liderar una labor misionera más amplia que buscaba convertir a Australia en el “faro civilizador del mundo austral” (49). Hombre cultivado y prolífico historiador, dejaría numerosas obras de carácter siempre apologético, centradas en la iglesia irlandesa y, específicamente, en la persecución sufrida bajo el dominio británico. De la misma manera que se había trasplantado el antagonismo confesional de Gran Bretaña al Pacífico Sur, Moran entendía que, al igual que allí, en Australia existía una fuerte discriminación contra lo católico; discriminación que intentó poner en evidencia haciendo emerger numerosas y deliberadas polémicas.

Es en este marco donde se ha de situar el esfuerzo de Moran por reivindicar la figura de Pedro Fernández de Quirós como el verdadero descubridor de Australia, "Los exploradores portugueses del siglo XVI bosquejaron bastante fielmente en sus mapas oficiales la costa norte y oeste del nuevo continente; pero a los marinos españoles estaba reservada la gloria de dar a conocer Australia al mundo civilizado. Fue el 8 de diciembre de 1605 cuando el ilustre De Quirós, quien ha sido apuntado como el Colón de los Mares del Sur, partió de El Callao en su último viaje de exploración" (50).

El Cardenal Moran defendió con vehemencia la importancia de las exploraciones ibéricas en el continente austral a través de diversos textos: primero, y de manera fugaz, en su magna obra “The History of the Catholic Church in Australia” (1895) y, finalmente, en sendas obrillas de 1901 y 1906, donde abordaría el problema específicamente, alentado por el rumor levantado en la opinión pública (51). En ellas el prelado, con una amplia utilización de fuentes, cotejaba las descripciones dadas en los memoriales de la expedición. Costas, bahías, ríos, vegetación e indígenas, no podían ser para Moran, sino aquellas que se daban en territorio australiano.

A tal variedad de publicaciones se le sumaron declaraciones públicas, artículos de periódico, debates académicos y ceremonias religiosas. La insistencia y el interés en tales aseveraciones vinieron dadas tanto en el afán de declarar por intereses obvios una primitiva advocación católica del continente austral; como por el inacabable debate que establecería con diversas personalidades, "Hasta hace pocos años la opinión prevaleciente era que la isla de Santo, la más grande de las Nuevas Hébridas, era aquella Gran Tierra descubierta por De Quirós. En “The History of the Catholic Church in Australia” yo me aventuré a disentir al respecto de dicha opinión, y desde entonces numerosos textos han aparecido al respecto tanto en la prensa pública como en las actas de la Geographical Society de Melbourne. En el presente discurso propondré la reclamación de Australia como aquella gran tierra del sur descubierta en 1606 por De Quirós" (52).

Las afirmaciones de Moran no se limitaron a sus obras y artículos en prensa, sino que se materializarían a través de ceremonias públicas en el supuesto lugar del desembarco, y a través de las escuelas católicas, en cuyos manuales se estudiaba como “Quirós ancló en Port Curtis, en la costa este de Queensland (…) construyó una iglesia en tierra firme, donde veinte misas fueron celebradas” (53). De esta manera, la comunidad católica de Australia construía un mito de origen propio y, frente al héroe fundacional británico y protestante –el Capitán Cook– alzó al católico Quirós: “el distrito de Gladstone en Queensland afirma ser el teatro de esta ceremonia única, el más sagrado y augusto, pues es él más temprano evento del que se tienen registros, de, lo que debería ser justamente calificado, como los días más vetustos del continente (54).

Las aseveraciones del arzobispo levantaron un aluvión de réplicas por parte de geógrafos, historiadores, escritores o exploradores, australianos y también británicos, muchos de ellos de renombre: Ernest Favenc, George Collingridge, Arnold Wood, Alexander C. MacDonald, Theodore F. Bevan, Clements R. Markham o Joseph McCabe, entre muchos otros (55). Algunos de ellos, los menos, se mantendrían estrictamente dentro del marco académico, corrigiendo con rigor o simplemente obviando las excéntricas aseveraciones del Cardenal.

Otros, sin embargo, desde posiciones más cercanas, tanto al anglicanismo como al anglosajonismo, se opondrían frontalmente a él (56). Y entre todos ellos destacaría, por su importancia y su celo, la figura de Sir Ernest Scott. Inglés de origen, llegaría al país austral a finales del siglo XIX en plena efervescencia institucional y federalista, convirtiéndose al poco –y ello a pesar de su total falta de cualificación académica– en uno de los fundadores del campo profesional de la historia en Australia.

Scott escribiría la más canónica de las historias nacionales, aquella “que enseñó a varias generaciones de escolares los significados de la historia de Australia” (57). Además, una parte importante de su obra se centraría específicamente en aquellos descubrimientos previos a la llegada Cook –por lo general negándolos rotundamente– convirtiéndose así en uno de los más virulentos oponentes de Moran.

Para Scott no existían evidencias de descubrimientos en territorio australiano previos al siglo XVII, salvo “algunas torpes cartas, las afirmaciones de Cornelius Wytfliet, y la persistencia de una vaga tradición” (58). Refutaría una y otra vez las constantes alusiones a una posible llegada de exploradores portugueses o españoles, a las que llegaría a calificar de manera reveladora como “pestilentes herejías” (59). Y con contundencia rechazaría una y otra vez la intromisión de elementos ajenos a aquello que se empezaba a considerar propio al ser y al relato nacional australiano.

“Podemos afirmar con seguridad –continuaría Scott– que ni una sola milla de costa fue descubierta por españoles, y que no existe mapa español alguno que añada la más mínima nota de color a tan maña superstición”. El debate entre Moran y Scott, en definitiva, ponía en evidencia aquellos elementos religiosos, culturales e históricos con los que se estaba conformando un imaginario australiano.

“La llegada a Australia de Quirós no es más que un mito –afirmaría Scott– tan carente de base y substancia como las leyendas sobre la Papisa Juana” (60). Como se puede observar, las réplicas de Scott, en comparación con las de Moran, no carecían en menor medida de connotaciones religiosas, pero sí de ironía. Uno de sus pupilos, y a la postre futuro gran renovador de la historiografía australiana, Manning Clark, describiría a Scott de la siguiente manera, "Ridiculizando era extraordinario, especialmente al respecto de las locuras, los absurdos y las extravagancias de los historiadores católicos, y de todos los ‘extranjeros’ que hacían afirmaciones absurdas –tal como nos dijo– acerca de un supuesto descubrimiento de Australia por parte de los portugueses o de los españoles" (61). Pero Scott no sólo se dedicaría a refutar un ficticio descubrimiento de Quirós –en lo cual le respaldaban no sólo la práctica totalidad de las fuentes sino también la autoridad de los propios historiadores españoles, a los que él mismo recurría (62)– sino que se inmiscuiría en otros aspectos al respecto de las expediciones ibéricas cuyos resultados eran mucho más cuestionables.

Por ejemplo, fue uno de los principales defensores de que la denominación de “Australia” fuera un reciente hallazgo del capitán inglés Matthew Flinders, y nada tuviera que ver con una derivación o corrupción de la “Austrialia” de Quirós (63). Al tiempo que también dedicaría su esfuerzo a demostrar la imposibilidad de que Torres, al cruzar el estrecho que hoy todavía lleva su nombre, siquiera fuera capaz de divisar parte del actual litoral australiano. Daba igual que Torres nunca reconociera la tierra divisada (seguramente el Cabo York) más que como una más de las muchas islas divisadas en el estrecho, se trataba de probar la imposibilidad de que el territorio nacional hubiera sido siquiera divisado por ningún “extranjero” a la nación.

Las primeras derivas achacadas desde la propia Australia a la navegación de Torres parecían dibujarse lo más al norte posible, lejos del alcance de la costa. Sin embargo, con la aparición en la década de los veinte de la relación del piloto Diego de Prado, la derrota de Torres parecía adentrarse peligrosamente en aguas australianas. El profesor Scott reaccionaría calificando el mapa incluido en la misma como “erróneo”, pues dibujaba una deriva –en sus palabras– “tan cerca de la costa de Australia como para poder divisarla”.

Para refutarlo encontraría la opinión de expertos náuticos que le ayudaron a concluir que “no habría sido posible [para Torres] el divisar ninguna parte de la costa australiana desde Monserrat [así se denominó al actual Monte Ernest, por sus conocidas semejanzas con la conocida montaña catalana] a no ser que escalara hasta la cima de dicha montaña en un día de cielo despejado. La tierra que vio desde cubierta del barco debió ser la de alguna otra isla” (64).

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Henry Stevens, miembro de la propia British Royal Geographical Society y a la sazón editor de la relación de Diego de Prado y Tovar, escribiría al respecto una carta al Times londinense afirmando que tales manuscritos (calificados generosamente por él como “el hallazgo más importante de materiales históricos vírgenes hecho en tiempos modernos” (65) acababan “de una vez por todas con el romance que durante tanto tiempo ha escrito el nombre de De Quirós como el descubridor de Australia”. Sin embargo, establecía –en clara alusión a las afirmaciones de Ernest Scott– que sería su piloto, “Torres, un español [quien] indudablemente divisó Australia. Aquellos que declaran que la descripción de Torres es una imposibilidad geográfica –concluiría– no han leído el original español, y basan su crítica en una confusa traducción” (66).

El celo de Scott, en esta y en otras muchas ocasiones, contra cualquier intromisión de un explorador español o portugués en la historia de Australia, no pasó desapercibido para la prensa católica del país, que contestaría en diversas ocasiones al reputado historiador.

Ninguna más ilustrativa que un artículo de 1930 en el principal diario católico australiano de la época, el Advocate, titulado “A De Quirós Complex”, que viene a probar una vez más la relativa relevancia que tal asunto llegó a adquirir en el debate público australiano, "Existe un personaje de ficción que es representado con aspecto enrojecido cada vez que cierto nombre es mencionado en su presencia. Su furia alcanza una intensidad casi maniaca. Cada vez que el profesor Ernest Scott ve el nombre de dicho navegante, De Quirós, de alguna manera se muestra profundamente agitado. No es que se vuelva loco o violento, pero sí algo perturbado, especialmente si el nombre de Quirós se asocia al descubrimiento de Australia. Cualquier cosa que pueda, incluso remotamente, sugerir que Don Pedro Fernández de Quirós, o su capitán Torres, divisaron la costa o cualquier otra parte del ‘mítico continente de Terra Australis Incógnita’, hace que sea severamente combatida por el profesor. La energía mostrada por Scott en este asunto viene a sugerir que nunca admitiría que un marinero español o portugués pudiera descubrir Australia. ¿Tan inconcebible es, verdaderamente, que un navegante católico pudiera ostentar tal distinción? los confusos escritos de Quirós deben ser desacreditados a toda costa. Cierto es que según las pruebas fiables que existen sobre este asunto Quirós parece que nunca divisó Australia, pero… ¿por qué dicho asunto es un tabú para el profesor?" (67).

Es interesante también notar la diferente manera en que ambos, el Cardenal Moran y Ernest Scott, describieron a los marinos españoles y portugueses. Mientras que el Cardenal suele utilizar epítetos laudatorios como “brillantes”, “ilustres”, “expertos exploradores”, “con habilidades marítimas e iniciativa”, “capaces de extender la civilización cristiana en lontananza hacia el este y el oeste”. Scott, sin embargo, ahondará en la tradicional imagen de las exploraciones ibéricas como precientíficas, movidas por la superstición y caracterizadas por el maltrato a los indígenas.

Entre todas las imágenes de Scott sobre Quirós ninguna más ilustrativa que la comparación con Don Quijote, uno de los estereotipos más habituales de la imagen de España en el extranjero: "Quirós era un pobre líder para una expedición de descubrimiento. Poseía entusiasmo sin conocimiento, piedad sin racionalidad, persistencia sin equilibrio, coraje sin criterio. Algunos de sus compañeros lo calificaron de lunático, de mentiroso, y de fraude: epítetos éstos, empero, que no provenían sino del desengaño. Un crítico moderno, acierta más, al compararlo con Don Quijote. Y como Don Quijote cargó contra unas islas pensando que había alanceado un continente, y en la punta de su lanza nada más quedó que el resto de un alga marina, como trofeo de un nuevo mundo sometido" (68).

La imagen de un Quirós quijotesco, descubriendo gigantes australes donde no existían, establecía un efectivo contraste con las expediciones británicas posteriores. George Arnold Wood, junto a Scott el otro prócer de la historia australiana, ya había ahondado en dicha imagen afirmando que, con Quirós, “viajamos con Don Quijote en el ocaso de España”, contraponiendo los futuros viajes científicos a “el producto de viajes de la imaginación”.

En definitiva, las afirmaciones acerca de los pueblos ibéricos y su labor exploratoria, reflejo del sectarismo existente en la sociedad australiana, dejaban asomar no pocos prejuicios tanto de carácter religioso como étnico. Wood, en su temprana historia de los descubrimientos de las regiones australes, concluiría con la extemporánea afirmación de que “[t]odo aquello que sabemos de las ideas y los hábitos de los portugueses y españoles en este periodo hace altamente improbable que tales descubrimientos fueran realizados” (69).

El Cardinal Moran no dejó de replicar tales aseveraciones, pues para él existía una equiparable discriminación entre la comunidad irlandesa en Australia y el apartado lugar de la historia al que habían relegado a las exploraciones ibéricas. Su comprensible celo contra cualquier viso de anti-catolicismo también se proyectó en defensa de la España contemporánea; especialmente durante ese parteaguas al respecto de la imagen del país en el extranjero que sería la guerra de Cuba de 1898. Dicho conflicto desataría un doble despliegue. Por un lado, una inusitada y encendida atención de los medios anglosajones, de los que se derivaron no pocas reflexiones, y autorreflexiones, de carácter tanto historiográfico (el fatal destino de todo imperio) como antropológico (el degradado carácter de lo español y lo católico). Pero también, a la larga, acabaría despertando la simpatía del derrotado y el indefenso.

Respecto a lo segundo, un periódico neozelandés, de signo católico –precisamente fundado por Moran– parecía hacerse eco del cambio de imagen derivado del fin de la guerra, con el resultado de la pérdida de las últimas colonias del Imperio español: “Hard knocks often make fast friends”, encabezaba dicho artículo, “la guerra hispano-estadounidense y la enmarañada lucha en las Filipinas ha resultado en un sentimiento de respeto hacia nuestros amigos de más allá del Pacífico, el coraje, la caballerosidad y los logros de la colonización de los una vez inefables ‘dons’” (70). Pero mientras el conflicto duró, y especialmente desde la prensa más jingoísta, se insistiría en las supuestas atrocidades cometidas por el bando español en Cuba, reflejo de la inferioridad cultural de la “raza española” en particular y del catolicismo en general. “No es la raza sino la religión de España lo que ha obstaculizado su prosperidad”, sentenciaría un periódico conservador (71).

“La española no es una raza ignorante” –replicaría Moran, estableciendo una clara relación con la comunidad católica de Irlanda y de Australia– “sino noble. Sería desde las costas de España que la raza celta llegó a Irlanda”.

¿Qué podía haber en este despiadado ataque contra la nación española para Moran sino una prueba más de los consustanciales prejuicios del homo britannicus contra la cultura católica? “Se ha dicho que el 75% de la población española es analfabeta, que todo su pueblo es ignorante y atrasado (…) Los recientes ataque a España parecen estar inspirados por el odio a la Iglesia más que por el deseo de conocer el verdadero estado de las cosas” (72).

El principal contrincante del Cardenal en esta lid particular tendría un peso significativo: Joseph McCabe. McCabe fue un popular escritor y orador inglés. Antiguo sacerdote católico se convertiría en un defensor de un escepticismo positivista y, por tanto, en un feroz crítico de la Iglesia Católica. Su nombre se recuerda principalmente por haber sido instigador y víctima de las ingeniosas réplicas del mismísimo G. K. Chesterton, otro gran defensor –aunque en las antípodas de Moran– de lo católico en el mundo anglosajón (73). Es en esta condición, en la de azote del catolicismo, que McCabe iniciaría una gira por Australia y Nueva Zelanda.

Del enconado antagonismo entre católicos y protestantes habla el hecho de que, en el debate público que mantuvo con el Cardenal Moran, McCabe recibiera amenazas de muerte y tuviera que salir escoltado por la policía (74). España, de nuevo, sería el pretexto para subrayar la esencial relación entre progreso y protestantismo, que venía a reforzar el discurso de un nacionalismo anglosajón en Gran Bretaña y sus dominios. “Nosotros no somos españoles –afirmaría McCabe– nosotros no vendemos indulgencias en Sídney, nosotros no hacemos otras cosas que sí hacen ellos en España”. Para continuar, "[L]ejos de estar España al mismo nivel del resto de la civilización, está 10 grados por debajo (…) durante los 30 años después de la caída de Napoleón (…) no ha habido otra cosa que un baño de sangre (…) ¿quién ha sido responsable de todo ello? La Iglesia Católica, casi por completo (…) todo el mundo sabe los grandes hombres que ha producido Gran Bretaña en las más altas niveles de las letras. España solo ha producido dos, y todos fueron anti-clericales (…) los países que pertenecen intensamente a la Iglesia Romana son profundamente analfabetos (…) El sistema político de España, apoyado por el clero de la Iglesia Católica, era uno de los más corruptos del mundo, y la alta cultura a la que el Cardenal se refiere, es el hazmerreír de Europa" (75).

Es posible entender el éxito de tales debates confesionales (Moran, Scott, Chesterton, Belloc, McCabe…) en un marco anglosajón, tanto en Gran Bretaña como en Australia, donde coincidían: el máximo auge del Imperio Británico, el declive final del español, el alzamiento de corrientes secularistas y el periodo de mayor afinamiento nacionalista. En Australia, con mayor encono debido a la mayor división confesional, serviría a iguales fines, para agrupar lealtades y crear nación en base a una dialéctica interna de carácter étnico-religioso. Sin embargo, las aseveraciones del Cardenal Moran parecieron traspasar un límite. Especialmente cuando, tras la celebración en Port Curtis del trescientos aniversario de la llegada de Quirós a Australia, sucedería una importante reacción institucional (76).

Debido a tal acontecimiento, y al desafío que suponían las apologías históricas de Moran, se llegó al punto de convocar una comisión por parte de la Royal Geographical Society of Australasia. Reunida en diversas ocasiones en 1900 y 1901, se encargaría de discutir e investigar los hechos. Todo un acto simbólico, pues suponía que el carácter científico que había caracterizado a Gran Bretaña y la había guiado hacia el progreso sería capaz de sobreponerse, de nuevo, a las afirmaciones y supersticiones del catolicismo. Todos sus miembros menos uno se opusieron a dar por buena la posibilidad de que Quirós desembarcara en Australia (77).

Las deliberaciones de dicha comisión fueron remitidas a la propia Royal Geographical Society de Inglaterra que, en 1902, publicaría las determinaciones finales, concluyendo que "la hipótesis de que la Bahía de San Felipe y Santiago de Quirós pueda ser identificada con Port Curtis o cualquier otra bahía de la costa de Australia es completamente incompatible con las crónicas del viaje. Dejando a un lado las contradicciones en las descripciones dadas tanto con el paisaje como con los nativos, sería necesario asumir que no sólo la latitud de Espíritu Santo hubiera sido falsificada, sino también cada latitud" (78).

En 1899 A. C. Macdonald (a la sazón secretario de la Royal Geographical Society of Australasia) resumiría la querella de la siguiente manera: “a un lado tenemos a todas las autoridades conocidas en la materia que están de acuerdo. Al otro tenemos la sola opinión, y no fundamentada, del Cardenal. Cook, Flinders, Burney, Banks, y más recientemente los técnicos, almirantes Denham, Erskine, y Moresby, y, el último de todos, el almirante Wharton” (79).

El Capitán W. Campbell Thompson, también miembro de la Royal Society, denunciaría “el abandono de la razón y la distorsión de la historia”, llamando a “preservar inviolable la verdadera historia de nuestro país de adopción, por un lado, y a parar la introducción en él de capillas y peregrinos” (80). Las deliberaciones y los estudios continuarían durante años, incluyéndose estudios geológicos y biológicos, capaces de cotejar las relaciones con el marco físico australiano y de las Nuevas Hébridas.

Posteriormente se remitirían al propio Moran esperando, como si de una antigua herejía se tratase, que el cardenal se retractara públicamente de sus afirmaciones, “lo cual sería satisfactorio, no sólo para mí en tanto que Australiano –afirmaría McDonald– pudiendo quizás así zanjar la cuestión, si fuera posible, para siempre” (81).

Zanjar la cuestión sobre una posible llegada de Quirós era algo que ni siquiera la Royal Society pudo conseguir, a pesar de que dedicaría todo su esfuerzo en ella. Quizás porque no se trataba meramente de una cuestión académica o historiográfica. Al señalar a Quirós como descubridor de Australia, al traspasar el homenaje a la vida pública, Moran parecía sobrepasar los límites de un orden simbólico de cosas, de un relato histórico institucionalizado. El alcance de la querella quedaba probado por la reacción institucional que provocó tanto en Australia como en Inglaterra. Señalaba también un antiguo antagonismo, traspasado de Europa al Pacífico, entre dos comunidades, pero también entre dos tipos de legitimidades. A este respecto no ha de escaparse el hecho de que en dicha querella se daba un enfrentamiento entre dos instituciones tan histórica y culturalmente determinadas como la Iglesia Católica y la Royal Society, dos plataformas de enunciación fundamentales, sancionadoras de diferentes saberes y tiempos –más o menos mitológicos, más o menos científicos– y también de diferentes historias. Encarnaciones, claro está, de los propios Quirós y Cook.

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3. Conclusiones

“We need not wonder at Rome falsifying secular history when we know that she has falsified the very Word of God”. The Protestant Standard, 1877 (82)

“Anti-Catholic history, in so far as it is Protestant, was a provincial misunderstanding of the high culture and even the intellectual liberty of Catholicism” G. K. Chesterton, 1920 (83)

Analizando las percepciones acerca de un episodio histórico tan puntual como es la expedición de Pedro Fernández de Quirós, se ha pretendido poner de relieve algunos aspectos centrales de la historia australiana en general y de su proceso de construcción nacional en particular. Y ello es porque la Austrialia del explorador portugués supuso, en unas determinadas circunstancias, un desafío para un relato de nación que entonces empezaba a forjarse. Toda nación tiene su carga de elementos propios y ajenos, de héroes y enemigos, de mitos y olvidos. El relato de nación encauza todos estos elementos. Pero, a pesar de su voluntad de esencia y homogeneidad, nunca es estático ni armónico, pues el contexto histórico y político no ceja en moldearlo y en su seno siempre residen proyectos enfrentados. En este sentido, se puede afirmar que la monopolización de un primer contacto y descubrimiento de los territorios del Pacífico Sur por Gran Bretaña fue claramente un mito.

La fuerza de dicho mito –cuyo nombre propio fue James Cook– oscurecería doscientos años de historia previa, protagonizada por las exploraciones de diferentes potencias europeas. Dentro de las mismas, la figura de Quirós –mucho más que la de Tasman o la de Jantszoon– fue la más ajena al imaginario británico. Por supuesto, el legar cierto papel en el pasado de la nación a los aborígenes o incluso a los pueblos vecinos asiáticos, era del todo impensable. Ello no dejaba de coincidir con las tradicionales visiones decimonónicas de superioridad racial o étnica. Lo anglicano, o al menos lo teutón, aparecía en la cúspide de la civilización, tal como probaba el éxito de un capitalismo y un imperialismo rampantes, mientras que los grupos menos deseables –tanto para un pasado de exploraciones, como para un presente de migrantes– serían tanto los asiáticos como los europeos del sur (84).

Los procesos de homogeneización no solo se dieron a través de las políticas raciales o migratorias sino precisamente a través del control del relato y la invisibilización histórica de otros grupos étnicos o religiosos. Pero, además, la ansiada armonía social y étnica encontró en Australia su principal escollo en la batalla confesional. La existencia de una importante y diferenciada comunidad católica, un mayor esfuerzo por parte de la Iglesia de Roma para articularla desde finales del siglo XIX, y la reacción derivada de ello por parte de la predominante sociedad británico-protestante, derivó en una serie de ásperos enfrentamientos de carácter social y religioso. Una batalla también identitaria heredada de la madre patria británica, en donde el protestantismo, y especialmente la definición frente a lo católico, habían sido desde siglos atrás, los principales elementos unificadores y distintivos, tanto entre los reinos de la Gran Bretaña como entre los dominios del Imperio (85).

Y a su vez, la elaboración de un relato de nación australiano, de corte anglosajón y protestante, derivó en una mayor sensación de exclusión –al mismo tiempo provocada y autoinfligida– de la comunidad católica. Como resumía Patrick O’Farrell: “Los irlandeses se unieron bajo un solo grupo para defenderse de las acusaciones de que ellos tendían a unirse bajo un solo grupo” (86). Todo este despliegue parece delinearse claramente entre la Austrialia de Quirós y la Australia de Cook, dos mitos fundacionales polémicos, dos relatos de descubrimiento enfrentados, uno dominante y otro contestatario, correspondientes a dos de las principales comunidades que habitaban en el país. La imaginaria llegada de Quirós, o la cercana ruta a través del estrecho de Torres, funcionarían, así, como medios de desnudar el relato de una Australia anglosajona, protestante y homogénea, actuando como elementos extraños en el cuerpo nacional, capaces de poner en evidencia los límites de la nación imaginada. Al igual que sucedió con las otras dos notables amnesias de la historia australiana –la invisibilización y segregación de los aborígenes, y el pasado presidiario– el olvido de la presencia europea pre-británica en Australia sólo sería superado con la separación material y simbólica frente a Gran Bretaña, que no se produciría sino hasta bien entrado el siglo XX. El fin de una cómoda prosperidad basada en la especialización económica hacia Inglaterra hizo a Australia volver su mirada hacia otros pasados: hacia el Pacífico donde se situaba y no sobre la lejana Europa, hacia su cercanía con Asia, hacia la importancia de una población aborigen amargamente relegada, hacia su pasado presidiario, y también sobre la existencia de un antagonismo religioso que había condicionado la historia del país (87).

"Quirós, con su ideal de una tierra dedicada al Espíritu Santo, mostró que no todos aquellos que se embarcaron en la búsqueda de la Tierra del Sur eran sirvientes de la codicia. Con el tiempo algunos habitantes de aquella tierra se fijarían en él buscando consuelo espiritual y descanso en una era materialista. Pero a principios del siglo XVII ya parecía que el futuro de la civilización en los Mares del Sur estaba en manos de los protestantes" (88). Estas palabras, dedicadas en la historia de Australia de Manning Clark a las exploraciones ibéricas, se situaban en las antípodas de las vertidas casi un siglo antes por los padres de la patria australiana. Clark planteaba una historia de Australia dominada por una trágica batalla entre tres fuerzas: catolicismo, protestantismo y secularismo (89). Y entre las tres, la comunidad católica irlandesa, demasiado pequeña para imponer un relato y muy grande para no levantar recelos, se moverá entre la resistencia y la colaboración, entre la propia comunidad, el respeto a la nación y un cierto rechazo al Imperio.

La desestructuración del relato de nación australiano derivado de la inadecuación del elemento británico, derivó en una etapa de redefinición, de apreciación de la diversidad de la nación y de conciliación con su historia. Sin embargo, el fin de un relato de nación de corte británico, armónico, homogéneo y cómodamente dependiente de Gran Bretaña, también provocaría un cierto sentimiento de orfandad y pesimismo. La historia laudatoria daba lugar a una “historia de brazalete negro”, como quedaría definida por un veterano historiador (90). La visión de una próspera colonización daba paso poco menos que a la realización de una invasión, la sencilla homogeneidad étnica y social al desasosiego multicultural, la brillante “Bahía Botánica” del Capitán Cook había derivado en la oscura “Costa fatídica” de Robert Hughes. La coherencia nacional se habría resquebrajado y el “continente tranquilo” se enfrentaba ahora a unas contradicciones largamente ocultas bajo el relato de nación con el que Australia se había imaginado.

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Macdonald, Alexander Cameron, “Did De Quiros Land at Port Curtis?”, en Diario, The Capricornian, Rockhampton, 18/11/1899, p. 27.
Macfarland, Judge: “Scenes from Discovery, Early Exploration, and First Settlement, of Australia”, en The Sydney Mail and New South Wales Advertiser, 10/2/1883, p. 294.
New Zealand Tablet: “A Story of Colonisation”, Dunedin, 18/4/1901, p. 17. Scott, Ernest: “Discovery of Australia”, en The Argus, Melbourne, 19/8/1922, p. 6.
The Bulletin, desde 30/7/1890, Sídney.
The Catholic Press: “Where De Quiros Landed”, Sídney, 27/11/1924, p. 27.
The Daily Telegraph, “Who Discovered Australia?”, Sídney, 30/5/1913, p. 11.
The Mail: “Australia’s Discoverer. Did Spaniards precede Cook?”, Adelaida, 1/8/1914, p. 8.
The Protestant Standard: “Religion in Spain”, 19/6/1869, Sídney, p. 14.
The Protestant Standard: “Falsification of History”, 22/9/1877, Sídney, p. 5.
The Register: “The Spaniard”, Adelaide, 30/6/1910, p. 8.
The Southern Cross: “De Quiros and the Discovery of Australia”, Adelaida, 12/04/1929, p. 10.
The Sydney Morning Herald: “Cardinal Moran at Gladstone”, Sídney, 20/10/1899, p. 7.
The Sydney Morning Herald: “Prado and Torres. Discovery of Australia”, 13/6/1930, p. 10.
The Sydney Morning Herald: “Naming Australia”, Sídney, 3/5/1951, p. 2.

Notas
1 El presente estudio se inserta en el proyecto de investigación “Imágenes y percepciones. La inserción de España en el mundo actual”, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad de España, con referencia HAR2013-43152-R. Este artículo es complementario de otro texto en donde se trataría en extenso el papel en el imaginario neozelandés y australiano de la posible llegada de carabelas españolas, dentro de ese artefacto historiográfico que es la llegada del Capitán Cook; véase Burón, Manuel: “Los españoles que nunca llegaron. Visiones de España en el imaginario geográfico e histórico de Australia y Nueva Zelanda”, en Pedro Martínez Lillo y José Luis Neila (coords.): Imágenes y percepciones. La inserción de España en el mundo actual, Madrid, Sílex, 2017, pp. 589-620. He decidido traducir la mayor parte de los textos originales para agilizar la lectura. Todas las traducciones de textos con referencias en inglés son mías, a no ser que se indique lo contrario.
2 Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CCHS-CSIC), Madrid email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

3 Chesterton, Gilbert Keith: “The Fallacy of the Young Nation”, en Heretics, Nueva York, John Lane Company, 1905, p. 257.
4 Hobsbawm se referiría a estas “naciones sin pasado” en cuanto que una contradicción en los términos, “pues las naciones son pasado”, Hobsbawm, Eric: “Ethnicity and Nationalism in Europe Today”, en Gopal Balakrishnan (ed.): Mapping the Nation, Londres, Verso, 1996, p. 255, [la traducción es nuestra]. Se cita aquí a Smith porque en una búsqueda de punto medio trata de señalar la importancia de una “realidad etno-histórica” donde desplegar la nación, Smith, Anthony D.: The Ethnic Origins of Nations, Oxford, Blackwell, 1998, [1986].
5 “Last sea-thing dredged by sailor Time from Space”, poesía Australia de Bernard O’Dowd, citada en Spate, Oskar: Australia, Londres, Ernest Benn Limited, 1968, p. 19.
6 “La historia de Australia es algo así como una atracción de feria. Las mismas cosas suceden una y otra vez. La rueda de la fortuna gira y gira, el organillo entona las mismas viejas melodías, columpios y balancines se mueven arriba y abajo. Todo el mundo parece que tiene algo que gastar. Las preocupaciones se dejan atrás y los problemas se olvidan (…) Desde fuera la escena aparece carente de rasgos significativos, aburrida. Los gritos y risas son demasiado despreocupados y alegres. Aparte de los propios artistas nadie parece más importante que otro ¿Cuál es el propósito de todo ello? ¿Cómo puede una atracción de feria otorgar a una joven nación una historia inspiradora? Los primeros escritores de la historia de Australia no se preocupaban por estas cuestiones; simplemente otorgaron una historia hecha con patrones muy sencillos”. Pike, Douglas: Australia. The Quiet Continent, Cambridge, Cambridge University Press, 1962, p. 223.
7 Hughes, Robert: “La costa fatídica. La epopeya de la fundación de Australia”, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2002, p. xii.
8 Burton, Antoinette (ed.): After the Imperial Turn: Thinking with and through the Nation, Durham y Londres, Duke University Press, 2002; Macintyre, Stuart; Thomas, Julian (eds.): The Discovery of Australian History 1890 – 1939, Melbourne, Melbourne University Press, 1995.
9 De lo primero quizás la obra fundamental sea “Expansión of England” de 1883 donde Seeley hace una apología de un imperio británico que no es como los habituales, esto es “como un montón de naciones que se mantienen unidas por la fuerza, sino en una nación principal, tanto como si no se tratara de un Imperio sino de un Estado ordinario”, Seeley, John Robert: The Expansion of England, Boston, Little, Brown and Company, 1909 [1883], p. 51, [la traducción es nuestra]. Véase Hobsbawm, Eric: La Era del Imperio. 1875 – 1914, Buenos Aires, Crítica, 1998 [1987], p. 73.
10 Macintyre, Stuart: “History in a New Country: Australians debate their Past”, en Rolf Torstendahl (ed.): An Assessment of Twentieth-Century Historiography, Estocolmo, KVHAA, 2000, pp. 71 – 87.
11 Smith, Bernard: Imagining the Pacific. In the Wake of the Cook Voyages, New Haven y Londres, Yale University Press, 1992, pp. 225 y 226.
12 Citado en Ward, Stuart: “Trascending the Nation: A Global Imperial History?”, en Antoinette Burton: After the Imperial… pp. 46.
13 Citado en, Curthoys, Anne: “We’ve just Started Making National Histories”, en Antoinette Burton: After the imperial…, 2003, pp. 73 y 74.
14 Hobsbawm, Eric: Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991, p. 86.
15 El concepto de “compacto británico” está tomando de James Belich, quien también reflexiona sobre el complicado encaje a finales del silgo XIX, entre un nacionalismo inglés, un “anglosajonismo (creencia, mezcla de nacionalismo y racialismo, en la superioridad de un pueblo británico especialmente dotado para la libertad y la justicia); nacionalismos dentro de la propia Gran Bretaña (especialmente el irlandés católico) denominados en cierta medida como “nacionalismos coloniales”, al estar supeditados al pan-nacionalismo británico; y, finalmente, los nacionalismo con posterioridad desarrollados en Australia y Nueva Zelanda, véase Belich, James: Making Peoples. A History of the New Zealanders. From Polynesian Settlement to the End of the Nineteenth Century, Auckland, Penguin, 1996, pp. 295 ss.
16 Para un análisis de la llegada del Capitán Cook en cuanto que artefacto simbólico, enfrentado a la imagen de las exploraciones españolas en Australia y Nueva Zelanda, véase Burón, Manuel: “Los españoles que nunca llegaron. Visiones de España en el imaginario geográfico e histórico de Australia y Nueva Zelanda”, en Pedro Martínez Lillo y José Luis Neila (coords.): Imágenes y percepciones…
17 “Who discovered Australia, there is no doubt that most people would immediately reply: ‘Capt. Cook.’ That has been taught in the schools for many a year and is now accepted as accurate”, en The Mail: “Australia’s Discoverer. Did Spaniards precede Cook?”, Adelaida, 1/8/1914, p. 8.
18 En The Daily Telegraph: “Who Discovered Australia?”, Sídney, 30/5/1913, p. 11.
19 Calvert, Albert F.: “Who Discovered Australia?”, en Diario, The Ballarat Star, Victoria, 16/11/1909, p. 4.
20 Scott, Ernest: A Short History of Australia, Melbourne, Oxford University Press, 1953, p. 38.
21 Belich, James: Making Peoples…, p. 118.
22 Duncan, William Augustine (ed.): Account of a Memorial presented to His Majesty by Captain Pedro Fernandez de Quiros, Sídney, Government Print, 1874; Zaragoza, Justo: Historia del descubrimiento de las regiones australes hecho por el General Pedro Fernández de Quirós, Madrid, Imprenta de Manuel G. Hernández, 1876.
23 Zaragoza, Justo: Historia de los…, t. I, p. 316.
24 Zaragoza, Justo: Historia de los…, p. xlviii.
25 Para una mirada de la obra de Quirós desde una visión utópica véase, Luque Talaván, Miguel y Mandragón Pérez-Grovas, Carlos: “Et in Arcadia ego. La Terra Australis y la visión utópica de Don Pedro Fernández de Quirós”, en Anales del Museo de América, 14, 2006, pp. 351 – 380.
26 Burton, Robert: Anatomía de la melancolía, Madrid, Alianza, 2005 [1621], p. 28.
27 Que sea el primero es algo muy discutible, pues como señala el propio autor, Dalrymple obtuvo las crónicas de Juan Bautista Muñoz quien le enviaría las transcripciones a finales del siglo XVIII. Hilder, Brett: The Voyage of Torres. The Discovery of the Southern Coastline of New Guinea and Torres Strair by Captain Luis Báez de Torres in 1606, Queensland, University of Queensland Press, 1980, p. xxv.
28 Pimentel, Juan: “Viajes, experimento y metáfora: Quirós, Cook y el doble descubrimiento de la Quars Pars Incógnita”, en María Dolores Elizalde, José María Fradera y Luis Alonso (coords.): Imperios y naciones en el Pacífico, Madrid, CSIC, 2001, pp. 27 – 38.
29 Australian Town and Country Journal: “Review ‘Australia del Espíritu Santo of de Quiros”, Sídney, 20/2/1874, p. 24.
30 Stevens, Henry N. y Barwick, George F. (ed.): New Light of the Discovery of Australia. The Journal of Captain Don Diego de Prado y Tovar, Londres, Henry Stevens Son and Stiles, 1930.
31 La gran referencia aquí será la obra de Collingridge, George: The First Discovery of Australia and New Guinea, Sídney, Williams Brooks and Company Limited, 1906; contra él se posicionaron los “historiadores nacionales”, Wood, Arnold G.: The Discovery of Australia, Londres, MacMillan and Co., 1922. Spate mediaría entre ambos mucho después, Spate, Oskar: “Terra Australis –Cognita?”, en Oskar Spate: Let me Enjoy…, pp. 267 – 303.
32 Aurousseau, Marcel: “Where Did Torres Pass?” citado en Hilder, Brett: The Voyage of…, pp. 178 ss.
33 De Foigny, Gabriel: A New Discovery of Terra Incognita Australis…, Londres, Imp. John Dunton, 1693, p. 8; Lodewycks, Augustin: “The Name of Australia, Its Origin and Early Use”, en Diario Victorian Historical Magazine, 13, 1929, pp. 99 – 115. Justo Zaragoza también adujo que el nombre de Australia puede ser una corrupción temprana de “Austrialia” en las primeras ediciones de los memoriales de Quirós. La edición de Pamplona de 1610 incluye el término “Austrialia” mientras que la de Valencia de 1611 incluye ya la denominación “Australia”. Una de las primeras archivistas australianas, Phyllis Mander Jones, precisamente adquiriría una copia de los memoriales de Quirós, año 1610 edición Sevillana, que se encontraba en México, en ella también se incluye el nombre actual de ‘Australia’. Lo cual demuestra un temprano y justificado interés de la historiografía australiana en la cuestión, Zaragoza, Justo: Historia de los…, t. I, p. 316; véase también Sydney Morning Herald: “Naming Australia”, Sídney, 3/5/1951, p. 2 y Sanz, Carlos: Australia. Su descubrimiento y denominación, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1963.
34 The Catholic Press: “Where De Quiros Landed”, Sídney, 27/11/1924, p. 27.
35 Garrad, Kenneth: “New Norcia and the Great Schism of Perth”, en Journal of Religious History, n. 8, 1974, pp. 49 – 74.
36 El propio Salvado otorga en su obra numerosos testimonios contemporáneos de la admiración que levantó su obra incluso entre sus homólogos protestantes: “la voz pública de un pueblo protestante a favor de una Misión católica, cuyos resultados ve y observa, bien puede aceptarse como prueba nada sospechosa de la verdad de los hechos”. Pero una opinión menos interesada que la del monje benedictino es la de O. H. K. Spate quien, a pesar de reconocer “la devoción e incluso heroica constancia” de Salvado, señala: “uno no puede dejar de sospechar que muchas [de estas misiones] (y algunas todavía lo hacen) se desarrollaron bajo un espíritu de anticuado reformatorio, sujeto a una red de regulaciones y pequeños (pero humillantes) castigos destinados a acabar con cualquier incorreción”, en Spate, Oskar: Australia, Melbourne, Lothian, 1968, p. 238.
37 Lo cierto es que Salvado, aparte de la conocida referencia a Quirós, otorga en sus Memorias una de las más escrupulosas relaciones de descubrimiento que se han publicado sobre Australia hasta la fecha: “antes que los europeos tuviesen conocimiento de la Oceanía, las costas septentrionales de la Australia eran frecuentadas por algunos pueblos del archipiélago indiano, como malayos, los macasares y otros, con motivo de la pesca”, Dirck Hartichs (1616), J. Edel (1649), navío Leeuwin (1622), Pedro Nuyts (1627), Francisco Pelsart (1629), Gerritz Tomaz Pool (1636), Tasman (1642), Dampier (1688), Ulaming (1696) y, finalmente, “al famoso Cook estaba reservada la gloria”, en Botany Bay, 1770. Salvado, Rosendo: Memorias sobre la Australasia y particularmente…, Barcelona, Imp. de los herederos de la V. Pla, 1853, p. 3; y Solicitud de Fr. Rosendo Salvado, Obispo de Puerto Victoria, a la Reina Isabel II…, Madrid, Imp. de Aguado, 1867.
38 Stevens, Henry y Barwick, George F.: New Light…, p. 14.
39 Australian Town and Country Journal: “The Town of Gladstone”, Sidney, 6/5/1906, p. 31.
40 Macintyre, Stuart: “History in a New Country…”, p. 73.
41 Al respecto es conocida la declaración editorial de una de las revistas más significativa de la época, The Bulletin, que en todo número a partir de 1890 incluiría el subtítulo “Australia for the Australians – The cheap Chinaman, the cheap nigger, and the cheap European pauper to be excluded”, The Bulletin, 30/7/1890, Sídney, p. 3.
42 Macfarland, Judge: “Scenes from Discovery, Early Exploration, and First Settlement, of Australia”, en The Sydney Mail and New South Wales Advertiser, 10/2/1883, p. 294.
43 Curthoys, Anne: “We have just started…”, p. 72.
44 Hancock, William Keith: Australia, citado en Anne Curthoys, “We’ve just Started…”, p. 70.
45 Colley, Linda: Britons. Forging the Nation, 1707 – 1837, Londres, Yale University Press, 1992.
46 En 1901 contaban 856.000 católicos en una población total de 3.782.000 habitantes, mientras que en la vecina Nueva Zelanda la correlación era sólo del 14%, Aubert, Roger: “Nacimiento de una Iglesia: Australia”, en VV.AA.: Nueva Historia de la Iglesia, vol. 5, Ediciones Cristiandad, Madrid, p. 233.
47 Aunque recientemente se hayan matizado tales asociaciones, véase Brett, Judith: “Class, Religion and the Foundation of the Australian Party System: A Revisionist Interpretation”, en Australian Journal of Political Science, vol. 37, 2002, pp. 39 – 56.
48 Manning Clark, tenido por el gran renovador de la historiografía australiana, situará el antagonismo entre protestantes y católicos como uno de los principales leit motiv de su trágica y heterodoxa historia de Australia. Véase también O`Farrell, Patrick: The Catholic church in Australia: a short history, 1788 – 1967, Melbourne, Nelson, 1968; Gyorgy, Borus: “Irish Catholics in Australia: a brief survey up to 1945 (“rockchoppers”), en Hungarian Studies in English, vol. 23, 1992, pp. 119 – 123.
49 Cahill, Anthony Edward: “Cardinal Moran and the Chinese”, en Manna, n. 6, 1963, pp. 97 – 106.
50 Moran, Patrick Francis: History of the Catholic Church in Australasia, Melbourne, Frank Coffee, 1895, pp. 1 y 2.
51 Moran, Patrick Francis: Was Australia discovered by De Quiros in the year 1606?, Sídney y Brisbane, William Brooks & Co., 1901; y Discovery of Australia by De Quiros, 1606, Panfleto, 1906.
52 Moran, Patrick Francis: Discovery of Australia…, p.1.
53 Angus & Robertson: History of Australia and New Zealand for Catholic Schools, Sídney, 1898, p. 6.
54 Moran, Patrick Francis: Was Australia…, pp. 5 y 6.
55 Es imposible incluir aquí todas las réplicas que generaría el debate, habiendo sido incluidas sólo las más relevantes. La State Library Victoria tiene agrupado en un sólo tomo la multitud de réplicas y contrarréplicas realizadas a través de panfletos que el debate generaría, un total de trece solamente entre los años 1898 y 1910. VV.AA.: Historical Pamphlets, Melbourne, s. n., 1898 – 1901. Véase también Macdonald, Alexander Cameron: Alleged Discovery of Australia by Ferdinand De Quiros in 1606. A reply to his Eminence Cardinal Moran’s Second Pamphlet, Melbourne, s. n., 1909.
56 Favenc, Ernest: “Review of address by Moran to Royal Society of Australia” en Australian Journal of Education, 1904, p. 5; Collingridge, George: The First Discovery of…. pp. 84 – 122.
57 Macintyre, Stuart: A History for a Nation. Ernest Scott and the Making of Australian History, Melbourne University Press, 1994.
58 Scott, Ernest: A Short History of Australia, Melbourne, Oxford University Press, 1953 [1916], p. 6.
59 Scott, Ernest: “Discovery of Australia”, en The Argus, Melbourne, 19/8/1922, p. 6.
60 Scott, Ernest: “The Quiros Myth. Supossed Discovery of Australia”, en Argus, Melbourne, 15/9/1928, p. 6.
61 Clark, Manning: The Quest for Grace, Hawthorn, Penguin, 1990, pp. 3 y 4 [las comillas son originales].
62 En la Biblioteca Nacional de España se conserva un ejemplar de “Memorias históricas sobre la Australia” del propio Rosendo Salvado con interesantes anotaciones del propio Justo Zaragoza, que se atreve a corregir al padre benedictino no sólo en la afirmación de que Quirós denominaría a dicho continente Australia (y no Austrialia) sino en el hecho mismo de haber recalado en sus costas y no en las islas próximas, como efectivamente hizo. “No es exacto: [se puede leer escrito a mano] llamó tierras austriales a las islas próximas por dedicarlas a la casa de Austria (Rey Felipe III)”, aparece en Salvado, Rosendo: Memorias históricas… p. 16, [el subrayado es original].
63 Scott, Ernest: The Life of Captain Matthew Flinders R.N., Sídney, Angus & Robertson, 1914, p. 420.
64 Scott, Ernest: “Prado and Torres. A Fresh Chapter of an Old Story”, en Diario, The Argus, Melbourne, 9/8/1930, p. 6.
65 Citado en The Sydney Morning Herald: “Prado and Torres. Discovery of Australia”, Sídney, 13/6/1930, p. 10.
66 Citado en The Southern Cross: “De Quiros and the Discovery of Australia”, Adelaida, 12/04/1929, p. 10.
67 Advocate: “A De Quiros Complex”, Melbourne, 14/8/1930, p. 10, [la cursiva es original].
68 Scott, Ernest: Australian Discovery by Sea, Londres y Toronto, J. M. Dent and Sons, 1929.
69 Wood, Ernest: The Discovery of…, p. 120, [la traducción es nuestra]. El geógrafo Oskar Spate, ya en la segunda mitad del siglo XX se enfrentaría a la vieja guardia a este respecto poniendo en evidencia una evidente “fallo de empatía” y una “manera cierta y dramáticamente subjetiva de presentar sus argumentos”. Véase Scott, Ernest: Australian Discovery… [la traducción es nuestra]; Spate, Oskar: Let me enjoy…, p. 274 y 275.
70 New Zealand Tablet: “A Story of Colonisation”, en Diario, Dunedin, 18/4/1901, p. 17.
71 The Protestant Standard: “Religion in Spain”, 19/6/1869, Sídney, p. 14.
72 Examiner: “Spain and the Church”, Launceston, 27/6/1910, p. 5; The Register: “The Spaniard”, Adelaide, 30/6/1910, p. 8.
73 Mccabe, Joseph (et. al.): “Christianity and Rationalism on Trial: the Christian defences answered”, Londres, Watts & Co., 1904. La réplica, fulminante pero refinada, aparecería en la obra “Herejes” de Chesterton; Chesterton, Gilgert Keith: Heretics…, pp. 216 – 233. McCabe conocía bien el caso español gracias a la obra titulada “El martirio de Ferrer y Guardia” obra que, juntamente con otras muchas voces desde el extranjero, criticaba duramente la represión de una España conservadora. Es revelador que el propio Miguel de Unamuno desde España llegaría, aunque por caminos muy diferentes, a las mismas conclusiones que Moran desde Australia: la campaña europea en defensa de Ferrer, así como lo había sido “el 98”, no era sino una “[campaña] indecente de mentiras, embustes y calumnias”. En Mccabe, Joseph: The Martyrdom of Ferrer, Londres, Watts, 1909; Carta de Unamuno a P. Jiménez Ilundáin, 28/3/1911, citado en Robles, Laureano (ed.): Epistolario americano (1890-1936), Salamanca, Universidad de Salamanca, 1996, p. 374.
74 Cooke, Bill: A Rebel to his last Breath. Joseph McCabe and Rationalism, Nueva York, Prometheus Books, 2001, p. 43.
75 Evening News: “Catholic Spain”, Sídney, 27/7/1910, p. 10.
76 The Sydney Morning Herald: “Cardinal Moran at Gladstone”, Sídney, 20/10/1899, p. 7.
77 Todos los miembros excepto uno (Mr. J. A. Panton) se opusieron a dicha posibilidad. Sir Clements R. Markham (presidente de la Royal Geographical Society), Sir W. J. L. Wharton (Hidrógrafo del almirantazgo) el almirante Sir Richard Tracey, y William Foster (secretario de la Hakluyt Society) formaron la comisión.
78 Australian Town and Country Journal: “The Alleged Landing of De Quiros at Port Curtis, Queensland”, Sídney, 20/5/1903, p. 15.
79 Macdonald, Alexander Cameron: “Did De Quiros Land at Port Curtis?”, en Diario, The Capricornian, Rockhampton, 18/11/1899, p. 27.
80 Citado en Moran, Patrick Francis: Was Australia…, p. 30.
81 Macdonald, Alexander Cameron: Alleged Discovery…, p. 24 y ss.
82 The Protestant Standard: “Falsification of History”, 22/9/1877, Sídney, p. 5.
83 Chesterton, Gilbert Keith: “Anti-Catholic History”, en VV.AA: Catholic and Anti-Catholic History, Nueva York, The American Press, 1920, p. 10.
84 Belich, James: Paradise Reforged. A History of the New Zealanders, Honolulu, University of Hawai’i Press, 2001, p. 123 y ss.
85 Colley, Linda: Britons…, p. 19 y ss.
86 O’Farrell, Patrick: The Irish in Australia, Kensington, New South Wales University Press, 1993, pp. 8 y 9.
87 Por mencionar tres referencias bibliográficas claves, todas en los años sesenta, Dockers, Edward G.: Simply human beings, Brisbane, Jacaranda Press, 1964; Robson, Lesley Lloyd: The Convict Settlers of Australia, Melbourne University Press, 1994 [1965] y Spate, Oskar: “Terra Australis –Cognita?”, en Spate, op. cit., pp. 267 – 303.
88 Clark, Manning: A Short History of Australia, Victoria, Penguin, 2006.
89 Clarck, Manning: “Faith”, en Peter Coleman (ed.): Australian Civilizaton, Melbourne, F. W. Cheshire, 1967, pp. 78 – 88.
90 Citado en Macintyre, Stuart: “History in a New Country…”, p. 76.

Copyright del artículo © Manuel Burón Díaz. Publicado previamente con licencia CC en la revista "Cuadernos de Historia Contemporánea" (40, 219-244), y reproducido en Thesauro Cultural (TheCult.es) con la misma licencia. © 2018. Universidad Complutense de Madrid.

Manuel Burón Díaz

Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CCHS-CSIC), Madrid.

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